martes, 31 de agosto de 2010

Las cosas por su nombre.

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Las cosas no van a cambiar hasta que llames cada cosa por su nombre, me dijeron.

Yo le di vueltas al asunto y descubrí que de ser eso cierto las cosas nunca cambiarían.
Y eso me asustó.
Pues incluso el nombre de aquel miedo era algo que desconocía.

Todos mienten, pensé, y todos saben que mienten.
Y hasta el nombre de las cosas es una mentira y ya no creo en nadie.
Y hasta el nombre del amor y esas frases grabadas en anillos, y que con el tiempo se borran.

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Yo ocupo al dormir sólo la mitad de mi cama.
La otra éstá vacía o llena de libros y papeles.
Y en los papeles hay letras y signos, pero no existe un nombre.
Y sin nombre todo aquello que rellena nuestra vida comienza a parecer coágulos.
Y nos estancamos y morimos.
Y no nos damos cuenta.

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Me da miedo levantarme y no saber para qué.
Y a veces siento que la mitad de mí está vacía, como la mitad de mi cama.

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Varios amigos han muerto y no sé por qué.

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Mi hijo cuando duerme habla con alguien a quien teme y cuyo nombre desconozco.

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Creo que al darle nombre a las cosas éstas no se crean sino que se derrumban.
Y creo que vivimos en medio de un derrumbe equivocado.

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No sabemos nada del nombre de las cosas.
Y casi nada sabemos de las cosas mismas.

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Estas frases las busco en mí como si girase una tómbola.
Y tengo miedo de obtener de ella las palabras que necesito.

Un día las diré y supongo que todo será distinto.
Pero hoy no es aún aquél día.

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Yo hago mis preguntas en medio de la noche, para no ver las respuestas.

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Tengo miedo que mi desazón sea real.
Y que mi corazón se desgaje y no vuelva a reunirse.

Tengo miedo que mis libros se sequen como plantas que se secan.

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Me duele no haber sido querido por la mujer que quise.

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Hoy estoy junto a un cadáver rodeado de desconocidos.

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Nunca sé decir mi última palabra.
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lunes, 30 de agosto de 2010

Pasándome películas.

Si bien intenté ir al día con las películas vistas, lo cierto es que he dejado varias de lado últimamente. Por esto, -más allá que varias de ellas merecían mi silencioso desprecio- les dedico un pequeño espacio a algunas de ellas, antes de que termine el mes y recuperarlas se haga más difícil entre tanta cueca, chicha y bicentenarios varios.

I. Hukkle, de György Pálfi (2002)

Hukkle es quizá la más interesante de las películas que trataré acá, principalmente a partir de la propuesta visual que plantea y la forma en que se desarrolla, razones que la convierten además en una obra difícil de clasificar, sin caer en experimentaciones forzadas y arrítmicas como las que suelen encontrarse en el llamado cine experimental, que tanto da vueltas por ahí sin encontrar una órbita precisa.

La película de Pálfi en cambio, ambientada en un pequeño poblado húngaro, se ofrece a sí misma como un producto sencillo y bien realizado, donde se evidencia una narración clara y sostenida, más allá que no encontremos en ella diálogo alguno... ni siquiera un nombre escrito en un cartel, o pronunciado en la distancia.

Y es que la significación en esta película se extrae del entorno rural que aquí se plasma, donde los humanos que aparecen parecen verse sometidos a una naturaleza que demuestra estar en una extraña tensión en todo momento. Por esto, cuando comienzan una serie de muertes o asesinatos -porque hay argumento en esto y no sólo imágenes estáticas-, no podemos sino sospechar del propio mundo natural, de una esencia que palpita hasta en la hoja muerta de un árbol y que parece cómplice de todo lo que aquí sucede.

La obra logra crear así una interesante atmósfera, donde los ruidos se transforman en pistas claves que permiten reconstruir un entorno: un crimen constante y natural que parece existir en medio de la crisis constante entre hombre y naturaleza, más allá de que aquí no se establezca un ataque explícito y directo.

Lo bueno de todo esto, además, es que se trata de una ópera prima, y que ya podremos comprobar si el intento que realizó acá el director húngaro es realmente un logro y una obra con contenido, como me pareció a mí, o simplemente deriva en una serie de obras pretenciosas y esencialmente estéticas, con lo que perdería mis fichas y me guardaría de apostar por estos artistas nóveles, que tan poco me entusiasman por estos días.

II. Le souffle, de Damien Odoul (2001)

Otra película que vale la pena destacar, -creo que también se trata de la primera obra de este director francés- y que se desarrolla de manera inteligente y bien cuidada, casi en su totalidad.

Filmada en blanco y negro y en una zona rural, al igual que la película anterior, esta película se diferencia de la otra en que tiene un fuerte protagonista que se erige como centro desde el cual se articula este film.

Éste, un joven al que se le permitirá emborracharse por primera vez con los hombres del lugar, da forma entonces a una narración desarrollada en medio de un día sofocante, donde parece querer agotar todos los conocimientos posibles y hacer explotar su rebeldía que lo excede y que no logra comprender del todo.

La película logra crear, sin embargo, en medio de este día de fiebre y exceso, una atmósfera lo suficentemente fría como para neutralizarla, permitiéndonos así apreciar al joven protagonista como si fuera un sujeto de estudio, y observar su conducta, sin la interferencia de enfoques melodramáticos o subjetivos que hubiesen terminado por debilitar este film.

Quizá esto se logre por la ausencia de mujeres en el espacio central en que se desarrolla la película... por la ausencia de padres que tiene el protagonista y por la brusquedad de las imágenes que por momentos se exceden un tanto quedando al borde de convertirse en un recurso efectista que poco aporta a endurecer una atmósfera ya lo suficientemente concreta de este film.

Esa misma atmósfera, que para mí constituye uno de los atractivos centrales de esta obra, viene a reflejar además una tensión externa, entre este joven y su transformación en hombre. Como si el acceso a ese mundo más agresivo y sólido exigiese también el dejar atrás una verdad más precaria, situación que el protagonista parece negarse a aceptar.

Y es que el joven borracho que deambula afiebrado por este film, -y que busca el amor, la amistad y la muerte como si quisiese despedirse de ellos-, parece estar rodeado constantemente por una serie de vacíos... por espacios sucios y espesos que suelen convertirse en imágenes o sueños que quedan aquí bien plasmados, aunque no por eso se alcance la suficente claridad que permita sentirse cómodo ante ellos.

En definitiva, una película cruda y poco cómoda, interesante por los contrastes que logra y por el cambio de enfoque que realiza entre un momento y otro. Con elementos notables en ocasiones -la forma en que se incorpora la música o la llegada del muchacho a una gran casa en un momento del film, por dar algunos ejemplos -, aunque sin llegar a plasmar ni a reunirse como un todo, lo que la debilita un tanto, en conjunto.

P.D.: También había puesto que existía en el film un leve aire a Haneke, y un no sé qué del Astronauta americano, pero lo borré, y ahora volvió a aparecer, quien sabe por qué.

III. París, de Cédric Klapisch (2008)
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Mucho más convencional que las dos anteriores es esta película francesa que cuenta entre sus logros a la siempre atractiva Juliette Binoche y a Romain Duris -que afortunadamente no me produce nada en este ámbito-.

Con una historia que intenta abrir un mosaico de personajes e instalarse como una ópera coral -según el término de moda-, la obra tiene su eje central en el personaje de Duris, hermano del personaje de Binoche, quien descubre que es probable que vaya a morir ahí en medio de esa ciudad que se supone es símbolo de vida, de luz y de todas las cosas imaginablemente opuestas a la muerte.

Ahora bien, es cierto que las historias de los personajes que aparecen en el film tienen cierto interés y hasta se encuentran bien armadas, pero la verdad es que la película más allá de sus buenos momentos y secuencias, no logra tener un ritmo constante y algunas de las hstorias son dejadas demasiado tiempo de lado para luego aparecer sin aportar mucho al relato.

Resulta interesante, eso sí, el intento de hacer a la ciudad protagonista de la película, introduciendo personajes que reflexionan sobre ella y que, por momentos, parecen realmente lograr que ésta sea un personaje en sí misma y se relacione con lo que son también los otros personajes.

Destacan también la fotografía y el contraste entre el París viejo y el moderno que se da a ratos en el film, y que parece reflejarse también en algunos persobnajes que se encuentran también en distintos momentos de su vida compartiend, sin embargo, una misma búsqueda e interioridad similares.

En resumen, nuevamente una película que intenta hacer de su contexto su mayor atractivo, pero que no parece decidirse sobre qué es, centralmente, lo que está planteando.

Ah, se me olvidaba... aparece Mélanie Laurent... pero bueno, si hay que elegir me quedo con Binoche, que en la película al menos se digna a acercarse a la clase proletaria...

Y a todo esto, ¿alguien me presenta a una francesa?

IV. Otros.

Son varias las películas para las que no tendré palabras especiales, pero que me gustaría mencionar, al menos de pasada. Películas tan variadas como la camboyana Una noche después de la guerra (Rithy Pahn, 1998), quizá muy melodramática aunque con un buen final, donde se trata la historia de un soldado desmovilizado que se enamora (?) de una prostituta y que no parecen tener muchas opciones de que sus afectos sobrevivan en medio de todo aquello.

También está el infaltable Jackie Chan que solemos ver juntos con mi hijo, -cada vez salgo más mal parado de las comparaciones así que tendré que empezar a mostrarles algunas de esas donde aparece Woody Allen-, esta vez fue la clásica La serpiente a la sombra del águila, con Jackie Chan sin llamarse aún Jackie Chan y dando origen a un estilo donde una de las innovaciones principales es una especie de golpe que araña y captura, algo que supuestamente es el corazón, pero que mi hijo entendió que eran las tetillas, y que no ha dejado de practicar, conmigo como víctima, desde entonces.

Por último, mencionar que también se realizo el Sanfic, por estos días, con tan pésima información que en el programa oficial salía una breve sinopsis de las películas, pero no se especificaba ni director, ni país, ni si iba por la competencia o simplemente de muestra... y en fin, una experiencia que dejó bastante que desear a pesar de que sólo me acerqué a ver 2 o 3 películas de las que ahí se ofrecían.

Una que no sé bien por qué recuerdo es The sentimental engine slayer, dirigida, escrita y protagonizada por Omar Rodríguez-López (primera guitarra y principal compositor de Mars Volta), que si bien resulta esencialmente una rareza, tiene un aire onírico-chicano lo suficientemente extraño como para pasar por un híbrido de Lynch -de esos que hay que descifrar a grandes ratos-, y queda dando vueltas aún como si pudiese tener algo rescatable, aunque aún lo logro descifrar qué.

Con las otras del Sanfic y con otras que vi durante el mes, haré como los fans de los Beatles con Chapman, y ni siquiera les daré el honor de nombrarlas, retirándome entonces en silencio...

Ah... se me olvidaba... ¿se acuerdan que les pedí que me presentaran a una francesa?...

Pues nada... era para para recordarles.


domingo, 29 de agosto de 2010

Teseo.

"El instante que planea sobre ti
se llama Ariadna..."
Teseo, Nikos Kazantzakis.

I.

