lunes, 31 de mayo de 2010

Lo que no se vio en Mayo.

Se acaba otro mes y entre prueba y prueba que corrijo me hago un espacio para pensar en aquellas cosas que durante el mes tuve intención de nombrar acá, pero al final no alcancé o no valió la pena o intenté abordarlas, pero terminé hablando de otra cosa.
No fueron tantas esta vez. Con el nuevo trabajo me ha quedado un poco menos de tiempo y a la vez estoy tratando de organizarme de la mejor forma. Puede que haya funcionado de cierto modo.
Así que, como pasaba en el Japening, los que no actuaron en Mayo son:
1. Alicia en el país de las maravillas y el subterráneo mundo de Lewis Carroll (tuve que hacer una prueba y trabajar el libro con algunos cursos).
2. Aristóteles habla de corrido, pero corre como tartamudo. (A partir del libro XII y IV de la Metafísica y algunos fragmentos de la Física).
3. Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. (Versión vista en un teatro de barrio junto a los alumnos de la nocturna).
4. Fruta prohibida, de Dome Karukoski (una película Finlandesa vista en el Festival de cine europeo en la UC).
5. Vueltas en torno al concepto de artista. Y una mirada a A bucket of blood, de Roger Corman. (pillé esa película por ahí y tenía varios elementos...)
6. Crónicas del viento, de Jiro Taniguchi y Kan Furuyama. (Un Manga breve que se centra en un personaje del que me interesan algunos aspectos).
7. Topografía de un desnudo, de Jorge Díaz. (Versión con el lenguaje demasiado vestido, que se da en el Teatro de la UC por estos días).
8...
Mmm... Había pensado que eran menos. Además se me fue la memoria y sólo me acuerdo de estas cosas que son las de la última semana, y que quedaron fuera.
Como sea, se cierra el mes y uno debiera hacer recuentos, se dice.
Vayamos al grano: ¿Estoy mejor?
Supongo. En verdad no lo sé bien. Pero lo intuyo.
(...)
De hecho sí, ando algo mejor. Harto trabajo eso sí, y debo ordenarme en varias cosas.
Por lo pronto algunos proyectos requieren de mi tiempo y de mí, un poco menos disperso de lo que he estado anteriormente.
Del corazón no hablo porque está rabioso.
Y supongo que no ve bien y eso le enoja.
Con todo, creo que soy más consciente de mi propio peso y creo ver más menos por donde va la cosa.
¿Y seguiré escribiendo acá?
Creo que sí. De cierta forma me ayuda y no me he dado de alta todavía.
Y si bien cuando toca hablar de mí siempre hay algo que me incomoda -y es que en mostrar lo mío soy a veces como una mujer que usa la falda bajo la rodilla-, lo cierto es que siento que me ha hecho usar más mi propia voz. Avergonzarme a veces de como suena, es cierto, pero siento que podría reconocerla en prácticamente cualquier lado... y sí, siguiendo con la analogía de la mujer y la falda hasta bajo la rodilla, tendría que agregar que, a pesar de lo anterior, he aprendido a mostrar mis pantorrilas, y hasta me siento, en ocasiones, orgulloso de ellas.

domingo, 30 de mayo de 2010

Casi a lo Peter Parker.

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Estoy bajo un árbol, es de noche y ando con mi cámara y un libro dando vueltas por Santiago. Me gusta leer con poca luz así que elijo estos lugares, aunque hoy hace frío y el lugar está algo húmedo, por lo que auguro un resfriado.
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Entonces me fijo que por una hoja del libro avanza una araña. El libro es Se busca una mujer, de Bukowski, así que no me soprprende mucho lo que puede encontrarse en él. Atento a las palabras por las que atraviesa no me fijo en lo más importante: la araña ha llegado hasta uno de mis pulgares y me ha picado sin más. La veo, de hecho, como me pica y no hago nada, salvo dejarla sobre el pasto, y ver como crece una marca en mi dedo.

Una hora después, mientras saco algunas fotos pienso atolondradamente en que algo podría cambiar. Que quién sabe, la araña pudo haber sido parte de un experimento genético y haberme transmitido súperpoderes, o algo por el estilo.

Quizá con esa seguridad, -y algo de fiebre, es cierto-, termino caminando por unas calles algo peligrosas, cruzando de vez en cuando alguna palabra con tipos en la calle e intentando fotografiar a una mujer que va con una bicicleta y unas bolsas, tirándose encima de cuanto peatón pasa por su lado.

Al final no lo consigo.

¿Va en serio lo del libro? Me dicen.

...

Lo del libro... ¡El título, hueón oh... !

El "hueón oh" era yo. Me sentí como un thundercats.

Se trataba de una chica algo ruda que estaba sentada en una cuneta tomando vino.

Al rato estaba yo sentado a un lado y el vino se había acabado y me estaba dando frío.

Lo crean o no, como soy "hueón oh" me costaba darme cuenta de las intenciones de la chica, así que cuando se manifestó más directamente me asusté y empecé a evadirme contando alguna historia de la mujer que en realidad busco o algo así y al final terminé diciendo que estaba enfermo. Cosa que por lo demás era verdad ya que me sentía bastante mareado y estaba a punto de vomitar.

La chica se fijó entonces en algo.

¡Tenís la media hueá!, me dijo. Parecía realmente asombrada.

Entonces me fijé que miraba mi dedo. En el lugar de la picadura se alzaba algo así como un monumento al dedo gordo. La reencarnación del dios cara de uña que hablaría a través de mí y traería un mensaje de buenaventura a este mundo empobrecido: La salvación está en sus propias manos, diría, y uno se lo quedaría mirando.

¿Qué es eso? Me decía la chica.

Yo le explicaba cualquier cosa. A esa altura ya había vomitado y le intentaba explicar que en mi dedo estaba en realidad mi hermano menor, que éramos siameses, pero que él no logró desarrollarse del todo.

Como la chica seguía jodiendo al final tuve que decirle que mi hermano quería estar solo y que como no había aprendido modales la estaba mandando a la cresta.

Ella nos contestó algo un tanto más hiriente y se fue del lugar. Yo intenté ponerme de pie.

No sé bien qué pasó porque desde ese momento tengo recuerdos entrecortados.

Recuerdo por ejemplo dos tipos que quisieron robarme la cámara y que yo me negué diciéndole que tenía superpoderes.

¿Superpoderes? Preguntaban

Superpoderes. Repetía.

Y como no me encuentro moretones y tengo aún la cámara supongo que me creyeron.

Eso fue hace unas diez horas.

Ahora llegué de urgencias donde me pincharon y, según ellos al menos, debo esperar tranquilo y vigilarme la temperatura por al menos 48 horas.

Aprovecho de ver también la cámara y descubro algunas fotos y unos videos de distintas partes de Santiago.
Así que en eso estoy ahora. Tratando de armar la historia a partir de las fotografías e intentando descifrar que pasó en los videos.

¿Y mis superpoderes?

Nada. Supongo que los perdí. Quizá debí haber esperado y quizá aquel hermano que estaba creciendo se hubiese convertido en algo así como en un gemelo fantástico, por último, y algo podríamos haber hecho juntos.

Y no. No soy Peter Parker. O peor aún, sólo soy Peter Parker. Nada del hombre araña ni alter-egos por el estilo. Y es que, en vez de trepar por las paredes o subir grandes edificios, trato apenas de aferrarme a mí mismo, cosa que por lo demás, creo haber aprendido en este último tiempo. Ese es mi único superpoder nuevo.

He aprendido a aferrarme a mí mismo. A llevarme puesto de mejor forma.

Y sí. Es un buen superpoder, después de todo.


Wes Anderson y el Fantástico Mr. Fox.

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"Pero se han engañado acerca del hombre los hacedores de fórmulas"
Antoine de Saint-Exupéry, Ciudadela

Para la película de hoy tenemos dos opciones con mi hijo: La Alicia de Burton, o El Fantástico Mr. Fox, de Wes Anderson. La primera suponía ir al cine y la segunda verla en casa en un proyector que compré a 20 cuotas hace como dos años, y que acabo de terminar de pagar -justo cuando la ampolleta comienza a debilitarse y anunciarme que no le queda mucho de vida-.

Mi hijo se lo piensa y pregunta si el cine estará muy lleno -el otro día pasamos y había filas inmensas para la película- yo le digo que sí, pero que habrán entradas de todas formas. Entonces uno de mis genes lo hace decir que no, que no le gusta mucho esos cines llenos y que habrá muchos niños y que mejor veamos Mr. Zorro acá en casa.

Por mí mejor, la película de Anderson acabo de conseguirla y anduve harto tiempo detrás de una versión de calidad -además Wes es, actualmente, uno de mis directores favoritos-.

¿Fue una buena elección?

Sin duda. Y es que Anderson supo plasmar nuevamente que las verdaderas historias que maravillan, no lo hacen a partir de fórmulas o técnicas o discursos aparentemente novedosos... y, a partir de premisas sencillas, logró hacer funcionar nuevamente uno de sus films en el lugar donde son realmente necesarios: en el interior de los espectadores.

Es cierto, algunos dicen que Wes repitió nuevamente su discurso, que el tema humano y familiar que aborda en sus películas aparece nuevamente y que, a pesar de los elogios que recibió el film, el mensaje estaba ya algo usado y le era necesario renovar su discurso.

Leo esas críticas y pienso entonces que aquello que se critica es justamente lo que le da la verdadera gracia a este film. La verdadera fuerza, la posibilidad de identificarnos... los vínculos humanos que no pueden nunca ser repetitivos, pues siempre establecen lazos entre seres distintos, con necesidades diferentes. Con espíritus diferentes. Es como si criticásemos una magnífica comida por la repetición de un ingrediente, pero no nos diésemos cuenta que aquello es justamente lo que le da el sabor a aquello que comemos. Y si la sal deja de ser salada, ¿qué pasará con el verdadro sabor de las cosas?

La película en sí aborda la obra traducida como El Súperzorro, de Roald Dahl, típica del universo de este escritor, aunque profundizada en el caso de la película con el discurso de Wes Anderson.

Para su desarrollo, ocupa la técnica del Stop Motion, aunque algo más crudo que lo visto en Coraline o en otras últimas películas que se hicieron con esta técnica. Nada de hacer arreglos uniendo los cuadros de los movimientos para que la secuencia se vea "natural", sino, muy por el contrario, deja más espacio entre los cuadros, con lo que la obra gana en desnudez, en la muestra de una técnica que parece así más sutil, más delicada. Reveladora de un proceso exhaustivo y a la vez mágico.

A su vez, la delicadeza y el cuidado de las imágenes parece coincidir con un guión desarrollado con el mismo cuidado, como si cada palabra fuese también elegida y diseñada cuidadosamente para cada situación.

Lo mismo puede decirse de las voces de los personajes: Clooney -por primera vez querible-, Meryl Streep, Defoe, y hasta el mismísimo Wes haciendo la voz de un pequeño personaje. Tonos y estilos muy trabajados que parecen coincidir con el ritmo vital de estos personajes.

