miércoles, 30 de junio de 2010

Fin de mes / Tres películas

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Se acaba el mes otra vez. En esta ocasión lleno de trabajo en los colegios y quizá con menos tiempo para más lecturas u otras cosas. Me gustaría sin embargo, referirme a algunas cuantas películas que vi este mes y que quizá valgan algunas palabras, al menos. Por tiempo elegiré sólo tres, de las que encuentro además links para bajar de forma fácil y sus respectivos subtítulos, por si alguien se anima.


A) Chronopolis, de Piotr Kamler (1983)

Veo esta extraña película de animación (Stop Motion, básicamente), motivado en parte por una reseña en la que se señalaba que la obra estaba basada en un libro de J. G. Ballard que me había llamado bastante la atención.

El film en cuestión intenta dar cuenta de una ciudad "espacial" donde unos seres se encargan de crear el tiempo. Estos seres, por lo demás, parecen jugar con esta creación que se refleja de una manera visual a partir de elementos concretos, los que son manipulados por estos seres quienes los manejan de una extraña forma, cuyo significado específico no logré desentrañar.

Es cierto, la película llega a cansar por momentos, quizá porque la narración que se desarrolla no está hecha por actos convencionales, -los cuales necesitarión justamente de tiempo para desarrollarse-, sino que estos "actos" son más bien pausas, elaboradas a partir de juegos enigmáticos que ocurren fuera del tiempo, entre los espacios en blanco que quedan entre un segundo y otro.

Algo más interesante se torna la historia cuando un personaje humano logra llegar hasta esta ciudad, y se relaciona con estos "elementos concretos" que son la sustancia del tiempo, aunque tampoco se llegue a un desarrollo de acciones bien establecido, y lo interesante -del argumento- termina por diluirse nuevamente.

Sin embargo, -más allá de que no pueda defenderla ni recomendarla efusivamente-, me parece una obra que, si bien propone una interpretación algo abstracta de la novela de Ballard, posee cierto atractivo que pasa a veces por su propuesta visual, por su música (en momentos) y principalmente porque, más allá de que no sea muy de nuestro gusto, se nota que el resultado final, fue el que el director quiso lograr.

Por último, creo que a Ballard, por más que no haya entendido mucho algunas cosas de la película le habría gustado bastante.

"Se nota que es un film polaco", habría dicho. "En todo sentido".


Links (encontrados por la web)



B) Arrebato, de Iván Zulueta (1979)

Interesante película española, a pesar de innumerables peros que podría enumerar, pero que de cierta forma siento no vienen al caso. Luego explicaré por qué.

La película habla sobre el lenguaje cinematográfico, como un experimento que adquiere vida propia, y que quita vida, por cierto. Un mirar que se transforma en ser mirado. Un absorber imágenes que se transforma en un ser absorbido. Un vivir que se ve truncado y que no parece tener salidas.

Y es que los personajes que aparecen en esta película son seres que parecen consumirse poco a poco. Algo hay en esta película que los consume... algo desagradable que llega hasta nosotros como espectadores, pero cuyo desagrado también nos atrapa, de cierta forma.

La película parece así descomponer su propia trama, desencajar las acciones, desestimar la vida de los propios personajes. Sexo, drogas, proyectos cinematográficos... todo en esta película parecen muñones, puertas que dan a cuartos oscuros, húmedos, donde algo acaba de desaparecer, de perderse, de desperdiciarse.

Y este desperdicio, este parecer botar un guión por la borda, termina por atraer, por hacer de esta película una obra completa, por hacernos partícipes de este arrebato, de este perder el control: de poner fuera de uno mismo algo que nos desagrada ver fuera de nosotros...

Y es que la película de Zulueta existe "fuera de nosotros", y al no ingresar nunca a nuestro ser, al no congraciarse con nuestras emociones, comienza a vivir realmente, como debiera hacer toda forma de arte.

Por eso no creo valga la pena desarrollar los peros que puedan hacérsele, porque esta película trasciende esos peros y se estable como una obra, como algo completo, como algo desagradable, pero con una existencia fuera de toda duda. Como un perro extraño que está en una calle que vas a atravesar en medio de la noche y que no sabes qué puede hacer, sólo ves que se te acerca demasiado y que te mira de una forma extraña, y ya es tarde para hacerle el quite o buscar otra calle. Si ya empiezas a ver esta película de Zulueta, por más que te desagrade e incomode, no vas a dejar de verla, y cuando quieras comentar algo de ella, te costará hablar de sus defectos, porque sabes que en cualquier momento esta película puede lanzarse sobre ti y morderte la cara y demostrarte que sí era una obra de arte, y que no tuviste ojos para verla .

Una película que le habría gustado hacer a Lynch, pero que le salió a otro.

Una película que quedar arrojada como un guante en una pieza oscura. Pero no como un guante cualquiera, sino como uno que tiene además, una mano adentro.




C) La noche de la iguana, de John Huston (1964).


Para el final, aunque brevemente, unas palabras para esta tremenda película de John Huston. Una obra hecha en base al guión teatral de Tennesse Williams y que, según mi opinión, llega incluso a superarlo.

Y es que John Huston parece captarla en su totalidad y llevar al extremo a sus personajes, excelentemente interpretados por Burton, Ava Gardner y Deborah Kerr –aunque muchos otros papeles menores ayudan también a mantener en alto esas primeras actuaciones-.

Una película que pone variados temas en su superficie, como si “limpiando” un lago para encontrar un cadáver, los garfios dieran con un sinnúmero de cuerpos que, extendidos en la orilla, se descubren a sí mismos como seres que aún respiran.

Una obra donde el discurso y el mundo existente en cada personaje, -con una problemática interesante y particular-, se encuentra con otros discursos igualmente interesantes, aunque totalmente distintos entre sí: dando como resultado una atmósfera perturbadora, donde todos los nudos presentes en los personajes, parecen dar forma a una metáfora profunda, a un significado que, si bien está presente en la obra de Williams, se potencia en la película de Huston, ya que éste le aporta una trascendencia, una espiritualidad, que Williams no alcanza –no se interesa por alcanzar- del todo. Como si con todos esos pequeños nudos, se creara en la película una figura mayor, un ser distinto, que no existiría de no ser por la existencia de todos esos nudos particulares, pero que a la vez respira, por algo que va más allá de esos mismos nudos. Algo que los trasciende.

Y es que Huston, si bien más simple e ingenuo que Williams, parece aún creer en cosas en que el dramaturgo ya no cree; y esa misma fe, esas creencias, enriquecen la obra teatral otorgándole una dirección nueva al significado primero, y fortaleciendo, por tanto, su sentido.

Una obra excelente, con un guión maravilloso y actuaciones soberbias. Una de las mejores películas de Huston, muy cuidada además en las imágenes y hasta en el vestuario de algunos personajes. Una película rica en fiebres, desequilibrios y hasta en redenciones.
Una película grandiosa.

martes, 29 de junio de 2010

Mujeres en blanco y negro.

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Me despierto a mitad de la noche. Sueño con mujeres en blanco y negro. Mujeres que saben quiénes son y que se mueven como si el sueño fuera suyo. Reconozco a la Dietrich, a Norma Shearer, a la Garbo. Las observo desde el único rincón de color que va quedando en mi sueño. Mientras tanto ellas se pasean, observan con seguridad, con propiedad: donde quiera que miran el blanco y negro se establece, como si marcaran territorio, como si algo de ellas pasara también a ser parte de aquello que las rodea.

La Shearer lleva unos muñecos en sus manos. Son figuras de hombres, todos con sus respectivos trajes y corbata a rayas. Ella los mira, los elige, los mastica. Les arranca la cabeza uno a uno y arroja los restos a una canasta que se encuentra en un rincón. Ella es la divorciada, el personaje de aquella película que vi al menos hace seis años, aquella película en que una mujer lograba, quizá por vez primera, oponer la infidelidad femenina a la masculina, llenar la pantalla, cambiar un estereotipo, alterar un paradigma.

Por otro sector de la habitación se pasea la Garbo, como un animal en una jaula, sólo que la jaula ha sido diseñada por ella misma, está hecha a su medida: le pertenece. Como pasa cerca de mí observo que en verdad tiene tres rostros: desde el ángulo en que se mire resulta por mostrarnos algo diferente: El demonio y los hombres, Ana Karenina. Cristina de Suecia... hay algo en ella que parece crecer, evolucionar casi, algo que se acerca a una perfección, una complejidad que adquiere en cada paso, en cada mirada. Sus ojos ven un mundo distinto cada vez, y el mundo se transforma a partir de su visión... Mientras, yo trato de permanecer escondido para conservar algo de mi mundo: empuño mis manos para guardar en ellas una semilla de la cual pueda volver a brotar aquel que conocí en mi vigilia. Recuperarlo.

No sé quién soy en el sueño, sólo sé que esas mujeres están ahí y su dominio es abrumador, mi sueño les pertenece. No puedo escapar de la Dietrich en Shangai Express: me ha visto, no sé quién soy, no sé quién quiere que sea.

Y es que algo pasa en este mundo anterior al código Hays, un lugar donde el crimen, el mal y el pecado están reconociéndose, un lugar donde estas mujeres han abierto camino y donde son dueñas de todo. Donde lo correcto y lo incorrecto es reescrito a cada instante. Donde hay algo que embriaga y apasiona, aunque a veces también te persigua. Y hasta te asfixie.

Intento huir, me escabullo entre túneles de piernas, choco con mujeres-arpas, con mujeres-espejo, con esas coreografías de caleidoscopio tipo Busby Berkeley donde todo gira en torno a un centro que se desdibuja y se vuelve a formar de un momento a otro: como una flor que pudiera abrirse de forma sucesiva infinitas veces...

Por un momento temo ser Ricardo Cortez, el actor que coincidió en el papel de aquellos hombres asesinados por estas mujeres en blanco y negro: muerto por Loretta Young en Midnight Mary, o por Kay Francis en Mandalay, o apuñalado increíblemente por Dolores del Río en Wonder Bar...

Por un momento temo ser presa de estas mujeres. Y hasta me atrae el temor que aquello suscita.

Sí. Me despierto a mitad de la noche. El sueño se ha hecho más intenso y los colores se han desvanecido. Y es que me apasiona ese Hollywood perdido, castrado, censurado hasta la quietud con compresas frías. Ese mundo en blanco y negro, pero que a la vez contuvo colores ardientes, pulsaciones... fiebre. El mundo al que canta la Dietrich en vudú caliente y el mundo que me acoge en algunas noches cuando busco aquellas películas... cuando me asombra la fantasía de la Hepburn en un aeroplano o esas coreografías equilibradas a mil pies de altura...

Y sí, soy tímido en mis sueños. Algo cobarde. Me dejo intimidar por la Crawford y por los ojos de Bette Davis. Me da miedo alterar algo en estos sueños, pues en ellos hay algo perfecto que no me pertenece. Algo que puedo pasar noches enteras mirando, sumergido en tramas que soy incapaz de cuestionar, en diálogos que me parecen soberbios. Películas que me revelan un mundo que incluso hoy se instaló dentro mío. Un mundo que hoy rebalsó mis sueños.

Un universo sublime. Como la belleza de Jean Harlow.

lunes, 28 de junio de 2010

No todo es una obra de arte, o mi día como Steve Buscemi.