Teseo fue nadie hasta que fue Teseo. Ni dios, ni hombre, ni héroe.
Teseo fue una fuerza, una ciudad no fundada.
Algo que buscaba ser igual así mismo y para lo cual buscó un reflejo a lo largo de un camino.

Nos cuentan entonces que se encontró con Perifetes, hijo de Hefesto, y que le dio muerte de la misma forma como éste daba muerte a los viajeros que encontraba, y hasta con su propia arma.

Luego avanzó Teseo por el camino, y se encontró con otros asesinos. Conoció a Escirón y a Sinis, y ambos fueron muertos desgarrados de la misma forma como ellos daban muerte a sus víctimas.

Lo mismo ocurrió más adelante con Cerción, un fuerte luchador a quien Teseo azotó contra el suelo de la misma forma como éste lo hacía con sus retadores, hasta darle muerte.

Y es que como dijimos antes, Teseo no era nadie hasta que fue Teseo. Y eso estaba aún lejos de ocurrir.

Mientras, se contenta con ser reflejo de otros. Se conforma con la búsqueda. Y hasta se alimenta de ella.

Por lo demás, Teseo no podía ser muerto, porque aún no era Teseo. Ni tampoco podía ser deformado, pues aún carecía de forma. Quizá eso complicó a Procustes, quien se encontró con éste en su camino e intentó torturarlo y desfigurarlo, pero luego no supo cómo hacerlo. El final de la historia es obvio, Teseo -el que aún no era-, deformó a Procustes con un martillo, y le cortó los pies, tal cómo éste hacía con sus víctimas. Y luego, también de la misma forma, le cortó la cabeza.

Tras estas hazañas y otras similares, la muchedumbre preguntaba a Teseo quién era, pero Teseo guardaba silencio, porque él no era aún igual a su nombre, ni había sido fundado nada aún sobre sí mismo.

Teseo era entonces similar al eco de un grito que era gritado por otros. Y él lo sabía.


Un primer acercamiento a sí mismo podríamos encontrarlo tras ser reconocido por el rey Egeo como su propio hijo. No importaron el miedo de Medea y de quienes aspiraban al trono... lo cierto es que Teseo fue confirmado y aclamado por un pueblo entero que entonces clamó su nombre, ese que aún nada designaba.

Y es que más allá que su nombre significase fundador, Teseo no sabía aún qué era aquello que debía fundar, y hasta desconocía, como ya hemos dicho, sobre qué estaba él mismo erigido...

Por supuesto, no se trata aquí que nosotros sepamos mucho más. Pues supongo que también somos nada hasta llegar a ser quién somos. Pero la forma en que Teseo logra saberlo, intuirlo al menos, el encuentro con el Minotauro... siempre me ha atraído de una forma singular. Como si escondiese dentro de todo, un nuevo laberinto.

II.

Recuerdo que más allá del mito tradicional y el aprendizaje que de éste se hace en el colegio, lo ocurrido en el laberinto siempre me pareció un misterio.

Esa muerte no vista y que nadie aseguraba haber ocurrido, la verdadera naturaleza del Minotauro, y el papel de Ariadna en todo aquello, eran pequeñas señas de que ahí había encerrada otra cosa... algo no dicho.

Una especie de reino subterraneo que existiese bajo ese otro reino, donde las leyes que rigen son otras y el hombre y los dioses son en verdad seres distintos o fuerzas distintas a lo que entendemos aquí en la superficie.

Quizá por eso me atrajo sobremanera en un momento la obra Los reyes, de Julio Cortázar, donde se transformaba el mito a través del tratamiento del vínculo afectivo que existía entre Ariadna y el Minotauro -hermanos según la tradición-, a la vez que todo se desarrollaba de forma cuidada y poética en un texto que, en aquel entonces, no dejó de asombrarme y hasta me hizo enamorar un poco de Ariadna, con los inconvenientes ligados a esos afectos por seres estéticos que poco tienen que ver con la mujer real que siempre me fue, y me ha sido -por lo mismo-, tan esquiva.

Supongo que me atraía esa especie de sumisión a sus propios sentimientos, el abandono que sufre luego, por parte de Teseo, la típica imagen de quien sostiene esa punta del hilo que te asegura un lugar seguro al cual vover luego de sumergirte en tus laberintos...

Y sí, supongo que me equivoqué al verlo así, que reduje a esa mujer a la función de un poste al que se amarra un bote para que no se lo lleve la corriente... un ser cuyo sentido trágico lleva a ocultarnos su verdadera voluntad y la vida que posee cada mujer termina siempre siendo un laberinto del que nuca se habla y en el que no nos atrevemos, -ni sabemos-, sumergirnos...

Pero supongo que con todo aquello no hago sino alejarme del personaje que aquí me ocupa... y es que creo que es Teseo el ser que mejor puede ser visto en toda esta historia, el que realmente logra adquirir un significado a partir de todo esto... el único que realmente usa esta experiencia como herramienta para saber quién es, o qué desea.

Ese que debe, a partir de esa experiencia, forjar su propio significado y fundarse a sí mismo.


III.

Llego entonces a una obra que acabo de leer y que me ha parecido sobremanera interesante. Me refiero a la obra dramática Teseo, de Nikos Kazantzakis, que viene a hacer protagonista por primera vez a este personaje y a restituir, con esto, el orden correcto de este mito.

Y es que más allá de la belleza de Ariadna, del misterio que es el propio Minotauro y de la miseria y la vergüenza que a veces se desprende del tremendo personaje que es Minos -hace poco escribía un poema sobre él que quizá algún día les enseñe-, es Teseo el héroe olvidado que viene a dar muerte a este ser, y que vuelve luego para hacerse rey en su tierra, y comenzar una nueva etapa como un ser totalmente distinto -como si el que hubiese salido del laberinto hubiese sido en verdad el Minotauro, bajo la apariencia de Teseo-, más maduro... consciente de una verdad que los otros desconocen.

De esta forma, la obra de Kazantzakis nos hace ver a este Teseo como alguien que viene en busca de un Dios; como si dándole muerte pudiese entonces libertarse al Hombre. Y esa libertad pasase luego a convertir a este Hombre en Dios mismo.

Se nos presenta así un pueblo de Creta, donde los deseos y la razón parecen haber dejado de lado la idea de Dios... de hecho, se menciona que Minos iba siempre a un monte a buscar los consejos de Dios y que tras su última ida había vuelto desolado: "Dios nos ha abandonado" exclamaba... por lo que sólo parece quedar ese dios subterráneo que está en el laberinto, y la tarea de Teseo pudiese desembocar entonces en dos posibles soluciones: liberar a ese Dios, o darle muerte y edificarse a sí mismo, y al Hombre, como la nueva divinidad.

Ante esta necesidad de Dios -tema recurrente por cierto en toda la obra de Kazantzakis-, viene a oponerse Ariadna, quien se muestra como la carne ofrecida sin espíritu, como deseo, como el placer entregado por propia voluntad, sin destino ni divinidad de por medio, y que no logra comprender esa necesidad de Dios que parece sentir Teseo:

Ariadna:
Alma ingenua, ¿a quién imaginan que pertenecen? A cualquier parte que los bárbaros se vuelven sólo ven una cosa: ¡dios!

Teseo:
También le veréis vosotros alguna vez, aristócratas, espíritus cultivados, cortesanos de yeso, lo veréis también un día, pero no en el aire.
¡Sobre la tierra, en el fondo de vuestros templos y de vuestros palacios, en vuestros lechos y en vuestros jardines! ¡Irá de tejado en tejado, de cabeza en cabeza, rodeado de llamas!

Desde esta misma idea, la Creta que esconde al Minotauro en el fondo de un laberinto, es acusada por Teseo de estar corrompida, como si la sangre de Dios hubiese sido mancillada con la sangre de una bestia, y ya no supiesen diferenciar de forma alguna entre divinidad y monstruo, de la misma forma como parece haberse desvanecido la diferencia entre carne y espíritu.

De esta forma Teseo, parece retomar el papel de Minos, quien no ha sido capaz de terminar aquello que ha empezado... quien ha dejado partir a Dios y no a podido hacer nada para retenerlo... por eso es éste personaje quien recomienda a Teseo antes de su encuentro con el Minotauro, y quien le entrega su bendición y le habla sobre la naturaleza verdadera de sus actos:

Minos:
Si logras libertar de la bestia a dios todo entero
toma mi bendición; ¡tú eres mi hijo!

Y es que más allá de lo que ocurre hacia el final de la obra de Kazantzakis, lo importante aquí es la trascendencia del encuentro entre Teseo y el Minotauro, entre el hombre y el dios confinado, entre la bestia confinada en Dios y en el espíritu del Hombre sonfinado en su carne...

Lo importante es ver que aquí Teseo alcanza a ver quien es y por eso da muerte a ese ser que llevaba a cuestas.

Por eso Teseo regresa a Atenas con las velas negras. Y está en eso también oculta la razón del abandono de Ariadna, que siemre suele dejarse de lado cuando se habla sobre esta historia.

IV.

El problema sin embargo es mayor. Porque si bien Teseo no fue nadie hasta que fue Teseo, también comenzó a dejar de serlo en el mismo momento en el que llegó serlo.

Sé que puede parecer confuso y sobre todo gratuito hacia el final de un grupo de palabras que se unieron de una forma demasiado apresurada... pero el punto aquí es que en la misma fundación de un hombre está contenido el germen de su propia abolición, de su propio derrumbe.

Como si apenas llegados al final de la búsqueda comenzáramos también el camino de la pérdida y del olvido.

De esta forma, Teseo entra al laberinto y sale de él, como si hubiese entrado en su propio corazón y tras haberse visto dentro, se hubiese dado cuenta que ahí existe algo incomunicable, algo que no puede ser comprendido por esa mujer que lo espera afuera y que debe por tanto ser abandonada... pues estaba unida por un hilo a un hombre que ya no existe.

Quizá por eso el resto de la vida de Teseo fue un continuo vagar... una búsqueda nueva tras otra... el bellocino de oro, el secuestro de Hipólita... y hasta un nuevo descenso al inframundo... aunque esta vez ya no podría salir por sí mismo y Hércules lo libera sin darse cuenta que ese Teseo quizá no debiese haber sido liberado... que ya todo estaba hecho... que ya no tenía nada que hacer en la superficie.
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Por último, recordar cierta historia de Teseo que parece casi olvidada... En ella, Edipo, ya cerca de su muerte, se dirige hacia un bosque (descrito como un laberinto por Sófocles en Edipo en Colono). Edipo ya está ciego, y va a morir al centro de ese laberinto, donde el único que presencia aquella muerte es Teseo. Sin embargo, la forma de la muerte de Edipo, no es revelada por Teseo, sino que su único acercamiento es posible a partir de un mensajero que hace hablar Sófocles, para relatarnos aquello que logró observar:

"Edipo no se veía por ninguna parte, mas el rey (Teseo) estaba a solas cubriéndose los ojos con las manos como si hubiese visto algo espantoso que nadie soportaría mirar, y pronto le vimos saludar al cielo y la tierra, con una breve plegaria".

Y es que nadie sabe como se fue Edipo de este mundo salvo Teseo. Y eso tan espantoso que nadie se atrevería a mirar me hace compadecer a este personaje. No sólo por lo que vio en ese momento, sino por aquello que vio en Creta, en ese otro laberinto.

