martes, 30 de noviembre de 2010

Disonancias, quizá.

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"Cuando los dioses quieren
destruir a alguien
primero lo ponen furioso"
I.

Conocí a un hombre que se vino abajo
Mientras intentaba regar su jardín.
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Abrió la llave
Y esperó
Pero las cañerías sólo crujieron
Como si se estuviese quebrando algo
Al interior de un cielo vacío.

Entonces el hombre se tapó el rostro con las manos
Y cayó de rodillas en el pasto demasiado crecido
Y lleno de malezas
Pero ni siquiera entonces brotó el agua.

Yo veía eso junto a otros chicos
Todos bordeando los seis años de edad
Y entendiendo muy poco de todo aquello.

Por la noche
Contamos en nuestras casas sobre aquel hombre
Y pensábamos que era estúpido
E incomprensible
Ponerse así porque no brotara el agua.

Es decir:
Primero nos asustamos,
Luego nos reímos de él.
Y por último,
nos olvidamos del asunto.
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II.
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Asistí a numerosas iglesias
Hace años.

Me bauticé católico, mormón,
Y hasta hice clases de estudios bíblicos
En varios tipos de iglesias evangélicas.

Estudié la Biblia con los Testigos de Jehová
E incluso hablé en lenguas en una iglesia
Un poco más extraña
Que no quería dejarme ir.

Por fin,
Luego de leer la Biblia en numerosas ocasiones,
Me sorprendí dándola vuelta
Y moviendo sus hojas,
Como si esperase que cayese de ella
Algún secreto o una palabra
O una llave.

Pero nada cayó.

En resumen,
Sucedió que en vez de sacerdote, pastor, o misionero
Terminé siendo padre de un chico hermoso
Y a pesar de la luz que eso hecho transmitía
Y transmite
Los nudos y enredos propios
De todo aquel que busca a tientas
Algo a qué asirse
Me arrojaron a tierra
Como devuelto por una ola
Extremadamente agresiva
Y amarga.
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Y sí
Supongo que ese es el resumen
Que conviene hacer acá.
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Permítanme esa dignidad
Al menos.
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III.
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Hoy
Sin embargo
Carente del orgullo de antaño
Aunque con el mismo genio
Permíteme
Oh pulpo Paul
Contar la historia de una manera distinta.
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No te enfades con este siervo
Que ha demorado en entender
Aquello que estaba escrito hasta en los pergaminos
Que se venden a más bajo precio
En las ferias artesanales
Menos sofisticadas de Santiago.
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Y es que hoy, pulpo Paul,
Me postro ante ti
Y dejo mi vida en tus tentáculos.
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Así, gran cefalópodo,
Pongo la palabra vida y la palabra muerte
Dentro de las cajas que debes elegir
Y me dispongo a seguir tu consejo.
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Acerca entonces,
Oh conocedor del porvenir,
Una de tus ocho prolongaciones
Y muéstrame el camino
Que conduce hacia algún sitio
O hacia todos.
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Permíteme ser partícipe
Así
De aquello que es acaso el único sentido
Que nos queda
Y contar nuevamente, aquella historia
Para comprender la mía.
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IV.
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Conocí a un hombre que se vino abajo
Y he de decir que no era en absoluto distinto
(Aquel hombre)
A cualquiera de nosotros.
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Busqué entender
Y prevenir
Y sólo encontré a alguien que me dijo
Que los dioses han de poner furiosos
A los hombres que quieren destruir.
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El caso es que yo
Por supuesto
No estoy furioso en lo más mínimo
Por lo que presumo que los dioses
Me ignoran.
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Sin embargo,
El hombre que desea destruir a los dioses,
Pienso yo, conmutativo,
Ha de ponerlos furiosos de alguna forma
Primero.
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Y bueno...
No sé qué piense usted
Querido lector
Pero escupir el rostro de quienes amamos
Me ha parecido siempre
Una opción extremadamente válida
Para este efecto.
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lunes, 29 de noviembre de 2010

Ilustradores contemporáneos: Julien Pacaud.

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No sé mucho sobre el ilustrador francés Julien Pacaud.
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Leo que estudió cinematografía y que ha trabajado para ciertas marcas y grupos empresariales. O encuentro referencias sobre su interés por la arquitectura, y ciertos acontecimientos y temáticas que se reiteran en sus obras.
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Es decir, sólo encuentro aquello que uno mismo puede entrever en sus obras, más algunas especificaciones técnicas que hablan de su predilección por el trabajo en Photoshop, por sobre el uso de otros programas o técnicas.
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Sin embargo, son varios los aspectos que en su obra me atraen, y que parecen estar contenidos en sus creaciones como un significado constante... una especie de impureza e hibridez que hacen de su obra una de las más sólidas de las que me ha tocado ver -respecto a ilustradores, por supuesto- en el último tiempo.
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Julien Pacaud: Híbrido.
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Quizá no es en sí mismo el aspecto de su obra que más me interesa, pero es, sin duda, una de las características que está presente de manera más constante en sus creaciones.
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Y claro, es obvio, podrá decirse, si pensamos que sus trabajos pueden ser clasificados como collages y obedecen a un tipo de diseño bastante común por estos días... pero creo que en Pacaud, dicha mezcla, pasa a ser el soporte concreto de un significado que va más allá de la suma de los elementos que contienen.
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Es decir, hay, en su obra, una propuesta que sobrepasa largamente lo estético para venir a plantearnos otra cosa... un significado sostenido a partir de la tensión existente entre los distintos elementos desplegados en sus imágenes... un falso equilibrio... algo que amenaza con venirse abajo... con colapsar de alguna forma que no queda del todo clara, pero que sin embargo está presente en sus imagenes... en el ángulo de sus edificios, en la tensión entre mundo natural y ciudad... Como cuando en los dibujos animados un personaje abría de pronto un armario y todo se venía abajo y terminaba sepultándolo.
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Pues bien, ese todo contenido en el "armario social universal" -por inventarle un nombre-, parece ser representado por Pacaud, como si lo hubiese captado algún tiempo antes de venirse abajo... amenazante... creciendo... revelando una inestabilidad... una contaminación... el comienzo de una impureza.
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Julien Pacaud: Impuro.

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Esta impureza, que está contenida de una forma sutil en muchas de sus imágenes, se hace explícta sin embargo, en algunas creaciones que parecen nacer justamente de esta mezcla de elementos.
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En dichas creaciones, son principalmente las figuras de los niños las que parecen llamadas a romper un equilibrio... a transformar en derrumbe aquella falsa armonía que se evidencia en el grupo de obras que podrían parecernos, a primera vista, menos amenazantes.
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Es decir, son ellos los que evidencian el desequilibrio y los que parecen llamados a revelarse contra las formas que les han intentado dar forma... a tomar las armas y romper con la cadena de un sistema que hacía de ellos nuevos eslabones para un mundo que ya se venía abajo.
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Por esto, su impureza pasa a ser más bien, aquella parte de su naturaleza que los lleva a salir de su situación de sometimiento y/o aprendizaje, hasta llevarlos a ser parte de la fuerza que ha de romper el equilibrio... y sobrevivir a aquella sociedad que se derrumba ante ellos.
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Derrumbe y rescate de los humano.
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Es así como la obra de Pacaud, termina por evidenciar un derrumbe, un colapso... una pérdida de rasgos humanos que parece coexistir, sin embargo, con el derrumbe total de un mundo concreto, al cual siempre se sobrevive.
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Esta sobrevivencia del hombre, este permanecer más allá de la caída del mundo lleva a replantear, de cierta forma, aquello que es realmente necesario para el hombre, y, al mismo tiempo, parece revelarnos algo que hace del hombre un ser singular. Uno que prevalece más allá de las cargas y que sólo es capaz de darse fin en la medida que olvida quién es y descuida su propio significado.
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Y es que quizá sea ese el elemento que me hace ver en la obra de Pacaud cierto optimismo en el tratamiento de lo humano. Ya que en el prevalecer, en la sobrevivencia, en el descreimiento del progreso y de los bienes asociados al consumo, parece existir la semilla, la pequeña posibilidad de resurgir... de mirar hacia el sitio correcto donde lo humano puede adquirir un verdadero sentido.
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Por último, dejando de lado todo tipo de análisis a los contenidos e intertextos específicos tratados en sus obras -Hopper, Hitchcock, publicidad e iconografía de los 50...-, me gustaría resaltar, junto al grueso de la obra de Pacaud, su trabajo Las 66 polaroids que nunca existieron, como uno de los conjuntos más interesantes de su obra, y donde se evidencia de forma certera ese sobrevivir que planteaba antes, la presencia hombre como testigo y ejecutor de la destrucción de un mundo y del despojo de todos aquellos significados equivocados que creemos, en algún momento, sostienen nuestra vida.
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domingo, 28 de noviembre de 2010

Ilustradores contemporáneos: Tom Gauld.