Se viene el cierre de semestres en los colegios y estoy lleno de trabajo. Como doy pruebas a escoger cuando se trata de libros, y a veces exagero un poco, resulta que debiera tener ya entregadas 9, de las que tengo hechas 3 y no pienso intentar hacer ninguna más, al menos hoy.
Además están algunas revisiones pendientes y pruebas atrasadas que debo organizar.
Estoy como en uno de esos sueños desagradables donde se te pierde alguna cosa y no puedes encontrarla, pero el problema es que acá no sé siquiera qué es aquello que debo buscar, y no tengo ánimo de dar ni un paso.
Revisé un par de horas algunas pruebas, me junté para ver el partido en que Chile perdió 3-0, y acabo de ver una película que había ganado el premio del público y el de guión en Sundance y resultó ser pésima. Salvo por Steve Buscemi que cuando se trata de ser pésimo sabe serlo de la mejor manera.
Y es que hoy me siento como Buscemi, es decir, sé que el papel de hoy día será el de hacer de Steve Buscemi, y eso se traduce en fracasar, en perderse un poco, en ser algo que no cuaja.
Y claro, es agradable verlo: en El gran Lebowsky, en Ghost World, o dónde sea, pero cuando te toca actuarlo la sensación no resulta agradable, se los aseguro.
La película que acabo de ver se llama Living in Oblivion, dirigida “por el que alguna vez fue director de fotografía de Jim Jarmusch”, y cuyo nombre ni siquiera recuerdo. El film además trataba justamente del fracaso al grabar una película, intentando ser chistoso, pero la verdad es que a mí me toco hoy día representar a Steve Buscemi y no creo que haya nada que me produzca gracia alguna.
Bueno, quizá un poco Zamorano comentando el partido de hoy e intentando dar frases organizadas leyendo mal desde un papel de apuntes… pero bueno, eso no era gracia en verdad, era cierto afecto mezclado con algunas buenas sensaciones, como si fuese uno de mis alumnos, de esos que les cuesta un poco.
Y sí, llevo unas cuantas entradas pésimas y espero renovarme un poco, terminar este semestre y ver qué hago. Pero no lo decidiré hoy. Hoy todo se verá mal y fracasará de entrada…
¿Qué le habrá visto el público a esa película? ¿Y ese habrá sido en verdad el mejor guión aquel año?
De verdad no logro entenderlo. La película mostraba situaciones donde fallaban numerosas veces algunas tomas de una película… luego habían mezclas de sueños u obsesiones y se mezclaban un tanto los planos de realidad en el film. Blanco y negro y color y …
De verdad no entiendo.
No es que fuera tan mala, definitivamente hay peores… hoy por ejemplo veo en las noticias que se estrenará una nueva película chilena “El limpiador de piscinas”, y se nos dice que el director, “sólo quiere entretener”… mientras se nos muestran unas escenas terribles y… a quién le importa…
Además suena a título de película porno… recuerdo que en el colegio como castigo por haberle puesto un candado en los ojales a la chaqueta de un inspector… -no debiera darles estas ideas a mis alumnos, pero bueno…-, por poner ese candado del que además no tenía la llave, me obligaron a hacer el diario mural de novedades y panoramas para todo el colegio por bastante tiempo. (La verdad no me pudieron culpar correctamente y ese castigo fue, digamos, una transacción entre otro inspector que decidió mantener el secreto…).
El caso es que entre distintas cosas raras que colocaba: poemas míos atribuidos a escritores, noticias falsas, entrevistas raras… me dio por poner reseñas de películas, pero ya que era un castigo y aprovechando que nadie las leía, comencé a hacer reseñas de películas porno.
Ni siquiera las veía, simplemente leía la programación del diario y me lanzaba a los comentarios. Les inventaba tramas, comentaba algunas cosas extrañas, y listo.
Recuerdo por ejemplo algunos clásicos: Tetanic, La monja golosa (1 y 2), Con tu tía no es pecado… entre otras. El caso es que pasados unos meses al ver que se juntaban varios compañeros y se reían un poco –me acuerdo que esa vez había cambiado los nombres de los actores y había puesto unos parecidos a los de los profes-, me llamaron para conversar sobre la situación.
El inspector tenía los ojales zurcidos y me miraba mientras se daba vueltas alrededor. Recuerdo que había mandado a buscar mis cosas, pero yo en esos dos últimos años de colegio, fui sin cuadernos, salvo un pequeño morral o un “banano” donde llevaba algunos papeles.
-¿Así que usted se cree un genio? –me decía.
Y yo la verdad me lo creía, y hasta supongo que lo era un poco, aunque luego se me pasó…
-¿Supongo que sabe que lo que ha hecho es grave? –continuaba.
En eso llegó la directora y me pidió que le explicara la situación.
Yo le dije que hacía tres o cuatro meses me encargaba de ese diario mural, que había puesto cosas novedosas e interesantes y sobre todo educativas… pero que había querido probar si los profesores leían eso o no… usted misma, le decía, tiene que haber visto la nota de cómo ser mejor director y como lograr los mejores estudios, que puse hace unas semanas –por supuesto era mentira, pero la directora asentía-, de hecho, era una especie de experimento, para ver la reacción y provocar la participación activa de los profesores, le dije.
Y ella me creyó, o disimuló bien, no sé. Me pidió si le podía enviar el recorte del artículo que le había mencionado pues se le había olvidado algo… y al final la cosa quedó en nada.
Como sea, recuerdo que una de las frases que le dije al inspector cuando me hablaba fue esta:
-Pero es que no todo puede ser arte…
Y yo lo decía serio, y hasta supongo me lo creía un poco.
Y sí, quizá hoy sea uno de esos días en que no encuentro arte por ninguna parte, en que sólo me toca ser Steve Buscemi y asumir mi rol, mi cuota de fracaso diario.
Y es que hoy quiero flotar en la superficie, junto a esas hojas que vendrá a sacar El limpiador de piscinas, hoy quiero enamorarme y fracasar y que todo sea parte de una comedia… ser Steve Buscemi y morir sin recibir un golpe como le sucedió en El gran Lebowsky… porque después de todo no todo puede ser profundidad ni búsqueda de sentido, ni trascendencia…
¿Les conté que el hijo de Steve Buscemi tiene una banda que se llama Fiasco…?
Mejor se los cuento otro día.

Fábulas sin moraleja (III)

Completo la lista de estas fábulas sin moraleja con las últimas 4... quizá más adelante las tome, revise y corrija, aunque en realidad no creo que termine haciéndolo. En fin, ahí les van:
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Fábula VI:

El pájaro que construyó su nido sobre el árbol caído.

Un pájaro prefirió hacer su nido sobre un árbol caído, por lo que todos los demás lo molestaban.
Ahí vivió, creció y hasta anidó sus huevos.
Gracias a eso, cuando el mundo entero se vino abajo, su derrumbe fue menos terrible que el del resto.
Y su dolor, prácticamente, no fue percibido.

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Fábula VII:
El lobo que llegó al final de su cuerda.

Érase una vez un lobo que vivía en una casa.
Una casa en que nunca supieron que era un lobo.
Hasta que un día llegó un hombre instruido a aquella casa.
Y les dijo a todos que el perro que tenían era en verdad un lobo.

Pero el lobo que no sabía que era lobo
No comprendió entonces qué sucedió en aquella casa
¿Por qué me atan a esa cuerda? Pensó el lobo.
Y su pensamiento fue un aullido que recorrió toda la casa.

Los hombres asustados al interior de la casa
Enseñaron a sus hijos que aquello que era un lobo
Debía estar atado lo más lejos posible de la casa
Pues nunca se conoce de verdad el corazón que habita al lobo.

Los niños lo miraban, y decían: ¡oye lobo!
¡No se te ocurra venir a comernos a la casa!
Pero el lobo que no sabía que era lobo
Con una de sus patas saludaba hacia la casa.

(Mientras sentía la cuerda en su garganta)

Esa misma noche su cuerda exploró el lobo
E intentó comprender lo que ocurría en esa casa
Pensaba ¿por qué hoy me gritan lobo?
¿Y se me impide el acceso a aquella casa?

Vio llegar entonces, otros hombres extraños a la casa.
No mordió, no aulló, nada de eso intentó el lobo
Sus ojos intuían la amenaza en esa casa
Esta cuerda del delirio me sujeta, pensó el lobo.

Tres hombres apuntaron hacia el lobo
Con armas que colgaban en el muro de la casa
Los niños espiaban y gritaban: ¡oye lobo!
¿Por qué te disfrazaste y viniste hasta la casa?

Pero el lobo no contesta y un sonido retumba en esa casa.
El lobo muerto tironea comprendiendo: “yo era un lobo”
Y rompiendo aquella cuerda se lanza hacia la casa
Pero un lobo muerto no es ya un lobo

(Aunque siga sintiendo la cuerda en su garganta)

¿Cuéntame la historia de ese lobo?
Dicen los hijos de los niños que habitaban esa casa.
No podemos, no sabemos, no hay un lobo
Les dicen, que pueda unirse ya con la palabra casa.

Y es que la historia completa de ese lobo
Apenas tiene el largo de la cuerda que lo ataba
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Fábula VIII:
Los ratones que aprendieron a tocar la trompeta.

Hay que tener fe, les dijo el gran ratón, e ir donde ese gato y tocar siete veces las trompetas.
Los ratones practicaron.
Los ratones aprendieron.
Los ratones fueron donde el gato y tocaron siete veces las trompetas.
Pero el gato en vez de derrumbarse se los comió a todos, y escupió las trompetas.
Y es que los ratones habían tenido fe, pero no la fe correcta.
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Fábula IX:
La hormiga que advirtió su porvenir.

En poco tiempo más, decía la hormiga, todo aquello que hemos construido se lo llevará el agua, y un animal extraño con un hocico largo y una gran lengua, nos comerá a todas las que aquí trabajamos.
Las hormigas que escuchaban se detuvieron un momento y corrieron la voz de unas a otras.
-Pero, ¿moriremos todas? –preguntó una hormiga.
-No, sobrevivirán algunas, -respondió la adivina.
-¿Y sobreviviré yo? –preguntó otra.
Pero antes que la adivina pudiese responderle, las otras les dieron muerte a ambas.
Y luego siguieron trabajando.

domingo, 27 de junio de 2010

A Lie of the Mind, una obra teatral de Sam Shepard.