Porque siempre será más fácil contar una historia donde un hombre mata una bestia que narrar aquella donde un hombre encuentra a su dios muerto... una historia en que llegamos a ser lo que somos y comenzamos a dejar de serlo de inmediato, dispersándonos sin saber en qué, ni hacia dónde.

sábado, 28 de agosto de 2010

Ordenar la biblioteca: Nuevas adquisiciones.

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Quizá sea un tanto frívolo hablar de los nuevos libros que compré por estos días. Sobre todo porque he gastado un dinero que me debiese haber servido para solucionar cuestiones más necesarias y quizá también porque ya tengo demasiados y parece existir en todo esto cierto afán por poseer las cosas que considero bellas... situación que no debe ser del todo sana.

El entenderlo como enfermedad se relaciona también con una serie de otras experiencias que acompañan estas compras: aceleraciones en el pecho, ojos brillosos e indecisiones varias, por nombrar sólo algunas de las que más se repiten y que más me preocupan por estos días.

Y es que debo parecerme a esas mujeres que se prueban una y otra vez vestidos hasta encontrar ese que les ajusta perfecto -según ellas-, antes de decidirse a hacer sus compras.

Por último, antes de contarles ya más concretamente sobre algunos, confesar que existe otro aspecto referido a la adquisición de libros que supongo no podrán comprender. No me gusta contarlo porque me hace parecer más limpio de lo que soy, pero qué importa -también me hace parecer más hueón, así que queda compensado-... y es que suelo negarme a recibir libros o dinero por mi trabajo de escritura.

A modo de ejemplo señalo un cheque que tengo sin cobrar -me parece que se podía cambiar en la librería francesa- por unos comentarios hechos a la rápida en una página web. O también, unos libros de obsequio de la editorial Lom que no quiero cobrar como pago a un artículo -también hecho a la rápida- sobre Avérchenko. Confieso además que no he coregido las cifras para que me devuelvan un dinero en el servicio de impuestos internos y supongo que ya ha vencido el plazo... o que no he llevado unos papeles para que me paguen mis bienios y perfeccionamientos, por segundo año consecutivo por lo que pierdo un poco de dinero cada mes... y ya debe sumar bastante...

No quiero agregarle más cosas, -aunque las hay-, porque creo que de cierta forma hay algo en eso que rechazo. Supongo que mis libros no tienen el mismo sabor si no han significado un pequeño sacrificio el obtenerlos -aunque eso no quiera decir que compre libros caros, ni nada por el estilo-.

Además está el asunto que no suele dejarme muy conforme mi trabajo y el que me siento un poco culpable de lo que hago con mi dinero... Siempre he pensado que con el tiempo esto va a cambiar, pero a la larga el rechazo por el dinero se va notando hasta en mis ropas y en los zapatos gastados...

Como sea, tras ese intento de defensa de mi frivolidad al adquirir mis libros, aquí les cuento sobre algunos... como verán, su belleza supera mi imprudencia, y mis abusos.


I. El último día de Otoño, de Adrià Gòdia. Editorial Edebé.

Este pequeño libro ilustrado forma parte de úna serie de cuatro, cada uno situado en el último día de una de las estaciones del año y desarrollados todos por el mismo escritor/ilustrador: un barcelonés de unos treinta y pocos años que ha obtentido ya varios premios en el campo de la ilustración. Uno de ellos, por cierto, -el premio Lazarillo del año 2004-, por el libro que acabo de adquirir y que no pude dejar a un lado por más que lo intenté varias veces.

Y es que al igual que las mujeres probándose vestidos, -como ya había dicho-, este libro tiene algo que me ajustó perfectamente. No sólo el identificarme con el dibujo de los zorros protagonistas de este cuento, sino también la belleza de sus colores, y ese montón de hojas desparramadas por el suelo del bosque que le dan un aire de sueño a cada una de las imágenes... hasta que llegan las primeras nevazones y lo cubren de a poco.

Esta suerte de despedida y de descubrimiento que experimentan estos zorros, al enfrentarse al invierno y al cambiar así una belleza por otra, queda reflejada de tal forma en los dibujos que poco importa que el texto sea un tanto débil y no explote todas sus posibilidades.

Lo veo una y otra vez desde entonces y no deja de emocionarme... si hasta existe cierta complicidad en los zorros... una especie de afecto que se desprende de los dibujos que los hacen mirarse uno al otro en medio de ese busque o dar vueltas en la nieve o simplemente correr sobre las hojas...

Un libro como una manta... para que no se nos enfríe el espíritu.


II. Jardines. Fotografía. Colección Cube Book, de Editoril LU, Barcelona.

Este libro de más de 700 páginas un número similar de fotografías, busca dar cuenta de distintos jardines existentes en el mundo. Para esto, intenta organizarse a partir de tendencias y estilos muy bien establecidos y con imágenes que no dejan de sorprender y maravillar en cada momento.

Laberintos, jardines japoneses, figuras y formas realizadas a partir de la misma vegetación... y hasta obras de arte hechas en base al diseño de la naturaleza, son algunas de las imágenes que podemos encontrar en este libro.

Fuentes, diseños zen y jardines de grandes castillos o monumentos se agregan también a la lista y no dejan de entregarnos un impresionante colorido y fotos de gran calidad, casi en todo momento.

Los breves textos que acompañan a las fotografías, además, nos entregan una información clara y que no agota ni entorpece el ejericio estético en que se transforma recorrer este libro...

¿Dije ejercicio estético? Qué frío suena... supongo que es mucho más que eso... son fotos de cosas vivas... testimonios que reflejan la comunión entre el diseño del hombre y el diseño natural sin que exista tensión entre ellas, sino sólo resultados asombrosos.

¿Cómo quieren que dejara ahí ese libro, en medio de una bodega, donde ya comenzaba a dañarse?

III. Otros.

Había escrito algo sobre otros dos, pero se cayó internet un momento y se me perdió lo escrito. Por lo demás, son muchos los otros y me siento injusto hablando de unos y dejando otros fuera, así que mejor les cuento en general de ellos.

Por el lado narrativa, la verdad es que compré muy poco estos días. Sólo selecciones en remate que no sobrepasan los $1000 o $2000 y que encuentro en librerías de saldos: Un libro de narraciones cortas de la Warthon, Una selección de relatos sobre los celos, editada por la editorial Andrés Bello, La profesión de la señora Warren -una interesante obra dramática de Shaw-, y un libro -aunque esto no es propiamente narrativa-, donde se habla de la necesidad del sentido del tacto y de su superioridad sobre el sentido de la vista, que suele alejarnos de los otros... La terapia de la distancia, creo que se llamaba, de Gabriel Josipovici.

Para mi hijo también seleccioné unas pocas cosas entre las que sobresale un libro ilustrado sobre Ciencia Forense, hecho un poco para adolescentes, y que a partir de cómics e información básica, les muestra casos misteriosos y les enseña a como resolver crímenes, de vez en cuando un tanto "fuertes", pero que lo tienen sumergido en la lectura -que suele no gustarle mucho- aquí a unos pocos metros, tirado sobre unos cojines y cerca de un sillón inflable de rana que tenía de pequeño y que hemos vuelto a inflar.

Por último, -y lo que constituye mis compras caras a las que hacía referencia-, tres libros de pintura de Ediciones Polígrafa: uno de Nonell, y otros dos de Vuillard -uno para regalarle a un amigo que no veo hace años y otro para mí para no envidiarlo-, y tres libros más de pintura de la colección mayor de Taschen: el de Hopper, Hundertwasser y Magritte... ya que no supe decidirme por ninguno al momento de la compra y pagué las consecuencias -bueno, en verdad las debo, pero las pagaré en mi próxima cuota-.

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Para cerrar les cuento breve de un mail que recibí el otro día. Era de Manuel, un amigo que hoy se encuentra en el sur.

Como es mucho lo que debiese contar de él, resumo simplemente un aspecto de todo esto... y es que justamente al comentarnos problemas económicos solíamos hablar -un poco en broma por supuesto- sobre un negocio salvador que nos dejase más tiempo y más dinero que la pedagogía...

Como sea, el asunto en que después de un mail que me llegó bastante por distintas razones -la homosexualidad no es una de ellas, por supuesto- Manuel me tira entremedio, la frase media cursi y no por eso menos cierta -al menos para nosotros- que no hay negocio salvador, sólo la literatura.

Y ojalá no se malentienda eso como algo frívolo, por supuesto, porque estarían alejados de todo aquello vivo que esa palabra resume para nosotros... todo aquello que esa palabra viene a exigirnos, a proponernos, y a entregarnos.

Y tendría entonces que hablarles durante horas y horas sobre la belleza que tiene mi amigo dentro de sus ciento y tantos kilos... y luego vendría el asunto de hablarles del otros, para no ser injusto... la mayoría también de ciento y tantos kilos, dicho sea de paso.

viernes, 27 de agosto de 2010

Listas en el refrigerador.

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Nunca tendré una lista pegada al refrigerador con las cosas que debo hacer. De hecho, así como voy, creo que nunca tendré refrigerador.

En vez de eso, se me acumulan los libros, se me entibian las cervezas y se me juntan también las cosas por hacer.

Eso pienso mientras me tomo una cerveza helada -recién traída del negocio más cercano- y tengo esparcidos sobre mi cama los últimos libros que compré casi sin pensar en el total de la compra, ni mucho menos en el total de mi sueldo -cifras que por lo demás son peligrosamente similares-.

Y es que me ofrecí para ir a comprar unos libros para una premiación de un concurso de cuentos que organiza uno de los colegios en que trabajo... y bueno, me tenté... Así que aquí estoy con mi cama plagada de libros y de pruebas que debo revisar si es que no quiero estar nuevamente a última hora revisando y dejando entonces de hacer otras cosas que ahora no recuerdo que son, porque como ya dije antes no hago listas, ni tengo refrigerador alguno donde pegarlas, si las hiciera.

Para evitar estos problemas la gente que conozco vive inventando soluciones: me regalan agendas, libretas, papeles adhesivos y hasta me mandan mails constantemente con el título de "recordatorio", que forman parte de los 459 que el contador de MSN me indica como no leídos y que supongo se seguirán acumulando.

A veces incluso la paciencia se les acaba y se enojan un poco. Me dicen que use celular, que me aprenda sus teléfonos... que deje un poco de comprar libros y me preocupe de comprar otras cosas...

-¿Cómo un refrigerador? -les pregunto.

-Sí, como un refrigerador -me responden.

Yo entonces pienso el asunto. Le doy unas vueltas y calculo el peso del refrigerador. Pienso por ejemplo en que se deben transportar verticalmente y que se recomienda no moverlos de su sitio... y sólo pensar entonces en el refrigerador como un ancla, me hace salir huyendo de esa idea.

Además está el asunto de las listas pegadas. Y las fotos, y el teléfono del gas. Y están también las verduras en el compartimento de abajo y los espacios para los huevos y lo peor: tienen una cuestión con un nombre horrible que se llama termostato.

¿Y saben? Yo no quiero vivir cerca de un termostato. El nombre me suena a gato que no te pesca o a perro fofo.