La historia, toma como centro a un zorro, que ha dejado de lado su naturaleza para poder criar una familia, civilizadamente, prometiendo no realizar nuevamente fechorías que pongan en riesgo su vida, pues ahora también debe hacerse responsable de su familia.

Obviamente, para que se inicie la acción, este lobo sentirá renacer en él sus antiguos deseos y se lanzará a nuevas y peligrosas fechorías, que traen coinsigo nuevos problemas a la familia y a los otros miembros de su comunidad.

Sin embargo, la película no tiene su único centro en este zorro, sino que aquel mundo mundo subterráneo que el redescubre, se relaciona también con aquello que existe como necesidad dentro de cada personaje, por más que en ocasiones no parezca compatible.

Surgen así ricos personajes, fortalecidos por los vínculos que se dan entre ellos y a partir de los cuáles se reconocen individualmente -la relación por ejemplo entre el hijo del zorro que busca ser reconocido por su padre y el sobrino que pasa a formar parte de la familia y que se revela más apto para recibir la admiración de su padre-. Asimismo, en ellos, sus acciones parecen estar dadas por algo indivisible que supone su naturaleza, y que diseña la forma de su interior, por llamarlo de alguna forma, pues no tiene sentido en estos personajes hablar de cuerpo y alma, cuando sus existencias parecen ser una expresión clara de un único estado natural: su vida es eso que hacen y los lazos que logran crear entre ellos. No hay más.

Por último, el ritmo de la narración, la manera de presentarse algo segmentado, como en pequeños capítulos, resulta también bastante atractiva -me recordó en ocasiones a Educando a Arizona, de los hermanos Coen-, a lo que ayuda por cierto la música -nuevamente uno de los puntos en las películas de Wes-... en fin, y sumando, una muy buena película que realmente sabe dirigirse a grandes y chicos, como aspiraba Burton, aunque sin necesidad de recurrir al 3D o a otras fórmulas que ponen el centro lejos de lo humano, y que suelen confundir la fórmula que designa con lo que debiese ser realmente el objeto (ser) designado.

Y es que la verdadera maravilla, como decíamos en un inicio, no está dada por una historia o por un mundo subterráneo ajeno al interior del hombre, ni tampoco por el truco aprendido para presentar esto de forma más eficaz. Sino que, y esto Wes Anderson parece susurrarlo en cada uno de sus films, la verdadera maravilla consiste en la magia sin truco, en el mago que deja ver que en verdad la magia consiste en otra cosa, en el artificio hecho con bondad, con el deseo de maravillar al otro que siempre ha de responder con una sonrisa franca, por que la magia se hace mirando a los ojos... y cuando en uno logra brillar el reflejo del otro, lo maravilloso hace realmente aparición y llega hasta el interior del hombre. Y lo renueva.

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Cosas en el tintero:

a) Referirse al magnífico personaje de la rata.

b) Lo magnífico que supone el encontrarse con Anderson luego de, para mí al menos, la mejor de sus películas (Viaje a Darjeeling), -como si encontrásemos en enero al sacar el árbol de navidad un pequeño regalo de alguien que pensaste te había olvidado-.

c) Hablar sobre las coincidencias de gustos de mi hijo, que terminó también encantado con la película.

d) Contarles de las excelentes perspectivas del film y profundizar sobre la música que en él se desarrolla...

e) Contradecirme en algunas cosas...

sábado, 29 de mayo de 2010

Sobre los escritores del sur (II). Reynolds Price: Una vida larga y feliz.

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Ya se me está haciendo costumbre iniciar entradas para hablar de algo y terminar refiriéndome a otro asunto. Por eso, algunos de los temas quedan dando vueltas en torno a mí como extraños asteroides, impidiéndome ver bien y haciendo que choque y no vea claramente otras cosas, personas o situaciones.
Pues bien, para sacarme dos asteroides en uno les cuento un poco de Reynolds Price, un escritor poco conocido -en el mundo de habla hispana-, proveniente del sur norteamericano.
(Dos asteroides en uno porque de un libro de él que releí esta semana les iba a hablar ayer y porque de los premios O´Henry, que este autor ganó en alguna ocasión, les iba contar hace unos días).
A pesar de que en norteamerica este autor parece ser bastante conocido, en español sólo parece haberse publicado uno de sus libros: Una vida larga y feliz.
El libro en cuestión, además, sólo es posible encontrarlo por ahí en alguna tienda de libros usados o en alguna feria de barrio, si es que se tiene suerte. Ya que la única edición, -que conozco al menos- es la de Editorial Sudamericana hecha en 1969. Y que es además de la que vuelvo a leer el libro, bastante deteriorado, por lo demás.
El libro en sí, como tantos otros del sur, se centra en el proceso que tienen algunos personajes hasta llegar a comprender al otro, y con esto, comprender también la vida que los rodea y lo que significan ellos mismos, al interior de esa vida.
La historia se nos muestra a través del personaje de Rosacoke, una joven blanca que debe asistir al entierro de una amiga negra -hasta el punto donde puede existir amistad en ese mundo de colores opuestos-, mientras es llevada por un extraño joven que ella cree su novio, aunque no está segura del todo.
El funeral se celebra lejos, en una iglesia donde asisten sólo negros y Rosacoke, a partir del viaje que realiza y de la muerte de su amiga, comienza a ver todo nuevamente, a comprender de a poco esa vida que la rodea y que hasta el momento tan sencilla le había parecido.
De esta forma, se ve obligada a hablar durante el funeral, dando además origen al título de la obra, mientras se refería a su amiga, Mildred:
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"Últimamente no veía a Mildred con frecuencia, pero nunca nos olvidábamos de nuestros respectivos cumpleaños y la otra tarde me dije: Ya es casi el vigesimorpimer cumpleaños de Mildred, de modo que marché a su casa después de comer, y allí no había nadie, salvo el pavo. No supe hasta el día siguiente que se la habían llevado. Y allí estaba yo deseando darle un par de medias y augurarle una vida larga y feliz, y ella ya se había ido".
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Y es que esa vida larga y feliz que quería augurarle a su amiga, Rosacoke aprende que no es nada segura, que no viaja por un único camino, y eso la lleva a hacerse consciente de su propia vida, responsable incluso de sus sueños.
Por otro lado, el lenguaje que adopta el libro es sencillo y parece estar diciendo siempre algo más, como en esas reuniones de iglesia que cada cierto rato pronuncian ¡amén! sin interrumpir el discurso. Y es que la forma que elige Price para narrar, la naturalidad de los personajes que describe, hace que nos deslicemos por las distintas acciones como si en cada una de ellas hubiese encerrado algo divino, algo que debe trascender. Como si las acciones y los hechos narrador tuviesen en verdad raíces más hondas, brazos que los conectan con algo humano que sigue estando presente en nuestros días, a pesar de que exista más como necesidad que como presencia concreta.
Y es que encontrarme con este libro, -reencontrarme en verdad en estos días- supone también algo reconfortante, algo que tranquiliza incluso cuando uno puede ver a los personajes luchando por comprender algo que quizá, de cierta forma al menos, ya he comenzado a aprender: que la vida verdadera, la vida larga y feliz a la que aspiramos todos, se hace primero conociéndonos a nosotros mismos, nuestras verdaderas necesidades, haciéndonos cargo de aquello que nos fue dado sentir. Y ver. Y hasta amar de cierta forma.
Porque lo que aprende Rosacoke a lo largo de la historia es justamente eso. Aprende lo que es realmente el amor, la vida que quiere vivir, aprende a hacerse cargo de aquello que la une con las demás personas, pero que en primer lugar la hace posicionarse como el centro de ella misma.
Rosacoke aprende además para no olvidar, para no equivocarse. Y lo hace con una honestidad perfecta. Tanto así que cuando vuelve a desearle a alguien una vida larga y feliz, lo hace sabiendo verdaderamente lo que eso significa. Y emociona hasta la alegría sentir que de cierta forma uno también está más cerca de entender aquello... (o tiene uno al menos la posibilidad de estarlo).
Y es que tal como sucede al interior del libro, cuando se ha aprendido lo que tenía que aprenderse, se puede dormir tranquilo. Y hasta sonreír dormido, como si, aún en sueños, supiésemos del amor.
Y sintiésemos también exactamente qué es la Vida y nuestra vida, y pudiésemos abrazarla así como se abraza a un hijo, cuando realmente nos damos cuenta quién es él, qué significa, mientras duerme y respira suavemente a nuestro lado.

viernes, 28 de mayo de 2010

Sobre los escritores del sur (I): cuando la carne comprende.