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Debiera haber tenido sueño pues ayer trabajé en un turno nocturno -no, no soy vedetto, soy conserje a veces y casi siempre profe-, y el caso es que no dormí, pero ando bien -o al menos aguanto, no exageremos-. Así que aprovecho y me lanzo a una de las pocas oportunidades que hay acá para ver representado un guión de Shepard, justo en su última función, y justo al terminar el día.
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I: Un descubrimiento farandulero.
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Me acabo de enterar que Sam Shepard tuvo una relación con Patti Smitth, y de una forma extraña. Estaba yo intentando colarme de alguna forma en la última función de A Lie of the Mind –una de las obras teatrales más conocidas de las más de 60 escritas por Shepard-, pues todas las entradas habían sido reservadas y había además una larga lista de espera, por lo que entrar se hacía casi imposible. Lo único que se me ocurrió fue ir e inventarme un nombre, jugar con uno fácil para que coincidiera con alguno de la lista, luego decía que era un amigo y que no recordaba el apellido o algo así. Así que me dispuse a buscar el mesón. No debía ser difícil.
El punto es que no había mesón y me encuentro de golpe con la chica que tenía la lista en la mano y preguntando por la reserva de inmediato. Y yo, nervioso, no se me ocurrió nada peor que dar el de aquella a quien iba escuchando:
-Patti Smith, -me escuché decir-, o sea Patricia, Patricia Smith o algo, me confundí ahora… es una amiga…
La chica se miró con otra que también estaba ahí y me preguntan si voy a querer las dos que estaban reservadas a ese nombre o sólo una.
-Una, -le digo- ella no viene.
Al final resultó que eran invitaciones así que fue aún más estúpido cuando ellas me devolvieron el dinero.
-Yo pensé que era mentira el nombre, -me dijo entonces una de ellas-, como la Smith era mujer de Shepard…
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II: El otro descubrimiento.
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Pasan los minutos y estamos todos amontonados esperando que terminen de nombrar algunos de las lista de espera y nos hagan ingresar a la sala. Entonces escucho que llega la verdadera Patti Smith, o sea, la verdadera de acá, no la cantante por supuesto. Yo estaba sentado cerca y escuchaba la conversación, leyendo un libro de Vonnegut.
-Nos habían dicho que no venía, -decía la chica de la lista.
-¿Cómo…?
-Es que ya llegó la otra persona… -ellas intentaron buscarme, pero no me vieron- y nos dijo que usted no venía…
Hasta aquí escuché la conversación, sólo me fijé que la Patti Smith venía con un sombrero extraño y era bastante alta, aunque no le vi bien la cara.
Había venido sola, por suerte. Y la veía buscar a alguien una vez dentro. Quizá había pensado que de verdad el acompañante había venido por su cuenta, quién sabe.
Al final, termina sentándose junto a mí, pues yo me ubico siempre en unos asientos altos que quedan en diagonal y que no se aprecian en primera instancia, y ella había entrado casi de las últimas, y descubrió esos asientos como los únicos vacíos.
Poco antes de que empiece la obra, Patti me habla indiferentemente consultando algo sobre mi libro. Yo la escucho ronca, y soy breve, no vaya a pegarme un virus o algo. Luego me doy cuenta que no, que en verdad está sana, o sano en verdad, porque resultó ser travesti.
Poco antes de empezar la función la chica de la lista que había entrado a ver si quedaba algún puesto libre me observa junto a Patti y me levanta el pulgar y me sonríe con complicidad, mientras yo pienso que lo único bueno de todo esto es que quizá me permita entrar al baño con ella, sin sentir temor alguno.
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III: La obra.
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La obra en cuestión se enmarcaba dentro de un mini festival de teatro de obras norteamericanas contemporáneas, que supe que se realizaba algo tarde y de la que sólo me es posible ver una obra más, que se da la otra semana. Pero bueno, vamos a la obra.
Respecto al texto decir que era más menos lo que me esperaba –aunque me esperaba algo bueno, por cierto-, con varios elementos autobiográficos de Shepard y una traducción al español que, dadas las dificultades que conlleva traspasar los estilos lingüísticos de sectores característicos norteamericanos, no queda sino aceptar.
La representación supo captar bien los ritmos de la obra y la mezcla de humor y seriedad que comúnmente es posible encontrar en las obras de Shepard, aunque el público, más que la propuesta dada desde la representación, no supo, según mi parecer, marcar la diferencia entre ambas. No es que haya que amargarse ni nada por el estilo, por supuesto, pero ciertos momentos, ciertas frases típicas de Shepard y que comúnmente apuntan a una “descolocación” del espectador ante aquello que se le muestra, terminaron por aceptarlas como mera comedia, como partes de sketch liviano, cosa que por supuesto no era.
Y es que es difícil montar estas obras y hacer que el tipo de actuación se adapte a nuestras propias costumbres, a nuestros modos… siempre me ha pasado con obras norteamericanas o inglesas contemporáneas donde me parece que el propio director no sabe realmente como trabajar el texto, para seguir siendo fiel a su propuesta inicial. En este sentido, creo que, sobre todo tratándose de Shepard, es necesario “jugársela” de alguna forma, por una apuesta más arriesgada: marcar más un cambio dramático, quizá, para buscar resaltar la fuerza del guión que adquiere a veces muy buenos momentos, pero que, al ser demasiado fiel al discurso original, -por no contar con la costumbre de ese tipo de actuación, o por no reconocer en nuestras formas la marginalidad distinta que esa obra denuncia, o simplemente muestra-, termina por distanciar los momentos de la obra, pues es necesario por parte de quien dirige, crear una atmósfera sólida que acoja bien a los diálogos que se insertan, y no al revés, construyendo esa atmósfera con los diálogos, lo que siempre resulta, -pues el público y la reacción que éste tiene siempre influyen en ello- algo precario, cuyo resultado puede verse alterado por distintos factores.
En este sentido, las actuaciones, me parecieron muy bien ejecutadas, -se nota que los actores siguieron las instrucciones al pie de la letra y han hecho lo que el director les pidió-, pero a la vez, más allá de que cada personaje haya tenido un estilo bastante bien logrado, carecen de unidad, no resultan contundentes.
Es como si echase unas papas, unas verduras, y unas presas de pollo en una olla y dijera que eso es una cazuela; falta una estructura de fondo, un saber crear atmósferas al enfrentarse a textos de calidad, cosa que acá no se está muy acostumbrado. Un atreverse a construir en torno al texto y con él, una estructura totalmente sólida: para que las grietas que muestran sean vistas realmente como lo que son, y no como rasgaduras dentro de otras rasgaduras.
Lo mismo me pasó cuando vi alguna obra de Pinter en la católica, o alguna mezcla de unas piezas de Albee en el mismo teatro: buenas actuaciones, buena puesta en escena, pero carencia de atmósfera, carencia de la profundidad exacta en que se desarrolla la obra.
Y es que estas obras donde todo es de calidad, pero el resultado ideal nos deja sabor a poco, parecen desarrollarse siempre en un solo nivel: falta darles consistencia, trabajarlas verdaderamente, hacer de ellas realmente una obra, -o una cazuela sustanciosa, si seguimos la comparación anterior-, quizá como lo hizo Wenders con el guión de Shepard en Paris, Texas, donde el peso final de la película, es resultado de un todo… de una atmósfera, un discurso, una comprensión… y por Dios que eso sí es una obra de arte, tanto así que hasta algo duele dentro de uno cuando la recuerda… pero eso ya es hablar de otra historia… de otro momento, y hasta de un yo-otro. Y el día se va, y ya no tengo tiempo para esas cosas.

Jonás sin Dios.

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No sé cuántas veces leí la Biblia de pequeño, anotaba cosas, buscaba entender.

Pensaba en pequeñas variaciones, como la que me animo a escribir hoy, pensaba por ejemplo que pasa si quitamos la idea de Dios de alguno de esos libros, y aquí hay uno:

Jonás sin Dios.
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Creyó Jonás, hijo de Amitay, que debía ir a Nínive. Lo sintió como si una voz se lo dijese y no pudo dejar de escucharla. Debía ir a Nínive, la ciudad grande, en medio del mal y los peligros, aunque no entendía bien para qué.
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Por un tiempo intentó oponerse, pero ese impulso extraño y peligroso lo seguía a todas partes. Entonces Jonás se encontró frente a un barco que salía hacia Tarsis, lugar remoto donde se decía todo podía perderse, incluso aquel extraño impulso, que tanto lo atormentaba.
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Pero una vez en el barco, comenzó una gran tormenta, tan grande y peligrosa en proporción al barco, que éste comenzó a resquebrajarse.
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Por eso, para evitar que el propio peso transportado la quebrara, los marineros comenzaron a tirar objetos por la borda, mientras que Jonás se había encerrado a dormir en el fondo de la nave.
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Entonces, el capitán de la nave, mientras buscaba cosas de peso que arrojar, encontróse con Jonás, y molesto se enfrascó en una discusión con él, que casi no parecía razonar, ni explicar quién era, ni de dónde venía.
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Molestos, los marineros confabularon para arrojarlo al mar, pues pensaron que les daba mala suerte, y Jonás, quien ardía en fiebre, no sólo se dejó lanzar, sino que los impulsó a hacerlo.
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-Yo estaba huyendo, pues pensé debía ir a Nínive –les dijo Jonás antes de ser lanzado-, y mi mente no está más tranquila que estas aguas… echadme mejor al mar, no vaya a ser que una tormenta mayor comience aquí en la borda y los inunde desde mi pecho.
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Entonces, al momento mismo en que Jonás fue arrojado al mar, la tormenta que ocurría en las aguas, dejó de ser. Y Jonás, como una tormenta al interior de las aguas, se hundió pesadamente hacia el fondo, ante la mirada de los marinos quienes prontamente lo perdieron de vista.
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Mientras, en el mar, Jonás sintió en sí, algo que lo llevó a creer que estaba en el vientre de un gran pez, y desde ese interior al que había llegado, Jonás se esforzó por calmar su tormenta propia, hasta que perdió la consciencia.
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Y como la tormenta que vivía al interior de Jonás parecía tener voz, he aquí las últimas palabras que Jonás creyó oír, antes de que se dijera había un fin, para todo esto:
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Mi angustia grita y yo no entiendo lo que grita. Soy una tormenta que grita para desaparecer, para desplomarse sobre sí misma. Hoy estoy hasta el fondo en esta agua, y el líquido intenta bloquear mi grito, y hasta parece sangre de una bestia. Siento cerrojos y cadenas que me hacen hundir hasta el fondo. Y a la vez, una profundidad distinta también me inunda. Grito para ofrecer la fuerza y no la benevolencia, para acabarme en una sola muerte: perezca yo, tormenta y huracán, o Jonás, loco e insensato.
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Entonces Jonás sintió algo ácido que despertaba su consciencia, algo así como un vómito que lo arrojaba hacia la superficie.Y algunas olas lo arrastraron, con vida, hasta la costa.
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Pero el Jonás que llegó ya no era el mismo, una tormenta había muerto dentro suyo, pero él le seguía temiendo. Jonás entonces decidió ir a Nínive, y se encontró con que era una gran ciudad: tres días se demoraba uno en andarla y desandarla.
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Tras recorrerla, Jonás sintió que la ciudad tenía las bases resquebrajadas, y supo de pronto que aquella ciudad se vendría abajo, que quedaría destruida. Y así se lo dijo a toda la gente que encontró.
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Las gentes de Nínive creyeron a Jonás, e hicieron extrañas acciones luego de escucharlo, como si la tormenta que había existido dentro de él, hubiese de pronto llegado también a ellos, y comenzara a agitarlos.
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Todo el pueblo dejó de comer y rasgó sus vestiduras, incluido el rey y los mendigos, Y Jonás se preguntó entonces si había hecho bien, pues todo eso le parecieron acciones absurdas.
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Entonces Jonás pensó en cambiar su discurso, se fijó detenidamente en las bases que había observado resquebrajadas y le pareció que sólo eran grietas menores y, tras decirle a las gentes del pueblo que la ciudad seguiría en pie, y que sus extrañas acciones habían servido para algo, se fue de la ciudad y permaneció junto a sus murallas.
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Jonás estaba enojado y tenía cólera, ¿qué había sido esa voz y por qué había ido a aquel lugar? ¿De qué sirvió mi venida salvo para hacerme pasar penurias y ver como mis palabras provocaban la locura en aquellos hombres? Eso pensaba Jonás apoyado junto a la muralla de la ciudad, intentando cubrirse entre las sombras. Y como no quería más preguntas, y estaba cansado, buscó Jonás un lugar donde colgar la cuerda que traía amarrada al cinto y colgarse sin más, hasta que la vida cayese de él hecha agua, sangre y secreciones.
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Vio entonces Jonás un ricino y se apresuró a atar en él la cuerda, pero mientras lo hacía, sintió que el ricino le entregaba una sombra fresca, y decidió aguardar un momento.
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Entonces Jonás se durmió bajo el ricino, y sopló un viento fuerte y lo quebró: la cuerda amarrada cayó a tierra y el sol volvió a golpear contra Jonás, quien comenzó a desesperarse y a gritar, buscando un nuevo lugar donde amarrar su cuerda.
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Buscándolo llegó hasta una pequeña elevación que estaba cerca de la ciudad, y aunque en ella no había un solo lugar desde donde sujetar la cuerda, Jonás se detuvo, y observó desde la cima la gran ciudad: 120 mil hombres vivían en ella; 120 mil hombres habían dejado de comer y habían rasgado sus vestiduras a partir de sus palabras. Y entonces Jonás buscó la tormenta a partir de la cual habían brotado sus palabras, pero no la encontraba.
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Y mientras Jonás miraba sus manos buscando diferencias entre ellas, vino un viento fuerte y lo arrojó a tierra. Ahí, tendido en el suelo, pensaba Jonás si debía o no levantarse.
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sábado, 26 de junio de 2010