Incluso creo que si trabajase en una oficina y hubiese un hombre que pasase cada diez minutos echando aerosol y preocupándose que todos trabajásemos a un mismo ritmo... ese hombre se llamaría termostato. Y vestiría de gris y hasta tendría mal aliento.

-¿Hizo ya lo que le pedí? -me diría Termostato.

-No, señor Termostato -le contestaría yo-. Pero lo haré pronto.

Y es que no quiero que me regulen la temperatura. Ni quiero saber qué tengo que hacer mañana o en un rato más... Es más, no quiero que me lo recuerden... Quiero vivir mi fiebre... improvisar mis clases mientras tenga genio y no perjudique a mis alumnos... Quiero pedirle materiales que no sé aún para qué voy a usar y descubrirlo más tarde...

-Profesor, -me dicen mis alumnos-, trajimos los recortes, las cartulinas, las piedras medias redondas que pidió y hasta me conseguí la pipa...

-¿La pipa?

-S po´ profe, la pipa que pidió, yo me la conseguí con mi abuelo...

Entonces viene el desafío y pienso en la costumbre japonesa de regalarse piedras que reflejen nuestro ser, en la no-pipa de Magritte y hasta mando a los alumnos a buscar hojas de árboles caídos o algo similar...

-Necesito cosas que estuvieron vivas, pero que ya no lo estén, -les digo.

-¿Qué vamos a hacer profe?

-Vamos a hacer un juego con las formas de representar -descubro-, vamos a trabajar con el uso del lenguaje a través de lo que no es verbal ni tampoco tiene traducción verbal...

Y entonces me lanzo. Intento relacionar con los contenidos y hasta sale una buena clase.

El problema es que luego empieza otra. Y después otra. Y después hay colación y después hay otra. Y después viajo a la escuela nocturna y también hay otra. Y un recreo y otra. Y un último recreo y por fin la última clase.

¿Alguien puede decirme qué lista quieren que haga?

Creo que Bukowski tenía un poema donde hablaba de las numerosas notas de rechazo que recibía al mandar sus cuentos o poemas a las revistas y que decía en una parte algo así:

"...había leído que Ford Madox Ford solía empapelar
el cuarto de baño
con las notas que recibía rechazando sus obras.
Pero yo no tenía cuarto de baño, así que las amontonaba
en un cajón..."

Supongo que es algo así lo que me pasa con mis listas de deberes y con el refrigerador... sólo que yo no tengo ni siquiera mis listas de deberes, ni tampoco un cajón.

Tengo libros por todos lados y deberes sin listas... dando vueltas entre los libros y entre las ropas... y bueno: por suerte soy un genio.

De hecho, acabo de resolver el problema de las cervezas tibias. Y de la forma más sencilla: debo tomarlas antes de que se entibien... así de sencillo.

A propósito, ¿les conté la historia del pirata que se rascó el ojo con el garfio?

¿Sí?

Puta. Ya se las conté...


jueves, 26 de agosto de 2010

Historia de una llave.

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I.
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Caminando por una feria me encuentro con un viejito que tenía frente a sí un gran número de llaves. Lo triste del asunto era que no quería venderlas. Se trataba de una colección extraña que había juntado a lo largo de su vida y que una hija le obligaba a llevar hasta una feria para aportar con algo de dinero a la casa y deshacerse así de esa colección absurda, como señalaba.

El viejito dejaba que la hija hablase. Sentado atrás de una sábana vieja donde se encontraban esparcidas las llaves, él apenas las miraba en silencio, mientras la hija las ofrecía cuando alguien se acercaba o se mostraba interesado.

-Saque la que quiera no más, -me dijo-. Si quiere las prueba y si no le sirven me las cambia la próxima semana, total siempre nos ponemos por aquí.

Luego, al verme tomar una de mayor tamaño, ella continúa.

-Tenemos hartas grandes. A mi papá no le gusta traerlas, pero si se interesa voy a buscarlas... Tiene como 200 de esas que sirven pa´ colgar de las paredes, ¿para eso las quiere usted?

-No se preocupe, las estaba viendo nomás... son hartas...

-Eran como diez mil -me dice la mujer. Luego se dirige a su padre- ¿Cuántas eran papá?

El viejo levanta la cabeza y pareciese que no quiere contestar. Pero luego que la hija insiste el hombre me dice:

-Doce mil doscientas treinta...

-Ve -me dice entonces la mujer- si eran hartas,,. Y tenía colgadas como mil en la pieza... todas en clavos chiquititos... esas las sacamos hace como un mes...

-Eran más de 18 mil -me dice entonces el hombre-. Ahora quedan doce mil doscientas treinta.

Entonces, como por un acuerdo, todos nos callamos. Incluso un hombre que ofrecía bolsas para las compras dejó de gritar. Fue como si todo se hubiese reducido a un número y el 12.230 hubiese quedado sostenido ahí como un acorde.

La mujer entonces le dice a su padre que se quede él en el lugar mientras ella vuelve a la casa.

-Pero vende algo eso si... -le dice antes de irse-.

Luego se va.

II.

Sobre la sábana deben haber habido unas 2000 o 3000 llaves. Había pequeños grupos aparentemente separados por tamaño y algunas dentro de unas latas de café o de frascos de vidrio.

El hombre -luego supe se llamaba Marcos-, me cuenta un poco sobre las llaves. Me dice que empezó a juntarlas hace más de 70 años, en un pueblo chico que quedaba cerca de Osorno y que ya no existe más.

Me cuenta por ejemplo que las primeras llaves importantes que tuvo fue un manojo que había robado a un carcelero que se había emborrachado con su padre.

-A mí me mandaban a buscar más trago -me cuenta Marcos-, ellos estaban cerca de unas celdas de madera donde apenas había un preso y un montón de casuchas medias dañadas y vacías. Yo me tenté entonces y saqué el manojo que había quedado en el piso... tenía como 10 llaves grandes... Yo debo haber tenido unos 12 años más o menos. Y también estaba medio borracho.

En mitad de la historia llega entonces un hombre y le pregunta por un montón de llaves que están algo oxidadas.

-No puedo venderle -le dice Marcos-, la señora que vende me lo encargó, pero vuelve como en una hora...

El viejo mira un rato más, pregunta por unas llaves de cobre y otras con puntas planas, que luego supe eran de máxima seguridad, al menos en su momento. Luego se va.

-Ese tipo sabía -me dice entonces Marcos-, preguntó por las mejores de acá...

-¿Y tiene el manojo que le sacó al guardia?

-No. Las dejé enterradas en el sur... Lo que pasa es que esa misma noche del robo, mientras el guardia y mi viejo dormían borrachos, yo me fui pa´ la celda del tipo. Miré por la rejita que había y lo vi ahí tirado en el suelo. No tenía ni manta y el lugar estaba súper hediondo y había hasta ratones... bueno eran normales los ratones en ese tiempo, no como ahora... Pero la cuestión es que el tipo me dio pena o algo y le abrí la casucha pa´que se fuera. Me acuerdo que el tipo despertó y se sentó a mirarme. Tenía la cara rara el tipo y me daba miedo... así que no le dije na´y me fui corriendo, con el manojo de llaves sonando y el tipo en la casucha atrás...

Como el viejo entonces guarda silencio y parece haber dejado la historia hasta ahí, le vuelvo a preguntar por el final de la historia.

-¿El final? No hay final po... Yo me fui corriendo y después miré pa´ atrás. Me había escondido en unas piedras grandes que había y miraba la casucha que había quedado con la puerta abierta, pero nunca vi salir al preso. Después me quedé dormido y enterré las llaves al lado de esas piedras.

-¿Y el preso? -le pregunto.

-Al final se fue -contesta el hombre-. Pero lo encontraron muerto como a los dos días. Se había colgado en un bosque que había cerca. Después supe que el hombre estaba preso porque había matado a su esposa y a un hijo que tenía y que se lo iban a llevar para Santiago...

Tras varios intentos por llegar hasta el final de la historia -la historia de las llaves, me refiero-, el hombre me cuenta que las dejó enterradas. Que iba de vez en cuando y se ponía al lado de donde las enterró, pero que no las sacó nunca. Que se ponía como a verlas, pero que veía pura tierra no más, porque las llaves estaban abajo.

-Ahora me quedan doce mil doscientas treinta no más -insiste el viejo. Y vuelve a quedar todo en silencio-.

III.

Y es que era como si el hombre hubiese tenido el número grabado. Debe haber sido para él algo así como una cuenta regresiva, supongo. Algo parecido a una grieta por donde se te escapa algo, de a poquito... como una gotera, o como un llanto suave.

Miro otra vez al hombre y trato de sentir un poco lo que siente, pero en verdad mis sensaciones son un nudo por estos días y no sé en verdad como desenrredarlo... como si me faltara a mí mismo una propia llave, pienso entonces...

-Mire -me dice entonces don Marcos mientras busca en un bolsillo, y me estira la mano mostrándome una llave-. Esta es de las más bonitas... se la presto...

Yo miro la llave y la tomo tras dudar un rato. La llave es como de piedra, oscura y suavecita y pequeña, como si estuviera pulida de forma perfecta. Es casi como un cuchillito pequeño, con pequeños dientes, del tamaño de la yema de mi pulgar.

-No sé el material eso sí -me dice-. Es de las más raras que tengo...

Entonces a mí me sucede algo raro y me acuerdo del material. No sabría decir por qué es tan importante para mí, pero la verdad es que aguantaba los lagrimones con la llavecita en las manos, y hasta sentía como si se desenredara de golpe eso que había sentido adentro...

-Es de obsidiana -le dije, cuando pude hablar-.

El hombre entonces se sonrío. Me pareció incluso por un instante que le brilló la cara, pero debe haber sido el sol que se reflejaba en las llaves que tenía esparcidas por delante.

-¿Obsidiana? -me preguntaba-. Obsidiana...

Don Marcos repetía la palabra como si la palabra hubiese sido también una llave. Me parece casi verlo llorar, emocionado, como si aquella palabra le hubiese permitido abrir su propia llave... como si le hubiésemos puesto nombre a una sensación que llevamos por años sintiendo dentro y que de pronto descubrimos, y hasta se nos hace más cercana, y comunicable, y estúpidamente nos hace llorar como cabros chicos...

Antes de irme le cuento de mis libros. Algún día los conté y sabía su número exacto. También recuerdo el primero o cuando llegué a los 50, y comenzaban a apilarse en mi dormitorio.

Hoy tengo más de 3000, y unas 2000 películas. Son como llaves también ahí colgadas y al igual como las llaves de don Marcos, cada uno de ellas es un mundo en sí... A veces un mundo que sólo yo conozco, es cierto, y eso entristece un poco. Porque nos aleja de los demás, a la vez que nos lleva a lugares hermosos y tristes y terribles... Lugares de los que salimos después y caminamos solos entre los otros que no conocen esos mundos. Lugares que a veces quedaron cerrados por siempre.

Al final le devuelvo la llave a don Marcos. No quiere aceptarla de vuelta primero, pero al final le digo que la llave ya abrió lo que tenía que abrir, que a lo mejor otro la necesita.

Entonces yo me decido a contarle sobre el libro que llevo en las manos y que estaba leyendo. A compartir la historia de mis propias llaves... a hacer que funcionen como tal...