Hay algo especial en la narrativa del sur de los Estados Unidos. Algo común en una serie de autores que sitúo en la cúspide de la literatura norteamericana, -junto a unos poquísimos infiltrados de otras regiones-.
Quizá por eso intento tenerlos juntos en mi biblioteca aunque algunos se dispersen y busquen otras ubicaciones, de vez en cuando.
No se trata sólo de un estilo o técnica en particular, sino que el mundo que dan cuenta los liga de una manera especial, y es que para hablar de él, se hace necesario verlo con cierta profundidad; como si aquel mundo requirirese cierta cercanía del autor para con los personajes y el mundo en que ellos participan no aparezca desenfocado y cree excesivas confusiones.
La naturaleza de los personajes, por lo demás, resulta particularmente atractiva, con una extraña manera de trabajar las sensaciones y de desarrollar sus discursos que contrasta con sus definidos rasgos, y las certezas que parecen guiar sus acciones hasta más allá de lo que pueda parecer sensato, en una primera instancia.
Pienso así en el mundo de Matar un ruiseñor, de Harper Lee, o en Sangre Sabia, de Flannery O´Connor. En los sordomudos de El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, o en la hermosa protagonista de Luz de Agosto, de Faulkner.
No. Obviamente no es casualidad esa suerte de parentezco espiritual que une a esos personajes, algo que los impulsa, una especie de certeza de saber quienes son, qué necesitan: una forma directa de actuar y de sentir que se da en su interior y que crea una atmósfera característica en los textos nacidos de estos lugares.
Esta atmósfera, este aire donde es necesario distinguirse claramente para marcar una verdadera distancia o cercanía con los otros, esta división dada a partir del mundo de la esclavitud y que busca resolverse a partir de la visualización de rasgos humanos, resulta de una belleza inmensa a partir de los personajes que dan vida a estas historias. Seres que por lo general -salvo quizá los de algunas (excelentes) obras de William Styron- dejan de lado la agresividad y el oponerse a los demás y saben distinguir aquello que los hace uno con el otro. Seres que aprendieron a identificar los rasgos humanos universales que existían por bajo la piel y que los llevan a respetar, de una manera especial, la vida, los deseos y los sentimientos de quienes los rodean.
Y es que en estos autores, parace existir cierta comprensión del espíritu humano, una verdad de gente sencilla que saben hablarnos de aquello que prácticamente no se dice, y lo hablan a partir de hechos, de gestos, de acciones simples y profundas.
Eudora Welty, el primer Capote, Tennesse Williams... no puede ser casualidad. Incluso hasta nuestros días que sobrevive Cormac McCarthy quien de vez en cuando sabe recoger las mismas verdades que dieron luz a los antiguos autores de esa región; verdades que no se desgastan, que no se ensucian, porque supieron ser tratadas con la tranquilidad y la sinceridad de quien nos cuenta de seres reales, que supieron aceptar su propia naturaleza y que le rinden un homenaje a ella hasta en el momento de su muerte.
Y es que ahí está Mientras agonizo, de Faulkner, o Sus ojos miraban a Dios, de Zora Neale Hurston... todo un mundo del que me gustaría hablarle más detenidamente en algún momento.
Y es que me siento injusto de pasárlas por alto, como si estuviese enumerando cosas o simplemente haciendo un inventario...
¡Si conocieran la belleza de Luz de Agosto!... Créanme que se formaría un significado nuevo dentro de ustedes, y la luz interna de esa chica que sale embarazada a buscar al padre de su hijo, quizá les serviría para iluminar alguna noche oscura, de esas en que resulta absurdo hasta rezar...
O si escucharan la historia de esa tía que prepara las tartas junto a su sobrino en Un regalo navideño, de Capote...
De verdad que resulta injusto que esos libros queden ahí, es como si guardaran las fotos más bellas de sus hijos y no se las mostraran a nadie.
Las palmeras salvajes, Frankie y la boda, El arpa de pasto... No pueden quedar ahí para que nadie las lea. Recuerdo que eso pensaba en la U cuando veía esos libros y me los compraba aunque ya los tuviera... y es que en verdad tampoco quería que fueran a parar a manos supuestamente equivocadas... Un tranvía llamado deseo, Una fábula, Un árbol en la noche... no podían estar ahí tendidos en el piso mientras todos pasaban por el lado...
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Y sí. Agoté a la mayoría de estos autores porque los leí con gula... y así como alguien como y come hasta agrandarse el estómago, estos libros me agrandaron de tal forma el espíritu que hoy me cuelga rollizo, bastante fofo y un poco menos lleno que antes... porque agrandarse el espíritu no es, por cierto, un verdadero logro, cuando no se hace de forma responsable y con la claridad suficiente de no cerrarse y poder brindarlo realmente a los demás.
Y es que con estos escritores del sur, no se puede mantener el espíritu en su sitio. No se puede no llorar de alegría y de tristeza y sentir que es correcto y bello y sobre todo sencillo seguir creyendo en algo, y es que tal como lo dice el personaje de Queenie en Un regalo navideño, la llegada de Dios, -que ella siempre creyó sería como recibir los brillantes rayos del sol a través de los cristales de colores de una iglesia-, sería en verdad algo mucho más simple... porque cuando uno se acerca al final, -decía Queenie- la carne comprende que en verdad el Señor ya se ha mostrado. Que las cosas, tal como son, tal como siempre se han visto, eran verle a Él.
Y ese mostrarnos a Él -sea lo que sea aquello en lo que se convierte Él para cada uno de nosotros- es aquello que hacen este grupo de escritores. De una forma directa, profunda. Cercana.
Palpitando casi: para que la carne comprenda.

jueves, 27 de mayo de 2010

Mi yo-caballo y los concursos literarios. (Opus fome).

Hubo un tiempo en me gustaba participar en diversos concursos de escritura. Fue cuando todavía estaba en el colegio y se dio a la par de mis primeros escritos. Recuerdo que en ese entonces escribía grandes cantidades de poemas y algún relato de vez en cuando. Podía llenar un cuaderno en una semana y generalmente el estilo de lo escrito -con un abismo de diferencia por supuesto-, estaba dado a partir de las lecturas que estaba teniendo.
Tuve la suerte de leer casi de entrada a los surrealistas por lo que salí más menos rápido de esa tendencia, aunque fue una de las que más me marcó en ese entonces. Recuerdo que de cierta forma intentaba imitar la forma de escribir de quienes leía aunque con textos totalmente lejanos a sus verdaderos temas. Los textos los mostraba en casiones en talleres o a algunos mayores relativamente expertos en el tema y les decía que eran textos de aquellos grandes escritores. Un inédito de Lira, alguno de Huidobro, una traducción de Cesaire, por ejemplo.
Los libros me los prestaba un profesor y escritor amigo de ese entonces que falleció sorpresivamente hace un año, más o menos. Me permitió avanzar rápido y saltarme, en poesía al menos, un primer periodo que quizá se hubiese alargado más de la cuenta. Los simbolistas franceses por ejemplo, pude leerlos cuando ni siquiera sabía pronunciar bien algunos de sus nombres.
Pero el punto es que en esa época concursé en cuanta oportunidad se me ponía por delante. Era demasiado soberbio y tuve una suerte extraordinaria. Si bien sólo hubo un concurso relativamente importante, lo cierto es que gané en esos años todos aquellos en los que concursé. Me fijaba en los jurados, veía sus estilos, tiraba unos versos al inicio que asegurara la lectura y la primera clasificación, y lo demás fue suerte.
No es que fueran malos por supuesto, pero reconozco que hubo más de suerte que de calidad en aquellos premios. Y el obtenerlos además no siento que me haya sido beneficioso en lo más mínimo.
De hecho terminé devolviendo unos premios pues aprendí rápido que no tenían valor alguno.
Y se afianzaron en mí, lamentablemente, algunos valores que hasta el día de hoy me impiden postular a fondos de escritura o sentir bien el recibir dinero por algo que implique el trabajo con las palabras (lo de ser profe es otra cosa, por supuesto).
Creo que me avergonzaba el que fuera todo tan fácil y sentía que aquello no era nada todavía. Y siento que tenía razón.
Sin embargo, aún me siento tonto cuando pienso en dinero devuelto, pero la verdad no era pensado, ni tampoco lo siento un mérito, simplemente no podía quedarme con eso. Había sido demasiado fácil. No valía la pena.
Con el tiempo me he dado cuenta cuáles eran mis razones, y cuáles son las que tengo hoy día. Porqué no haber querido publicar cuando se tuvo la ocasión o porqué firmar con otros nombres. Aunque el tema de esto iba a ser otro así que no voy a ahondar en eso.
Luego pasaron varios años en que me prometí no escribir. Y cuando volví a hacerlo, ya no concursé en ninguno. Salvo un par de veces que lo intenté, generalmente con otro nombre, y sin saber bien para qué. Además lo hacía sabiendo que mis textos no iban a ganar y al contrario que en mis inicios, si bien seguía asegurando la lectura, siempre ponía algo verdaderamente mío que pudiese incomodar al jurado o que simplemente tuviese fallas que me agradaban, y que no me daba la gana corregir.
Este año me había programado concursar en algunos. Pero me sigue sucediendo lo mismo. El para qué se hace demasiado débil y sigo buscando otras razones. Aunque alguien que comprenda y crea lo suficientemente en ellos bastaría, o lo impulsaría al menos a uno, de vez en cuando.
Es cierto, igual gané algunos pequeñitos este tiempo, pero no es ese el punto. Sino la utilización de una voz propia.
No digo una búsqueda porque a diferencia de lo que pudiera creerse, yo tengo esa voz, y hasta qué decir incluso, no creo que el problema vaya por ese camino.
Pero el ser profe, cuando no enaltece, mina la fe que uno tiene en los demás, en lo que ellos necesitan y valoran. Y lo quiera o no uno escribe para el otro. Y está en el otro, muchas veces, recibir aquello y aprovecharlo de verdad como un nutriente -cuando aquelo tiene los nutrientes, por ejemplo-. Y además a uno se le devuelve del mismo modo.
Creo que escribir de otra forma, bajo otros nombres, rechazar premios, quemar escritos, etc., tuvo la única razón de sentir que los demás no lo apreciaban completamente, y tenía miedo de exponerme, decirles que el regalo era mío, quizá, y que mostraran que lo valoraban por eso.
Me cuesta demasiado escribir sin eso, aunque hoy en día ya no dudo que sea necesario -no como antes al menos-, y mi propia necesidad y mi propia certeza deben bastarme para poder avanzar en algunos proyectos. Por más que ese proceso desgaste. Y hasta a veces me sobrepase.
¿Pero saben?
No quiero entrar en un terreno más íntimo.
No por ahora, al menos.
Yo quería hablarles del premio O´Henry y de algunos de los que lo habían ganado, pero al final me fui por otro lado.
Quizá lo haga en la próxima entrada.
Mientras, para cerrar, les cuento de una imagen y una sensación. Se trataba de recibir un pequeño premio, uno que quise ganarlo por el nombre que tenía y -ahora que lo pienso- para que no lo ganara ningún otro que lo valorara menos que yo.
La ceremonia fue mínima y demasiado simple, pero el caso es que al momento de recibir la medalla a los tipos se les ocurrió el ponérmela en el cuello, como si fuese un caballo a un costado de la pista.
Recuerdo que me sentí incómodo, pero lo acepté porque si no hubiese sido hacer show y eso era aún menos necesario. Además el cuento era de mi agrado. No era perfecto, pero dentro de los escasos márgenes del concurso y la temática que había que seguir, siento que era lo que se podía hacer.
Así que la última imagen que les dejo es la de un yo-caballo que quizá, a pesar de lo mínimo del premio, aprendía a aceptar por primera vez algo que no sentía sucio, o contaminado por otras vanidades que no fueran las de sentir el afecto por un nombre, y obviamente, por aquello que estuvo un día atrás de él.
Y como la historia ya se alarga y además esa imagen tiene una historia detrás demasiado extensa, dejo el nombre en el vacío. Y me dispongo a cambiarme de ropa para ir de nuevo a mi trabajo.
Y, si a alguien le interesa, otro día la termino.

miércoles, 26 de mayo de 2010

David Foster Wallace: La Extinción de algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer.

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Ando trayendo el libro que me prestaste el año pasado, me dicen en el metro. Miro hacia arriba (voy sentado en el suelo revisando unas pruebas) y me encuentro con alguien que no reconozco de inmediato.

Es una mujer y lleva a un niño de su mano y el niño lleva un globo de la suya. Entonces pienso que el globo se desinflará antes que el niño, y que esa es quizá la única diferencia entre ambos. Pero no lo digo.

No me gustó, me señalan, mientras me entregan el libro Extinción, de David Foster Wallace y yo lo recibo aún sin acordarme quién es la mujer que me lo entrega. El tipo escribe una mierda, concluye.

Me cabree con el comentario. De hecho, ahora que lo recuerdo, creo que pensé lo del niño y el globo después de escuchar la opinión sobre Foster Wallace, a modo de revancha. Y hasta creo que se lo dije. Sí. Recuerdo que se lo dije: Wallace diría que la única diferencia entre el niño y el globo... y etc.

También pensé en hacer como si grababa una idea en un mp3 para ver si la chica se ofende: "Idea para un cuento, -habría dicho en voz alta-, una mujer no está dispuesta a aceptar las verdades de la vida así que decide decir que quien las dice es una mierda. Además no saluda y toma a su hijo con menos cuidado que el que tiene con su cartera, a la que además mira más a menudo." Pero no lo hago. Además no andaba con el mp3.