Fábulas sin moraleja (II)


Fábula III
El galgo hipnotizador de galgos, o el silogismo escondido.

Yo soy el 27, explicaba un galgo.
Gané seis carreras seguidas una vez.
Y me pusieron un collar dorado
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Yo sé ladrar, decía otro.
A veces en la noche ladro de una forma tan extraña
Que nadie sabe quién soy, y me pinchan una pierna
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Así hablaban los galgos mientras afuera comenzaba a llover.
Y entonces resonó un trueno y un extraño perro entró en el lugar.
Qué extraña voz tiene, dijeron los otros, y se alistaron a escucharlo.

Pero el perro que había entrado no decía nada.
Sólo los miraba de una forma extraña y silenciosa.
Y su pelaje estaba mojado y tenía una herida en el hocico.

Entonces sonó otro trueno y una extraña luz
Impactó en el lugar donde estaban todos
Y comenzaron a crecer unas luces rojas y calurosas.

Eso se llama fuego, dijo el galgo número 27.
Y el otro galgo comenzó a ladrar.
Pero nadie se movía de su sitio.

Los galgos sabemos correr, dijo entonces un galgo.
Y yo soy un galgo, dijo otro.
Pero todos estaban quietos mirando aquello que se llamaba fuego.

Entonces el perro que había entrado en el lugar.
Caminó y se colocó justo en medio del fuego.
Mirando a los demás en el más completo silencio.

Quiere llamar la atención, dijo el galgo número 27
(pero no tenía ningún número y parecía igual a los otros),
Una vez conocí a un hombre que era así.

Entonces, cuando el fuego comenzaba a propagarse por el lugar,
Un galgo salió corriendo del aquel sitio
Mientras un perro no galgo se consumía entre las llamas.

Ayer vi a un galgo en llamas corriendo por la calle, dijo alguien al otro día.
No era un galgo, replicó otro.
Y no estaba en llamas, agregó un tercero.

Afuera había dejado de llover y el aire estaba fresco.
Y se asomaba el sol entre las nubes.
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El sol, que también era fuego, de haber podido oír, habría escuchado un ladrido.


Fábula 4

La iguana que se negó a cambiar de piel.

Era una iguana vergonzosa que vivía cerca del mar.
Aunque ni siquiera sabía de qué tenía vergüenza.

Un día vio a todas sus hermanas cambiar de piel.
Pero ella se negaba igual como los niños aguantan la respiración bajo el agua.

-¿Qué sucede? –le decían las otras.
Mientras disfrutaban del sol.

-No sé lo que sucede –contestaba la iguana.
Mientras se escondía un poco entre las rocas.

Y es que la iguana en cuestión temía que al cambiar su piel
Algo de su interior se descubriera y pudiera ser visto.

Entonces, mientras estaba entre las rocas.
Un gran animal vino y se la comió.

(Y es que quizá prefería los platos fríos)
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Fábula V.
Los gatos que iban a la iglesia en aquel lugar.

Todos los domingos a eso de las siete de la tarde, los gatos de aquel lugar solían reunirse en una iglesia abandonada.
Antes de entrar, un gato que tenía manchas café solía ir primero para comprobar que estaba abandonada.
Pero un día el gato de manchas café entró en el lugar y no regresó.
Los gatos esperaron, y después se fueron.
Nadie se quedó a comprobar si el gato a manchas regresaba.

viernes, 25 de junio de 2010

The tale of Despereaux, de Sam Fell y Robert Stevenhagen.

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Viernes en la noche y elijo una película para ver con mi hijo. Esta semana me toca a mí así que busco alguna que yo tampoco haya visto, para probar suerte.

El caso es que elijo Despereaux, una película de animación salida el 2008, de la que sólo me habían llegado malas críticas y que comencé a ver sin muchas espectativas.

La sorpresa por tanto fue aún más grata, cuando encontré en ella delicadas razones para considerarla una muy buena película. No sólo por su riqueza visual -existe una enorme cantidad de guiños a pintores y estilos distintos en cada mundo que se nos presenta-, sino porque la historia narrada, en muchos sentidos simple y con metáforas sencillas, alcanza en ciertos momentos una profundidad que sólo una narración llevada a cabo con tal sutileza podía lograr.

Y es que Despereaux es una película para ver sin apuros. Sabe tomarse su tiempo y maneja su ritmo sin pensar en un receptor determinado, dejando de lado, además y desde un inicio, al pequeño malcriado que se ríe exclusivamente con caídas gratuitas o gases que salen ruidosamente desde cualquier orificio de un personaje.

Quizá por eso cuando busco un detalle de ella en internet y me encuentro con una cantidad de comentarios negativos me decido a escribir aquí unas palabras a favor, me incomoda y hasta duele un poco ver como tanta gente deja de lado la delicadeza de este film y recomienda, como padres, no llevar a sus hijos a ver esta película -las críticas son del momento en que estaba en cines-, pues señala que se aburrirán junto con ellos, pues la película sería vacía, lenta y sin gracia alguna.

Pues bien, la verdad me parece una lástima que los niños de hoy deban tener a esos tipos como padres. Sinceramente me duele. Y no es que quiera aquí decir que la película es perfecta o una inigualable obra de arte, de hecho, ni siquiera pretendo defender que esté bien construida para un niño, pero creo que parte de lo que transmite, y la forma en que lo hace, la transforma en una obra que puede enriquecer, sino la apreciación de un niño, -pues puede que por su edad se le escape parte del mensaje-, al menos la visión de un padre que supuestamente ha debido enriquecer lo que entiende por un ser humano, tras ver la profundidad que se esconde en los ojos de sus hijos.

Y es que los personajes en Despereaux apelan a la redención, (y no a la redención divina donde poco tenemos que hacer los unos por los otros) aprendiendo a reconfortarse en el perdón mutuo, en el comprender qué sentimientos son más fuertes y necesarios, para salir adelante y hacer de nuestra vida una mejor experiencia.

Así, desde un inicio, se nos plantea la oposición entre el mundo de las ratas y el mundo de los ratoncitos, tan injustamente separados y reducidos a estereotipos fijos, por lo que la tarea del ratón y la rata que aparecen en el film es demostrar que entre ellos también hay algo común, algo que hasta la peor de las ratas tiene derecho a tener.

La película nos habla así de una rata que provoca la muerte de una reina, y con esto, la tristeza profunda de un rey y la incomprensión de una princesa... De esta forma, no es Despereaux, -el pequeño ratoncito orejón que da el nombre a la película-, el personaje realmente central, sino todos aquellos que lo rodean:

El pueblo cobarde y el pueblo agresivo; la campesina que quería ser princesa; el carcelero que abandonó a su hija; el rey que no sabía a quien culpar de su tristeza... y la rata, por supuesto, aquella que hasta su mismo nombre es un insulto, una mala palabra: ¿qué harías tú si tu mismo nombre fuese un insulto? pregunta la narradora al espectador en un momento de la obra, intentando explicarnos la naturaleza de un corazón que cuando se rompe puede llegar a volverse malvado, simplemente porque no sabe qué hacer con su rabia, con su rechazo.

Y claro, a nadie le gusta ser comparado con una rata, quizá por eso el rechazo que le provoca a muchos este film. Quizá incomoda que te digan que tu corazón puede estar atrofiado y que no te has dado cuenta, e incomoda mucho más sentir que el daño que has hecho puede ser perdonado...

Incomoda porque aunque parezca absurdo, nos es difícil dejarnos perdonar. No sabemos qué hacer con ese perdón, con esa gracia, y menos aún qué hacer con la belleza que se nos entrega en un mundo de ratones, o de ratas, donde, por supuesto, no estamos acostumbrados a encontrarlas.

Una película para deleitarse, para conmoverse, para habitar en las pequeñas expresiones y gestos de sus personajes y para explorar un mundo diseñado por Vermeer, Brueghel, El Bosco... un mundo vivo al interior de un delicado cuadro flamenco, un mundo donde habita una rata con el corazón roto porque el mundo no lo ve como se ve él, -y hasta llega a olvidar quién es en medio de esa pena-.

Una película que nos ayuda a mirar de forma más comprensiva a quienes nos rodean y a uno mismo, a creer en la redención, en el poder reconfortarse con el perdón de los otros y en el amor que podemos dar nosotros mismos. Una película rica, como una moneda gigante que cae rodando a los pies de un mendigo, -tal como le sucede a un pequeño ratón, en un momento del film-. Una película delicada, que hace de la luz y del diseño, dos de sus protagonistas, y que adquiere firmeza a partir de sus numerosas sutilezas; una obra trabajada, con imágenes excelentemente construidas y con un guión profundo y bello, si nos dejamos llevar por él y lo aceptamos también como un regalo.

Le haine, de Mathieu Kassovitz.

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Acabo de ver Le haine (el odio), de Mathieu Kassovitz, una película francesa de 1995 que no sé por qué razón no había visto antes y de la cual no me había llegado ningún comentario.

Me extraña porque al parecer es una película ya casi de culto, bastante bien considerada y tenida en cuenta al momento de abordar el tema de la marginación y el cuestionamiento del sistema actual, en este caso, ejemplificado con la realidad francesa y su racismo ya característico.

Lejos de meterme en el tema de fondo que se plantea aquí, me atrajo bastante la película por varias virtudes que dicen relación con su realización.