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Hace un tiempo he comenzado a interiorizarme más en las obras de algunos ilustradores contemporáneos. De hecho, hace unos meses, tuve la suerte de conocer a un tipo que coleccionaba originales de algunos dibujantes, y que estaba constantemente a la caza de "nuevas promesas", para adquirir algunas de sus obras a bajo precio.
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Pude ver de esta forma, ilustraciones originales de al menos 20 dibujantes que hoy por hoy han alcanzado cierta fama y son reconocidos por su obra, comprobando que la calidad de la gran mayoría de ellos está fuera de toda duda.
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Trataré entonces de abordar brevemente las creaciones de algunos de ellos, partiendo en esta oportunidad con uno que quizá no sea del consenso de todos, pero que me interesa por cierta particularidad en algunas de sus creaciones y, especialmente, en las proporciones que utiliza al momento de desarrollar sus imágenes.
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I. Tom Gauld.
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Con menos de 35 años, el escocés Tom Gauld es uno de los ilustradores y creadores de viñetas más reconocidos a nivel internacional.
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Recientemente, tras hacerse cargo del diseño de unas latas de Coca Cola para una campaña sobre el cuidado del corazón, su nombre y su estilo se masificó aún más y digamos que su nombre se hizo referente obligado cuando se debe hablar de ilustración hoy en día.
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Sin embargo, más allá de su nombre o trabajos para Coca Cola o sus viñetas publicadas en The Guardian, lo que me atrae de la obra de Gauld se basa en algunas imágenes de "monstruos" o "robots" y a la forma en que éstos son representados en sus dibujos.
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Dichos dibujos, me gustan principalmente por la oposición que puede darse entre las figuras humanas y aquellos seres o máquinas, contra los que se "enfrentan".
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Y es que hay algo en esa oposición, una suerte de "imagen y semejanza" entre los hombres y aquellos seres cuyas proporciones sobresalen.
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No sé bien que es, o en qué consiste, pero de cierta forma es algo relacionado con la derrota... con los hombros caídos... con cierta indefensión que expresan... Algo que está contenido en una actitud y que hace que la figura humana parezca siempre avocada a tareas que lo sobrepasan -al menos en tamaño-, y en las cuales sus rasgos humanos, no pueden dejar de estar presentes.
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Asimismo, en muchas de sus imágenes, parece existir cierta soledad entre los seres que se oponen. Hombres solos frente a monstruos solos, o frente a máquinas. Robots que no son en serie sino que son únicos, y que, de cierta forma, parecen cargar con aquella tragedia que es justamente el carecer de un otro igual o similar a ellos.
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Desde este punto, la obra de Gauld, -o al menos ese ámbito de su obra-, parece hablar también de cierta incomprensión... el otro es siempre alguien distinto, de otra naturaleza, alguien con quien la comunicación no es posible, y ante quienes el enfrentamiento -aparentemente el único vínculo posible entre ambos-, termina por enternecer... por ser reflejo de algo que va más allá de la forma y que es algo similar al deseo de no ser únicos... de ser comprendidos por el otro, aunque no se sepa bien cómo.
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Y sí, supongo que ese es el aspecto de la obra de Gauld que me atrae, y que hace que sus sencillos dibujos se posicionen sobre otros técnicamente superiores.
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Y es que no los considero sólo ilustraciones, sino que parecen contener significado en sí mismos. Un deseo de entender al otro, de verlo semejante, de redefinir el enfrentamiento como la forma de comunicación que existe entre dos soledades...
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Una indagación en el monstruo, en la máquina -y en todo aquello que hemos creado, en definitiva-, y que nos lleva a encontrar, al interior de ello, una naturaleza humana que comparte nuestras mismas necesidades, y afectos.
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Esos son los dibujos que me gustan de Tom Gauld. Con ellos me identifico. Y gracias a ellos, también, puedo mirar de forma más cercana aquello que me rodea... Abrazar la lavadora, el televisor, y hasta el refrigerador... y dejar comida recién hecha fuera de mi puerta, por si pasa uno de esos monstruos que no se dejan abrazar, y que esperan, sin embargo, justo aquello, escondidos quién sabe dónde.
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sábado, 27 de noviembre de 2010

Vian y su particular forma de entender el principio de no contradicción, o sobre aquello que digo cuando quiero decir, ciertamente, otra cosa.

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"-Tal vez no me esté explicando bien.
-Tal vez. No tengo como saberlo."
O.W.T.

I.
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De vez en cuando
-aunque no hay una medida establecida en esto-
sucede que las palabras se me enredan
como los tallarines cuando los dejas
sin aceite en una olla.
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Hoy es uno de esos días.
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Lo malo es que quizá no se nota
-desde fuera-
pero la verdad es que nada de lo que quiero decir
resulta ser, a fin de cuentas,
aquello que digo.
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Este texto es un ejemplo.
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II.
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Otro ejemplo es el de un chiste fome
-tan fome que ahora dudo si era chiste-
donde un tipo iba al doctor y le decía
que no podía decir zapato.
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-Pero si lo está diciendo -decía el doctor.
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-No -insistía el enfermo- escuche:
lunes, martes, miércoles, jueves,
viernes, zapato, domingo.
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III.
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Entre las hipótesis que propongo
para explicar lo sucedido,
algunas parecen tan absurdas
que cualquier sensato se reiría en mi cara.
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-¿Cómo es eso de que no querís decir
lo que querís decir? -me preguntan.
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Y yo hablo del principio de no contradicción,
y cito a Leibniz, a Audi y a cualquier otro,
cuyo nombre ayude a que me tomen en serio.
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-Es que no sé que decirte, -me dicen-
yo te entiendo clarito lo que me estay diciendo.
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Y entonces yo les pido que repitan
aquello que dije,
y me doy cuenta que en verdad el problema
es más serio
de lo que parece.
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IV.
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Recuerdo que una vez,
una chica me entregó un papel que decía:
"Ven a mi casa, que no hay nadie".
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Yo fui y descubrí que era cierto.
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No había absolutamente nadie.
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V.
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Cosas así
como aquella nota,
o aquel chiste pésimo,
entre los pésimos,
son sin embargo sólo la forma sutil de presentar
algo que puede estar incluso en la Biblia
o hasta en el código genético.
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Y es que la comprensión,
-que debiese ser la consecuencia final
en que desembocan mis palabras-
parece estar de pronto incluida en un mapa
donde aparecen exclusivamente
los lugares en que ya no estoy
y hasta aquellos en que quizá
nunca recuerde ciertamente si estuve.
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VI.
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Quizá si usted lector, pudiese,
poner la mano en el corazón correcto,
mientras le hablo...
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Quizá...
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Pero dudo que alguien pueda entender
qué es aquello a lo que me refiero
cuando les hablo del corazón correcto.
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¡Qué torpeza!
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viernes, 26 de noviembre de 2010

Sobre la libertad que no me convence, o el colmo de un profe de lenguaje.


“La esclavitud es en sí y por sí injusta,
pues la esencia del hombre es la libertad.
Sin embargo, para el ejercicio de esa libertad
se necesita cierta madurez.
Es, pues, más conveniente y más justo
la eliminación progresiva de la esclavitud
que su súbita abolición.”
Hegel.

Suena extraña la palabra libertad. Como que no me convence.

Quizá esta sensación provenga de su naturaleza de sustantivo abstracto. Aunque debo reconocer que hoy por hoy casi la totalidad de los sustantivos me parecen abstractos.

Si no puedes buscar una nube con la forma semántica de una palabra, -decía Otto Wingarden en una de sus cartas-, el significado de esa palabra no existe, y debes desconfiar de ella.

Por otra parte,-y siguiendo esta idea-, yo no soy muy dado a mirar las nubes. No al menos con el objetivo ese de buscarles formas y relacionarlas con un objeto referencial concreto.

Cuando había que buscar alguno, -ya fuera porque una situación social o un momento romántico lo requería-, siempre terminaba encontrando nubes, simplemente. Y a veces me traía problemas.

-No se vale encontrar nubes en las nubes, -me decían-, si te molesta estar con nosotros o sientes que hablamos hueás tenís que decirlo…

O, si la situación era más íntima -más cursi en realidad-, ocurrían otros problemas:

-Lo que pasa es que no sientes nada por mí. Si de verdad me quisieras verías flores, corazones o hasta mi rostro…

Pero bueno, yo veía nubes. Y cómo además no soy muy bueno mintiendo no se me daba inventar.

Hoy, sin embargo, la situación es todavía más difusa. Pues cuando miro nubes ni siquiera veo nubes, sino que observo algo que ya no me atrevo a arrastrar hacia el interior de una sola palabra.

Por eso hablaba de libertad en el epígrafe, o al comienzo de este texto.

Porque de cierta forma siento que el mundo en el que soy, ha comenzado a ejercer poco a poco su libertad, y ya me es imposible sentir que lo retengo en palabras o signos concretos.

Con todo, la sensación que eso origina en mí, no es de ningún modo incómoda, o molesta, sino que es más bien similar al proceso ese al que se refería Hegel como eliminación progresiva, y que quizá haya de terminar con la emancipación total de aquello que no soy yo y que uno se ha acostumbrado a nombrar y encarcelar en signos mezquinos y arbitrarios que cada vez me producen más rechazo.