Y es que supongo que esa es la labor de un libro. La labor de las historias. Y el trabajo que tenemos por delante todos nosotros: ser llaves para las sensaciones de los otros e incluso para las nuestras.

Descubrir que hay un nuevo mundo y que está en éste. Y recordar también que tenemos la obligación de compartirlo con los demás... de entregarlo.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Defensa contra el declive de James Ensor.

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"Una noche, echado ya en mi cuna, con la luz encendida y todas las ventanas, que daban al mar, abiertas, un gran pájaro marino, atraído por la luz, cayó ante mí y chocó violentamente contra mi cuna. Impresión inolvidable, pánico enloquecedor. Aún veo la horrible aparición y siento el gran choque del pájaro negro, ávido de luz."

Lo anterior, corresponde a una anécdota contada por el pintor belga James Ensor, repetida en varias ocasiones según lo que cuenta Ulrike Becks Malorny en la biografía que realiza del artista y que Taschen recoge en el libro que dedica a este pintor.

No se trata, sin embargo, de una anécdota que deba pasarse a la ligera, como aquellas que hacen referencia a su extraña familia y a la aún más extraña forma que tuvo Ensor de referirse a ella, sino que parece venir a resolver un problema clave en el modo de significar de este pintor: la forma en que éste parece entender la representación, y el papel que en ella juegan el color, la luz y hasta la agresividad con que sus cuadros vienen a instalarse y a dar cuenta de una humanidad que, hasta el día de hoy, le incomoda reconocerse en algunos de sus cuadros.

Recuerdo que hace años, cuando por vez primera vine a dar con Ensor -quizá buscando un nexo entre el impresionismo y el expresionismo-, la impresión que me dejaron sus cuadros fue del todo confusa. Por un lado estaban todas aquellas obras características: su visión grotesca de la humanidad, sus colores aparentemente rabiosos, sus pinceladas toscas... y por otro, me parecía captar algo más sutil, algo que tenía que ver con la presencia de la luz en sus cuadros y que parecía persisitir desde sus primeros retratos, hasta llegar incluso a las obras de aquellos 50 últimos años de producción, esos mismos que los críticos suelen desestimar y calificar como un "largo periodo de declive", sin estar del todo equivocados.

El declive de un hombre, sin embargo, -y más aún el declive de la obra de un hombre como James Ensor- no es asunto que deba tomarse tan a la ligera, ni mucho menos pretender fijar en espacios muy determinados, por lo que me gustaría intentar aquí una especie de "defensa del declive de James Ensor", tratando de tener en cuenta además algunos de los puntos esbozados más arriba, por lo que le pido al lector-jurado que en este momento aún persista con la lectura, amplíe aún más su esfuerzo e intente tener presente en cada momento, la anécdota que en un inicio se contó, al momento del alegato.

I. Pruebas preliminares.

Se dice de mi defendido que es un precursor. Que sus grandes obras de finales del siglo XIX abrieron paso a una serie de nuevos artistas y hasta nuevas tendencias. Se habla por ejemplo de la posibilidad de un Nolde, o de toda una veta expresionista que debe rendirle tributo... Pues bien, más allá de cualquier clasificación en la que nunca logró encasillarse a mi cliente, hoy vengo a decirles que James Ensor sí fue un precursor, pero un precursor de sí mismo.

Y es que la obra del hombre que aquí ven, -distinta a razón de contener en sí una serie de técnicas y estilos-, no vino a ser un canal, ni un nexo que permitiese abrir un camino distinto desde una rama lejana del impresionismo para unirlo con otras tendencias de época...

La obra de mi defendido siempre se contuvo a sí misma, siempre fue esencia y significado... siempre fue como una madre que estuviese embarazada y que termina dándose a luz a sí misma.
Existen así entre los cuadros que aquí presento como pruebas, ciertas sensaciones de base, presentes en cada uno de ellos... situaciones y esencias que permanecen aferradas a estas imágenes y que si bien derivan en formas superficialmente distintas, su cambio, digamos, ocurre a nivel de estridencia... de vibraciones... de luz.

¿Qué hay de distinto, por ejemplo, en la actitud de Los borrachos y la presente en Esqueletos que intentan calentarse? ¿No denotan ambos, en origen, una misma actitud, una única sensación...? ¿No son acaso cajones que contienen exactamente las mismas y precarias pertenencias?




¿O acaso no ven el esqueleto oculto bajo La comedora de Ostras, La mujer con chal azul o La dama sombría? ¿No ven en ella la invitación a una máscara...? ¿No ven en ellas el embrión de luz y color que llego de pronto a ser la pintura posterior de James Ensor? ¿A quién si no a sí mismo intentaba mi defendido abrir camino?


II. Contraparte a la acusación del fiscal.

Acabamos de escuchar, sin embargo, una serie de afirmaciones por parte del fiscal, donde se ha hecho uso, -y abuso-de una serie de términos que buscan asociar a mi cliente con tendencias foráneas... hemos escuchado hasta el hartazgo la palabra transgresión, vanguardias, expresionismo, surrealismo, espacio onírico... y otras que el fiscal se ha preocupado de hacer transitar -como una precaria exhibición de perros amaestrados- ante los ojos del jurado.

Pues bien, déjenme decirles que esos mismos perros amaestrados, son los que han de volverse en contra de la acusación que aquí se hace contra mi cliente, y dejarán en jirones aquellos argumentos... y hasta morderán luego, de encontrarlas, las partes íntimas de nuestro fiscal, y las enterrarán en un lugar donde éste no puedas encontrarlas... entre otras razones, porque el fiscal ha demostrado que no sabe mirar siquiera aquello que está frente suyo... como la obra de mi defendido.

Y es que insisto: en ella no hay transitar como se ha querido ver. Lo que cambia es simplemente la luz ante la cual se están observando los mismos fenómenos. De hecho, mi cliente, como se lo demostraré en la imagen que aquí les adjunto, se encuentra atascado entre un montón de gente... siendo el único, por cierto, en lograr captar la verdadera naturaleza que lo rodea, porque mira directamente hacia el sector de luz necesario para revelar aquello que en verdad está sucediendo.

La obra pictórica de mi cliente no se origina a partir de un transitar de tendencia en tendencia como se ha insistido en decir, sino que, de existir un transitar, este sería de luz en luz, y la única forma para captar las diferencias de luz y descubrir el velo que cubre las cosas es permanecer estático. Inestable quizá, pero en un mismo sitio. Observando siempre los mismos rostros.

Pretender por tanto, como asume el fiscal, que existe un cambio de paradigma, de estilo o de tendencia... y, más aún, pretender que hay una cima y por tanto un declive en dicho tránsito, por parte de mi defendido, me parece un argumento pueril e irrisorio...

Además, al negar el movimiento y el tránsito en la obra de mi cliente, se hace absurdo también hablar de ascensión o de declive, y lo único que termina por delatar todo esto, es la profunda incomprensión del señor fiscal ante todo aquello que constituye la naturaleza de la luz y del sentido de lo humano, presente en la obra del distinguido Sr. Ensor, aquí presente.

III. Explicación al señor juez.

Con mucho gusto señor juez, declararé entonces lo que mi defendido entiende sobre la luz. Y no lo haré sólo por demostrar que la inconsistencia de la que el señor fiscal acusa a mis palabras es del todo errónea, sino además para permitirle al jurado desenredar los artilugios que la fiscalía, -en su constante intento de clasificar aquello que condena- ha tendido sobre ellos.

Partiré diciendo por tanto que el sr. James Ensor no tiene hijos. Luego, sin embargo, admitiré que acabo de mentir. Y es que la luz es su hija, -como el mismo ha dicho-, y mi defendido, padre en extremo amante como el buen Urano, no sólo hace de ella un elemento central de figuración, sino que la convierte en alimento: en el nutriente básico que necesita para sacar de la sombra a todos aquellos colores que permanecieron contenidos en sus primeros cuadros.
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Porque esos colores, no fueron introducidos después, como otro aquí ha planteado, sino que estaban aletargados en las sombras... en todos aquellos cuadros en que mi cliente supo hacer sobrevivir al color en la oscuridad, e incluso eternizarlo, más allá de la luz.

Y es que la luz, para mi defendido, al ser cambiante y estar en constante transfiguración, no es del todo confiable cuando se quiere dar cuenta de las verdaderas esencias de las cosas. Además, la piel de lo real no puede estar en contacto directo con la luz, pues ésta se disuelve automáticamente y no permanece más que como sombras de luz, como le ocurrió a Turner...

IV. Nuevo intento de explicación al sr. Juez.

No señor Juez, no estoy borracho ni olvido mi deber profesional, es sólo que quiero explicarme claramente y creo que hoy no es mi día... pero veamos, ¿conoce a Turner, señor juez?

No, no ese Turner que trabaja de secretario sino el pintor, el inglés ese que lo real se le disolvió en sus cuadros cuando miró de frente la luz sin usar filtros...

Pues bien, ahí donde ese Turner capta el instante, el momento único en que la luz produce cierto "efecto de disolución en lo real" -el último Turner señor Juez, no piense en el de los barquitos que ese es como el secretario...-, pues bien, ahí donde Turner capta el instante, el sr. Ensor ha sabido captar la eternidad que dicho instante contenía. Es decir, Turner es un prisma y Ensor un catalizador...
¿Qué señor Juez? ¿Drogas...? No consumo drogas sr. Juez...

Intentaré ser más claro si me lo permite... ¡pero no me interrumpa sr. Juez!... ¿ha visitado usted una exposición de animales disecados? Voy a pensar que sí, ya que no responde y hasta finge que no me escucha... ¡Visitar los cuadros de Ensor es exactamente lo mismo que visitar esas exposiciones! ¡Por eso las máscaras son necesarias! ¡Por eso los rostros se pusieron máscaras y luego las máscaras se hicieron rostros!

¡Porque yo...! Perdón... ¡Porque mi cliente, entendió que los rostros sin máscara dejan escapar la luz que revela eternidad!... ¿entiende? ¡Porque mi cliente es un genio sr. Juez!

Y es que quiero que entienda... no me interesa acá el expresionismo ni quien soy yo, ni si soy en verdad Ensor o quién sea... lo que me interesa es que el artista acá cuestionado... qué digo... ¡el genio!... intentó desde la oscuridad acercarse a la esencia del hombre. Varió de expresión en expresión. Los reunió. Los hizo vivir la vida de otros porque confundió sus máscaras. Los sometió a rayos x... y buscó por todos lados aquella parte de ellos donde se encontraba el espíritu...

Lo buscó también en sus cinco cuadros religiosos, señor juez... en Las aureolas de Cristo o las sensibilidades de la luz... ¿y sabe algo? No lo encontró...

No había ni rastros del espíritu... Acuérdese de La entrada de Cristo en Bruselas, señor juez, ¡acuérdese mierda...!
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No puede haber declive cuando no se ha llegado a ninguna cima. No puede haber cima en este mundo de máscaras señor juez... No puede haber belleza en las muecas, ni dioses en las iglesias plagadas de diezmos... no puede haber un Cristo en Bruselas, ni espíritu en el hombre...

¡No existe un rostro puro que merezca ser pintado sr. Juez!