Filmada en un agradable blanco y negro, la película tiene escenas muy bien construidas -hay un plano secuencia muy bien logrado en un momento por ejemplo-, a la vez que las actuaciones se desarrollan con una naturalidad que permite crear lazos con los personajes, y entenderlos de mejor forma, aceptando quizá, en ocasiones, algunas conductas con las que pudimos estar en desacuerdo en una primera instancia.

El guión por otra parte, algo irregular en ocasiones, alcanza excelentes momentos, principalmente gracias a la estructura con que se desarrolla la historia narrada. Dentro de este punto, me parece que es la contraparte al argumento serio que se plantea en el film lo que oxigena al guión y le permite alcanzar niveles óptimos en algunos momentos.

No me refiero aquí, sin embargo, a la utilización de elementos específicos, -como intercalar las acciones con la hora en que se realizan, por ejemplo-, sino a cierta inocencia que reluce en algunos personajes, o al menos en algunas de sus actitudes, lo que contrasta con la seriedad del problema que retrata.

Y es que la realidad que denuncia este film, no parece tener un enemigo real, un "malo" que pueda identificarse con un individuo, o un grupo el cual al desaparecer posibilite la reinstauración de la libertad, igualdad y fraternidad, los valores profundamente perdidos y cuya carencia se hace latente en este film; en este sentido, todos los grupos que son retratados, incluso el de los policías o el grupo de neonazis, revelan en un momento una naturaleza similar a la de los primeros marginados y protagonistas de la película.

Pero, si nadie parece ser el culpable específico de lo que sucede, ¿quién resulta realmente el culpable de la situación? ¿o es que realmente la película apunta a que no existen verdaderos culpables?

En este punto, justo ante la ausencia de una respuesta unívoca a estas cuestiones, creo que se hace pertinente situar el odio que titula este film, y que parece proponerlo como el responsable de la cadena de violencia que parece no tener solución en la película... y es que el odio genera más odio, dice uno de los personajes aparentemente "razonables" de este film, y es en esa propuesta, donde lejos de estar la fortaleza del mensaje de esta obra, reside su principal debilidad.

No es que sea falso, por supuesto, que el odio genera más odio, pero ¿quién genera ese primer odio? y ¿es realmente el odio el sentimiento/sensación que impulsa las acciones de los personajes?

Personalmente creo que no. Que el odio que muestra la película está más cerca de la incomprensión que de lo que tradicionalmente entendemos como odio. Y esta incomprensión, a su vez, no está dada sólo hacia el exterior del individuo, sino que se sitúa en una incomprensión de lo que están viviendo cada uno de sus personajes... de lo que quieren vivir, y de lo que quieren hacer, cada uno de ellos, con sus propias vidas.

Y es que el culpable de la película no es ni siquiera el sistema, ni los hombres que lo aceptan y suben y bajan escaleras mecánicas indiferentemente, no tampoco los artistas incapaces de hacer con su arte algo realmente significativo o importante... el verdadero culpable es un vacío, un absurdo, algo más relacionado con los chistes que aparecen de vez en cuando en el film o en la historia que les cuenta un extraño hombre al interior de un baño... el culpable es uno mismo al intentar descifrar significados fuera y no ocuparse del significado que somos cada uno de nosotros.

Es cierto, no niego la represión del mundo externo, ni la falta de oportunidades, ni el sinnúmero de problemas reales que sí existen y que ejercen violencia contra la vida de cada uno de nosotros y más aún, del tipo de personas retratadas en este film, sin embargo, creo que el discurso de este film se debilita si lo centramos en el odio, o buscamos culpar al sistema así sin más, imaginándolo con una banderita yanqui... Pero si nos fijamos en el absurdo que plantea el film, en el creer que todo está bien al que se hace referencia en distintas partes de la obra -y que sólo se rompe cuando aterrizamos de golpe en algo que no comprendemos-, si nos centramos en el cuestionamiento del estar, de nuestra propia existencia, de hacernos conscientes del verdadero "cómo estamos"... creo que esta obra se potencia, y el sentido que puede alcanzar en nosotros, como espectadores, se hace más significativo y profundo.

A pesar de esto, -de que la obra se cierra dudando sobre que discurso potenciar y mostrándonos un "esto no es una salida" similar al del final de American Psicho- la película me parece necesaria, a la vez que su discurso, potenciado por el discurso propio y el sentido que cada uno de nosotros puede darle.

Un film que desde una crítica al odio que hace irrefrenable las injusticias que plantea la marginalidad -¿el centro sería el sistema?...- puede abrirse camino hacia un cuestionamiento mucho más interesante, relacionado con reconocer justamente qué es ello de lo que hemos sido dejados fuera.

Y es que todos queremos vivir una más verdadera, -como decía un amigo-, pero ni siquiera sabemos qué significa, vivir una vida más verdadera.

jueves, 24 de junio de 2010

Dos fábulas sin moraleja y una moraleja sin fábula.

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Cansado ya de las explicaciones hasta el borde y del análisis y síntesis a los que me veo obligado como profe, me tomo la libertad de entregar unas fábulas sin moraleja alguna, así, sin más. Aquí les van:
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Fábula I:
Los asnos de Sharbish, o el secreto sin esfinge.
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En medio de un terreno pedregoso, doce asnos rebuznaban, pues había un hombre cerca.
Se miraban y esperaban que el hombre se alejara, para hablar a sus anchas.
Mientras, pateaban una piedra, como si fuese una carta.
"Hace calor" leía uno, y la pateaba y rebuznaba.
(Los otros no sabemos que leían).
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Pero el hombre no se iba y el calor se prolongaba.
Y como cerca había un muro construido hace muy poco.
Sucedió que los asnos contra él se estrellaban.
Y sus cabezas contra el muro fueron también una misiva.
(Pero no sabemos que leía el hombre en esa carta).
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Once asnos murieron con las cabezas reventadas.
Sólo uno se salvó y el hombre no entendía:
¿por qué aquel no se lanzó junto a toda su manada?
Y como el hombre no entendió, sucedió que en aquel día:
un hombre se hizo asno y un asno adquirió hombría.
(Y ya no hubo en Sharbish ninguna extraña carta).
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¡Pobre asno!
Perdón...
¡Pobre hombre!
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Fábula 2:
La gallina que no sabía hablar, o el ave de Carnap.

Había una vez una gallina que no sabía hablar y que no tenía plumas.
Y en medio del gallinero, todas las otras se burlaban:
"Cocorocó" decían, y sonaban carcajadas.
Y una lágrima caía por el rostro de aquel ave que no sabía hablar, y que no tenía pico.
Ni tampoco plumas.
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Moraleja sin fábula:
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"Más vale aquello que estando no está, que aquello que no estando está", dijo alguien, a quien yo no escuché.
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P.D.: Acabo de decidir que lo anterior es un fragmento de un pequeño librito de Fábulas sin moraleja y otras insignificancias, que comienza a estar en construcción.
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miércoles, 23 de junio de 2010

Wimbledon 2010 y la pérdida del sentido.

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Con casi todos los ojos puestos en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, el torneo de tenis de Wimbledon de este año ha pasado prácticamente inadvertido, al menos en nuestro país, donde era imposible encontrar ninguna noticia al respecto.

Eso hasta hoy, pues me encuentro con un artículo que hace eco en una serie de otras situaciones, y que les resumo a continuación.

Hace dos días comenzó un partido entre los tenistas Nicolas Mahut y John Isner. Creo que es un juego de primera ronda. El punto es que hoy, dos días después de iniciado, el partido vuelve a suspenderse sobrepasando ya las 10 horas de juego, tanto así que en el quinto y último set el marcador entre ambos llega a estar 59-59, -algo nunca visto en los años que lleva este deporte en ningún torneo del que se tenga registro-, y que, como se pretende continúe mañana, puede llevarnos a cifras todavía insospechadas.

Las imágenes muestran 2 tenistas agotados, que no logran sacarse ventaja, a ratos sonríen, nerviosos; deben ir al baño, volver, seguir jugando. Entre ambos días, en una nota de prensa, Mahut confiesa que ha estado más tiempo con Isner que el que ha pasado con su madre en el último año: el periodista sonríe, pero Mahut no.

Y es que tanto Mahut como Isner, si bien ya han dejado con esto sus nombres en la historia, parecen comenzar a cuestionarse algo más... es cierto, quizá interprete mal, pero me he dedicado a ver imágenes del partido, en especial del último set, y siento que hay algo en esos tenistas que comienza a colapsar, y no es algo físico, por cierto.

Isner demora un segundo más con su saque que en partidos anteriores. Mira un poco más a Mahut, luego mira su mano, la pelota en su mano, se detiene... por un momento siento que no va a seguir, que va a renunciar, que va a correr porque no quiere que la vida se le vaya en esto, supongo... justo cuando me alegro por esto Isner saca nuevamente y anota su ace número 98. Entonces Mahut lo aplaude, le da fuerzas a su contrincante y este le devuelve el aplauso, mientras e preparan para un nuevo punto.

El partido por lo demás se está jugando en la cancha número 18 del complejo, una pequeña cancha sin mucha importancia, pero a la que se han ido sumando numerosos espectadores que pretender concurrir a este, ahora, partido histórico.

Los guardalíneas intentan descansar la vista y cierran los ojos entre punto y punto, atentos siempre a la línea como si en esta fuera a dibujarse el significado de la vida... el árbitro general baja de la silla y estira las piernas, luego sube nuevamente.

Yo miro el partido e intento imaginar qué piensan esas personas: los tenistas, el árbitro, los pasapelotas, los espectadores... yo mismo que ya llevo bastante tiempo viendo la repetición de este partido e intento fijarme en los gestos pequeños, en los tiempos, en las miradas que se cruzan entre unos y otros.

Y es que tal como está el partido resulta ser una excelente oportunidad para cuestionarnos algo un poco más de fondo...

Hoy día, por ejemplo, hablando con unos alumnos sobre ciertas definiciones de "lo humano", y tras descartar los elementos de la lógica, el raciocinio, u otros, como el agente diferenciador que hace de los seres que llamamos humanos poseedores de esa humanidad, llegábamos a proponer que lo que realmente diferenciaba a los hombres era el poder elegir, a diferencia de las otras especies, sobre el poner fin a su propia vida, es decir, cambiar el sentido en que opera la "fuerza de su voluntad". como nos dio por lamarla en ese momento.

Es cierto, no le conté de las ballenas y las engramas, ni de los asnos de Sharbish de 1969 -ya les contaré de esto en otro momento-, o de los roedores de Irtich, pero tras ese acercamiento a alguna conducta humana que nos diferenciara de las otras especies, -bastante negativa por lo demás-, se ocultaba una contraparte que me agradó bastante: si lo que nos diferencia es que podemos poner fin a nuestra existencia, sería correcto decir que los hombres son los únicos seres que son conscientes de que el vivir es una elección, que podemos elegir el camino de salida cuando queramos, y que, por lo tanto, la vida es el resultado de la opción de no poner fin a nuestra existencia, más allá de las dificultades que podamos encintrar durante su transcurso.

Ahora bien, tenemos a Isner y a Mahut. Llevan 10 horas de juego. Ya han jugado cuatro sets y en el quinto van 59 a 59, y no pueden terminar pues necesitan ganar por dos de ventaja y esto se hace imposible.

¿Serán Isner y Mahut conscientes que cada nuevo punto es una elección? ¿Se dan cuenta que existe una salida distinta? ¿Existe realmente esa consciencia de que estamos eligiendo continuamente?