No sé qué vendrá después, en todo caso.

El silencio quizá, o la sensación de estar rodeado siempre de cosas nuevas, aromas desconocidos, formas puras.

Y entonces llegará el momento en que la palabra libertad se abrirá realmente como una cáscara, y saldrá de su interior un algo que ha permanecido encerrado, y que ya comienza a apolillarse y atrofiarse, allá adentro.
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jueves, 25 de noviembre de 2010

¿Y qué se puede buscar si no es la felicidad?

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“Es como los niños a quienes
se ha mimado demasiado de pequeños:
mueren jóvenes.
La vida no está hecha para eso;
la felicidad es algo monstruoso,
y quienes la buscan son castigados…”
Gustave Flaubert.

¿Y qué se puede buscar si no es la felicidad? alegan algunos.

Yo los observo y me quedo en silencio porque además no tengo respuesta.

Entonces ellos hablan de la vida, de las recompensas de la vida, de la felicidad explícita, o agazapada y su discurso suena coherente, y hasta me sorprendo meneando la cabeza, como si asintiese, y aceptase sus razones.

-Mi abuelo murió a los 115 años -escucho decir a alguno-, y ocurrió durante un sueño. Eso es alcanzar la felicidad.

Los otros brindan por eso. Y yo también brindo, pero sólo por tomar.

-¿Qué ocurrió? -le pregunto entonces al tipo de la historia, como si no hubiese escuchado.

-Que mi padre murió a los 115 años -me repite, entusiasta-. En un sueño. Sin dolor.

Yo me hago el hueón y le sonrío. Y me excuso para servirme un nuevo trago. Y me lo tomo.

Luego, les cuento la historia de un amigo al que le pusieron el nombre de un hermano suyo que murió a los pocos días de haber nacido.

-Le pusieron el nombre de un muerto -les digo-. De un fiambre pequeñito.

Ellos entonces me miran y ríen, y vuelven al tema de la felicidad, así como alguien se vuelve de pronto hacia su propio vómito.

-Mis padres estuvieron casados 45 años -comienza a contar otro-. Nunca los vi pelear y murieron prácticamente juntos, sólo por un día de distancia... y ambos fallecieron sin dolor...

La historia parece merecer otro brindis. Y yo me alegro por eso, al menos.

Interrumpo entonces nuevamente a los otros y cuento otra historia. Les hablo de un preso que iba a ser liberado y que quería cambiar su vida. El preso en cuestión -les digo-, luego de salir de la cárcel, lo primero que hizo fue ir al dentista, donde murió por exceso de anestesia.

Los otros sonríen nuevamente, pero veo que nadie brinda por mis historias, así que recalco aquello que creo ha de hacerles cambiar de opinión:

-Murió sin dolor -termino.

-Mmmm... -dice uno.

-Mmmm ¿qué? -le digo yo.

-Que eso es distinto -me dicen-. Eso es una desgracia.

Yo guardo silencio y finjo entenderlos. Y elijo no discutir.

El encuentro sigue entonces por la misma línea. Alguien cuenta una historia de lo que entienden por felicidad. Luego todos se alegran, y bebemos otro trago.

Es como estar en esos grupos de ex-soldados donde se muestran cicatrices de guerra y todos buscan que la suya cause una mayor impresión en los demás.

-Yo creo que alcanzar la felicidad -dice otro que está más afectado por el alcohol-, es la única hueá que vinimos a hacer acá...

Los otros asienten, y le aplauden... y llaman al garzón para que traiga otras botellas.

Luego hablan de dinero, de fútbol, y de las tetas de las chicas que están en la otra mesa. Por último retoman el tema ese, de la felicidad, aunque el tema, al parecer, se ha agotado bastante.

-Y así con la felicidad -dice uno.

-Así no más po -dice otro.

Y guardan silencio.

Una hora después nos vamos del local, y hasta se termina el día.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Lo que hay de deleznable en los sueños.


“Lo que hay de más deleznable en los sueños
es que todos los tienen”
Fernando Pessoa.
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*

Ni tu vida ni tus sueños
Son algo único

Son triviales como la moda
O como el acné.

Todo forma parte del vicio
Y el vicio forma parte del paisaje
Y el paisaje son los otros.

Y uno es también un otro entre los otros.

Indistinguible.

*

A pesar de esto
Tú te sientas frente al espejo

Y olvidas que nada se penetra
Ni átomos, ni almas.

Porque el que siente
No puede llegar a tener un mundo.

Además
Lo único que puede sentirse
Es la pérdida.

*

Vivir en la ilusión
Es la única forma de vivir.

Como el vicio de creer que respiramos
Y que sudamos
Por nuestros propios poros.

Y es que todo es vicio

La muerte incluso:
El peor de los vicios.

*

No es tedio lo que siente
Aquel que no sabe lo que espera.

Si hasta sus sueños son mezquinos
Y engañosos
¡Y qué decir de las palabras!
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*
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Todo es vicio
Hasta el amor
El beso
El sexo
El nacimiento…

Sobre todo el nacimiento.

*

El esfuerzo de decir quién soy
Es la más común de las masturbaciones.

E intentar comprender la existencia de los otros
Es similar a frotarse contra piedras.

La piedra en cambio se hunde en el agua
Y su epitafio es breve y hermoso
Como la vida de un bebé
Que muere antes de ver el mundo.
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*
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Ni el sueño fue algo único
Ni el dolor era verdad.
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Sólo existe una lámina en el álbum del mundo.
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Y su sintaxis no acepta cambios de número
ni de género.
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Tampoco es correcto hablar de un fin.
El fin es siempre uno y determinado.
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Diga "El fin" entonces
Y la boca le queda donde mismo.
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Al hombre le sobran argumentos
Pero le falta una tesis.
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Y no pregunte
A qué tipo de hombre me refiero
Pues no existen
Varios tipos de hombre
Ni de amor.
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De hecho
Sólo existe una sensación
Que produce confusión
Hasta que logramos distinguirla.
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El hombre escarba su significado
Y en sus uñas quedan restos de la piel de otro hombre.
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Pero ya que no podemos extraer el significado
De la vida
Conformémonos con extraer
El significado de no poder extraer
El significado de la vida.
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Y es que al final
La muerte de cada hombre
es tan mezquina como sus sueños.
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Supongo que ese es
A fin de cuentas
El fin.
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Y luego nada más
Debe ser dicho.
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martes, 23 de noviembre de 2010

15 minutos de apreciaciones literarias automáticas (I).

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Nota: Hoy no tengo tiempo, ni cabeza. Tengo mil cosas que hacer y me excuso desligando toda responasabilidad de las frases sueltas o lo que sea que aparecerá a continuación.
Mi única regla para hoy es fijarme 15 minutos para la escritura, pues debo pasar la noche terminando un trabajo y no puedo dedicarle más tiempo a las palabras que aquí les van:
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I.
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Hay libros gordos y libros flacos.
Pero pocos escritores se manejan en los dos.
De hecho hay escritores que no se manejan en ninguno.
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Bienaventurados ellos.
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II.
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Cortázar se puso empalagoso,
Borges está relleno de un aliento intelectual rancio,
Quiroga escribía como sacándose perdigones del pellejo.
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Me quedo con Quiroga, por lo tanto.
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III.
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Donoso sabía escribir, pero era burgués como una pipa.
Carpentier se creyó más inteligente de lo que era.
Asturias tenía el alma en llamas, pero se apagó en un café de París.
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Sainz tenía algo que decir, pero prefirió el olvido.
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IV.
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Bolaño no supo terminar una novela, porque nunca entendió para qué sirven.
Zambra es como un chicle sin sabor, y cuando eyacula bota aire, y sale una banderita.
Sergio Gómez pudo ser bueno, pero se chingó.
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Droguett y Rojas habrían golpeado a los tres y/o los habrían violado a destajo.
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V.
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La Bombal tenía más cojones que Fuguet.
La Allende es sucia como un billete.
Parra se puso hueón y hoy mea en sus zapatos.
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La única diferencia entre Neruda y el padre Ubú
es que el más detestable de ellos coleccionaba caracoles.
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VI.
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La única gracia de Lira es que estaba loco.
La Mistral sentía que su poesía servía para nada.
Huidobro tenía demasiado dinero para necesitar la poesía.
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Rosamel y Diaz-Casanueva siempre se tuvieron ganas.
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VII.
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Teillier era un buen tipo.
Lihn era un buen escritor.
Anguita consumió su espíritu y su hígado.
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Mahfuz es el mejor poeta nacional desconocido.
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VIII.
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Millán escribía más o menos.
Contreras escribía más o menos.
Schopf no sabe juntar palabras ni entiende la diferencia entre el más y el menos.
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Hay que leer a Braulio Arenas.
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IX.
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Uribe no está mal.
De Rokha está muy bien.
Salvador Reyes también, (la mayoría de las veces).
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Sin embargo, el 95% aprox. de la literatura chilena es tibia.
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X.
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A la Serrano le cuesta escribir.
A Rivera Letelier le cuesta hablar.
A Manns y a muchos otros les duele reconocer que se rindieron al sistema.
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¡Cuánta pérdida de tiempo!
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XI.
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Teresa Calderón no existe.
Jorge Díaz es de plástico.
Collyer quizá sí, pero mejor no.
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Gumucio huele a mastubación a 5 metros.
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XII.
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Pedro Prado es fome y sano como un plato de cabellos de ángel.
Eduardo Barrios anda por ahí, pero un poco más lejos.
Guzmán Cruchaga a veces los sirve en un plato hondo.
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Lo único bueno de Skármeta es que tradujo un libro de Mailer.
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XIII.
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En conclusión: la literatura está sobrevalorada.
Como la vida y los implantes de silicona.
Y es que los libros debieran venderse por kilo
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O reciclarse como latas y botellas.
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XIV.
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Y es que a fin de cuentas, sólo hay libros gordos y libros flacos.
Aunque parece que esto ya lo dije.
Pero es que al final... esto es como todo...
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¿Tengo o no tengo razón?

lunes, 22 de noviembre de 2010

Vian, el verdadero Bielsa chileno. (Última parte)

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XIII.

