lunes, 24 de enero de 2011

Gatos.


I.

En Valdivia me quedé unos días en casa de una tía que estaba en Puerto Montt. Es decir, me quedé en una casa vacía.

Como único encargo me pidieron que alimentara al gato. Las instrucciones estaban en una nota. En ella se dice que hay comida para él en unos tarros, y me señalan también que no me preocupe de horarios, que él vendrá solo a pedir su alimento, ya sea cuando tenga hambre o sienta ruidos en la cocina.

Yo, por supuesto, no conocía al gato, así que al final resultó que se pasaron el dato y decidieron hacerme hueón, por lo que cada cierto rato venían distintos animales a maullar fuera de la puerta y pedir su ración.

-Hay un hueón regalando comida –me imagino que comentaban-, tenís que pararte al lado de la puerta y maullar y luego te sirven un poco.

Y claro, yo caía y recaía y no alcanzaba aún a levantarme cuando ya se había acabado el primer tarro y el segundo estaba a la mitad, y yo aún no completaba el primer día.

-Pa mí que me están cagando –le comenté a mi hijo, tardíamente perspicaz.

Entonces diseñé el plan.

II.

Cuatro horas después el plan demostró ser un éxito. Y es que sin mucho esfuerzo logré atrapar a cinco gatos que habían intentado estafarme y hasta a un perro disfrazado, que desenmascaré en cuanto se le salió un "guau".

-A lo mejor lo utilizaron los gatos –insistió mi hijo-, no tiene el tipo de los que estafan por su propia iniciativa.

Yo miré entonces al perro y le di la razón a mi hijo, y lo dejé ir.

Entonces me di cuenta que ya era muy tarde y que mi vástago estaba casi quedándose dormido y decidí que aquel era un buen momento para que él se fuese a la cama y pudiese yo comenzar el interrogatorio.

III.

-¿Sabes gato? –me preguntó sorprendido el gato a manchas.

-Sí. Y sé también perro, pudú y jirafo. Aunque este último sólo lo conozco a medias –Contesté.

-Yo una vez conocí a otro tipo que hablaba gato –Dijo uno blanco, entrometiéndose-. Era colorín y tenía bigotes largos y andaba en cuatro patas.

-Ese debe haber sido otro gato –le digo yo, mientras intento ponerme lo más serio posible para que entiendan que soy yo quien llevo el ritmo de las acciones.

Entonces comienzo el interrogatorio.

IV.

-¿Lo hicieron por hambre? –pregunto.

Ellos se miran un momento como para ponerse de acuerdo y al final mueven la cabeza dando a entender que no.

-¿Por qué lo hicieron? –insisto.

-Hay un gato tuerto –comienza a contar el gato café-, él planea siempre estas cosas…

-No debes hablar del gato tuerto con humanos –lo interrumpe otro.

-Pero él habla gato…

-No importa… de hecho eso debiese hacerlo aún más sospechoso…

Los gatos se miran y guardan silencio.

-Yo conozco al gato tuerto –les miento-. No necesito que me cuenten su historia.

-¿Qué sabes del gato tuerto? –me preguntan-. ¿Sabes lo del maniquí?

-Claro que sé lo del maniquí.

-¿Y qué opinas de eso?

-No sé… -improviso-, supongo que está bien…

-¿Bien? ¿Te parece bien que un gato por querer ser leal pase seis años al lado de un maniquí…?

-…

-Eso es casi perder la vida… -insiste uno de ellos-, ¡y a ti te parece bien…!

-Claro que le parece bien, es un humano –dice otro-, ellos están acostumbrados a eso.

-¡Ustedes no pueden decir eso! –me defiendo.

-¿No…? ¿Viviste tú al lado de alguien que hacía una y otra vez revistas de crucigramas y que hasta los borraba para volver a hacerlos de nuevo?

-¿Qué hay de malo en hacer crucigramas? –alego.

-¡¿Que qué hay de malo…?! ¿Has visto alguna vez a un gato haciendo crucigramas?

-Eh… no.

-¡Claro que no! Los gatos hacemos cosas importantes…

-¿Cómo estar echados buena parte del día? –ataco.

-No entiendes nada… nosotros esperamos…

-Déjalo, no va a entender… -interrumpe otro.

-¿Qué no voy a entender…? Además, ¿qué es lo que esperan? –pregunto.

-…

-¿No me van a responder?

-No lo vas a entender.

-¿Pueden intentarlo, por lo menos?

Los gatos hacen una pausa y se miran entre sí. Luego uno de ellos toma la palabra, como si los otros lo hubiesen obligado, o hablase incluso movido por la lástima.

-Los esperamos a ustedes –dice tajante-. Esperamos a que se den cuenta.

-Y esperamos a que comiencen –concluye otro.

V.

Al final el supuesto interrogatorio duró toda la noche.

Repartí el alimento que quedaba en el último tarro y conversamos hasta que amaneció, sobre varias cosas.

Pude saber que el tuerto, por ejemplo, era un gato jefe, que había sido abandonado al lado de un maniquí, en una bodega, y que pasó seis años de su vida ahí, creyendo que ese era el mundo.

-Luego se volvió tan astuto –me cuentan-, que por varios años nos convenció que en realidad a nosotros nos sobraba un ojo y que lo perfecto era ser como él…

-Eso fue por el tiempo en que el tuerto pasó a vivir con una cantante de ópera, -complementó otro-, una mujer que coleccionaba zapatos y que tenía piezas llenas de pares que nunca utilizó.

A partir de esto los gatos me cuentan sobre lo chistoso que encuentran los zapatos vacíos, sin gente adentro…

-Es lo único que hace reír a los gatos –me confiesan.

Por último me dicen que el tuerto está haciendo un plan para acabar con los humanos, y que se comenta que él mismo dio muerte a la cantante de ópera, quién desapareció después de un supuesto viaje a un festival en Santiago.

Y bueno, ese es más menos el resumen de lo que hablamos.

VI.

Hoy es lunes y han pasado unas diez horas desde que los gatos se fueron y a mí me siguen dando vuelta algunas cosas.

Entre tanto, fuimos con mi hijo a la playa, miramos el mar harto rato y comimos como 10.000 calorías en empanadas cada uno.

Sin embargo, como les decía, mientras hacía estas cosas, a mí me seguían dando vueltas algunas otras.

Cosas que tenían que ver con zapatos vacíos, con comprar comida para gatos, y con aquello que me dijeron sobre que ellos nos esperan...

Por último, ya de regreso de la playa, me puse a pensar que nunca descubrí cuál era el gato de mi tía...

-Papá –me dice entonces mi hijo, como adivinando mis pensamientos-, vi una foto en el comedor donde salía el gato.

-¿Y cómo es?

-Es grande, viejo, y le falta un ojo… -me contesta acomodándose como para descansar sobre mi hombro.

-¿Estás seguro? –le pregunto.

-Estoy seguro –concluye-. Y además yo creo que nos está esperando.
.

1 comentario:

  1. Debería postear algo interesante, algo importante,
    pero lo único que puedo decir es que me encantó esta entrada.
    me en-can-tó
    Además a mi gata le encantan los zapatos vacios..
    a veces los dejo tirados en el suelo y ella se acomoda entremedio de los dos, y mete una pata-mano dentro del zapato. Claro! se ríe con los zapatos vacíos.
    Me en-can-tó por que me sorprendió, eso de que la información del principio encaja solo alfinal, maravilloso como un gato tuerto.

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