Planteo esas preguntas no por novedosas o trascendentes, sino porque creo que Isner y Mahut comenzaron en algún momento a hacérselas. Ambos se miraban por segundos buscando "afirmarse" en el otro -como los típicos boxeadores que descansan un momento su peso en el cuerpo del otro-, y siento que algo de eso ha quedado grabado en quellas imágenes.

Veo por ejemplo a un hombre del público, entusiasta, que no paraba de gritar, pero tras pasar las horas termina alejándose en silencio del lugar, recoge su bandera y va hasta quién sabe donde, pues la cámara se queda, obviamente, con el partido interminable.

Es cierto, podría plantearme cosas similares ante rutinas más cercanas y propias, y muchísimo más terribles, no me cabe duda, pero sueño con que este partido que seguirá mañana, se acabe cuando uno de los tenistas decida alejarse del lugar, (antes de salir vencedor o de ser derrotado), entendiendo que el verdadero triunfo es salir a tiempo de ese algo que, ya se nota demasiado, los agobia, y pierde poco a poco el sentido -si es que algo puede en verdad perderse poco a poco y no somos nosotros quienes evitamos revelar esa perdida de golpe-.

Y es que me imagino a esos tipos como mascando un chicle que ha perdido su sabor, y, como más encima deben seguir el partido un día tras otro -digamos que el hígado les sigue creciendo para parecer más cultos-, resulta además que el chicle es pegado bajo una mesa de la que vendrán a sacarlo en unas cuantas horas, para seguir nuevamente con lo mismo.

Pienso entoces en una pareja agobiada uno del otro viendo este partido juntos. O ponerlo en pantalla gigante durante las jornadas de trabajo en una fábrica de conservas. Ejem... o frente a uno mismo.

Todo esto porque quizá el ver como se nos pasa la vida, el observar como hasta lo que parecía apasionarnos puede agobiarnos cuando deja de tener un sentido, nos acerca a pensar también en nosotros mismos, a poner en la balanza unas cuántas cosas, y, ojalá, obtener cuentas alegres...

¿Qué cómo son mis cuentas?

¡Alegres pues hombre! ¡Qué se cree!

Y eso que ya voy en mis treinta iguales...

martes, 22 de junio de 2010

Cuando la vida nos deja intactos.

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"No logro entenderlo.
Nunca penetré en mi corazón"
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Se ha matriculado como en seis oportunidades, me dicen. Es extraña. A veces venía y se quedaba junto a la puerta de clases, en silencio, sin entrar. La tuvimos que echar por asistencia algunas veces y en otras se fue sola. Anotaba todo en los cuadernos, aunque a veces lo hacía desde fuera de clases, apoyada junto a la puerta.
Al final ya no la matriculamos, sabemos que va a venir y quizá algún día hasta entrar a una sala, pero no da problema, si se mete déjala no más, lo que sí no va a hablar, o sea puede saludar o cosas así, pero hasta si le preguntas su nombre se bloquea y parece costarle.
Su nombre es Juana, me dicen.
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Hoy estuvo en mi clase. En silencio. Se sentó atrás, pero en un momento se cambió adelante. Anotaba todo en un cuaderno rojo. Yo repasaba para una prueba que debo tomar pasado mañana. No me miraba, pero estaba atenta. Los otros del curso parecían conocerla, aunque en el mes y medio que llevo trabajando en ese colegio no me había tocado verla.
Cada cierto rato levantaba la vista, pero nunca supe qué miraba. Era una mirada extraña, como si se mirase un vaso de agua sabiendo que hay otros que mueren de sed, o como si estuviese en un pozo instalado en medio de la clase, no pudiendo ver fuera, pero a la vista de todos.
En la clase hablábamos de unos cuentos, los analizábamos un poco a partir de algunos elementos que intentábamos aprender. De vez en cuando salía alguna frase y de pronto, mientras les contaba de Clarice Lispector, la autora del cuento que analizábamos -el crimen del profesor de matemáticas-, me doy cuenta que esa es exactamente la naturaleza de esta chica: la de un personaje de Clarice, un personaje que lleva su mismo nombre, y que aparece en su primera novela: Cerca del corazón salvaje.
Miraba a la chica y era ver al personaje de Clarice... bueno, era más que eso, ella estaba viva... pero su forma de estar, su manera de existir hacía eco en ese libro leído ya hace algunos años. Su forma de existir similar a una flor que intenta infructuosamente olerse a sí misma y que es incapaz de comprender su propia esencia: incapaz de penetrar en su propio corazón.
Así que mientras avanzaba la clase intentaba poco a poco acercarme a la chica para tratar de entenderla, para intentar definirla, o nombrarla, pero a medida que pasaban los minutos comprendía que aquello no se podía: y es que Juana tiene una existencia similar a las respuestas de un extraño cuestionario:
1. ¿Dónde se guarda la música cuando no suena?
R. En Juana.
2. ¿Cómo se llama aquel sueño que olvidamos apenas logramos despertar?
R. Juana.
3. ¿Cómo se llama el silencio cuando guarda tanto un significado dentro que al final termina por perderse?
R. Juana.
Y es que Juana era similar al Dios que existe en el momento en que contamos hasta diez para no explotar... para que algo no exista.
Porque ella es como un vacío, como un globo que se revienta en silencio, como una mano que cree que tiene un pájaro que ya se voló...
Como un intento estúpido de reducir a esa persona viva a una transcripción literaria.
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Entonces decido que la clase debe avanzar, que hay al menos treinta chicos que deben prepararse para la prueba del jueves y que debo ayudarles, y trato de enfocarme en eso.
Hacemos varios ejercicios y luego suena el timbre. Los chicos salen poco a poco y yo vuelvo a fijarme en Juana, en esa extraña señora a quien la vida pareciera haber dejado intacta.
Me acerco hasta ella y la saludo. Le pregunto qué anotó.
Ella a modo de respuesta me entrega su cuaderno. Yo lo leo... hay varios apuntes de la clase, pero de frases sueltas. Sé que quedan pocos minutos, el inspector se asomó hace un rato y me dijo que llamó para que fuesen a buscarla. Quizá sea la última vez que vea a Juana, la única vez que la vea.
Siento que no sé más de ella que los demás. Pero tambien siento que no sé más de ella de lo que sabe ella misma. Juana no ríe ni se enoja ni hace gestos. Sólo está de pie esperando que le devuelva el cuaderno rojo.
Yo quiero devolvérselo, pero por un instante siento que estoy en otro pozo al lado de Juana. Como cuando queda una persona atrapada debido a un derrumbe y hay que cavar un pozo justo a un costado para intentar el rescate.
Sólo que aquí no queda claro quien es el rescatado, sólo que nos encontramos a la misma altura, pero en pozos distintos.
Juana viste un chaleco café muy grueso que tiene las mangas anchas. Esas mismas mangas de la que la afirman para pasársela a un tipo que la va a buscar. Un tipo extraño que la toma de un brazo y se la lleva, mientras la mirada de Juana sigue perdida y parece cargar un peso...
Entonces me doy cuenta que me he quedado con el cuaderno rojo. Lo reviso. Veo que sólo tiene escritas un par de hojas con cosas dichas a lo largo de la clase... ideas inconexas, y el dibujo de un perro.
Y leer eso es en cierto sentido como bordear aquello de lo que hablamos en clase, como si todo fuese demasiado preciso, imposible de ser tocado, y hubiese que referirlo desde fuera, como cuando marcamos los bordes de una mano para luego dibujarle pliegues y uñas dentro, y sentimos que el dibujo quedó algo extraño.
Y es que Juana nos recuerda la certeza de que siempre hay algo que no llegamos a entender, y que ese algo puede vivir como una pequeña Juana al interior de cada uno. Como si todos fuésemos similares a esos montones de brubujas de plástico que se ponen para proteger un algo de los golpes, y que alguien se entretiene haciéndonos reventar, mientras nuestro vacío origina un ruido brusco, breve y similar entre cada silencio.
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Por eso hoy, mientras apenas me doy cuenta de lo que estoy escribiendo, elijo a Juana como mi heroína. Y se las presento en una historia donde se establece su significado:
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"Había una vez una mujer llamada Juana. Una mujer silenciosa. Diríase una chica aunque debe ser una mujer entrada en años. De ella les hablo ahora. Era una mujer débil para las cosas de este mundo. Pero de un significado igual a ella misma. Todo le parecía demasiado preciso, imposible de ser tocado. Y a veces, lo que usaban los otros como aire de respirar, era peso de muerte para ella. Vean si comprenden a mi heroína: escuchen... Es silenciosa y anota cosas extrañas en un cuaderno rojo. Ella no ama, ni es amada. No existen huellas de afectos en ella. Ustedes acabarían notándolo... Sin embargo lo que hay dentro de Juana es algo más fuerte que el amor que se da y lo que hay dentro de ella exige más que el amor que se recibe..."
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Ella es Juana. Se ha matriculado seis veces en un colegio para adultos. no se atreve a nada más que a saludar. Vive sola con un tío y también en cada uno de nosotros.
Ella es Juana y no conoce su propio su corazón.
Pero esperad antes de terminar, ¿qué porcentaje del nuestro conocemos?

lunes, 21 de junio de 2010

Arme según instrucciones.