El enano tomó tan en serio su nuevo papel, y retó de tal forma a los Rascacocos, -y a mí entre ellos-, que nos quedamos totalmente inmóviles escuchando sus indicaciones.

-La clave de todo es no olvidarse que el mundo no tiene luz propia -nos decía-, poco más, poco menos, ese es el secreto del universo… y del fútbol, por supuesto.

Los Rascacocos aplaudían ordenadamente y parecían realmente estar entendiendo algo.

Yo, en cambio, quizá por el té que había tomado -y que estoy seguro tenía algo-, luchaba por no dormirme, y apenas escuchaba las palabras del enano de forma entrecortada.

La cancha además, estaba oscura, y las linternas que sostenían algunos locos en su entorno, apenas iluminaban un pequeño espacio en torno a ellos.

Entonces el enano se me acercó y me abofeteó, para que despertase.

-Has elegido el equipo correcto –me decía-. Aunque al parecer eres malo e inútil como Pelé…

-Pero Pelé era bueno –le interrumpí.

-Sí, pero lo era. ¡Hoy está viejo, con párkinson y hasta se puso maricón! –enfatizaba el enano-. Se le fue la luz, igual que al mundo. Por eso es negro…

Justo entonces el árbitro vino a buscarnos y nos exigió a silbatazos que nos pusiésemos en posición.

El más viejito de nosotros quedó de delantero y yo quedé en defensa. Los otros tres estaban al arco, aunque los doctores sólo permitieron que atajaran con una mano cada uno.

Entonces –ahora sí-, comenzó el partido.

XIV.

El relato de Mario fue más menos así:

“¡Qué partido locos culiaos…! ¡Todo vuelve a su orden! Los locos apenas se mueven y hasta el refuerzo se ha quedado dormido, como en una meseta… ¡Sí! ¡Me… se… ta…! ¡Como en una meseta… ¡ Los Rascacocos han perdido su poder y ya pierden doscientos a cero… ¡Chúpense esa, locos culiaos! ¡Y chúpense esta, también…!”

Lo peor era que Mario tenía razón. Quizá no en el marcador, que lo exageró un poco, pero lo cierto era que estábamos quedándonos dormidos, y ya no tenía sentido seguir jugando…

En eso me avisaron que había terminado el primer tiempo.

-Mejor lo acabamos aquí, ¿cierto? –me decía uno de los doctores-. Ya no tiene sentido seguir jugando y además no se ve nada.

Yo no podía ni responder, pero de haber podido le habría dicho que no, de puro orgullo.

Al final, fue el enano el que se interpuso gritando:

-¡El partido sigue! ¡No hay luz propia, pero el partido sigue! ¡Los rascacocos tienen derechos! –insistía.

Y como los otros internos estaban escuchando y supongo que no querían problemas, el partido siguió.

El único cambió fue que el enano ingresó también para nosotros, en medio de los aplausos de la barra.

XV.

Y sí, fue de a poco, pero en el segundo tiempo las barras comenzaron a alentar. Despacio primero, pero lo cierto es que llegaban aplausos y gritos y hasta hubo un momento que vi que los internos de las gradas se apretaban los testículos como señal de lucha, y como medio para mantenerse lúcidos.

Entonces les copiamos la táctica -o la recuperamos, en verdad-. Nos apretábamos fuerte para despertar, con lo que se creaba de inmediato cierto impulso que nos llevaba a correr. Tanto así que incluso estuvimos cerca de hacer nuestro primer gol.

Fue en eso cuando el enano quedó solo frente al arco y un doctor que corría con el estetoscopio colgando se lanzó en barrida y le quebró una rodilla –supimos después- de un planchazo.

Yo me acerqué al enano que se daba vueltas en el suelo como pidiendo su última voluntad.

-Quiero comer berenjenas rellenas –pedía-. Quiero comer berenjenas rellenas…

-¿Rellenas de qué? –le pregunté mientras lo sacaban de la cancha otros enfermeros que habían llegado.

-Rellenas de berenjenas –me dijo. Y se desmayó.

Entonces entendí.

XVI.

Lo que entendí en medio de aquello fue terrible y luminoso, pero lo importante es que lo entendí. Fue como una iluminación mientras el enano se iba y yo volvía a apretarme los testículos para mantenerme despierto.

Mientras, los internos estaban fuera, y comenzaban a ser rodeados por otros guardias que aparecían de a poco como temiendo que sucediera algo.

Entonces yo miré el cielo y la cancha a oscuras, y pensé en lo que había entendido.

Las estrellas brillaban arriba y hasta la luna parecía tener luz, pensaba, aunque digan que es un reflejo.

Nuestra tierra, en cambio, estaba a oscuras, como en sombras… como si nos hubiesen apagado y dejado abandonados. Como niños en una casa a oscuras, aunque con la despensa llena.

Si hasta los locos gritaban por nada y hasta el enano había sido fracturado por nada, pensaba, y supongo que también me sentía oscuro… apagado… abandonado.

-¡Vian! –escuché entonces que me gritaban- Tira tú el penal, pero échalo afuera, para que no se alboroten los hueones.

Yo miré al doctor que me había dicho eso y que era además el que estaba al arco.

-Va a ser gol –le dije, lo más serio y despierto que pude, mientras me apretaba más fuerte- ¡y si hago el gol ganamos! –les gritaba a los locos para que se entusiasmasen más.

Todos se habían acercado a la cancha y los que tenían la linterna alumbraban la pelota, que se veía como un sol a medio apagar, en medio de la tierra oscura.

-Aquí había un pozo –me decía el arquero mientras yo acomodaba la pelota, quien sabe si para distraerme-.

-¿Aquí en el hospital? –le pregunté.

-No, aquí en el mundo –me contestó. Y llamó a otros dos de su equipo para que estuviesen también en el arco.

Yo no quise reclamar, aunque hasta Mario tomó partido por nosotros en el relato y tuvo que salir corriendo con el micrófono pues lo perseguían unos enfermeros.

“¡Capaz que ganen los locos culiaos…! ¡Griten por la mierda…! ¡Capaz que ganen…! ¡Último gol gana todo…! ¡Qué partido por la mierda…! ¡Con este gol se derrumba el mundo…! ¡Sí, como un terremoto…! ¡Te… rre... mo… to…! ¡Y qué mierda…!”

Luego me enteré que Mario era en verdad un interno ayudante elegido por buen comportamiento y a punto de ser dado de alta… bueno, antes de ese día, por lo menos.

La cancha estaba llena. Internos y personal. Y yo frente a la pelota que brillaba.

Del arco eso sí, no se veía nada. Los tres arqueros lo tapaban completamente y no había ni un solo espacio por donde hacer el gol. Ninguno.

-No hagay el gol hueón, o nos vay a traer problemas –me decía el colorín, como si hubiese habido forma de hacerlo.

Entonces corrí hacia la pelota, desde una gran distancia.

Con una mano me apretaba los testículos para mantenerme despierto, mientras la otra la llevaba empuñada, y en alto, como en una revolución.

Golpee la pelota con toda la fuerza que tenía. Con rabia. Por la injusticia entera que había ahí, por este mundo apagado, por la pierna del enano… por todo…

Al final, la pelota dio de lleno en el rostro de uno de los doctores, quien no alcanzó a cubrirse… El tipo se desplomó y la pelota cayó a sus pies, sin entrar al arco... sin embargo, Mario comenzó a gritar como si hubiese sido gol y yo corrí por la cancha festejando… Los locos estaban más locos que nunca y corrían y gritaban y saltaban… Incluso mientras corría vi a algunos que se defendían de los enfermeros y que golpeaban y eran golpeados en medio de la oscuridad.
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Mientras, Mario seguía gritando, y arrancando, con el micrófono en mano:
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“¡Goool, conchetumadre…! ¡Goolazo, mierda…! ¡Justicia divina, por la chucha…! ¡Se cae la cordillera…! ¡Les metieron el Everest por la raja…! ¡Sí… el E… ve… rest…! ¡Y por la raja! ¡Esto hay que celebrarlo en pelota señores…! ¡En pelota…!”