La mujer se baja del metro con el niño (y el niño con el globo) y se alejan por la estación. Yo me quedo con el libro y además me acuerdo quien era la mujer. Se trata de una profesora que trabajaba en un Instituto donde hice algunas clases el año pasado. Un día se me quedó un libro en una sala y al final ella se lo llevó. Nunca supe su nombre aunque me pidió que se lo prestara pues dijo que le parecía interesante (el interesante era el libro, por supuesto). Eso fue todo.

Al menos lo devolvió. Gran coincidencia. Y un niño con un globo.

Gran resumen.

El punto es que guardo las pruebas y me voy al libro. Hojeo unas frases. Unos relatos. A partir de lo que leo recuerdo que Foster Wallace se mató hace un par de años. Que él sí fue un globo que se reventó. Un globo que se reventó casi cuando nadie creía que se podía reventar, pues ya estaba bastante desinflado, y hasta había decidio cuidarse de lo que podía ocurrirle.

Pero sea como sea, el caso es que su muerte sonó como un gran globo reventado. La primera que lo escuchó fue su mujer quien encontró además el cuerpo colgado y lo bajó ella misma antes de llamar para avisar de lo ocurrido.

Quizá intentó inflarlo nuevamente, no lo sé, pero el caso es que ya se había reventado y ante aquello no hay vuelta que darle. Supongo.

Recuerdo que la primera vez que leí a Foster Wallace lo hice precedido de leer su biografía. Y es que me había asombrado que este escritor hubiese nacido en Itaca, New York... El nuevo Ulises pensé, y me lancé a leerlo.

Pillé poco en su momento y debo confesar que su mayor libro -La broma infinita-, no lo he leído todavía. Su lectura a veces me parecía incómoda, pero siempre algo atractiva, con una visión bastante decadente del mundo de las ciudades y de las apariencias que lo rigen.

Así di con Extinción, que es el único libro que tengo de él y que hoy vuelve a estar en mi biblioteca -ahora no porque lo releo, pero digamos que se reincorporó al catálogo-, y si bien su relato incial (Señor Blandito) me detuvo bastante en la lectura, varios de los otros de los relatos que contiene me parecieron muy certeros, y bastante bien construidos.

Había algo en ellos, algo sucio, que era mostrado de excelente forma. Sobre todo en los relatos más breves, más directos. Y es que Foster Wallace estaba hablando en ellos del continuo fraude de las apariencias, de las normas sociales como fomentadores del fraude; del fraude como contraparte de lo que realmente somos. Aunque lo verdaderamente triste en su lectura era que aquello que había bajo el fraude parecía ser un vacío, sensaciones cercanas a la desazón, a la incertidumbre. Como si nos atreviésemos a levantar la careta de alguien y nos encontramos con una piel blanca y azulina y nos asustáramos. Y preferimos la careta, por supuesto. Aunque el haber descubierto eso nos dejara en una situación al menos, incómoda.

Esta visión de la sociedad y de los seres humanos como fraude, se daba en estos relatos con bastante violencia. Una violencia subterránea, por cierto, pues su lenguaje seguía siendo pulcro y frío y bien construido. Bastante objetivo por lo general, aunque la voz particular de un personaje tomaba el discurso de una narración creo que el resultado de esta mejoraba. Tal es el caso, por ejemplo, del cuento El neón de siempre, donde el narrador desde una primera línea se define como un fraude, sin adorno alguno:


"Toda la vida he sido un fraude. No estoy exagerando. Casi todo lo que he hecho
todo el tiempo es crear cierta imagen de mí mismo en los demás. Aunque tal vez
sea un poco más complicado que esto..."

Con todo, como señalábamos anteriormente, lo verdaderamente terrible al leer a Foster Wallace, -y lo que nos permite leer toda su obra como una larga carta donde explicara las razones de su suicidio-, es un rotundo vacío, algo así como un desprecio que sale de esta prosa y que vuelve además hacia ella, pues ni siquiera ella se escapa de ese desprecio.

Esto se repite en la mayoría de los textos de este autor. Por ejemplo en los "ensayos" publicados bajo el título de Algo supuestamente entretenido que nunca volveré a hacer, donde se observan por ejemplo las situaciones que se dan al interior de un crucero: la falsa amabilidad, la obligación a la alegría, la falsedad e hipocresía como moneda de cambio, etc.

Es decir, nos revela un mundo amargo, donde va saltando de un vacío a otro, de una falsedad a otra, buscando algo más, y que lamentablemente no parece encontrarlo.

Esto es lo profundamente triste y terrible de los relatos de Foster Wallace, y quizá sea también el origen de su desprecio. Porque a pesar de todo, no se puede despreciar sino aquello por lo que sentimos aprecio en algún momento. Vale decir, su visión es la de un desecantado, domo en los juevos del chavo, que ha visto el mundo como un vacío e intenta buscar algo más, sin llegar a conclusiones claras, salvo la expresiva conclusión que delata su muerte.

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Y sí. Lamento que esta sensación que Wallace transmite sea a tan desagradable en ocasiones. Y entiendo, en parte, que pueda ser repulsivo o asfixiante, pero me alegro que la sensación que a mí me transmite sea otra. Y es que extrañamente, lo que en mí transmite este autor tiene que ver más con la calma que con la desesperación, y su lectura me entrega más un poco de oxígeno que una sensación de ahogo, como le ha ocurrido a otra gente que conozco.

Y es que quizá Foster Wallace sí logró hacer realmente su objetivo, y manejó de manera tal su escritura que logró aquello que le enseñaron era una premisa en las obras de de ficción: Dar calma a los perturbados y perturbar a los calmos. O permitir, en otras palabras, que el espíritu se mantenga siempre en constante movimiento. Y se reconozca vivo.

Y es por esto quizá por lo que la muerte de Foster Wallace me transmite también algo de la calma que me transmiten sus libros.

Y es como si toda esa perturbación viniese a calmar mi espíritu.

Y puede sonar feo decirlo, pero alabo su consecuencia.

Pues creo que su muerte fue el pilar definitivo que permite a su literatura (al mensaje de su literatura) permanecer sólido y servir de base y de apoyo para que otros, -algo tambaleantes, es cierto-, nos mantengamos en pie.

martes, 25 de mayo de 2010

Sócrates y Sócrates sentado. (Metafísica de Vian)

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"Es competencia del filósofo poder estudiar
todas esas cosas. Si no lo fuera así
¿quién examinará si Sócrates y Sócrates sentado
es la misma cosa, o si una cosa
tiene un solo contrario o qué es
lo contrario o cuántos significados tiene?"
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Aristóteles, Metafísica, IV.
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I.
No sé si son el mismo. Sócrates y Sócrates sentado, me refiero. No conozco la naturaleza de su diferencia –si es que la tienen por supuesto-, pero me imagino a ambos uno frente a otro, y sé al menos que uno de ellos está sentado: Sócrates sentado, por supuesto.
Ese es un dato que tengo.
Otro dato es que al menos uno de ellos es Sócrates, aunque no puedo asegurarlo del otro, -del sentado-, y es que Sócrates es Sócrates, de eso estoy seguro, pero Sócrates sentado no sé si lo es aún, o si lo es simplemente, o si lo será cuando deje de sentarse, o de estar sentado, que no es lo mismo.
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II.
Socrates no convive con Sócrates sentado. No en un mismo tiempo, por lo menos. Pero ambos han estado en una misma pieza. Y en un momento Sócrates golpea la puerta para que le abra Sócrates sentado; pero aunque quiera, Sócrates sentado no puede abrir la puerta, pues dejaría de ser Sócrates sentado, es decir, Sócrates siempre abre la puerta, pues Sócrates sentado, obviamente, está sentado.
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III.
Sin embargo en ocasiones, Sócrates deja de ser Sócrates, y pasa a ser Sócrates sentado. Y a veces tiene la tentación de dejar de ser Sócrates, pues la posición de Sócrates sentado es mucho más cómoda.
A modo de ejemplo, y recordando el punto anterior, diremos que Sócrates sentado, a diferencia de Sócrates, no abre puerta aguna.
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IV.
La tentación por tanto de Sócrates no consiste en dejar de ser Sócrates, es decir, él mismo; sino que es pasar a ser Sócrates sentado. Pero Sócrates piensa que no puede pasar a ser Sócrates sentado si antes no deja de ser Sócrates, es decir, él mismo.
Y esto lo atormenta.
Pues no quiere dejar de ser quien es, pero a la vez quiere ser Sócrates sentado, y en esa disyuntiva Sócrates descubre la diferencia que existe entre pasar a ser y dejar de ser.
Aunque también descubre que no sabe expresarla.
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V.
Si supiera expresarla, piensa Sócrates, si supiera...
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VI.
Ahora bien, si Sócrates estuviese en una habitación, y no digo que lo está o no lo está necesariamente, pero si lo estuviese, Sócrates no podría estar al mismo tiempo fuera de esa habitación y dentro de ella, eso está claro.
Sin embargo, en ocasiones Sócrates piensa que tampoco está dentro, y siente que algo suyo, su ser por ejemplo, puede estar en otro sitio.
No puedo pensar mi ser con mi ser, piensa Sócrates, así como no puedo tocar mi mano con mi propia y misma mano, por consiguiente mi ser si es pensado desde mí se separa de mí. Y yo, quien lo pienso, dejo también de ser Sócrates.
Y peor aún: soy nada.
Soy un ser en otro sitio y que no sabe que existe.
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VII.
Lo mismo da, piensa entonces aquel que creyó ser Sócrates y a veces quiso pasar a ser Sócrates sentado, lo mismo da, piensa, que yo quiera ser Sócrates sentado, pues es del todo imposible que yo pueda pasar a serlo, pues lo que nada es no puede pasar a ser algo distinto.
Y como todo es distinto a la nada y lo que no es no puede pasar a ser algo distinto, sólo lo que no es es eterno, pues nunca pasa a ser, por lo tanto la nada es eterna.
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VIII.
Por otra parte, como lo que no es no puede tener propiedad alguna, y se ha pensado que la nada es eterna, esa nada eventualmente pudiese ser algo distinto a la nada: de lo que valdrían dos posibles interpretaciones:
O la nada nunca fue nada pues ha pasado a ser algo y por consiguiente nunca fue una nada verdadera ni eterna,
O la vida surge de la nada por lo que es incorruptible y es también nada con apariencia de algo, con lo que no cambia su devenir -inexistente- de ninguna forma trascendente.
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IX.
Aquello que pensó ser Sócrates y temió convertirse en Sócrates sentado por dejar quien creyó ser, no teme ya más nada pues se encuentra sumergido en el aletargamiento.
Piensa que se equivocó rotundamente en todo, y de cierta forma es cierto, piensa.
Y esa forma es la única forma posible, concluye.
Entonces aquello como si piernas tuviese y aquellas le temblasen, siente que caerá rotundamente, que si hubiese sido quien creyó ser ahora pasará a ser -cosa que no es, piensa, en todo caso-, aquello que quiso ser, pero no por dejar quien creyó que era.
Y sin más, aquello que creyó ser Sócrates decide doblar las piernas que no tiene, pues no tiene ser alguno para perder.
Pues su existencia es similar a una apuesta sin monto.
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X.
Y entonces, aquello que creyó ser, decide sentarse. Pero justamente al hacerlo cae al suelo, pues alguien le corre la silla.
Y aquello siente un peso que es quizá su propio peso venido abajo.
Y piensa además en quién le corrió la silla.
Quizá fue Sócrates, piensa, y se sonríe a sí mismo.
Pues no pudo ser Sócrates sentado.
Y es que quizá Sócrates debe descansar para seguir siendo Sócrates.
Concluye.
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Como sea, lo único cierto es que Sócrates no logró ser Sócrates sentado.
Y que en una habitación hay algo volcado y hay también volcada una silla.
Y que al menos uno de ambos ríe, feliz de no ser eterno.

lunes, 24 de mayo de 2010

Contarles cosas que no sepan. Mostrarles cosas que no han visto.