No hablo de expresiones, ni vanguardias, ni tendencias hueonas... Hablo de un gran pájaro marino... ¡un dios como un gran pájaro marino!... un dios al que le arrancaron los ojos para que su rostro pareciese también máscara... para que fuera como nosotros... Hablo de qué un día... ¿no se lo conté antes señor juez? -le pregunto porque dicen que yo siempre lo cuento y no quiero abrumarlo justo antes de que muera-, le contaba que un día... yo era un bebé sabe... ni yo sé como me acuerdo... Pasó que un día estaba en la cuna, frente a una ventana abierta que daba al mar, en medio de la noche. Afuera todo era oscuridad. Y hastaba sonaba el mar en medio de la noche como el corazón de lo oscuros donde se encontraban agazapados todos los colores... pues sucedió que estando en esa cuna vino hasta mí un gran pájaro marino... por mi ventana salía luz, y aquel pájaro estaba hambriento de luz... porque dios es un pájaro hambriento de luz, señor juez...

Pero sucedió que aquel pájaro marino no quiso abandonar aquel espacio de luz, y entonces me arrancó los ojos... ¿Me entiende señor juez? ¡El pájaro marino, que era dios también y estaba hambriento, intercambió conmigo sus ojos!

Y entonces vi el secreto... ¡sólo hay barro señor Juez! Nadie nunca sopló sobre nosotros... No hay espíritu, usía... no hay ascenso ni declive... sólo hay luz... Y es una luz oscura que viene a devorar todo... a devorar la realidad y a revelarnos la verdadera oscuridad que subyace en aquellos lugares que creímos iluminados...

¿Me entiende señor juez? ¿Señor juez...? ¿Señor fiscal...?

¿Alguno puede decirme qué mierda pasa en este mundo? ¿Cómo suena la música terrible que guía estas esferas?

¿Rechina el amor, señor juez...?

¿Desde dónde nacen las preguntas si no hay espíritu...? ¿Hacia dónde van?

martes, 24 de agosto de 2010

Las bellas durmientes (IV)


He dejado para el final a una última bella durmiente. Una que parece dormir en la superficie de sus actos, pero que teje en verdad una red de significados más profundos y sutiles y que me sorprendió del todo hace algunos años, cuando comencé a leerla.

Me refiero a la escritora japonesa Banana Yoshimoto y en especial a su libro Sueño profundo, formado por tres narraciones de las que me interesa acá sólo la primera -aunque las otras dos no dejen de ser importantes por diferentes razones-.

Y es que en esta narración -que mantiene el nombre del libro, dicho sea de paso-, el tema del sueño me parece abarcado en su totalidad, sin notorias pretenciones y con una sencillez que me parece no es posible ver en otros exponentes de la alta narrativa contemporánea, entre los cuales se instala.

Ante todo, decir que gran parte del soporte de esta narración, o de la significación adherida que ésta posee, está dada por La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. Relación a la que, sin embargo, el libro no alude directamente, e incluso se aleja si pensamos en el tipo de lenguaje y personajes que desarrolla.

Nos encontramos así con una protagonista que duerme casi todo el día: tras haber abandonado su trabajo y recibir dinero suficiente por parte de su pareja, ella parece vivir en paz... un poco extrañada de la vida que pasa por su lado y sumida en este sueño profundo en el que parece estar prácticamente todo el tiempo. Algo que de cierta forma la aleja de la realidad, y que la misma narradora comenta de la siguiente forma:

"Nuestro amor no es real.
Esta frase, desde el principio, iba y venía dentro de mi cabeza. La sentía como un odioso presagio. Cuanto más cansado está él, más intenta mantenerme a mí alejada de la realidad. Nunca lo ha formulado claramente, así que debe de ser un deseo inconsciente, pero a él le gusta que yo permanezca siempre en mi habitación, sin trabajar, viviendo sumida en el silencio, y que, cuando quedamos, nos encontremos por las calles como si fuéramos la sombra de un sueño. Me cubre con bonitos vestidos y me pide que tanto mi llanto como mi risa sean silenciosos. No, la culpa no es únicamente suya. Yo he acabado haciendo mía la negrura del cansancio de su corazón, y me gusta actuar de este modo. Entre nosotros existe un espacio de soledad y nos amamos protegiéndolo con mimo. Por eso todo va bien por ahora, de momento."

(Recuerdo que cuando leía por primera vez el libro, -ya después de conocer Kitchen, N.P. y Amrita y saber que Banana no está jugando a escribir cuando crea sus textos-, estaba encantado por cierta sencillez en la forma de verse a sí misma por parte de la narradora... una claridad que hoy mismo veo es casi igual de cautivante para tres personas que tomaron el texto que estaba releyendo y que no dudaron en avanzar varias páginas y hasta pedírmelo apenas lo desocupase...
Y es que algo tienen algunos libros de esta escritora que parecen cautivar a la gente, aunque muchas veces éstas mismas, cuando he intentado rastrear sus razones, quedan un poco confusas y no saben explicarlas de una forma concreta).

La historia por lo demás, revela luego de este primer argumento, algo así como una flor escondida dentro de otra flor, o -para parecer más machote- una caja dentro de otra caja... pues resulta que la amiga con la que vivía la narradora, -quien ha muerto hace poco tiempo y de cuya muerte además nada se ha contado aún a nadie-, desarrollaba una extraña actividad. Una especie de prostitución denominada sueño compartido que consiste en dormir junto a un cliente -sin llegar al acto sexual- casi como para asimilar su estado y absorber, mediante su compañía, los distintos problemas y heridas que estos traen:

"-Yo ahora, ¿sabes?, por las noches no puedo dormir. Porque si la persona que descansa a mi lado despertara durante la noche y me encontrara durmiendo a pierna suelta, ¡ya me dirás que valor tendría mi trabajo! Eso no sería profesional, ¿entiendes? No puedes dejar que se sientan solos. Todas las personas que vienen, absolutamente todas, lo hacen recomendadas por alguien, todas son personas respetables. Y a todas las han herido de maneras muy sutiles, todas están exhaustas. Tan exhaustas que ni siquiera se dan cuenta de que lo están. Y todas estas personas, todas sin excepción, se despiertan durante la noche. Y en esos momentos es importante que, en medio de una luz suave, yo les sonría. Les ofrezco un vaso de agua helada. (...) Entonces, normalmente, se tranquilizan y vuelven a conciliar el sueño. Creo que lo único que quieren, todos ellos, es tener a alguien durmiendo a su lado."

La obra entonces, como decía antes, ya no sólo nos presenta un sueño profundo, sino dos, que parecen complementarse y hasta nos hacen preguntarnos sobre cuál de los dos sueños profundos es el que realmente toma el centro en la narración...

Pero como estamos ante la Yoshimoto -y aunque la crítica diga que no yo estoy convencido que se trata en verdad de una de las grandes- resulta que la flor que había revelado otra flor vio como ésta última nos entrega otra más, como para completar el ramo... ¡ejem! cajas, perdón... cajas de whisky o de aguardiente, ese que te quema la garganta...

Y en esa última caja, decía, se descubre de pronto que faltaba aún una tercera durmiente: la esposa del amante de la narradora, quien permanece en coma luego de un accidente y quien, dormida desde entonces, nadie sabe si va a despertar algún día.

Como podrá verse, entonces, la narración sabe tejer entre sus distintos personajes, toda una red de sensaciones... de significaciones complementarias. Una serie de argumentos que -intento no racionalizar- han sabido corresponderse al interior de una narración que logró hacerlo gracias a su exclusiva sencillez... su transpariencia en el relato... y la correspondencia que pueden tener las palabras y aquello que se forma a través de ellas cuando cruzan por nosotros en el momento exacto y ya no hay como evitarles que digan eso que vinieron a decir... que nos hablen de verdad de aquel sueño profundo que se esconde detrás de todo esto.

Y es que, por último, el verdadero sueño profundo es aquel que vivimos nosotros cuando nos acercamos a la literatura esperando una historia o un simple argumento... cuando nos olvidamos que las palabras están vivas y que pueden llegar a hablar guiadas por una voluntad distinta...

Porque no podemos obviar que en éste -y al menos en los otros textos de la Yoshimoto que he leído-, existe una belleza que nace de la debilidad y de la sinceridad de cada personaje. Una especie de fuerza, una mano que se extiene desde el sueño de los otros y que viene a reconfortarte. A acariciarte la cabeza para que te duermas y hasta a tenderse al lado tuyo... justamente cuando estás más oscuro... exhausto y herido de maneras muy sutiles...

Después de todo, ¿quién sabe?... quizá a eso ha venido justamente hoy: a reconfortarte, a darte fuerza... y a contarte un último secreto:

"...pienso que el ser humano es fuerte. No recuerdo si esto me había ocurrido con anterioridad, pero cuando me enfrenté a las tinieblas de mi corazón, cuando me sentí herida en lo más hondo y me rompí en pedazos, exhausta, de improviso emergió de mi interior una fuerza inexplicable".


lunes, 23 de agosto de 2010

La bella durmiente (III).

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No existe paz en las bellas durmientes. Ni belleza, en verdad. Sólo hay podredumbre disfrazada: narcóticos quizá. Nada más.

Esa es la impresión que queda después de leer La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. O al menos la que a mí me queda, contagiada por una serie de otras sensaciones que no tienen cabida acá, y que, sin embargo, deben de incidir en la lectura.

En la novela de Kawabata, un hombre viejo -en el borde mismo de ser y dejar de ser un hombre, según sus propias palabras-, comienza a asistir una extraña casa de visitas. En ella, se les ofrece a hombres mayores, dormir junto a mujeres jóvenes y bellas, totalmente dormidas y desnudas, en una habitación.

El sueño de las jóvenes, además, parece ser ocasionado por narcóticos. De hecho, es tal su profundidad, que no podrían despertar ante nada, -en palabras de la mujer que regenta el lugar- al menos por algunas horas.

A pesar de ese dormir profundo, y de que todo es posible con estas muchachas, ellas parecen seguir siendo vírgenes, pues existen ciertas normas tácitas entre aquellos que concurren, -además de la avanzada edad que todos tienen- que hace difícil llegar a cometer algún tipo de exceso.

El viejo entonces viene, es conducido a una habitación donde ya duerme la joven y es dejado a solas hasta la mañana siguiente, momento en el que debe irse antes que la joven despierte, sin tener contacto alguno con ella en un estado distinto al que ella tuvo durante la noche.

Ahora bien, desde este argumento, la obra accede prontamente a una significación más profunda, dada principalmente a partir de la cercanía de la muerte y al juego que en torno a ésta parece realizarse.

Y es que la muerte en esta novela de Kawabata, no está definida como un suceso único, o inevitable. Ni mucho menos como un fin. Parece de hecho, estar presente en cada uno de los personajes, como una especie de óxido adherido a las bisagras internas de cada uno... algo que pertenece al ser humano más allá de la aparente belleza o juventud que este posea... y que está presente en cada una de sus acciones.

Por eso hablaba de podredumbre en un inicio, ya que en el corazón de cada uno de nosotros -porque en esta novela quedo dentro quiéralo o no-, existe desde un inicio un principio de corrupción. Una miseria pequeña que existe a la par de nuestras experiencias y deseos y placeres. Y que a fuerza de costumbre termina por aceptarse como propia, como una más de las cualidades de nuestro espíritu, a pesar de ser ajena, totalmente, a la esencia de cada uno.