Y se desnudó, mientras corría por el lugar.

Acto seguido lo hicimos todos. Hasta yo que suelo ser pudoroso lo hice y corrí entre todos ellos.

Vi a los plegables, a los supositorios... a todos correr como si fueran llamas encendidas… yo mismo me sentí una llama… pero entonces sentí un golpe, y un pinchazo. Y me apagué.

XVII.

Han pasado siete años desde entonces. El hospital ya no existe, pues construyeron ahí un edificio perteneciente a una municipalidad.

Sé que todo puede sonar mentira o exageración aquí, de la forma en que está escrito, pero sería un error creerlo así, o leerlo en esa dirección.

Lo cierto es que en ese entonces, -para terminar la historia-, dos días después de aquel domingo, fui hasta el lugar a preguntar por el enano.

Me dijeron, casi sin mirarme, que se había suicidado. De la misma forma y con el mismo tono que se utiliza en un casino para decir que hay arroz con bistec para almorzar, o berenjenas rellenas.

Yo, luego de enterarme, no quise ir al funeral ni a más actividades los domingos, aunque recordé siempre aquel día con un extraño afecto.

Con el tiempo, creí entender que uno debía escribir, actuar y vivir en general, conscientes de insertar en cada cosa que hiciéramos un corazón nuevo.

De hecho, cuando lo relaciono con aquello que decía el enano, llego a la conclusión que esa es la única forma en que nuestro mundo pueda llegar a tener, verdaderamente, una luz propia.

Y sí, quizá es por eso que, hasta el día de hoy, sigo sintiéndome en deuda.
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domingo, 21 de noviembre de 2010

Vian, el verdadero Bielsa chileno. (Cuarta parte)

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IX.

El cielo estaba oscureciendo mientras yo pensaba que el enano tenía razón. Es decir, en cuanto a lo lamentable que era que el mundo no tuviese luz propia.

Sin embargo, como debíamos apurar el partido, dejé de pensar, y decidí poner en guardia a los contrincantes.

Hablé con el primer grupo:

-Debo admitir que me gustaría que ustedes ganasen –les dije a Los Plegables, mientras doblaba y desdoblaba un papel para asegurar su atención-. Pero lo importante es que se entretengan.
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-Además -continué-, supongo que algo ha de significar todo esto, aunque no esté muy claro, todavía.
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Por último, ya que todos seguían en silencio, apelé al gesto heróico:
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-Ellos serán más esta vez, pero la pelota sigue siendo una -concluí, intentando explicarles que Los rascacocos y Los supositorios pasarían a ser un solo equipo.

Los plegables me miraron y asintieron. Luego les repartí papeles a cada uno para que siguieran concentrados un momento mientras hablaba con los del otro equipo.

*
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El otro equipo estaba custodiado por Mario. Al parecer había sedado a dos que estaban tendidos a un costado así que al final contábamos con cuatro Rascacocos y cuatro Supositorios.

Los primeros estaban aún con las manos en sus calzoncillos, pero al parecer habían dejado de apretarse pues estaban tranquilos y parecían concentrados.

Dispuse al equipo de la mejor forma que pude, aunque me fue imposible convencerlos de que no se podía jugar con tres arqueros.

-El arquero es como el corazón –les decía- siempre hay uno.

-Pero los pulpos tienen tres –me dijo el de los palillos chinos, mientras se hurgaba la nariz con uno de ellos.

X.

El partido esta vez fue muy extenso. De hecho, en el entretiempo, Mario les repartió a todos un poco de té y un sándwich con mortadela. Y luego los internos reposaron largo rato.

Además, la cancha estaba oscura y costaba ver la pelota, por lo que hubo más golpes y caídas y se hacía necesario detener el partido cada cierto rato.

Pasada una hora y viendo que los muchachos no corrían me atreví a recomendarle al árbitro, que se había sentado en una orilla, que detuviese el encuentro.

-Yo lo detengo cuando Mario dice –me dijo el árbitro, y se tendió de espaldas.

Mario, en tanto seguía relatando el encuentro, aunque parecía molesto.

“¡Vida de mierda…! ¡Mujeres de mierda…! ¡Partido de mierda…! Y qué mierda, señores… ¡Fome como acantilado…! ¡Sí, a… can… ti… la… do…! ¡Y al final del acantilado más mierda! ¡Cánsense locos culiaos…!”

Entonces, mientras esperábamos el final y tanto los jugadores como el árbitro se habían quedado tendidos en la cancha, vimos llegar al último equipo.

XI.

El último equipo venía de forma extraña. Todos tenían un aire extraño, pero distinto al de los otros internos. Vestían petos como todos, pero había algo, pensaba, algo que los hacía distintos, aunque no sabía qué.

Mario, por ejemplo, apenas los vio llegar, cambió el tono de su relato, y hasta le indicó al árbitro que diera por terminado el partido.

-Han ganado los Rascacocos –sentenció Mario dando fin a su relato, olvidando incluso que ellos habían jugado aliados con Los supositorios-.

Entonces el tipo colorín, que supuestamente era doctor y que me había metido en ese lío se acercó a hablarme.

-Lo felicito. Mario me ha informado que todo ha salido de buena forma me dijo.

-Pero si Mario no ha salido de acá en ningún momento –le contesté.

-Acá hay códigos distintos –me susurró, como en secreto. Y no quise discutir más.

Entonces me fijé que el doctor también se había puesto un peto y que sólo lo acompañaban cuatro jugadores.

-¿Usted va a jugar? –le pregunté.

-Sí, y espero que usted también lo haga, -contestó riéndose.

XII.

Yo pensé y repensé la situación. Estaba oscuro. Debía jugar con Los Rascacocos que estaban cansados y a medio dormir a un costado de la cancha, y además quería que terminara aquel asunto. Para terminar, y por si fuera poco, yo también me sentía cada vez más extraño.

-No creo que sea prudente hacer el partido –le dije al tipo colorín-. Además los internos están casi dormidos y ya debe ser hora de que lleguen los otros médicos y…

-Estos son los otros médicos –me dijo el colorían apuntando a su equipo-.

-¿Cómo?

-Que llegaron hace un rato. Ya han acostado a los internos y ahora vamos a terminar el día venciendo a ese equipo y todo quedará en orden.

-No entiendo.

-Es una manera de ejercer autoridad. Es bueno que sepan que les ganamos, que somos mejores…

-Pero yo jugaré por los locos…

-Mmm, no lo había pensado –admitió-. Juega entonces para nosotros. No se van a dar cuenta…

-Pero es que no es justo.

-Nada es justo, compadre… Míralos no más y dime si es justo… qué tiene un partido más o un partido menos, cuando les tocó ser así.

Yo estaba molesto. No era asunto de justicia ni de nada, simplemente que miraba a los doctores y me nacía algo así como rabia. Ellos conversaban cuerdamente y no habían bebido de ese té que hasta a mí me había afectado ni estaban encerrados, ni…

-¿Y? ¿Jugamos? –me apuró.

-Juguemos –le contesté-. Pero yo por Los Rascacocos. Y además necesito un director técnico.

-¿Hablas en serio?

-Sí. Y quiero que sea el enano de allá –dije apuntando al capitán de El mundo no tiene luz propia.

Por último, me presentaron a los doctores, ordenaron a los internos en las gradas y eligieron a algunos para que sujetasen unas linternas grandes, con los que iluminaban la cancha.

Sólo entonces, comenzó el partido.
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Vian, el verdadero Bielsa chileno. (Tercera parte)


VI.

Para poder seguir en pie con aquel asunto intenté poner mi mente en blanco, negar mis sensaciones y calcular simplemente el tiempo que quedaba para que oscureciese y el día nos anunciara que el campeonato había acabado, fuese cual fuese el resultado.

Mario, afortunadamente, había vuelto a su conducta habitual y había situado a los otros equipos en las gradas desde donde nos miraban fijamente esperando el otro partido.

Yo, mientras, intentaba explicarles a Los Rascacocos –les pido disculpas a los lectores pudorosos, pero me limito a recrear lo ocurrido-, que iba a ser difícil que pudiesen jugar al mismo tiempo que apretaban sus testículos, pero ellos seguían entretenidos en aquel asunto y sus gritos apenas dejaban silencios para que pudiesen ser oídas mis indicaciones.

Por último intenté convencer a uno de ellos para que fuese arquero, y le intenté explicar que no podría jugar bien a menos que dejara sus manos libres.

-¡Yo atajo igual! ¡Ahhgggg! –gritaba. Mientras parecía apretárselos más fuerte.

Luego, los otros parecieron también poner mayor fuerza en su tarea y gritaban como si se tratara de un rito samoano antes de dar inicio a un partido.