No sé si se habrán dado cuenta, pero a excusa de los temas que aquí trato, llámense películas, algún libro o lo que sea, suelo en realidad dar forma a sensaciones, o a mi estado, extrayendo quizá de aquello que hablo las formas que más se me asemejan, para poder hablar con propiedad. Para poder ver mejor aquello que no veo mientras pasan los días.

Poco a poco siento que me he situado mejor, que estoy un poco más consciente y hasta a veces siento que estoy un tanto más maduro, aunque esa no sea una palabra que me guste en demasía.

Así que de las experiencias del día trato de extraer aquello de lo que puedo hablar con propiedad, aquello que de cierta forma contengo y en lo que además me reflejo. Buscar algo que decirles -pues el asunto también está en ir hacia el otro- y encontrarme con algo que no he visto bien, algo que de cierta forma no hasta después de escribirlo.

Por lo mismo, trato de diferenciar lo que aquí escribo de lo que podría llamar mi "obra literaria", que pretendo llevar a parte aunque en verdad es muy poco lo que avanzo en ese aspecto.

¿Por qué hago eso? ¿Por qué no me centro en algo mejor escrito, algo elaborado, construir un corpus en vista de alguna publicación, o lo que sea?

Porque de cierta forma siento que estoy demasiado dañado, y todo esto que suena demasiado cursi para escribirlo así, directamente, en una historia, siento hoy que es primordial repararlo, preocuparme de ello. Sanarlo.

Aún así, me cuesta no tener un discurso siempre bajo mi discurso, es decir, una serie de sensaciones de las que no hablo mientras trato un tema x y trato de centrarme en él para abordarlo. Lo que no quiere decir que sea falso al hablar de ese tema, simplemente que soy consciente de otras aguas que corren aquí abajo, y de las que no suelo hablar, directamente al menos, muy a menudo.

Y es cierto, mi historia no es lo suficientemente importante para nadie distinto a mí, y mis sensaciones y aquello que vivo es apenas un ejemplo pequeñito de otra cosa que me cuesta darle forma. Y entenderla, por cierto.

Y es que al igual que el pequeño personaje de una película que vi hoy, quiero contarles cosas que no sepan... mostrarles cosas que no han visto. Y la verdad me cuesta mucho. Sobre todo porque voy y vengo como un vacío entregando cosas y al llegar la noche siento a veces que me queda nada, o muy poco, y terminar de escribir es también entregar el último amortiguador para la caída que es apagar la luz y encontrarme solo, con el miedo del día por delante pues nunca sé que va a ocurrir en él, pero sobre todo solo, pues ese es el vacío que duele a la larga, mientras trato de que algunas palabras queden por ahí en la red o dónde sea para que no se pierdan del todo y sean huellas que recordar cuando llegue el momento, cuando esté mejor nuevamente y el día por venir sea nuevamente algo que puedo afrontar con más alegría... pero bueno, estoy en eso.

Y me cueste o no aquí estoy escribiendo nuevamente. Ya van más de dos meses en que no lo he dejado ni un día aunque quizá por lo mismo la calidad de los textos debe ser ínfima pues no me doy el tiempo de releerlos ni corregirlos ni nada. Y es que en verdad no tengo mucho -tiempo me refiero- así que mejor busco la energía que me queda y me lanzo ya con algo que contar hoy, luego de estas aclaraciones.

Uff, tomo aire...

La película donde salía ese pequeño personaje se llama Yi Yi. Una película taiwanesa cuyo director ganó en Cannes el 2000 a partir de esta misma producción. Edward Yang, creo que se llama el director. Como sea, la película es bastante larga (casi tres horas) y se toma su tiempo en mostrarnos varios personajes metidos en el ritmo de vida contemporáneo, con los valores contemporáneos y con todo lo que esto significa.

Quizá un hilo central en la película, o una presencia central, mejor dicho, sea la abuela de la familia a la que pertenecen los personajes más desarrollados en la historia. Y es que la abuela, a partir de circunstancias algo extrañas, queda en coma y cada uno de los miembros de la familia debe hablarle día a día, por recomendación del médico.

Esta situación -la de hablarle y contarle sobre un yo o un nosotros a esta abuela- hace quizá que cada personaje se haga consciente de su propia vida, de su propio estado, el que en ocasiones se revela aún más "encomado" que el de la propia abuela.

Y es que la vida de algunos personajes, la rutina que llevan cada día, puede caber en un minuto, y a los pocos días uno de ellos llega al colapso pues se da cuenta que ya no tiene qué contarle, que vive en un vacío... obligándolo a preguntarse qué está haciendo todos los días, y con esto obviamente, qué ha hecho de su vida, en qué estado se encuentra.

Y es que los personajes de esta película, así como muchos hoy en día, eligieron en cierto sentido vivir un día igual cada día, quizá con el deseo de no tener miedo al levantarse y no tener que enfrentarse a lo desconocido y a las sensaciones que dicho enfrentamiento promueve.

Con esto, -lo de vivir días iguales- no me refiero, sin embargo, meramente a la rutina de los hechos que se desarrollan en el día a día, sino al ser de cada personaje, al falso equilibrio, a lo estático en que se han convertido... pues es a la transformación de ellos mismos, al explorar en sus propias experiencias y en su forma de ser, lo que temen realmente, como si temiesen encontrarse con que están viviendo una vida equivocada, con que en algún momento tomaron un camino incorrecto o eligieron una vida que no estaba hecha verdaderamente a su medida.

En este sentido, la película refuerza la idea que no conocemos toda la verdad. Que lo queramos o no, seamos conscientes o no de ello, la verdad a la que tenemos acceso, -incluso la de nosotros mismos-, es siempre incompleta, siempre hay algo del otro o de nosotros mismos que no alcanzamos a captar, y es justamente en aquello, en ocasiones, donde está la verdad necesaria para que la vida cobre un sentido más pleno.

Y ese personaje pequeñito que les mencionaba antes, un niño de ocho años que aparece en la película, es el encargado de llevar adelante ese discurso y la forma de revelarnos una posible salida, una solución a este problema.

Y es que el niño es consciente de esta carencia que tenemos todos, lo que se manifiesta por ejemplo cuando ve a una mujer llorando y debe mirarla desde todos lados, para saber, como le explica a su padre, desde donde viene su tristeza.

Sólo puedo ver lo que está en frente, no lo que está detrás, le dice a su padre. Y desde ese mismo momento el niño intenta dar con una solución a ese problema.

Nos topamos entonces con un momento del film en que el niño va a revelar unas fotos, pues a veces ocupa la cámara que le ha prestado su padre. Y al revelarlas podemos ver que ha sacado fotos de muchas personas vistas de espaldas, la nuca de esas personas, aquello justamente que no alcanzan a ver por ellos mismos, otorgándonos además, de pasada, la respuesta para ese problema de conocer sólo una parte de la verdad: que necesitamos a un otro para llegar a conocerla totalmente.

Y al igual que el peluquero cuando nos acerca un espejo y lo ubica frente a otro para que veamos como quedó nuestro corte, este niño le entrega esta foto a aquellos que necesitan comprender esta verdad, o al menos darse cuenta que hay algo que no ven, lo que es siempre un primer paso.

Asimismo, esta idea de complementariedad, -que en la película está abordada principalmente desde el ámbito de pareja-, viene a reforzar algo que le puede dar sentido a la vida de alguien, algo que nos puede llevar a hacer algo realmente significativo, y a amar, por qué no, ese algo que hacemos.

¿Y qué es lo que se debe hacer? ¿Cuál es ese deseo que nace en este niño y que puede darle sentido a su vida?

Sencillo: contarle a los demás cosas que no sepan. Mostrarles cosas que no han visto.

¿Qué no lo hemos hecho? ¿Qué no se nos había ocurrido?

Pues bien, entonces intentaremos hacerlo mejor de ahora en adelante.

Así de sencillo.

Es un compromiso.

domingo, 23 de mayo de 2010

Brueghel, el campesino, y el lenguaje de la tierra.

Se dice que para evitar confusiones con los otros artistas de la familia, comenzó a nombrarse a Pieter Brueghel, el viejo, como Brueghel, el campesino, debido principalmente a la naturaleza de muchos de sus cuadros, donde el paisaje se hizo tema central y las figuras de los campesinos eran abundantes y características.

Sin embargo, con esto, si bien se soluciona un problema que podríamos llamar nominal, se abre un segundo problema, mucho más habitual al toparnos con los estudios hechos sobre este pintor, donde suelen dejarse de lado varios de sus trabajos y se reduce además el papel que cumplen estos mismos campesinos al interior de sus cuadros, como si se tratasen simplemente de rebaños u otros seres-objeto repetitivos.

Y es que el centro de los cuadros de Brueghel -aquí sólo me referiré a él así que no me preocupo más por la nomenclatura-, no deja de ser nunca humano, por más que algunos de sus más reconocidas obras parezcan centrarse en otros elementos.


Tomemos como ejemplo ejemplo el cuadro arriba reproducido. Se trata de una composición titulada La recolección de heno, que formaba parte además de una serie de cuatro pinturas de las cuales tres se conservan actualmente en el palacio Lobkowitz, en Praga.

Podemos apreciar en él cómo los tonos del paisaje se reproducen en los campesinos que aparecen en el cuadro, formando sólo "una unidad", donde existe también un solo ritmo, por llamarlo de alguna forma, prevaleciendo además cierta presencia humana en el paisaje.

No se trata sólo de hombres enmarcados en un medio natural, como se ha pretendido ver, sino que el cuadro revela una comunión entre estos elementos, -algo que se daría también en Japón con Hiroshige y sus estaciones entre Kioto y Edo-, y esta comunión parece mirarnos siempre desde un lado humano, que es en el fondo elemento que da el sentido a esta obra.