El protagonista así, a través de sus visitas y de lo que las jóvenes le evocan, comienza a darse cuenta justamente de que esta cercanía a la muerte, -incluso a la muerte bella que tiene ahí a mano-, es una cosa totalmente distinta a lo que sintió en un inicio.

Y es que todo aquello que sentía lleno de fealdad aquel hombre, o que le generaba culpa, comienza a partir de esas visitas a voltearse, y a revelar que esa miseria que llevaba contenida también estaba presente, inlcuso en un mayor grado, en las acciones que había realizado en su vida y que no había valorado como correctas o incorrectas.

Así, por ejemplo, en un momento de la obra el protagonista se pregunta junto al cuerpo de una mujer dormida:

"¿Qué es realmente lo peor que un hombre le puede hacer a una mujer?... Porque las aventuras y daños puntuales quedaban siempre en un momento... Casarse, criar a sus hijas, todas esas cosas, en la superficie, eran buenas; pero haber tenido los largos años en su poder, haber controlado sus vidas, haber deformado sus naturalezas incluso, estas cosas podían ser malas... Tal vez, engañado por la costumbre y el orden, nuestro sentido del mal se atrofia."

De estas y otras cosas comienza a darse cuenta este hombre. Del borde inestable en que ha vivido toda su vida, -y en la que viven los otros, por cierto-. De la verdadera naturaleza de la belleza, de la muerte dormida, y de la miseria escondida que brilla como una joya en la juventud como para despistar al espíritu.

Con todo, desde esta misma inversión de valores, el libro llega a rescatar las posibilidades que tiene todo hombre por hacer frente a esa corrupción. Ayudando -de una forma mínima, es cierto- a darse cuenta que esa vida no se está viviendo de la mejor manera... que hemos aceptado algo que creímos humano y que justificamos, pero que nos aleja de algo que verdaderamente somos, o deberíamos ser.

Kawabata parece decirnos así en esta obra, no sólo que nos cuidemos de la belleza, o que la juventud a veces esta más cercana de la muerte de lo que comúnmente creemos... sino que la vida misma, la suma de costumbres y la justificación de nuestras acciones parece provenir de aceptar algo contra lo que debemos luchar... Porque la vida puede dejarte hasta en el sueño, y no ha de ser algo bueno cuando te ha faltado entender todo aquello que era más importante. Primordial quizá, en todo esto.

Y es que hay que despertar, bella durmiente. Hay que despertar.

Y hay que buscar la verdadera belleza y hasta combatir con las costumbres que se disfrazan de humanidad y que vienen a corrompernos, a quitarle el valor profundo que tenía -y tiene-, nuestra vida.

No es algo fácil. El ver con claridad quienes somos, qué sentimos y cuáles son los afectos y motores que impulsan a los otros puede ser sin duda algo terrible... Pero así como la vida que vivimos contiene esa gota de miseria, -según Kawabata-, también esa claridad contiene en sí misma toda la belleza de la que es capaz el ser humano.

La casa de las bellas durmientes, es por tanto un libro que llama a despertar. Crudo y opaco, pero que contiene una pequeña voz que nos advierte que no salgamos de esta vida estando intactos. O esperando a que un otro despierte o hasta sin atrevermos a despertar.

¡Y cuidado que no es fácil!

Si hasta yo parezco intacto, en todo esto. Y no es así.
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domingo, 22 de agosto de 2010

La bella durmiente (II)

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Quizá el recuerdo más persistente que tengo de La bella durmiente, sea el de una representación del ballet de Tchaikovski al que asistí algunos años atrás. Creo además que era esa la primera vez que asistía al Teatro Municipal -más allá de haber ido a unos ensayos gratuitos que se realizaban antiguamente-, aunque esa no sea la razón principal por la que recuerdo aquella ocasión.

Más allá de eso, debo reconocer que la figura de la Bella Durmiente, nunca me atrajo mayormente. Y es que tanto la versión de los hermanos Grimm, como la Perrault, no terminan aún de convencerme, -aunque presenten, sin duda, algunos elementos interesantes-. Asimismo, el personaje de la princesa -¡y como no!- me parece demasiado vacío y falto de sustancia.

De esta forma, la atracción que aquella princesa pueda tener en mí radica únicamente en que siga dormida, muerta casi en medio de ese reino fuera del tiempo donde todos han decidido dormir, para esperarla.

Me gustan por tanto todas aquellas imágenes que ilustran esos momentos del relato. La típica imagen de la mujer dormida o aquellas del reino en medio de esa vegetación crecida que lo esconden y alejan del resto del mundo. Es decir, mi atracción se origina en la ambigüedad que existe en ese dormir sin sueño, -casi como una muerte sin Dios-, y en la carencia de un reino distinto distinto en el cual despertar.

Y es que debo admitir que me gusta ese estado de pausa... el poder contemplar a escondidas un mundo que sigue existiendo sin nadie que lo vea, o que lo sueñe. Un espacio donde lo humano está ausente, pero que sigue existiendo gracias a aquellas ilustraciones que irrumpen en ese mundo que no puede ser visto ni nombrado por nadie.

Dibujos y pinturas que son por tanto el soporte de todo aquello. Necesarios así para atestiguar sobre esa muerte no vista. Ese espacio de tiempo que ni siquiera existe para los personajes de esa historia... Como si alguien viniese de pronto con fotos o dibujos que me muestran mientras dormía, revelándome con ello que el mundo "mío" es posible sin mí, después de todo.

Esa debe ser la razón, pienso entonces, que me lleva a admirar los dibujos de una versión de este cuento que acabo de comprar por tercera vez -regalé la primera que tuve y una segunda me fijé tardíamente que venía con unas fallas-, y que fotografío ahora ya que no encuentro las imágenes en internet como para poder aduntarlas.

Buscándolas, sin embargo, me encuentro con otros grupos de imágenes, incluida una serie de acuarelas de France MacDonald de las que me había hablado una amiga -la imagen que abre esta entrada corresponde a una de ellas- y un par de pinturas de Víktor Vasnetsov - un ruso del siglo XIX quien tiene además una hermosa obra sobre Blancanieves-, que sobresalen, notoriamente, de las muchas que ocupan este tema.


Víktor Vasnetsov (1848-1926)
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Ahora bien, respecto a la versión que tengo, señalar que las ilustraciones son de Gustavo Rosemffet, un argentino que vive en Barcelona y que, según averiguo, prepara hace años un libro sobre las culturas indígenas del amazonas, además de desarrollar un programa de dibujos para niños, aunque con un estilo bastante distinto al que aquí podemos apreciar.

De sus imágenes, me atraen principalmente aquellas que muestran espinas impidiendo el acceso al castillo, relacionándose, quizá, con la aguja que produjo el sueño a nuestra Bella Durmiente. Y que son las que aquí reproduzco.

Por último, -mientras agrego hacia el final una última imagen de Edward Burne-Jones, (inglés del siglo XIX)-, confesar que nuevamente mi intención en esta entrada era llegar a comentar algo sobre La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, y sobre Sueño profundo, de Banana Yoshimoto... Pero la verdad es que se me han pasado horas viendo algunas de estas imágenes -una segunda confesión me acusa de no haber hecho una prueba que debía presentar mañana-, y ya no es hora ni lugar de realizarlas.

Y es que cuando eres testigo de imágenes que sólo se sostienen gracias a tu propia mirada -que se mantienen a flote digamos, gracias a ella, como la Ofelia de Rossetti-, supongo que uno tiene la obligación de contemplarlas un momento... Mirar entonces esas vidas suspendidas y pensar que aquello que nos espera a nosotros, querámoslo o no, es algo más y algo menos que lo contenido en esas imágenes.

Más porque tenemos el sueño para iluminar nuestras pausas... y menos porque nuestras agujas son leves e imperceptibles, mientras nos van pinchando un poco más a fondo, cada día.

sábado, 21 de agosto de 2010

La bella durmiente (I).

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Todo comienza por azar, cuando leo que una mujer en Austria tiene una extraña enfermedad que la obliga a dormir 23 de cada 24 horas. En la revista donde encuentro este artículo se menciona además que para poder aprovechar esa hora, la mujer ha pedido que, durante su sueño, sea alimentada a través de sondas y que su pareja -porque increíblemente esta persona le ha bastado su hora al día para poder casarse y hasta tener dos hijas-, la bañe e incluso la traslade de un lugar a otro esperando a que ella despierte.

Así por ejemplo, puede que le sea dado despertar en Berlín, Praga o hasta en los Alpes suizos, como le ocurrió en alguna ocasión.

Cuenta así la mujer, en la entrevista que se le realiza, que en más de una ocasión -porque resulta que además el sueño en el que permanece resulta ser muy profundo-, ella se ha visto al despertar con ropas características de distintos países, o rodeada de diferentes personas que prácticamente no recuerda, olvidando incluso al despertar quien es ella realmente, hasta que vuelve a ver a su pareja, o a sus hijas, y poco a poco todo vuelve a su lugar.

El sueño de esta mujer, por lo demás, no es un fenómeno que la aqueje desde hace poco, ya que la acompaña desde su primera infancia y le ha impedido incluso tener una educación adecuada, manejando así, un vocabulario demasiado básico y desconociéndo aspectos que podrían considerarse claves en este mundo: la existencia de otros continentes, un escaso aprendizaje histórico y, por supuesto, normas básicas de convivencia y de interacción social.

Su esposo la habría conocido en un hospital donde ella estuvo internada por más de 4 años -mientras era sometida a pruebas y se recuperaba de un coma en el que estuvo sumida, en distintos periodos, un total de doce meses-, y se habría casado con ella al interior del hospital, permitiéndosele así, poder hacerse cargo legalmente de su esposa.

Me fijo entonces en algunas fotos que aparecen en el artículo, muchas de las cuales retratan a la mujer dormida y con distintas personas en su entorno. Aparece también su matrimonio y una foto en la que uno de sus hijos aparece amamantándose mientras las mujer duerme profundamente y es sostenida por su esposo.

Termina el artículo entonces y yo vuelvo una y otra vez sobre él. Calculo además las horas que aquella mujer ha estado despierta en sus 45 años e intento imaginar -obviamente no lo consigo- todo aquello que supone estar en aquel estado y el despertar cada día en medio de un mundo que parece estar hecho a una escala distinta de la tuya, y en una extraña desventaja.

Recuerdo entonces que de chico tuve a veces ese temor de despertar en algún sitio distinto cada mañana. Con recuerdos nuevos y un mundo entero en el que todo fuese un decorado. O que pasasen años, siglos incluso hasta que alguien te fuese a despertar y llegases nuevamente a otro lugar.

El miedo, por lo demás, no decía relación, sin embargo, a la pérdida del mundo pasado... ni al desconcierto ante el mundo al que pudiese llegar... Y es que se trataba de un miedo a perder nuevamente el mundo en el que fuese a despertar. Es decir, saber que aquello que comienzas a construir nuevamente desde esa mañana, puede perderse también, y ser en vano.