No me fue mucho mejor con Los supositorios. El tipo de los audífonos conectados a la manzana –René, recuerdo ahora que se llamaba-, bailaba a un costado y hacía caso omiso de mis palabras. Los otros, mientras, si bien me escuchaban, se negaban a ponerse las zapatillas, mientras el interno de los palillos chinos parecía masajearlos clavando los palillos en las plantas de sus pies, o pasándolos entre sus dedos.

Justo entonces, cuando ya me daba por vencido y hasta había aceptado que jugaran descalzos, cada uno de ellos fue por sus zapatillas y, luego de orinar copiosamente en ellas, se las calzaron como si nada, y entraron a la cancha.
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VII.

El partido no fue tan terrible como esperaba. De hecho, salvo por el desmayo de uno de los Rascacocos, -aparentemente porque se apretó muy fuerte-, el partido no tuvo lesionados y hasta podría decirse que se desarrolló con normalidad.

El que hacía de árbitro, incluso, estaba un poco más despierto y al menos acertó a dar cuenta de los goles que eran celebrados en las gradas por los otros internos, que parecían eufóricos.

La nota alta, sin embargo, volvió a darla Mario, quien, en su papel de relator, parecía abandonar toda lógica y alteraba los ánimos de todos a partir de los altoparlantes:

“¡Inmenso partido! ¡Oceánico! Sí, señores, ¿o… ce… a… ni… co! ¡Ensaladas sin sal para todos! ¡Agua bendita! ¡Qué partido…! ¡No habrá intercambio de camisetas sino intercambio de almas…! ¡Qué partido… si hasta merecen ganar los dos equipos…! ¡Sí… eso! ¡Se acabó, ganaron los dos por la puta madre loca! ¡Ganaron los dooos…!”

Yo lo miraba un poco asustado y disimulando lo más que podía. Pensaba que, de querer, los locos podían tomarse fácilmente el lugar y destruirlo, sin que nadie pudiese hacer nada.

Para peor, el árbitro le hizo caso a Mario y declaró que los dos equipos habían ganado.

-Pero si iban ganando Los Supositorios –alegaba yo, queriendo evitar más confusiones.

-Sí, pero los otros también –me dijo el árbitro, y tocó el pito tan fuerte que debí correrme del lugar su decisión.

Mientras, en la cancha, los dos equipos se abrazaban y se sacaban los pantalones mientras corrían por la cancha.

Fue entonces, en medio de aquel descalabro, cuando el enano y capitán de El mundo no tiene luz propia se acercó y sostuvo conmigo la siguiente conversación.

VIII.

-Lo triste de todo esto –decía el enano con voz sensata- es todo.

-Ya –le decía yo, pues no sabía que más agregar.

-Lo único importante es saber distinguir entre lo triste y lo verdaderamente triste –continuaba, mientras tomaba la pizarra que me habían pasado y dibujaba un hombre pequeño rodeado de otros hombres grandes, y, en torno a ellos, de algo que quizá representaba una tormenta.

-¿Usted cree en Dios? –me preguntó entonces.

Yo demoré en contestarle así que él me miro y tomó sus propias conclusiones.

-Sí cree –me dijo- lamentablemente. Se le notan ambas cosas. Yo en cambio tengo razones para creer de otra forma, digamos más agradecida, -continuó, con un tono que parecía casi el de un psiquiatra que me estuviese diagnosticando-. Y es que yo fui hecho con las proporciones correctas, el porte justo para ser temeroso de Dios y no creer en el porte de los hombres, que se creen más cerca del cielo…

Mientras hablaba, el enano me mostraba el dibujo, y yo no dejaba de repetirme que el tipo ese estaba loco, y que no debía tomarlo demasiado en serio.

-Yo en cambio –seguía el enano-, soy tan pequeño que puedo meterme por el ombligo de Dios y ver lo que hay adentro… por eso estoy aquí… -aquí se interrumpió porque Mario obligaba a algunos internos a ponerse los pantalones y gritaba demasiado alto-.

-¿Cómo? –le dije yo, incapaz de no seguir sus palabras- ¿Por qué estás aquí?

-Porque el ombligo de Dios conduce aquí. El cordón umbilical por el que alimenta al mundo es éste… y está obstruido. Y por eso todo es triste –Concluyó. Y se fue.

Yo me quedé con la pizarra en las manos mirando al enano y a Mario ayudar a calmar a los otros internos y esperé a que estuviesen las condiciones adecuadas para continuar.

Después de todo, yo había ido ahí a colaborar en un campeonato de baby fútbol, y eso era lo que iba a hacer.

Mario entonces me dio una señal y me indicó que estaba todo en condiciones, y el árbitro tocó el silbato muy cerca de mis oídos, apurándome para que fuese a preparar el siguiente partido.

Además, ya comenzaba a oscurecerse, y la cancha estaba lo suficientemente lejos de cualquier luz eléctrica, como para pensar que aquello pudiese seguir realizándose, mucho tiempo más.
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sábado, 20 de noviembre de 2010

Vian, el verdadero Bielsa chileno. (Segunda parte)


IV.

Entonces comenzó el torneo.

La estructura era extremadamente simple. Dos partidos a modo de eliminación y luego una final entre los dos ganadores.

Sin embargo, lo extraño era que el ganador de esa final, debía enfrentarse luego con el quinto equipo que, supuestamente, estaban junto al enfermero colorín, entrenando en otro sector.

Mario me presentó al interno que había elegido como árbitro, un tipo de casi dos metros, con los brazos llenos de tatuajes y aparentemente sedado, pues no podía fijar la mirada y le colgaba un hilo de baba que le llegaba hasta el pecho, donde se le hacía una poza como una insignia.

-El árbitro dice que el primer partido será entre El mundo no tiene luz propia, y Los plegables –me dijo Mario, aunque el que iba hacer de árbitro no era capaz de decir palabra alguna.

Yo asentí y comencé entonces mi labor de director técnico.

Mario, mientras, instalaba la amplificación, pues al parecer, se iba a encargar de transmitir los partidos.

Instrucciones para Los Plegables.

Apenas me vieron, Los plegables se quedaron en silencio y esperaban mis instrucciones con una hoja blanca extendida entre sus manos.

Así, a medida que hablaba, ellos iban traduciendo mis palabras en pliegues y formando figuras.

-¿Conocen el fútbol? –les pregunté. Ellos guardaron silencio, y doblaron la hoja por la mitad, como si les hubiese dado esa instrucción.

-Miren el fútbol es sencillo -continué-. Ustedes son un equipo y deben intentar meter la pelota en el arco de los otros y tratar de que no entre la pelota al arco de ustedes, ¿se entiende?

Ellos no contestaban y seguían doblando sus papales, pero supuse que entendían completamente.

-Uno de ustedes tendrá que ser arquero –lo elegí yo de inmediato, para evitar problemas-, y él es el único que puede tomar la pelota con las manos. Ustedes en cambio, -les dije a los otros-, sólo pueden pegarle a la pelota con los pies, ya sea para tirarla hacia el arco o pasársela a otro compañero…

Seguí con las instrucciones un rato más. Luego les indiqué las zonas de la cancha donde iban a jugar y les dejé una pelota para que entrenaran a un lado del arco, pero nadie me tomó en cuenta, y siguieron con sus dobleces.

Luego, al final, todos se acercaron y me entregaron sus papeles. Habían doblado todo de una manera muy extraña, pero, increíblemente, cada uno había hecho exactamente la misma figura, que me entregaron sonrientes.

Entonces, justo cuando me iba a ir sin lograr sacarles palabra alguna, uno de ellos me dijo:

-No nos gustan las palabras, porque son como papeles doblados –yo me fijaba que los otros escuchaban y asentían- y tú no sabes darles formas.

Luego entraron a la cancha y se sentaron a esperar cerca de un arco.

Instrucciones para El mundo no tiene luz propia.

Al parecer los integrantes de este equipo sabían ya algo de fútbol. De hecho el tuerto, que era además el que menos se quedaba tranquilo y saltaba de un lado a otro, decía que había jugado varios años a la pelota.

-¡Yo también! –gritaba el manco-. Y jugué diez años más que tú.

-No puedes saber –le decía, extrañamente lógico, el tuerto- porque no sabes cuánto jugué yo…

-Si sé -insistía el manco- jugaste 10 años menos que yo…

Y entonces comenzaron a perseguirse y lanzarse escupos, hasta que el enano les gritó y ellos se detuvieron.

-¡El mundo no tiene luz propia! –chillaba el enano-. El sol sí, y las tortas que brillan cuando cumples años…

-Pero esas se apagan –le porfió el tuerto.

-El hombre las apaga cuando sopla, ¡cuando respira! ¡Por eso el mundo se apagó…! -gritó el tuerto, logrando que el otro se callara definitivamente.

Entonces el enano y el gordo, -que era además el que lo miraba más atento- se taparon la nariz y la boca y, según lo que entendí, intentaban no exhalar el aire, aunque luego de un rato se olvidaron y yo pude seguir con mi instrucción.

Al final mandé al gordo al arco y acepté la decisión de los otros cuatro, que sólo quisieron jugar de delanteros, así que la formación quedó bastante extraña.