Tuve la suerte hace unos meses de estar al frente de este cuadro y no pude no conmoverme con el rostro de una de las tres mujeres que caminan en la parte baja del camino. Y es que una de ellas -no sé si alcanza a apreciar bien en la imagen reproducida-, mira directamente hacia el espectador. Y en la expresión de su cara, -entendí cuando la vi-, parecía estar reflejado el espíritu entero del cuadro, su verdadera dirección. Su significado. Algo que resumía la comprensión del pintor por el mundo que reflejaba.

Y es que creo que una de las cosas que hacen de este Brueghel un pintor superior al resto de los de su época, -aquello que le da una dirección distinta-, es justamente esta composición total, esta comunión que existe al interior de sus cuadros y en que lo central no son ni sus personajes ni el entorno natural, sino que su significado está dado por la armonía que existe entre ambos, por la sensación que se forma por la perfecta correspondencia entre los elementos. Por un todo.

Este todo, sin embargo, no es una totalidad dada por la suma de sus partes, sino que es algo que subyace en el cuadro, algo así como el espíritu del cuadro... y es que si tomamos por ejemplo un fragmentos aislado de uno de sus cuadros, la armonía de éste también se mantiene en dicho fragmento.


Es por esto quizá que no puedo asimilar la obra de Brueghel si no es entendiéndola como un lenguaje por sí misma: nada de signos que funcionan rígida y concatenadamente sino que el conjunto de elementos reunidos en ellos pasa a ser un núcleo indivisible, donde separar significante y significado se hace difícil pues todo forma parte de una misma sensación. Un lenguaje vivo similar a esas lombrices que si las partimos siguen viviendo por separado, pero siempre una misma existencia.

Y es por esto por lo que la obra de este Brueghel me atrae, por que al verla se hacen innecesarios los signos convencionales y tenemos a estas creaciones como un nuevo sistema de sugnificación, un ejemplo concreto de que el arte puede dar forma a un nuevo lenguaje, un lenguaje que no utiliza signos establecidos sino que se presenta a sí mismo como la cosa concreta, algo así como un mensaje divino que no sabe expresarse sino es a partir de las cosas mismas.

Y es que en cierto sentido nuestro lenguaje convencional, -mi medio de sutento a todo esto, y en todo sentido-, no hace sino alejarnos de las cosas mismas, de las sensaciones, del mundo que es un todo indivisible y lleno de un sentido que no puede ser desmenuzado... Recuerdo entonces algunas noches valdivianas cuando la gente celebra y a veces te lanza challas a la boca y a los ojos y pienso que el lenguaje hace también un poco eso cuando intenta dar cuenta de un mundo -interno o externo, no existen aquí diferencias- y por eso es que la obra de Brueghel me parece aún más portentosa: en ella no hay una dirección, en ella hay totalidad, en ella existe la presencia de un lenguaje perfecto: un lenguaje-mundo que se contiene a sí mismo y que se abre continuamente como un mundo-flor.

Con todo, no creo que Brueghel haya sido consciente de su propio lenguaje, más allá que su obra hoy en día más reconocida La construcción de la torre de Babel, trate justamente sobre este tema.

Y es que en esta misma obra podemos apreciar lo que decíamos anteriormente. La obra no sólo da cuenta de esta torre "total", sino que además reúne en ellas una totalidad de estilos (principalmente babilónicos entrelazados con el coliseo romano); une tiempos disímiles reflejados en el tipo de navíos y en la historia misma; une personajes que se expresan de una forma exraña (tenemos por ejemplo la genuflexión propia del oriente), nos muestra una ciudad abarrotada y unas colinas aún despobladas... y por sobre todo nos muestra una construcción-ruina, algo que se yergue sobre pilares y bases aún no terminados... nos muestra, en definitiva, un todo, el producto de una lengua única, y nos restaura, en cierto sentido, ese lenguaje.

Nada más lejano de este Brueghel resulta ser la figura de El Bosco con quien a veces se le pretende relacionar: y es que el todo de El Bosco aún es el resultado de la suma de sus signos, mientras que en Brueghel, -incluso en los cuadros que abordan un tema particular- el todo está ahí como un ente puro, como un lenguaje en sí mismo:un lenguaje que es la cosa misma, como decíamos antes, un híbrido entre un universalia ante rem y uno in rem, aunque no pretendo aquí complicar las cosas.

Prefiero, en cambio, quedarme con el mejor cierre que pudo hacer este Brueghel de su propio lenguaje, me refiero a su última obra, aparentemente inacabada. Se trata de La tormenta en el mar, un cuadro formalmente distante del resto de las obras de este pintor, y que sirve de colofón a este mundo que el propio Brueghel terminaría de hacer naufragar. Y es que al nunca tomar discípulos ni transmitir abiertamente su idea sobre la pintura -Brueghel fallece cuando sus hijos son muy pequeños como para enseñarles-, su lenguaje terminará naufragando como probablemente les sucederá a los barcos de su último cuadro.

Un cuadro en que la fuerza de este mundo aniquilado sobresale y parece volcarse sobre sí mismo. Esto, ya que un lenguaje, cuando es en sí mismo la cosa nombrada y no establece distinciones ni existe como signo, está condenado también a desaparecer cuando deja de expresarse: su expresión es su propia vida, por así decirlo. Y el cese de esa expresión, por ende, viene a marcar el cese de ésta.

Brueghel, el campesino. Un pintor que supo crear un lenguaje de un sólo signo. Un lenguaje total. Humano. Y claro, si Brueghel fue el campesino, este sería el lenguaje de la tierra.

sábado, 22 de mayo de 2010

No somos valientes. Pero vemos Kwaidan, de Masaki Kobayashi.


No somos valientes. Pero de todas formas nos acostamos a ver Kwaidan, mi hijo y yo, esta noche en que llueve, hay truenos, y en que la intensidad del agua es tan cambiante que nos hace ajustar a cada rato el volumen de la película. Tanto así que nos sorprende de pronto un sonido fuerte entre los silencios del film, y nos obliga a saltar.

Es cierto, mi hijo alcanza a ver sólo tres de las cuatro historias y luego debo llevarlo a su cama. Mañana nuevamente no se acordará quien lo llevó y el borde de su sueño con las historías estoy seguro, no estará bien establecido.

Y es que la magnífica película de Kobayashi que acabo de terminar, lleva de manera magistral el aspecto onírico hasta el celuloide, y maneja de forma insuperable los silencios, la música, y las imágenes, construyendo una atmósfera perfecta para esta película en que el miedo que produce no proviene precisamente de las formas convencionales de entender el terror, sino de la naturaleza misma de los espíritus que pueblan el film: aún humanos, aún carentes de algo que desconocen incluso después de muertos. Y es por tanto su propio tormento, -el tormento de estos espíritus-, el que Kobayashi despliega en el film y con el cual irradia, con una luz extraña por cierto, a los espectadores.

Como decía antes, la película está formada a partir de cuatro historias que narran situaciones cuyo denominador común son los fantasmas, los espíritus que han quedado rondando entre los vivos y que establecen contacto con ellos de una forma o de otra.

En la primera de las historias, un samurai abandona a su mujer pues ambos viven en la precariedad y el hombre busca una posición más ventajosa. Por esto, el guerrero se casa con otra mujer y entra al servivio de un importante funcionario. Sin embargo, el samurai comienza a extrañar a su primera mujer, abandonada a su suerte en una casa a medio derrumbar, llena de maleza y que sirve de escenario para la última parte de esta historia.

Y es en esta misma historia donde Kobayashi muestra su capacidad para transimtir aquellas sensaciones que le dan la sustancia a esta película, y que se forman a partir del delicado ritmo con que sabe llevar la narración, así como de la importante construcción visual que realiza a partir de los espacios en que se desarrollan las acciones: espacios que contienen siempre un elemento perturbador, y que, acompañado de una serie de movimientos de cámara muy interesantes -sobre todo si pensamos que esta película prontamente cumplirá los 50 años de vida- terminan por dar origen a un ambiente enriquecido tanto estéticamente como a partir de las sensaciones que alberga. Un ambiente que se revela aún más terrible cuando se llega a la realidad y no cuando se es parte de la alucinación del personaje, lo que enriquece todavía más a esta primera historia.

En la segunda de ellas, la construcción del ambiente resulta, al menos desde mi punto de vista, perfecta. Con unos cielos increíbles y unos colores que transforman la escena constantemente como si de un sueño verdadero se tratase. En ella, la historia cae en un hombre que tras una tormenta en la nieve pierde a su compañero de viaje, y conoce a una extraña mujer quien le perdona la vida haciéndole prometer que guardará silencio respecto a lo que vio, no sin antes amenazándolo, por cierto, con darle muerte si es que lo sucedido sale de su boca.

Pero más allá de lo que sucede en la historia, vale la pena destacar la excelente construcción de los fondos, y la mezcla de interiores y exteriores dados en el film. Además, el juego de luces que se utiliza en esta segunda historia resulta ser la clave para el manejo de la tensión narrativa desplegada, y que nos sitúa, como espectadores, en la posición justa para captar las distintas sensaciones desplegadas en el film: desde el miedo hacia lo desconocido, como la profunda tristeza y sed de comprensión que alberga alguno de los personajes.

Y es que el lenguaje del film adopta formas tan bellas que no sabemos ya qué sentir como espectadores ante el descubrimiento que los personajes hacen del otro. Y el miedo viene a instalarse acompañado de la exaltación estética y de la tristeza por la pérdida de aquello que se ha construido a lo largo de la vida de los personajes, y que es también una vida que se acaba, una experiencia completa que se viene abajo en medio de una hermosa atmósfera cuyos cambios parecen ser un continuo nacimiento, y que están ahí, desbordando vida incluso hacia el final de esta segunda historia, plagada de silencios, frialdad y nudos de asombro.

En la tercera historia, Kobayashi nos relata la historia de un músico que es tentado por los espíritus protaginistas de las historias que él canta. Espíritus que parecen querer ser testigos eternos de su propia muerte, como si la representación de esta, acompañada por la música y el canto de un muchacho ciego, pudiesen hacer resurgir en ellos, de cierta forma, la vida misma.

Y es que la representación es un concepto clave en esta tercera historia, llevada a cabo con una magnífica escenografía, con un ambiente teatral que surge desde lo pictórico hasta lo que podríamos entender que ve este mismo muchacho ciego al cantar aquellas historias.

Kobayashi nos muestra así, por medio de la voz y el laúd del muchacho -un biwa para ser más exactos-, historias que tienen que ver con batallas y gestas heroicas, nacidas desde un mundo histórico real, pero que hacen surgir un mundo mítico lejano a una representación realista, un mundo que es además el vínculo perfecto entre el mundo de los espíritus y el mundo real de quienes rodean a este muchacho e intentan, luego de enterarse de lo ocurrido, portegerlo de dichos espíritus.

Esta historia hace nacer así una mezcla perfecta entre las antiguas epopeyas y el espíritu trágico que rodea siempre la ausencia de un mundo perdido; el recuento eterno de esta pérdida que es además la forma de sobrevivir que tienen cada uno de los seres que ya dejaron esta vida.