Supongo que con el tiempo ese tipo de miedo me ha acompañado tomando otras formas, y apenas puedo decir que lo he superado. Que me ha costado aprender que ese "ser en vano" no deja de tener sustancia y que al igual que el llanto del principito cuando se entera que su flor era efímera, no puede sino conducirnos a amar aún más aquello que forma nuestro mundo y aquello hacia lo que se dirigen nuestros sentimientos.

¿Han sido conscientes de esa sensación que surge cuando comienzas a sentirte recuperado de un dolor físico? Supongo que algo similar -sentir que las piernas te sostienen, que el sol te llega en la cara... que hay otros alrededor tuyo-, es lo que se siente entonces en ese despertar...

Y estar despierto... aunque sea una hora cada 24... debiese ser tiempo más que suficiente entonces para aprender a amar y disfrutar de aquello que te rodea.

¡Ja! Y pensar que yo pretendía hablarles de La casa de las bellas durmientes, de Kawabata y de Sueño profundo de la Yoshimoto, y terminó saliendo un texto mamón y hablando del principito como cuando tenía 14 años... ¿será que así soy yo, todavía?


viernes, 20 de agosto de 2010

Casas iluminadas: Edward Hopper.

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"Quizá yo no sea muy humano.
Mi deseo era pintar la luz del sol en una pared"
Edward Hopper.
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Tanto lo oculto, como lo manifiesto, según Freud, tienen el mismo origen. Es más, podríamos decir incluso que entre ambos existe una especie de pacto, de acuerdo... una relación donde ambos se hacen cómplices y que subsiste en diversos fenómenos y situaciones que podríamos percibir de vez en cuando. Esto, más allá de que las sensaciones asociadas a dicha percepción suelan sernos, paradojalmente, imperceptibles.
Bajo esta observación, y como un intento para graficarla, podríamos tomar, por ejemplo, algunos cuadros de Edward Hopper.
Y es que más allá de la constante presencia de opuestos en su pintura -luz/sombra o civilización/naturaleza, por ejemplo-, me llaman la atención ciertos cuadros de este artista, donde la presencia de algunos elementos parece funcionar como una serie autónoma de signos, dentro de los cuales, destaca la presencia de la casa, como un signo en constante tensión, casi como una síntesis, -podríamos decir-, de una experiencia interna, humana... que ayuda a comprender, de cierta forma, las temáticas recurrentes de este pintor.
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I. Habitaciones para turistas (1945)


Según palabras del mismo Hopper, tanto, la forma, como el color, y la figura, son herramientas con las que trabaja, pero que no le interesean en sí mismas.

Pues bien, mientras miro este cuadro de Hopper, intento pensar en qué habrá sido entonces eso que le interesa y que no termina de decirnos en sus palabras.

El cuadro en sí, presenta una casa que, en oposición a las otras que pueden verse tras de ella, se encuentra iluminada. Dicha iluminación, sin embargo, ofrece varias características extrañas.

En primer lugar, debemos diferenciar la luz externa de esta casa, con la luz interna, y determinar cuáles son esas características que, en ambas, otorgan la singularidad y extrañeza a este cuedro.

Respecto a la luz externa, podemos señalar que, a pesar la fuerza con la que parece iluminar la casa, no podemos ver realmente desde donde es iluminada. Esto, sumado a que las otras casas no reciben la misma luz, y que incluso la luz parece venir no desde un mismo foco, o dirección -fíjense por ejemplo en que algunas partes reciben la luz inclinada desde arriba y otras que parecen iluminadas desde otro foco-, parecen conferir, si bien cierta seguridad, también un grado de tensión en esta casa. Pues justamente lo evidente, lo manifiesto de ella, parece hacer referencia, -y aquí de nuevo recordemos las palabras de Freud- a lo oculto, al secreto... revelado en esa misma condición, pero sin delatar truco alguno.

Por otra parte si nos fijamos en la luz interna, podemos apreciar que, al menos en la planta baja, esta parece provenir de un foco único, como si la casa tuviese una fuente propia de luz, como si la casa fuese un ser, casi, y no existiese en su interior, más allá de los muebles y cortinas que pueden observarse, división alguna.

Por último, al observar este cuadro, notamos la ausencia de figuras humanas, -aunque no necesariamente la ausencia de un elemento humano, evocado justamente por este juego de luces- y debemos concluir que, de existir, los humanos presentes en la ralidad del cuadro, se encontrarían confinados a las zonas de oscuridad. A las piezas en las cuáles las luces se encuentran apagadas o en las casas que se encuentran entre las sombras, como si la luz fuese, en esta obra, un agente opuesto a lo humano: algo que revela la ausencia de humanidad y la relega a las sombras, donde su naturaleza, quizá, permanece más a gusto, aunque no, necesariamente, oculta.

II. Colina del faro, 1927.


Casi 20 años antes del cuadro anterior, Hopper pintó esta segunda imagen. En ella, además de la casa, existe otra figura cuyo significado parece atravesar la obra de este pintor: el faro.

Asimismo, ambas figuran confluyen, simbólicamente, en la figura del templo. Y es que más allá del símbolo de la casa trabajado en el psicoanálisis y expuesto por Bachelard en algunos de sus trabajos -casa como ser interior... pisos bajos o sótano como inconsciente, etc.-, la casa comparte junto a la ciudad y al templo, la particularidad de constituir el centro de un mundo, desde el cual se desarrollan las relaciones con aquello que lo rodea.

Ahora bien, en esta imagen en particular, -así como en muchas otras de Hopper-, la casa se instala casi como un símbolo de colonización en medio de la naturaleza. Una oposición, entonces, que parece estar dada por la civilización que se yergue ante el territorio natural, aunque no siempre imponiéndose.

Así, ante la luz natural que puede apreciarse en el cuadro, tenemos la luz del faro, ausente, -es cierto- en la imagen, pero potencialmente presente e imponiéndose ante el resto tanto por su altura -que le permite dominar todo el mundoa su alrededor- como su capacidad para ser independiente de la naturaleza, a la cuál no parece necesitar, para su existencia.

Este faro, además, si nos fijamos bien en el dibujo, está unido a la casa. No es, como podría pensarse, algo ajeno o separado de ella, por lo que su significado debiese también ligarse, de cierta forma, al de ella.

Nos encontramos por tanto ante una casa/faro. Un lugar nuevamente ligado por la luz y, paradojalmente, desligado de cualquier tipo de tendido eléctrico u otra cosa externa a ella que muetsre rasgos de civilización-, convirtiéndose casi en una frontera, en un borde que delimita dos regiones distintas a la vez que oculta una -el mar, suponemos- que ha de estar más allá de ella.

Un templo, entonces, que no está llamado a iluminar nada más que a sí mismo. Un templo que porta su propia luz, pero que es a la vez significado expuesto y enigma. Y que parece ser, además, receptor de una luz mayor, secreta y visible, que domina todo el espacio expuesto, y ante el cual, la casa, parece proteger a quien la habita, resguardándolo en la sombra.

III. Mañana en Cape Cod, 1950.


Conteniendo la figura humana, y ligada a una sensación bastante menos conflictiva que en las imágenes anteriores, nos encontramos ahora con este nuevo cuadro de Hopper.

En él, como en la mayoría de sus cuadros en que aparece una figura femenina, el artista ha pintado a su esposa, -tanto así que varios de los críticos de Hopper hablan de una obsesión que éste habría tenido por su mujer-, esta vez al interior de la casa.

Resguardada tras la ventana y obsevando el exterior, que a primera vista no parece constituir amenaza alguna, la mujer parece acercarse para captar esa luz externa, mientras la casa permanece en penumbra -como pude verse en el fragmento de la ventana que se aprecia hacia la izquierda-, y donde podemos apreciar, como ya es constante en la oposición comentada, la presencia de una lámpara, que en este momento se encuentra apagada.

Es como si desde el límite de la casa, de la frontera que marcan sus sombras, este espacio pareciese abrirse e invitara a los seres que la habitan a salir al exterior, situación que, por cierto, son incapaces de realizar (obsérvese por ejemplo este otro cuadro pintado (Mediodía, 1949) donde parecemos encontrarnos con esta misma situación.

En mañana en Cape Cod, sin embargo, el exterior aún tiene rasgos que pueden constituir una amenaza: fijémonos por ejemplo en la oscuridad y la densidad del espacio natural que está a un costado y la ausencia de caminos que permitan ligar la casa con su espacio natural externo.

Esta situación, que es común en los cuadros de Hopper, si bien no parece observarse en el último cuadro reproducido, -en el sentido que no aparece un espacio amplio externo a la casa- permanece latente, sin embargo, pues la casa parece flotar en un espacio que le es ajeno y donde nuevamente notamos la ausencia de senderos o de cualquier indicador/vínculo que permita la salida hacia el exterior.

Cabe entonces preguntarse el porqué de esta ruptura del espacio. Indagar sobre la significación que pudo tener para Hopper esta "protección" que otorgaba la casa. Como si de pronto la necesidad de luz externa se hiciese patente en sus personajes quienes salen a buscarla hasta sus nuevas fronteras: la terraza, la puerta, o el límite quye marca un camino que los separa de un espacio natural donde casi siempre aparece un bosque infranqueable bloqueando el acceso.

Como si de un momento para otro la luz que entregaba la casa, -y ante la que todavía no se produce una verdadera independencia-, se hiciese innecesaria, y ante las sombras que ocultaban/manifestaban una naturaleza distinta a la humana en cada una de esas construcciones, los seres que habitan en ella buscasen ahora una luz natural, una vez que parece claramente más humana, más cercana a sí mismos, como si de un reencuentro se tratase: un abrazo entre seres lejanos y perdidos como los que se reunían en los programas de Don Francisco aunque sin toda esa parafernalia.

Fijémonos así en los siguientes cuadros, que reúno como un todo y ante los que no agregaré palabra alguna, pues bastan por sí mismos para clarificar esta última situación.


Autovía de cuatro carriles (1956)



Atardecer en Cape Cod (1939)

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Sol matutino (1952)


Una mujer al sol (1961)


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Grupo de gente al sol (1960)


IV. Habitaciones junto al mar (1951)

Por último, me gustaría cerrar esta entrada con uno de los cuadros que más me agradan de Hopper. Uno en el que la oposición casa/exterior, luz externa/luz interna o naturaleza/civilización, parece darse por superada a partir de uan imagen sutil y que parece extender el horizonte de sus significaciones.

Y es que en ella, a pesar de que el mar pueda parecer un impedimento para salir de la casa, me parece percibir un aire de libertad, casi de abandono, como si los seres que habitaban ese lugar hubiesen por fin salido de ella.

Con esto, además, la casa parece haber quedado libre... parece haber abierto sus puertas a la luz externa y apagado su propio ser... aceptando así, que el verdadero templo, que aquello lo suficientemente puro para estar dedicado verdaderamente a un dios, no puede contener muralla alguna. Porque la casa en este último cuadro, parece haberse incorporado a la naturaleza, parece haberla aceptado... parece haber renunciado a ser sí misma y comienza poco a poco ser también un espacio natural. Humano.

Aunque Hopper haya seguido pensando que no encontró aquella humanidad que siempre poseyó. Porque aprendió a ver en la luz un llamado hacia el Hombre, y entendió que era hacia allá, hacia donde éste debía dirigirse, para encontrarse a sí mismo, y a los otros.

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