Yo, en todo caso, debo admitir que prefería que perdiesen, pues eran bastante más difíciles de manejar que Los Plegables.

V.

El partido fue fome y extraño, tanto que por un momento pensé que se anularía el campeonato.
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Los dos equipos estaban en la cancha y el árbitro, luego de que le recordásemos, hizo sonar el pito, pero nadie se acercaba a la pelota.

Al final fue el arquero de Los Plegables quien llegó hasta la mitad de la cancha, y tomó la pelota con las manos y comenzó a correr hacia el otro arco.

A los pocos segundos varios estaban sobre él y tiraban patadas que daban en cualquier parte, menos en la pelota que se había desplazado hacia un costado, sin que nadie la tomara en cuenta.

Yo intentaba -por hacer algo-, dar instrucciones a un costado, pero nadie me tomaba en cuenta, mientras Mario relataba, como si estuviese viendo otro partido.

“Tremendo partido señoras y señores. Goles por doquier y un empate 8 a 8 que puede romperse en cualquier momento… ¡Huuuy! Casi llega el décimo… ¡Qué partido tenemos…! Toda una codillera de goles… Sí… ¡co… or… di… lle… ra! ¡y de goles…!”

Yo, a un costado de la cancha, no entendía nada. Además el árbitro comenzaba a despertarse y corría por la cancha tocando el pito sin que nadie hiciera nada.

Entonces me fijé que uno de los plegables estaba junto a mí muy cerca de la pelota.

-¡Tómala! –le decía- llévala con los pies o con las manos, ¡da lo mismo! ¡Métela allá!

Pero el tipo no se movía.

Tomé entonces un papel y comencé a mostrárselo. Yo lo doblaba y le hacía gestos para que hiciese un gol. Luego de varios dobleces pareció entenderme y corrió hacia el arco llevando la pelota dominada como si hubiese jugado toda la vida… y como el gordo se había acostado a un costado del arco hizo el gol sin dificultades…

-¡Gooool! –le gritaba yo al árbitro, mientras pasaba corriendo por mi lado, y lo seguía por el borde de la cancha-. ¡Goool!

Entonces Mario se percató y comenzó también a gritar, como si hubiese sido un interno más… tan fuerte que logró que todos se detuviesen y volvieran a quedarse tranquilos…

“¡Gooool, locos culiaos! ¡Goool! Justo cuando se acababa el partido… Justo cuando los glaciares se derretían… un gol como una península… ¡sí! ¡pe… nín… su… la….! ¡Goool, locos culiaos! Han ganado Los Plegables…”

Y entonces Mario dejó el micrófono y fue hasta la cancha y dio por terminado el partido.
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Los del equipo del enano seguían peleando, pero él volvió a calmarlos y a hablarles sobre eso de que el mundo no tiene luz propia y que no voy a repetir porque siento que cada vez la historia –a pesar de que trato de contarla tal como ocurrió-, parece resultar más inverosímil.

Yo, por último, traté de buscar al encargado, pero no lo encontré, y fui mejor a preparar a los otros equipos, para el partido siguiente.

Vian, el verdadero Bielsa chileno. (Primera parte)


I.

Fue en el tiempo en que intenté hacer un taller de teatro en un hospital psiquiátrico. Un intento mediocre, por lo demás y que sólo duró tres sesiones, porque luego vino un grupo de especialistas que se hicieron cargo del taller y uno debió retirarse con el rabo entre las piernas, y un poco más confundido que antes sobre la propia cordura.

Ya había pasado un mes o dos de aquello cuando un tipo colorín me detiene a unas pocas cuadras de la casa en que vivía por aquel entonces.

-¡Oiga…!

Yo me detuve.

El tipo resultó ser un enfermero del psiquiátrico –él se presentó como doctor, pero luego averigüé que no era cierto-.

-Vengo a ofrecerle una nueva actividad con los pacientes –me dijo-. Encuentro injusta la forma en que se fue del lugar y como yo estoy a cargo del recinto los domingos…
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En resumen, el tipo me pedía ayuda para organizar una serie de actividades a realizarse en el recinto, el primer domingo de cada mes, y que, según el calendario, debía iniciarse con un torneo de baby fútbol.

-Pero yo soy malo pa la pelota –le confesé.

-Pero ellos también. Y además no saben… Además no cuento con ningún voluntario que ya tenga el permiso del director y…

Bueno. Al final acepté. Tenía buenos recuerdos de las tres sesiones en teatro y no se veía como algo difícil. Pero me equivoqué.

II.

El domingo en cuestión me pasaron un buzo azul, una pizarra y unos plumones de colores.

Luego me indicaron tres chaquetas diferentes y me explicaron que yo debía dirigir a 4 de los 5 equipos. Que debía cambiarme de indumentaria con cada uno y explicarles un poco en qué consiste el juego.

-No te hagas problemas, -me decía el colorín, quien también se encontraba con una ropa similar-, sólo tienes que hablarles fuerte y decirles que no se golpeen y explicarles lo básico. La idea es que nos entretengamos, nada más.

-¿Pero qué voy a hacer cuando se enfrenten los equipos que dirijo?

-Apoyas un tiempo a cada uno, no creo que haya problemas… además está el Mario por si pasa cualquier cosa, y ante emergencias podemos llamar al portero.

-¿Cómo? ¿No hay nadie más?

-No, los otros internos se fueron a un paseo a Valparaíso, con los demás enfermeros…

Yo mientras sacaba cuentas y miraba al Mario. Era un tipo como de 50 kilos y que supuestamente debía contener a los enfermos. Usaba lentes gruesos y tenía una mirada similar a los internos de aquel lugar. Y una bata blanca.

-¿Saldrá todo bien, Mario? –le dije mientras me dirigía a formar los equipos.

-No creo –me contestó-. Además se llevaron a los locos tranquilos, nosotros nos quedamos con lo que tienen reclusión total…

Luego se rió y me mostro un objeto de metal que llevaba en un bolsillo y que al parecer funcionaba como jeringa, y que tenía varias cargas.

III.

Los locos estaban el casino. Habían comido hacía un rato y esperaban que yo los dividiera en equipos.

-Hay 21 -me dijo Mario-, hay que formar 4 equipos de 5 jugadores, porque el otro ya está listo. Y al que sobra lo pones como árbitro.

-¿Cómo? ¿Va a arbitrar uno de ellos…?

-Sí –me contestó-. Elige al más fuerte, por si no están de acuerdo en algún cobro.
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Yo, por supuesto, le hice caso.

Luego me pasaron petos de colores para los equipos y yo comencé la selección.

Equipo 1.

Formar este equipo me fue fácil. Simplemente me fijé en que cuatro de ellos estaban con unas bolas de goma en las manos, de esas que se utilizan contra el stress, o no sé bien para qué cosas.

Las edades eran variadas, como entre 25 y 50 años. Todos tenían la misma actitud y apretaban rítmicamente las pelotas en sus manos. No se veía que fuese a funcionar muy bien, pero la verdad ninguno de los que había en el lugar me daba seguridad, así que tampoco tenía muchas opciones.

Como me faltaba un quinto jugador, les pregunté a ellos a quién llamábamos.
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Entonces uno de ellos fue a buscar al más viejito que había en el lugar, quien llegó arrastrando los pies y mirando hacia el suelo.

-Van a faltar pelotas de goma para que apriete él –dije yo, dándole la bienvenida al equipo.

-No importa –me dijo él, levantando la vista y sonriendo- yo me relajo apretándome los cocos.

Y como si hubiese sido el jefe y todos debiesen seguirlo, los otros cuatro del equipo soltaron sus bolas de goma y se metieron las manos a los calzoncillos y al parecer apretaban fuerte, porque se ponían colorados y a veces lanzaban gritos, mientras corrían por el lugar y se reían.

-Estos serán Los Rascacocos –me dijo Mario muy serio- y anotó sus nombres en una libreta y les entregó sus petos.

Equipo 2.

Este equipo resultó más tranquilo. Mario me los recomendó como los que asistían a un taller de terapia con origami, y los bautizó –de manera bastante fome y sin pedir opinión alguna-, como Los plegables.

Luego, el que sería capitán del equipo fabricó unas formas extrañas con las servilletas del lugar y se las entregó a los demás a modo de distintivo.

Por último a mí también me entregó algunas.

-¿Qué son? –le pregunté.

Entonces el tipo me explicó. La primera figura era un intestino, la segunda un animal extinto y la tercera, una explosión.

Al final, me entregó una servilleta estirada.

-¿Quieres que haga uno? –le pregunté.

-No –me contestó, como ofendido-. Ese es Dios.

Equipo 3.

En este equipo decidí dejar a los que tenían algún tipo de problema físico. Un manco, un tuerto, un tipo que caminaba como bailando limbo, un enano que no sé por qué andaba siempre saltando en un pie y a un tipo que apenas se movía y que fácilmente debía pesar 140 o 150 kilos.

Mario les pasó los petos y hubo una pelea entre el manco y el del limbo porque querían una que tenía el mismo número, pero al final el enano les gritó y los separó, solucionando el problema.