Día de armados y desarmados.
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I
En primer lugar un mueble, un escritorio que compré ayer y que venía -desarmado por supuesto-, en una caja excesivamente grande, pues las piezas estaban ordenadas de forma absurda y ocupaban prácticamente el doble del espacio necesario.
En total 34 piezas de madera, más incontables tornillos de 7 tipos diferentes, unos cuantos clavos y una llavecita que es la única capaz de mover los 35 tornillos "soberbios" necesarios para armar el escritorio y que mide apenas 4 centímetros, con la que me sentía como Hulk intentando enhebrar una aguja.
Tornillos de mierda, ¡y soberbios más encima! Hubiesen sido humildes quizá se hubiesen dejado atornillar... más encima salió una hoja repetida en las instrucciones y no se entendía nada.
Juro que no fueron menos de siete horas, y no he terminado. Se me perdió una manillita que encaja en una puerta y hay una bisagra que no se deja atornillar.
Además tuve que desarmar lo que llevaba varias veces. Según la instrucción yo debía armar una parte, y luego desarmarla para poner dentro unos rieles, y luego volver a armarla... y como fui haciendo mientras leía no me di cuenta de lo absurdo de la instrucción hasta el final.
Cómo sea, tras siete horas agachado armando el supuesto escritorio, que no me vengan ahora a decir que no se parece al dibujo, está mejor y ya está... y hasta me sobró un par de piezas para hacerme una repisa, y como 10 tornillos.
Mejor volver al locus amoenus y ya está. Y a las novelas pastoriles, y al romanticismo sencillo, dicho sea de paso.
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II.
En la mañana, Chile vs Suiza. Me llama un amigo:
-Hueón, te estamos esperando, está todo listo... falta tu puro proyector pa ver el partido en grande...
Intento excusarme pero sería inútil, desde el auto suenan las vuvuzelas así que además no me escucharían. Así que voy, tomo el proyector y unos cables y me subo al auto. Total hay asado, me dicen, así que voy igual.
Una vez en la casa descubrimos que los perros se comieron la carne, salvo una tira de longanizas que se cayó hacia el carbón y que intentamos rescatar. Deben haber sido suizos, pienso, pero mejor no digo nada.
Al menos hay cervezas.
Lo malo es que faltan 10 minutos y no hay nada listo, como dijeron.
-Pero lo hacemos rápido, -insisten.
Le pido un alargador. Y el hueón tiene uno de medio metro, más menos...
-Es que hizo corte y lo tuve que arreglar, -me explica.
No hay caso. Tenemos que ir a pedir uno donde unos vecinos y de paso invitarlos, y para no recibirlos mal le ofrecemos las longanizas que quedaban.
Y mientras ellos ven el partido por la tele en el living, nosotros intentamos armar en el cobertizo la proyección. Nos perdemos los primeros veinte minutos.
Al final conseguimos que el partido se proyecte en una sábana de mi amigo, no muy limpia que digamos y con un hoyo que intentamos parchar con una hoja de oficio para no perder detalle.
-Está la raja, -me dicen...
Pero yo no puedo contestar porque ya no quedan cervezas y tengo la boca seca.
Pasan los minutos y espero que termine...
¡¡Gool de Chile!!, gritan entonces (yo no grito porque pienso que España nos va a ganar y no vamos a clasificar, después de todo).
Entonces un amigo que fue a besar la figura de Mark Gonzáles proyectada en la sábana tras covertir el gol se pone a alegar que justo en esa parte hay olor a pata...
Los otros se acercan a comprobar y entre medio se cae el telón, pasan a llevar un cable y un tipo que intenta apagar el proyector, -pues nos rendimos y vamos a ver el final al living-, en vez de apagarlo le cambia el sistema de voltaje... por suerte ese botón estaba inhabilitado, como Paredes al recibir el pase en el gol de Chile, pero nadie dice nada al respecto.
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III.
Cinco horas antes: Mañana de películas.
Me desperté como a las 5. Tenía que terminar una prueba y enviarla por mail antes de las 8. Al final la terminé en menos de una hora. Entonces me decidí a ver unas películas:
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A) The Company of Wolves, de Neil Jordan.
La había visto de chico. A finales de los ochenta. Una película que me agrada a pesar de que se enmaraña un poco en la forma de entregar las historias. Una dentro de otra: una chica sueña, en el sueño la chica es otra y está con una abuela, la abuela cuenta otras historias, los personajes de esa historia cuentan otra historia, etc.
Debí tomarla como un vaticinio para lo que se venía, pero no lo hice.
En cambio disfruté un poco observando aquellas historias que intentaban profundizar sobre la figura del lobo y la enlazaban con este despertar a un mundo adulto. Una película con algo especial en el espacio que crea... y es que deja con cierto sabor a cuento para niños, a esos con un final que te cambiaban o que simplemente no se entendían... ¿entonces ellos fueron muy felices...? No, para nada, le dicen a la chica de la película, y entonces comienza la verdadera historia.
Y yo, por supuesto, armando y ordenando esas historias enmarcadas y dándole inicio al día.
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B) Malpertuis, de Harry Kümell (1971)
Otra extraña película. Bastante interesante al menos, hasta cierto momento. La historia nos señala que un viejo -Orson Welles- dueño de Malpertius, un lugar laberíntico y extraño donde los hay, va a morir y va a repartir su herencia entre aquellos que viven con él, con la única condición que no se vayan del lugar tras su muerte, y que los últimos vivos se casen entre ellos.
No suena tan complicado, pero el punto es que cada personaje esconde otra personalidad, -bastante burdo el escondite en todo caso-, a la vez que de nuevo el sueño-realidad aparece y de nuevo uno armando la historia.
La película sin embargo, me gustó en fragmentos, -si pienso en el año en que se hizo y en la propuesta quizá la suba un poco en mi valoración-, pero supongo que les gustará más a los seguidores de Jodorowsky, u otros por el estilo.
Lo que es a mí me atrajo en sus elementos, en su propuesta, en algunas de sus imágenes y, cómo no, en la belleza de unas actrices... pero lamentablemente la película se desarmaba un poco hacia el final -como el telón, como el escritorio, como el mundo entero...-, y parecía apresurase intentando explicar todo, muy básicamente, con lo que se reducía la atmósfera, y el escenario parecía hacerse más chico y se notaban más algunos errores...
A fin de cuentas, me quedo con una frase de la película que quizá dé para más, pero no en esta entrada un tanto ligera, una frase en la que también baso mi justificación para permitirme contarles lo ocurrido hoy:
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"En Malpertuis sólo existen el olvido y el recuerdo, y no sé qué es peor..."
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Y cómo yo tampoco lo sé acá hago el recuerdo de este día, para después olvidarlo. No me pidan que lo ordene mejor, o que le busque un sentido.
Lo único que sé es que tengo un escritorio único. De diseño exclusivo.
Y que hay tornillos soberbios y vástagos.
Pero eso ya es otra historia.
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Sueño con escribir un cuento para niños.

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Sueño con escribir un cuento para niños. Un cuento que les haga sentir algo adentro y que les haga brillar los ojos. Sueño con escribir un cuento que sea como mirarlos a todos y ser mirado.
No me importa que lleve mi nombre o que sepan que fui yo quien lo escribió.
Sueño con mirarlos mientras escuchan ese cuento, o cuando miran al cielo o cuando se quedan dormidos. Sueño con sus sueños de sandía cuando se ríen mientras duermen y sueño también con el miedo que les viene en medio de la noche y que a veces los hace transpirar.
Sueño con sus ojos brillando y trato de concentrarme para descubrir que sus corazones laten un poco más rápido y parecen un poquito más vivos allá adentro.
Sueño con que ese cuento sea necesario para ellos, porque de esa forma ese cuento podrá al fin brotar de mí.
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(Y es que entre broma y juegos en cada clase o en cada momento con mi hijo, busco entre los niños esos ojos que justifiquen mi búsqueda, mis propios sueños. Mi sentido).
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Sueño con escribir un cuento para niños. Uno que les haga preguntarse si deben reír o llorar y los haga confundirse entre estas cosas.
Sueño con un cuento que sea como una voz que encuentra una grieta y en medio de esa grieta nazca el eco y sientan entonces que algo dentro suyo les está hablando.
Sueño con que ese eco se expanda por sus cuerpos y resuene en su interior, como una campana dormida que se despierta bajo el agua.
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Sueño con escribir un cuento para niños. Un cuento de un color que no existe, pero necesito que ese cuento sea necesario.
Sueño con ese cuento día y noche y tengo miedo de escribirlo. Miedo de que el color de ese cuento sea un tono que nadie distinga, o tenga un aroma imperceptible o sea como un plato delicado que te llenan de kétchup y mostaza.
Tengo miedo de despertar un día ahogado entre flores de plástico.
Quiero ver niños con hambre, con sed, con los ojitos brillosos. Niños que me recuerden todo el tiempo que necesitan algo. Que necesitan una historia.
Y entonces esta historia vendrá en la noche, y desde la oscuridad buscará la luz necesaria para salir al día, y será como si un niño muerto fuese llevado por su hermano para ver el amanecer, para sentir en su piel intacta el calor del sol cuando sale en la mañana.
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-Usted es extraño, profe, -me decía el otro día una señora en las clases para adultos, con una sonrisa-, nos habla a veces como si fuésemos niñitos...
Y es que a veces me siento como un viejito, debí decirles. Y veo que están ahí sentados, escuchando y tienen una vida hermosa por delante.
De eso trata el cuento que quiero escribirles, debí confesar, por eso necesito que sus ojos brillen, y me la alumbren un poquito.
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domingo, 20 de junio de 2010

Tres meses. Un secreto. Un compromiso. Un agradecimiento.