Y la forma en que se da origen a este mundo... en que éste se pone de manifiesto en el film, -si bien puede tener ciertos lazos con alguna de las historias de Kurosawa en Los sueños, o con el final de Madadayo-, me parece única, el testimonio más hermoso que puede tenerse de la unión de un músico ciego y la forma en que éste da origen a un relato que permanece eterno... un músico que además debe hacerse texto sagrado para evitar a los mismos espíritus... un nuevo Homero creando epopeyas magníficas y tristes, y un drector que sabe poner de manifiesto de forma perfecta ese mismo mundo y lo lleva hasta nuestros ojos.

Una pieza magnífica que es, en cierto sentido, el final verdadero de este film.

Y es que en la última historia, Kobayashi propone una especie de conclusión para estas historias de fantasmas.

Es cierto, lo hace a partir de una historia, pero se trata de una historia que habla justamente de las obras fantásticas inacabadas, -bastante abundantes en el Japón-, y permite salir del interior de los textos hacia el mundo real a partir de uan propuesta que busca explicar el porqué de esta ausencia de finales.

A partir de esta idea, Kobayashi parece mostrarnos que los espíritus que poblaron las historias narradas, pueden también irrumpir en el propio creador de ellas...

La historia en sí trata de un samurai a quien se le aparece una imagen de otro en una taza de té. Tras varias veces que le sucede lo mismo el samurai termina por tragarse el líquido que contenía aquella siendo acosado por esta.

Pero la historia va más allá de estos hechos. Y es que luego, se nos muestra al autor de aquella historia, y la película parece plantearnos algunas preguntas concretas que me parecen claves para llegar a lo que realmente nos propone este film: ¿Qué ocurre con el escritor que se traga un alma? ¿A dónde viaja esa perturbación, esa inquietud de las almas que las hace vagar errantes entre dos mundos?

Esto, por cierto, que no es en ningún sentido una interrogante sencilla, es lo que siento, hace llegar a este film adonde la mayoría de los films de fantasmas no alcanzan a llegar: a lo trágico que se esconde en cada una de estas presencias, a la necesidad que permanece viva y que busca posicionarse siempre en algún otro.

Kobayashi, de esta forma, sabe entregarle ese espíritu inquieto al propio espectador, invitándolo, en cierto sentido, a comprender su propio espíritu trágico, aquel que convive con él como si cada uno cargase también el embrión de su misma muerte. Un ser que sin embargo está vivo y que tiene al mismo tiempo una carga sublime sobre su espalda.

Y esa belleza sublime, y esa tragedia sublime, -que es en definitiva lo que carga ese ser-, conviven en este film hasta el punto mismo en que se debe dejar libre a este espíritu. Y es que esta obra vuelca este ser hacia al espectador precisamente en su última imagen: una taza de té vacía volcada hacia el propio espectador... un alma que se ha liberado y que no sabe ya en que sitio se encuentra... una existencia triste, bella y cercana como nosotros mismos. Hecha a medida de cada uno de nosotros. Como si se nos invitase a beber de nuestro propio espíritu.

viernes, 21 de mayo de 2010

Respeto a los dioses. No confío en ellos.


Termino de ver la saga Samurai, de Hiroshi Inagaki, filmada en los años 50 y quizá la más importante de aquellas donde se reflejan los valores y la formación de estos guerreros, esta vez en función de la figura de Miyamoto Musashi, quizá el más venerado de los samurai en la historia del Japón.

A través de las tres películas que la componen, Inagaki no sólo muestra la transformación de este personaje hasta uno de sus duelos más memorables, sino que sabe abordar el problema que le plantea a este ser rudo y sin mayor preparación, -al menos según la visión de la película-, transformarse en un samurai y aprender, al mismo tiempo, lo que significa realmente ser un hombre y reconocer, en las acciones más cotidianas, el verdadero valor de la vida.

Todo este proceso, por lo demás, será reflejado magistralmente por Mifune, quién logra mostrar a través de su actuación, la evolución de este hombre. Ya sea en su uso del lenguaje, en sus movimientos, o hasta en la forma de mirar a los que lo rodean, y relacionarse con ellos.

La ctuación, además, se refuerza con el cambio en el enfoque que propone Inagaki al momento de mostrar al personaje, ya que las tomas que realiza, y que sufren una fuerte transformación a partir de los mismos cambios que le suceden al personaje, me parecen muy bien realizadas y, si uno quisiese visualizar al personaje en dos momentos distantes del film, se daría cuenta inmediatamente que la forma en que es tratado por la cámara ha variado también, lo que colabora con el excelente trabajo de Mifune que mendionábamos anteriormente.

De esta forma, en la primera película de la saga, se nos muestra al personaje rudo, sin preparación alguna, que se lanza a la guerra con un objetivo reducido y poco trascendente, asociado con la fama principalmente aunque existan ya, desde un incio, ciertas acciones que dan luces sobre algo que está latente en su espíritu y que tiene ansias de otros logros.

Sin embargo, ya en esa misma película, el personaje de Musashi sabe diferenciarse del resto de los hombres comunes, tomando distancia de los deseos por los que estos hombres son arrastrados. Y es que el personaje interpretado por Mifune tiene una fuerza que es pura, que arrasa con todo sin contaminarse aunque, hasta ese momento al menos, sin ser consciente de su verdadera fuerza y naturaleza.

Quizá por eso sea necesaria la figura del monje que lo atrapa. O la excelente imagen de cuando Musashi -aún llamado Takezo pues aún no adoptaba su nombre nuevo-, se encuentra amarrado colgando de un árbol, siempre encolerizado, nunca dispuesto a doblegarse, pues no sabe ni entiende siquiera lo que está viviendo, de qué debe arrepentirse, y no morir quizá sea la única forma que tiene entonces su espíritu para manifestarse.

Para su liberación es necesaria la presencia de Otsu, otro buen personaje, y con una actuación notable. La mujer que será la contraparte de este samurai, y que lo incitará continuamente a optar por un mundo o por otro, hasta que se dé cuenta que quizá ninguna de esos dos mundos, que él mismo convierte en sus dos opciones, existen de la forma en que él los cree, realmente.

En esta película también se aprecia el inicio de la educación samurai de Musashi, y si bien aún no le da forma a la esencia del personaje, le hace ver que no es nada aún, que su camino no fue camino y que éste recién está ahí delante. Que no llega ni a la s de samurai, y le muestra además el sacrificio que ha de hacer si realmente quiere llegar a ser esto.

Y Musashi lo hará. O lo intentará al menos. Quizá porque no es nada bajo la máscara de samurai que pretendió tener erróneamente en un inicio, y deberá forjarse un rostro a medida que se aleja de lo que para él, no tiene una forma concreta.

La segunda película de la saga, en cambio, recoge a un personaje que ha desarrollado una técnica, que tiene la fuerza necesaria para vencer, es decir, un personaje que podría quizá ser llamado samurai y ser respetado por sus contrincantes. Sin embargo, Musashi parece saber, y así lo va haciendo a lo largo de la película, que aún necesita algo, que hay algo que no comprende, y que no cesa de intentar conocer en medio de sus acciones.

En esta película entonces, Musashi, se da cuenta que no es aún un samurai, que es sólo un hombre fuerte... es cierto, quizá el más fuerte de todos, pero aquello es insuficiente para darle una forma real a su espíritu.

Y es que a Musashi parece sobrarle arcilla tras tomar esa forma, y sigue buscando, -mientras lucha con toda una escuela de espadachines y es acosado por Otsu y por otra mujer interpretada por Mariko Okada, quizá la más bella de las actrices japonesas que he visto-... ¿qué decía? ah, que Musashi sigue buscando forma... que su fuerza le es insuficiente y los triunfos tampoco le terminan de enseñar lo que busca.

Quizá cuando se da cuenta de esto Inagaki se conforma y dar por terminada esta segunda parte. Esto, no sin antes introducir al personaje de Kojiro Sasaki, un vanidoso samurai obsesionado con ser él quien logre vencer a Musashi y que será parte esencial de la última película de la saga.

En ésta, en la tercera y última película de las presentadas por Inagaki, Musashi ya ha comprendido algunas cosas. Evita la fama y las batallas innecesarias, y hasta se va a vivir a un pequeño poblado donde comienza a trabajar la tierra.

Es cierto, tiene un duelo pendiente con Sasaki, pero su modo de entrenar, su forma por lograr el aprendizaje que aún le faltaba, adopta el camino de esta vida sencilla, aislada... la vida que en definitiva de la cual el personaje había huido en el inicio de la primera película.

Desde este punto de vista, es como si Musashi quisiese asomar su cabeza dentro de su otra existencia, esa que no eligió, pero que quizá también tenía algo que enseñarle. Y es que al dejar los deseos de fama, al alejarse de todo para arar la tierra, Musashí llega a comprender aquello que había andado buscando, tal como se lo hace saber a Otsu, quien llegó hasta aquel poblado, buscándolo:

"¿No es extraño? Estoy empezando a captar el verdadero valor de la vida. La tierra me lo ha enseñado"

Sólo entonces, tras haber comprendido aquello que le enseña a este samurai a ser también un hombre, se encuentra este hombre-samurai preparado para acudir a su duelo con Sasaki.

Y es que la historia de Musashi podría resumirse un tanto así:

"Hubo una vez algo que quiso ser un samurai. Y ese algo tenía fuerza e ímpetu similar a la de un hombre. Y ese algo logró hacerse samurai, y fue como si un vacío se hubiese puesto una armadura. Pero ese vacío hecho samurai se dio cuenta que necesitaba de un hombre debajo, para no seguir sintiéndose vacío -algo así como El caballero inexistente de Calvino-, y para sostener y dar forma a aquella fuerza que sin el hombre debajo podía incluso volverse contra sí misma..."

Y bueno, tras entender esto, decíamos. Musashi va a su duelo, viajando sobre el mar -sobre el agua que ya había sido clave en las películas anteriores-, y se prepara para enfrentar a este samurai que era en cierto sentido su opuesto, y luchan en una escena bastante bien lograda -a diferencia de varias escenas de la saga que carece en general de una buena fotografía- justo ante la puesta de sol, en el borde del mar... como para que se oculte de una vez ese samurai-sol y termine de nacer el hombre. Una lucha entonces, similar, podríamos decir, a un trabajo de parto.
Es entonces cuando la saga de Musashi da término, aunque pudiese haber seguido pues su vida y sus historias daban para mucho más, y es que la intención de Inagaki parece estar clara y bien establecida desde un inicio. Y es que luego que el hombre-samurai está terminado, hay que dejarlo en libertad para que siga su vida y ya no tenemos derecho para inmiscuirnos ella.
A pesar de eso, -sin saberlo en realidad pues este acto fue anterior a ver las películas-, me inmiscuí de todas formas leyendo el libro que Musashi escribió poco antes de su muerte. Y es que dos años antes de aquello, Musashi dejó el castillo donde vivía ejercitándose en una serie de técnicas artísticas y de meditación y se alejó hasta la caverna Reigando. En ese lugar, donde permaneció sus últimos años, escribiría El libro de los Cinco Anillos, donde a excusa de hablar de la estratefia y de las técnicas con la espada, nos cuenta exactamente como se forja realmente un hombre... como la debilidad a un lado de la fuerza es necesaria para darle sentido a nuestra vida y apreciarla plenamente.