-Tú serás el capitán -le dije- y elegirás el nombre del equipo.

El enano seguía serio y miraba a los otros, como para elegir algo acorde.

Luego se acercó a Mario y le dijo algo al oído y él lo anotó en el cuaderno.

El mundo no tiene luz propia, vi que era el nombre del equipo.

Y yo, claro está, no quise hacer comentarios. Ni preguntas.

Equipo 4.

El último equipo lo formé con tipos totalmente distintos. Uno que no soltaba unos palillos de comida china, -ni siquiera para dormir, según me contó Mario-… Un tipo alto y delgado de barba larga y que no tenía cejas… otro que andaba con unos audífonos puestos y que estaban conectados por el otro lado a una manzana… y dos tipos que andaban cogidos de los brazos y que decían que eran siameses.

Fuera de esto, todos parecían estar contentos, y celebraban por haber quedado en el mismo equipo y daban vueltas por la sala, salvo el de barba y sin cejas que daba vueltas en el suelo.

Por último intenté que alguno me diera una idea para el nombre del equipo, pero nadie parecía tomarme en cuenta… pero entonces me fijé que mientras corrían el que iba con los audífonos gritaba:

-¡Somos Los supositorios!

Y entonces quedaron bautizados.
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viernes, 19 de noviembre de 2010

El gran calavera, de Luis Buñuel (1949)

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"De los pequeños,
es el reino de los cielos"

Que bellas son a veces las películas menores. Resulta que las ves sin esperar mucho y de pronto terminas riendo y/o llorando como cuando chico te tocaba ver un capítulo mamón del chavo del ocho, o te sorprendías con una novela liviana de amores imposibles, y sufrías o te alegrabas por lo que le sucedía a esos caricaturizados personajes.

Y sí, El gran calavera es una de esas películas menores de Buñuel, una de esas que se quedaron fuera del grupo de las que parecían estar hechas para un público más selecto y propiciaban el deleite de los teóricos que desarrollaron largas críticas e interpretaciones a partir de ellas.

Con esto, sin embargo, no desestimo el grupo de esas grandes películas. Me parecen magníficas, por ejemplo, Belle de jour, Viridiana y muchas otras, pero debo reconocer que he encontrado en las películas menores que Buñuel hizo en México, una especie de fluir natural, un oficio sencillo y leves toques que, sin dejar fuera al espectador común, permiten también abrir un vínculo hacia esas otras grandes obras, a partir de guiones que, en su simpleza, no dejan de mostrar leves detalles que podrían permitir, si alguien se interesara, analizar también estos elementos y fundamentar todo un discurso interpretativo... y etc.

Pero por supuesto, no me interesa eso ahora.

En cambio, veo El gran calavera, sin esperar mucho y disfruto de las simpáticas actuaciones de los hermanos Soler. Me encuentro con los enredos, con toda esa comedia de equivocaciones y de planes que nos muetran aquel mundo como uno más sencillo, más ingenuo... donde las personas aún son definidas como buenas y malas, o pobres y ricas y no hay grandes matices entre ambas.

Veo desarrollarse una historia de amor y unos personajes que parecen tomados de esas telenovelas mexicanas antiguas, llena de valores tradicionales y de situaciones y comentarios divertidos que permiten sostener y hacer agradable, en todo momento, el ritmo de la película.

Es entonces cuando rodeado de libros, con un ensayo a medias que supuestamente va en contra de lo que Baudrilliard entiende por signo, y una serie de actividades que exigen y agotan y te llenan de palabras y términos que siempre me ha desagradado utilizar -bueno, casi siempre-, me sorprendo riendo y disfrutando con aquella película y con el personaje de ese millonario borracho, lleno de bondad que recorre este film de un lado a otro, y termino renunciando ya completamente a ese ensayo que, justamente hace media hora, debía haber enviado como ponencia para una estupidez -pero estupidez rentable al fin y al cabo-, que se desarrollará en una universidad por estos días.

Pero se supone que acá les hablo de la película, así que termino por contarles que ésta, en cierto sentido, fue la que le permitió a Buñuel retomar su trabajo como director, -sin grandes luces en ese momento todavía-, y ser considerado al menos como un trabajador eficiente, económico, y que se adaptaba fácilmente a los recursos financieros presupuestados.
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Otras películas dentro de este grupo de producciones mexicanas consideradas menores -excluyendo a Los olvidados de esos mismos años- y que tienen un "algo" que me ha llamado la atención son La ilusión viaja en tranvía -con un guión trabajado por Gómez de la Serna y José Revueltas- y Subida al cielo, que acabo de ver entre el punto a parte anterior y la coma que se viene a continuación de estas palabras, y que no deja de tener una construcción argumental bastante interesante.

Dejo acá los links que pillé en la red para descargar El gran calavera y quien sabe si algún día le dedico un poco de tiempo a otras de las películas de este director que he visto en el último tiempo y que he dejado un poco olvidadas, como tantas otras cosas.



jueves, 18 de noviembre de 2010

Vian, el minero 34.

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Vian vive bajo tierra y nadie lo rescata.
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Está solo y triste y hasta los topos
le hacen bullyng.
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Piñera se fue
y los ministros
y hasta la prensa.
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Nadie en la superficie lo nombra
y está bajo tierra como un feto
que se niega a salir al mundo.
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Los papeles que envía a la superficie
se pierden por el camino,
o los publican allá arriba como si fueran chistes,
y los incorporan al repertorio de Pancho del Sur,
-lo que es peor, por cierto, a que no lleguen-.
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De todas formas en sus papeles
Vian no da indicaciones sobre su estado
ni pide que lo rescaten,
sólo enumera una serie de peticiones
al jefe de turno,
o a Don Francisco,
aunque este último, teme Vian,
le enviaría apenas una silla de ruedas
y un curso de rehabilitación,
hacia abajo.
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Vian en cambio pide cosas fundamentales:
libros, papel y lápiz, y cerveza.
Artesanal y negra si es posible,
pero pueden ser otras, ciertamente,
pues su paladar hoy en día
está reseco, e insensible.
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Mientras, abajo,
las cervezas que Vian bajó en primera instancia,
ya comienzan a escasear.
Y de los libros, hay algunos que ha leído hasta seis veces,
para no comenzar con los últimos,
y acabarlos.
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Lo peor es que en penumbras,
y a solas,
hasta los libros que llevó para divertirse,
terminan por parecerles tormentosos,
y consiguen sacarle un lagrimón,
o hasta un gemido,
de vez en cuando.
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Y es que en penumbras
hasta el libro de la Allende,
que llevó como papel higiénico,
termina a ratos por parecerle aceptable
y entonces Vian se preocupa.
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Algo debe pasar acá,
a 700 metros de la superficie del mundo,
se dice,
y hasta elabora una teoría en que la profundidad de la tierra
parece reemplazar la nula profundidad que tenían
aquellos libros en un inicio,
y complementarlos,
-aunque no se convence demasiado-.
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Quizá por eso Vian,
-por escapar de esa profundidad, me refiero-,
de vez en vez hace túneles
hacia la superficie,
aunque siempre se detiene
a pocos centímetros de ella,
justo cuando comienza a sentir
el inconfundible olor a pata,
o llega hasta él,
el sonido de algún televisor,
o hasta el sermón de una iglesia.
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¿¡Qué les cuesta mandarme algo!?,
alega Vian,
nunca les pedí nada antes.
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Es por esto que le escribo yo ahora,
señor Farkas,
o usted, humilde destinatario...
y es que yo veo a Vian allá abajo
y es como si viese picar cebolla.
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Si lo vieran cuando lee a Faulkner,
o a Dostoievski, o a Kawabata...
si le vieran la carita que pone
ahí donde piensa que nadie lo ve,
o cómo le brillan los ojitos cuando mira
las últimas botellas de cerveza que le van quedando...
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Yo apelo entonces a ustedes señores...
además Vian no pide mucho:
unos recortes de cuadros de Degás para adornar
allá abajo,
la fundamental cerveza
-artesanal y negra, de ser posible-,
un par de cuadernos y lápices,
la colección de autores contemporáneos de Anagrama
-menos Zambra-
los cuentos completos de Chejov en ruso
-y una rusa para que le traduzca, por supuesto-,
las piezas teatrales de Mishima,
libros de Kôbô Abe,
los que le faltan de la Lispector,
y, por último,
si la rusa no se deja convencer,
una muñeca inflable, un bombín,
y una cajita de parches,
porque frotarse contra las piedras
ya le está produciendo heridas peligrosas.
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Sé que estarán atentos a estas humildes y básicas peticiones.
Y que toda la bondad de sus actos
será retransmitida por el reality que los ángeles
le editan a Dios cada mañana.
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Lo único que les pido es que por favor
no intenten rescatarlo,
nada de cápsulas ni planes a, b y c,
ni chapitas con la cara de Golborne,
ni poleras con el autógrafo de Bielsa...
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Libros, cerveza, papel y lápiz
y aquello que ya nombramos.
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Vian, a través de mí,
les da las gracias de antemano.
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