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Antes de escribir en mi propio blog, debo reconocer que nunca leí uno. Quizá una que otra entrada alguna vez de algo específico, pero no era para nada asiduo a estos sitios. De hecho rechazaba la idea de hacerlo por varias razones que, sobre todo aquí, ya no viene al caso comentar.
El punto es que hoy precisamente se cumplen tres meses desde mi primera entrada: un poco derrumbado me proponía poner un pequeño pilar sobre algo que se me venía encima y creo que cumplió, de cierta forma, su función. Día a día me fui imponiendo sacar algo algo en limpio y vencer poco a poco mi reticencia y mi miedo a escribir algo que, necesariamente por el tiempo que hoy me queda para dedicarle, no podría revisar del todo y podía carecer de una calidad y/o profundidad que siempre me he autoexigido.
Hoy han pasado tres meses y no ha pasado un día sin que le deje un tiempo a esto -hasta los martes en que estoy fuera de casa trabajando más de 18 horas- y la verdad es que me he empezado a cuestionar bastante sobre si el seguir o no con esto.
Obviamente existe una labor complementaria que tiene que ver con proyectos personales de escritura a los que debo avocarme fuera de aquí, y deberé atender eso prontamente... pero el caso es que suelo encontrar pésimamente escritos algunas de mis entradas y siento a veces que esto puede empezar a perder el sentido que tuvo en un inicio.
Creo que sólo los que me conocen bastante podrán entender a qué me refiero, pero igual intentaré explicarme de alguna forma:
Hace unos nueve años, mientras estaba en la universidad, y había comenzado nuevamente a escribir tras un receso también autoimpuesto, suponía encontrarme retomando algunas actividades necesarias: estaba en una revista literaria, concretando algunos proyectos de escritura, leyendo más nuevamente, intentando después de algunos años un tipo de relación amorosa... y de pronto me encuentro en un viaje en micro con una persona que me iba a recordar algo y que de vez en cuando me lo recuerda todavía cuando quiero ver realmente cómo me siento conmigo mismo.
Era una de esas micros amarillas, viejas, un día domingo, e iban en la micro, recuerdo, algunas mamás con sus niños. Era un día bonito y supongo iban a salir a algún lado, no sé. El caso es que mientras iba leyendo se subió una persona a la micro que me sorprendió desde un inicio: era una mujer de esas alta, vestida de andrajos, no como las personas que comúnmente acostumbraban subir a pedir, sino como las que podías encontarr en lugares tiradas en lugares específicos de la ciudad, o a la orilla del ría. Era una mujer alta y extraña y mientras sacaba unos papeles, comenzó a contarnos una historia.
"Ayer me violaron", dijo. Sacó unos papeles y los mostró. "Acá está la constancia en carabineros y acá están los distintos papeles que me dieron los doctores", decía, mientras las mamás en la micro comenzaban a moverse, incómodas.
"Me violaron y de carabineros me enviaron a varios médicos. Unos me revisaron y me dieron unas pomadas, porque físicamente es algo que sigue doliendo... Luego de hacerme algunos exámenes de sangre para descartar problemas mayores me enviaron donde un sicólogo, y después donde un siquiatra. Me dieron algunas pastillas y algunas recomendaciones... la pomada también me la dieron así que no vengo a pedirles nada de eso..."
Recuerdo que aquí la mujer parecía mirar a una mamá que se apuraba en sacar unas monedas quizá para no tener que explicarles o conversar luego esa historia con sus hijos. Yo fingía leer el libro y no sabía bien que hacer...
"El problema es que el sicólogo me recomendó pasar unos días con gente cercana, familiares ojalá, gente de confianza. Y la verdad no tengo a nadie. Pensé harto y me acordé entonces que tengo a alguien en Valparaíso, un tío al que no veo hace años y que quizá ya no esté ahí, pero en verdad me siento mal y voy a intentar ir a verlo... quizá no es sólo por la violación, pero de verdad me siento pésimo..."
Mientras contaba esto yo intentaba pensar por qué la mujer nos cntaba todo esto... así como iba vestida, si quería dinero, le bastaba estirar la mano y eso hubiese bastado... yo tenía algo así como miedo de mirar a la mujer, era una mujer alta y la sentía como alguien superior a todos los que íbamos ahí...
"El punto es que no tengo dinero para el viaje a Valparaíso, o sea tengo un poquito, pero no me alcanza... y como cuando joven aprendí un poquito de inglés", nos dijo, "voy a cantarles una canción..."
Y lo que vino después fue una de las cosas más impresionantes que me ha tocado escuchar, ante lo cual muy pocas cosas han tenido comparación... la mujer comenzó a cantar New York, New York... y no sólo la cantaba. La mujer estaba gritando la canción, con fuerza, con talento, con energía, con toda la verdad que tenía...
Me avergoncé de ir a ahí a medias en mi vida, tibio como aquello que siempre había rechazado. No tuve el valor de mirarla a la cara cuando terminó y pasó a mi lado.
Recuerdo que llegué donde la persona con la que estaba intentando esta nueva relación, intenté explicarlo... no pareció entenderlo...
A la semana yo había renunciado a la revista, a la relación, y a toda posibilidad que para mi fuese realizada con tibieza. Me acordé como había sido yo, recordé mis sueños y la fuerza que alguna vez puse en ellos... me acrdé de aquello que para mí siempre había sido la vida y comencé a trabajar duro por encontrarla nuevamente... Mde acordé de aquello que me había hecho renunciar a distintos premios literarios en su momento y que me había llevado a rechazar publicar cuando se me propuso a muy temprana edad... y es que me era tan fácil escribir, sentía, que debía exigirme algo más, que esas creaciones no valían la pena, de cierto modo -por más que para mí de todas fueran importantes-.
Por lo demás no me sentía muy "limpio", eran años de errores y de haber olvidado quien era, y quise recuperar eso de alguna forma: me impuse leer cierta cantidad de páginas todos los días -sé que suena estúpido, pero en ese momento era como una especie de nutriente, que necesitaba para volver a escribir con todo, me decía-. recuerdo que fijé las páginas en 215 diarias y comencé a anotar las lecturas en una agenda que nunca había usado.
Me ordené en ciertas cosas, renuncié a muchas, quise nutrirme, juntar la fuerza suficiente para que cuando volviese a cruzarme con esa mujer o cn alguien así, pudiese mirarla con afecto a los ojos sin sentir vergüenza de mí mismo, y de lo que había hecho con mi talento, por pequeño que fuese.
Y es que la mujer sólo hubiese necesitado estirar la mano, pero en su acto me enseño una cosa: me enseño a hablar siempre con verdad, con toda la verdad, con fuerza, mirando a los ojos, usando todo lo que sabía, todo lo aprendido, y con toda la fuerza que uno tiene.
Luego comencé a trabajar, de profe, subí las páginas en vez de bajarlas, llegaron a 225, creo... lo que duró varios años... quizá demasiados... y es que poco a poco eso también comenzó a perder el sentido y caí en otros errores y la temperatura de eso igual bajó, de cierta forma...
¿Por qué lo recuerdo ahora?
Porque no quiero que esto también pierda sentido, no quiero que se vuelva algo tibio, ni un escape... debo recordarme a mí mismo que existen llamas que debo seguir alimentando y dándome entero por ellas, si quiero en verdad ser quien soy y estar contento conmigo mismo, feliz.
No quiero alargarme mucho más ahora pues creo que en eso que conté está prácticamente todo lo que quería contar: no soy mucho más que eso.
Hoy voy a darle un nuevo orden a mi lugar y lo haré con mi hijo y ese será además su regalo por este día... ayudarme a que este sitio se termine de ordenar, y construir un espacio nuevo, uno donde se comience tambié una historia y una obra de la que me sienta orgulloso.
Otro regalo que recibí, aunque éste no directamente, es encontrarme con un blog en el que me reconozco de cierta forma, uno donde alguien también se puso metas y las va cumpliendo -y no me refiero a esos de chicas que intentan bajar de peso y anotan los vómitos y las pastillas diarias...-, ya me había encontrado antes con varios especiales, honestos, alegres... pero éste además tiene algo que no es tibio, algo que está hecho para los demás, algo que brilla en medio de los otros...
De hecho ahora mismo voy a comentarlo, a agradecerlo rapidito, porque tengo mucho que hacer hoy, y eso me da alegría, porque está mi hijo conmigo y este día recién está empezando.

sábado, 19 de junio de 2010

Ordenar la biblioteca: José Saramago.

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Hace tiempo que no leo a Saramago. Lo leí todo por última vez hace ya varios años, justo cuando empezaba a trabajar de profe y di a escoger a mis alumnos entre varios de sus libros. En los últimos años leí algunas de sus nuevas publicaciones y al final decidí no leerlo más, justamente por la calidad y contenido de sus últimas obras, de las que prefiero no hablar acá.

Quizá por eso la noticia de su muerte, de la que me acabo de enterar, no me afecta en demasía, pues creo que al menos su mensaje ya estaba entregado hacía tiempo, y tanto su forma de escritura como el contenido realmente significativo de sus textos, ya estaba entre nosotros desde hacía mucho.

En otro tiempo, sin embargo, lo leí con hambre; recuerdo haberme comprado varios de sus libros y haber leído varias veces algunos de ellos. Recuerdo por ejemplo la emoción que me produjo Todos los nombres -libro que aún considero entre las mejores libros de amor que me ha tocado leer-, o la envidia que me produjo la perfección narrativa que alcanza por momentos El evangelio según Jesucristo, o el cuento de la silla, en Casi un objeto.

De esta misma forma me maravilló la escritura de el Ensayo sobre la ceguera, que agradó bastante a mis alumnos de ese primer año, tanto así que algunos siguieron leyendo a Saramago y pidiendo libros, de vez en cuando.

El año de la muerte de Ricardo Reis por otra parte me sorprendió por su inteligencia, por su excelente forma de retratar a este personaje y refutar la tesis que éste planteaba en uno de sus poemas, y, si bien me molesta cierta frialdad que percibí en él en un primer momento, me pareció notable la forma como a través de la figura de Ricardo Reis, Saramago era capaz de acercarse hasta cierto "ámbito" de Pessoa, y establecer un contacto claro y nítido con un discurso al que supo oponerse con fuerza:

"Sabio es quien se contenta con el espectáculo del mundo",

decía Ricardo Reis en el verso tomado como epígrafe del libro, y Saramago le demuestra a lo largo de la historia que esa sabiduría no es tal, y lo hace con cierta rabia y afecto contenido, como si se lo estuviese diciendo al propio Pessoa, siempre escribiendo prolíficamente, pero un tanto alejado del mundo al cual no dejaba de observar, al igual que su heterónimo.

Y es que el propio Saramago aprendió varios de estos mensajes ya entrado en años, tras haber dejado de escribir literatura por décadas y lanzarse de pronto con Levantado del suelo y Memorial del convento que parecieron sacarlo a él mismo de su posición de espectador, e insertarlo en un mundo al que parece despertar en cada uno de sus nuevos textos.

Es cierto, Saramago ya había vivido suficiente, había escrito un par de libros y trabajado en los suficientes lugares para decirse que tenía una vida rica en experiencia. Estaba casado, tenía una hija, y podría decirse que había logrado afianzarse... pero de pronto este hombre ya mayor, -al igual que ese otro José de Todos los nombres- se da cuenta que hay algo fuera que se está yendo, que se dejó de pasar, y se lanza de pronto tras aquello de una forma valiente y apasionada que se refleja en muchos de los libros que escribió por ese entoces, y en los que parece, de cierta forma, hablarse también a sí mismo. Narrar, podríamos decir, su propio despertar.

Así, podemos nombrar por ejemplo un libro en que siento Saramago se habla a sí mismo sobre la necesidad de su propia labor artística: Manual de pintura y caligrafía, el cual, sin ser un gran libro, indaga sobre la necesidad de la forma artística, para dar forma a un significado que sea siempre una huella de quien lo entregó.

De esta misma forma el cuestionamiento que se hace el protagonista de la Historia del cerco de Lisboa, -un traductor que se cuestiona sobre el cambiar una simple palabra en un texto histórico y todo lo que esto conlleva- y que lo lleva a aprender la forma en que también puede llegar a cambiar su propia vida.

O la hermosa Todos los nombres, -cada vez que la recuerdo me convenzo más que quizá sea este el mejor libro de Saramago-, donde un hombre al que se le está pasando la vida sin conocer el amor, aprende de pronto a dejar de ser quien es, viendo en el amor una experiencia que lo transforma y lo hace vivir nuevamente, lo saca de su aletargamiento, y le enseña que está vivo, que tiene algo que hacer, a la vez que le recuerda que aún tiene la fuerza necesaria para hacerlo.

Y es que el propio Saramago hizo algo parecido: fue capaz de abrirse a esta nueva vida, fue capaz de enamorarse nuevamente y comenzar una etapa totalmente distinta, fue capaz de entender que debía hacer algo, y escribió, y entendió también que tenía labores y cosas que realizar luego de que su nombre se hubiese hecho famoso y lo mejor de su escritura ya hubiese sido realizada.

Quizá por esto, en estos últimos años, Saramago estuvo vinculado a distintos movimientos de protesta, buscando hacerse partícipe de distintos proyectos comunitarios y utilizó su voz para atacar ciertos abusos, para denunciar aquello que no podía contentarse con observar, a diferencia del alter ego de Pessoa que mencionábamos antes.

Es cierto, creo que en estos últimos años escribió cosas que no debió escribir, novelas que poco o nada aportan a aquello que ya habia anunciado, llegó a matar a la protagonista del Ensayo sobre la ceguera, por ejemplo, en el Ensayo sobre la lucidez, pero bueno, quizá es normal que tras haber encontrado esta nueva vida Saramago hubiese tenido el temor de abandonarla, tema que se aprecia por lo demás en otra de sus últimas obras: Las intermitencias de la muerte.

En esta novela, Saramago nos muestra un país donde la muerte deja de existir, donde los hombres siguen envejeciendo, sin embargo, pero no tienen ya la muerte por delante...

Y es que quizá con este libro Saramago se dice a sí mismo que el tiempo ya pasó, -así como en otro momento sus propios libros lo despertaron-, que este envejecer, que es también un acto vivo, -creo que una frase similar se decía en La caverna-, es aquello que queda ahora: la ruta breve que faltaba, y que ayer terminó de recorrer.

Y sí, es cierto, ayer murió José Saramago, un hombre que vivió dos vidas, un hombre que se despertó a sí mismo a través de la escritura. Hoy me lo imagino viajando junto a sus personajes en aquella Balsa de piedra que él mismo diseñó, adentrándose en un océano en el que también hallará una vida distinta, un nuevo desafío, y en el que algo hablará a través de él, nuevamente.


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