martes, 10 de mayo de 2011

Encuentro con Sansón.

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Estoy en un bar, uno viejo y mal cuidado, pero que tiene un pequeño escenario donde un garzón nos señala que, a continuación, se presentará una visita ilustre: Sansón, un hombre tremendamente poderoso que, tras ser engañado por Dalila, se transformaría en uno más de los derrotados de este mundo.

Dicho esto, vemos subir a un hombre vestido con una especie de túnica, mientras los que estamos ahí, dudamos entre aplaudir o no a aquel tipo, quien se ha sentado en un piso que estaba en el escenario. Al final, claro, nadie aplaude, aunque todos quedamos en silencio, para escuchar al hombre.

Sansón, por lo demás, estaba viejo, casi calvo, tenía los párpados cerrados para ocultar sus ojos muertos y sujetaba un vaso de cerveza en una mano.

-La verdadera debilidad es haber dejado de ver el mundo –nos dijo-, todo lo demás son cuentos, mentiras, historias que se inventan para adornar una caída que es siempre más digna cuando se cae entre columnas, y todo aquello que causó nuestro derrumbe se viene abajo con nosotros…

Luego se pone de pie y comienza a explicar cómo fue aquella supuesta muerte… cómo después de la traición de Dalila él fue humillado hasta que lo llevaron a aquella fiesta, con los filisteos, y logró ponerse en medio de las dos principales columnas…

-Entonces fue que comencé a empujar –dijo Sansón-, lo más fuerte que pude: una columna con cada brazo, pero no lograba hacer nada… para ese entonces, además, yo ya estaba ciego, y no tenía idea de las reacciones de los otros… así, sólo tras caer exhausto, tras mis intentos, pude escuchar las risas de los otros ante el esfuerzo inútil…

Aquí, Sansón toma su vaso de cerveza de un sorbo, tras lo cual, se acerca el garzón a servirle otro. Luego continúa.

-No morí, sin embargo, como podrán ver… y es que estaba débil… y a veces hasta para morir se necesita fuerza, o un poco de voluntad, al menos, y a mí no me quedaba nada… En cambio, los filisteos me contrataron para repetir el intento, y en cada una de sus fiestas estaba yo intentando derribar aquello, como si te dieran la oportunidad de luchar contra el mundo, siempre más fuerte mientras uno iba perdiendo la fe, en cada intento, hasta convertirse en esto…

Tras contar aquello, y tomar el otro vaso de cerveza, comienza a sonar una música en el local, y Sansón es retirado por el garzón hasta dejarlo en una mesa, junto a nosotros –donde le sirven otro vaso, por cierto-, mientras al escenario sube una mujer con un mínimo atuendo de odalisca, y comienza bailar, y a despojarse lentamente de las ropas…

-¡Un aplauso para Dalila! –pide entonces el garzón, quien aprovecha de servir otras cervezas a los hombres que, ahora sí, aplauden el espectáculo, aunque sin mucho entusiasmo.

Entonces Dalila, vestida únicamente con un velo transparente, saca unas tijeras de gran tamaño y comienza a pasearse por las mesas, mientras los que estamos ahí, sin reacción alguna, nos dejamos cortar uno o varios mechones de pelo, que Dalila se lleva hasta el escenario, antes de sacarse el velo, y terminar el baile totalmente desnuda.

Luego de esto, el espectáculo termina, y Dalila desaparece por unas puertas que dan hacia una parte trasera del local, y todo vuelve a la normalidad de un bar viejo y a mal traer, que es lo que es este lugar, a fin de cuentas.

Luego, algunos hombres pagan sus cuentas, y se van, mientras poco a poco el lugar comienza a vaciarse y hasta el garzón comienza a apurar las cuentas, donde nos agregan $500 por el show y al parecer hasta hacen algún otro negocio, porque veo que llevan a otro de los hombres hasta una puerta trasera, justamente donde se metió Dalila.

Yo, en tanto, tras pagar mi cuenta, me fijo que en una mesa retirada sigue estando Sansón, con su túnica, y con los ojos cerrados todavía pues parece que la ceguera en él es al menos verdadera.

Está solo, y por un momento pienso en acercarme a hablarle, pero no sé bien para qué.

En cambio, me quedo mirándolo un rato hasta que me acordé del pelo cortado que quedó reunido, sobre el escenario… Unos cuantos mechones mínimos que alguien barrerá, supongo, y meterá en una bolsa, para que todo esté listo para la función de mañana, porque -según me contaron, al menos- este es un espectáculo que se repite casi a diario.

Y claro, el pelo está ahí, todavía, sobre el piso del escenario… y verlo me produce entonces, descubro, algo así como un espasmo, un nudo en el pecho que duele aún de una manera extraña… “un dulce dolor”, quizá, como creo que decía una canción -justamente sobre Sansón-, que tenía Regina Spektor…

Al final, para evitar darle vueltas a esa sensación, decido irme del local, pasando junto a Sansón a quien le digo alguna frase de despedida, y a la que él responde con un “Adiós, filisteo”, en el que tampoco quiero profundizar.

Entonces me pongo mis audífonos y elijo al azar cualquier música, al máximo volumen, mientras cruzo las calles de la ciudad sin mirar hacia los lados, y en realidad, hacia ningún sitio.

Y es que las calles son demasiado ruidosas, y todos los hombres parecen débiles y las mujeres putas.

Y la ciudad entera, me pareció descubrir entonces, tiene algo similar, a un sonido de tijeras.

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