Y es que Musashi había aprendido de dioses que le habían enseñado que la fuerza es la mayor virtud. Y, si bien los respetó, supo darse cuenta que dentro del samurai que domina aquella fuerza existe también un hombre, y que la naturaleza de ese hombre, esa debilidad humana que mucha veces los dioses criticaron, era la verdadera guía, el complemento necesario para que la tierra del espíritu humano diese frutos buenos. Y abundantes.




jueves, 20 de mayo de 2010

Sobre algunos bordes de mi mundo -erróneamente llamados límites- y mi afecto por Wittgenstein.

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De Wittgenstein admiro sobre todo su trabajo como jardinero. Y es que si tiene razón en lo que plantea sobre el lenguaje, no sólo me quedo sin trabajo, sino también sin mundo.
Así que es también correcto decir que es con todo el miedo de perder un mundo con lo que admiro el trabajo de Wittgenstein como jardinero.
¿O no debí haber dicho "es con todo" sino "es equivalente" y establecer una comparación entre la cantidad de miedo y la cuantificación de la admiración?
¿O no son estos últimos cuantificables?
¿O existe un problema más de fondo en todo esto?
Quizá el primer Wittgenstein podría contestarnos. Y es que suele hablarse de dos Wittgensteins pues su pensamiento parece contradecirse en dos distintas etapas: una primera testimoniada en el Tractatus (único libro publicado en vida) y la otra puesta de manifiesto en los cuadernos azul y marrón (y quizá más organizadamente en sus Investigaciones filosóficas, aunque yo no esté tan de acuerdo con eso, cosa que a nadie le importa).
Pues bien, el primer Wittgenstein, como decía, quizá puede contestarnos. Porque aún cree en las palabras para dar explicaciones del mundo. Aún es lo suficientemente ingenuo para ello. Todavía sostiene que nuestro mundo, a partir del lenguaje descriptivo, sustentado en la lógica, puede darse, a partir de esta misma relación.
Es decir, parece creer que el mundo está formado -sé que esta frase no es pertinente, pero da sentido- que está formado, decía, a partir de las relaciones que la lógica, a través del lenguaje, permite hacer con los objetos, para transformarlos en hechos del mundo, que son a su vez, la sustancia misma del mundo, o el mundo mismo, (lo que por cierto, no debiese ser lo mismo).
Con esto, sin embargo, el primer Wittgenstein estaba negando la existencia del mundo como una verdad. Me explico, si bien no lo negaba explícitamente, Witt prefirió aquello significativo, cuya condición estaba dada a partir de un estado de cosas lógicamente posibles (vale decir un hecho lingüístico lógicamente bien establecido) a cualquier otra forma que existiera fuera del lenguaje.
El mundo, según este primer Wittgenstein sería entonces la suma de esos hechos verificables en el sentido más que en su verdadera existencia, es decir, dados a partir de relaciónes lógico-lingüísticas y no necesariamente en su estado concreto. Es decir el mundo formado por los hechos que se dan y no se dan realmente, pero que son posibles lógicamente, como hechos lingüísticos, que dan, en definitiva, ser al mundo.
¿Qué quiero decir con esto?
Sencillamente que no logro querer a Wittgenstein por esto. Y sin embargo le tengo un aprecio increíble. Profundo y significativo más allá de toda lógica pues lo siento concreto aquí cuando busco hacerlo parte de su mundo, en medio de estas palabras.
Y es que si llego a tenerle cierto cariño a este primer Witt, quizá sea por la ingenuidad de haber dejado fuera del mundo existente su mismo texto que da cuenta de este periodo: El Tractatus Logico-Philosophicus, ya que si sólo podemos hablar de los hechos del mundo, sustentables entre la relación de objetos pensables, -en otras palabras: "decibles"-, y el Tractatus habla de la herramienta, es decir, habla de la lógica y el lenguaje que se establece como la prueba sólida que nuestro mundo existe como hechos validados a partir de esa misma lógica y ese mismo lenguaje... pues entonces el Tractatus mismo queda fuera de ese mundo, ya que la lógica o la forma lógica no serían describibles, pues serían ¿en relación a qué? si elllas son las bases que explican el funcionamiento de esas mismas relaciones.
En definitiva, mi afecto por ese primer Wittgenstein es aquel que se siente por un niño que crea un juego extremadamente complejo donde utiliza todos sus juguetes -no hablemos aquí de amigos que esto se complica- pero él mismo queda fuera de ese juego y sólo puede observarlo desde fuera, pues es el creador y es además quien lo sustenta, y es también, por si fuera poco, las reglas mismas de ese juego, y no tiene derecho, ni razón, ni posiblidad, de darse dentro de él.
Resumo: le tengo afecto a ese primer Wittgenstein -un afecto que por cierto no logra explicar todo mi afecto y admiración- porque es un niño que se quedó afuera de su propio juego. Afuera del mundo que él mismo había descubierto. Y ese afuera permite además creer en lo místico. En aquello que existe fuera de este mundo lógico, y en el cuál hay, al menos, un niño solo, viendo funcionar un mundo.
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Debo entonces buscar la fuerza de mi afecto, o parte de esta fuerza de esta voluntad de afecto que es enviada hacia ese nombre (Wittgenstein) en otro lugar. Así que intento buscarlo en ese segundo Wittgenstein. En el de los Cuadernos azul y marrón.
En ellos, el nuevo Witt, va a dejar de lado la lógica, -al menos en parte-, y se centrará más en el lenguaje, en quienes lo practican, y en la utilidad -nuevamente no es ese el término pero qué le voy a hacer si en diez minutos debo irme a trabajar-, que éste tendría.
Para esto Witt, comenzará ahora a hablarnos de otro juego. Un juego donde las reglas no estarían dadas por la lógica sino en el uso y en el contexto donde el uso y la aplicación de las proposiciones -que siguen en todo caso dando esencia al mundo- se establecen.
Entonces, el juego pasa a ser algo así como probar si una proposición es absurda o no a partir del contexto y los hablantes (cuyas experiencias de vida forman su propio contexto) y ver si resulta pertinente o no -a veces Witt será nuevamente ingenuo y hablara de verdad-, y ver si esa frase es, -lo reconozco, en palabras vulgares-, como si apostásemos sobre si un viejo es capaz o no de orinar al interior de un tiesto que es el mundo de las proposiciones correctas.
¿Pero si el veiejo le achunta afuera?
Primero, que no le achuntaría. Fallaría y caería afuera, que es distinto. Segundo, caería en una región del mundo (porque al menos aquí Witt acepta que esto sigue perteneciendo a esa gran estructura aunque quede fuera del sistema-contexto particular establecido por la experiencia de los hablantes) equivocada, una región del mundo donde no es pertinente. Imaginemos entonces una alfombra, sólo que Witt no se preocupa de hablarnos sobre las consecuencias de que este líquido lingüístico caiga fuera del tiesto, ya que ha pasado a centrarse en el tiesto mismo y en la utilidad de la orina del viejo -que no pasa de ser un juego y por eso no consigo apreciarlo demasiado por esto- dentro de dicho recipiente.
Sin embargo, podríamos señalar, este juego no es privado. No es privado ya que para validar sus reglas, es necesario que exista una comunidad de hablantes, una serie de sujetos que digan cuál es el tiesto y cuál no y que marquen las reglas de funcionamiento de la caída de orina de ese viejo y que vigilen que este viejo no haga trampa y se le ocurra decir después que ganó el juego cuando el tiesto quedó vacío.
En otras palabras, Witt está negando la existencia posible de un lenguaje privado pues este debe funcionar en base a reglas, y esas reglas fijan un funcionamiento, con lo que, al ser un lenguaje particular, las normas de ese funcionamiento variarían infinitas veces a partir del uso concreto de la persona, siendo además un uso siempre correcto, cosa que a Witt parecía molestarle, quizá porque seguía siendo lo suficientemente lógico, después de todo.
Y entonces
1. ¿Siento o no afecto por afecto por este segundo Wittgenstein? y
2. ¿Basta este afecto, más lo sentido por el primer Wittgenstein para explicar la totalidad de mi afecto-admiración?
Pues sí, siento afecto. Pero no el suficiente para explicarlo todo.
Y siento afecto por este Witt segundo, a pesar que siento no resuelve nada con su discurso, y su pensamiento queda ahí como un cartel que nos invita a llegar a una villa en la que es imposible avanzar. Bienvenidos a Villa Perlejos, parece decirnos. Un pueblo en el que usted nunca podrá transmitir aquello que siente pues el lenguaje no es individual y se basa en experiencias personales, por lo que el otro y usted mismo siempre, a pesar de los intentos que haga, siempre estará hablando consigo mismo aunque sus estructuras comunicativas parezcan estar relacionándose con un otro, y le produzcan espejismos.
Villa Perplejos, un pueblo en el que se piensa que el mundo está dado siempre al interior del contexto comunicativo particular de cada situación, pero que a la vez cada situación se desvaneces y da realidad a otra situación más pequeña -algo así como esas muñecas rusas que van unas dentro de otras- hasta terminar con un lenguaje que es individual y que por cierto, no es válido, y que por lo tanto, se anula a sí mismo. Y si está enredado mejor que venga Gödel a explicárselo. Un tipo que vive en otra villa cercana a esta, pero que tabién se desvanece, por cierto, a pesar de lo cual sigue siendo verdadera.
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Pero entonces ¿de dónde mierda viene mi afecto por Wittgenstein? ¿Por qué me es simpático este tipo que pretende dejarme sin empleo y sin mundo y dudando de mí y de mí lenguaje y del que forma y que transporta mi lenguaje?
Quizá mi efecto y mi admiración, como decía en un principio, se dirige hacia un monasterio en Viena donde Wittgenstein trabajó como jardinero.
Ahí, en medio de esas plantas, añejado de todos, y en silencio, es cuando siendo que este Witt necesita mi afecto. Y entonces se lo envío.
Y es que estuvo ahí varios años. Los suficientes, supongo, como para ver crecer aquello que él mismo debió haber sembrado.
Ver nacer un mundo, en definitiva. Un mundo real, percibible y bello y que no me deja sin trabajo ni destruye mi propio mundo, por cierto. Ni el de nadie.
Vaya entonces a ese Wittgenstein mi afecto... y mi admiración... y no detallo más otros aspectos de ese Witt porque de renuncias a herencias, de ir a pedir disculpas a esos alumnos que golpeó, y de otra farándula varia también hay mucho que decir y poco tiempo.
Y lo importante aquí es admirarlo mientras limpia aquellas hojas y abre la tierra, para que de la tierra removida nazca ago...
Y sí, de Wittgenstein admiro sobre todo su trabajo como jardinero. Y es que si tuvo razón en aquello que planteó...
¡Ahhh! parece que ya dije esto.
Y voy atrasado nuevamente.

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