viernes, 26 de agosto de 2011

Una mosca en un ojo, o lo experimentado como externo.

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“Lo experimentado como externo
no pertenece a lo interno intencional,
aunque nuestra experiencia de aquello resida allí,
como experiencia de lo externo”
Husserl.
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I.

Un amigo me cuenta que descubrió que tiene una mosca en un ojo. Es decir, adentro del ojo, volando de un lado a otro.

-¿Y te duele? –le pregunto.

-¿Qué cosa? –contesta él.

-La mosca po, hueón.

-La mosca no puede dolerme po hueón, no soy yo…

-¿Cómo?

-Que me tenís que preguntar si me duele el ojo y no la mosca.

-Ah… verdad… ¿y?

-¿Y qué?

-Que si te duele el ojo… el que tiene la mosca, me refiero…

-No. No me causa molestias, en verdad.

-¿Te agrada entonces?

-Tampoco… No siento nada…

-Mmm… ¿Puedo ver el ojo?

-¿Ver el ojo?

-Sí… aunque suene raro… ¿puedo ver el ojo donde está la mosca?

-Ok –me contesta y se saca los lentes de sol y yo lo miro.

-¿Está ahí todavía? –me pregunta entonces.

-Sí. Todavía.

-¿Y está viva?

-¿Querís que le tome el pulso, hueón?

-No po hueón… me refiero a si la ves moverse…

-Mmm… espera… ahora sí, ¡voló hasta una esquina del ojo…!

-Puta…

-¿Qué pasó?

-No sé… me sentí mal supongo… es que siempre tengo la esperanza que la mosca se haya ido, o se haya muerto, por último…

-Sí… eso pasa cuando se tiene eso.

-¿Una mosca en el ojo?

-No po, hueón… eso pasa cuando se tiene esperanza.


II.

-¿Y es cierto que no sentís nada especial al tener la mosca? –le pregunto.

-¿Algo en el ojo, decís tú?

-Sí… cuando la mosca se mueve, por ejemplo.

-No, nada… de hecho tengo que verme en un espejo para darme cuenta.

-¿No deja huellas, entonces?

-¿Huellas?

-Sí po, hueón… impresiones… rastros de movimiento…

-No creo… Es decir, a veces me pongo a pensar en la mosca y siento como si ella buscase algo que no tengo, y por eso se quedara en el ojo…

-No entiendo.

-Como que la mosca se quedase en el ojo porque no encuentra el lugar que está buscando, adentro mío.

-¿Como cuando Noé supuestamente mandaba un pájaro y este volvía porque no pillaba donde posarse?

-Quizá…es que no conozco la historia, para ser sincero… pero el caso es que la mosca vuelve al ojo como si este fuese un accesorio, o algo desconectado de mí mismo.

-¿Y por eso no sentirías nada?

-Claro, porque el ojo termina siendo una especie de lente, o de máquina decodificadora… pero incompleta…

-¿Pero quién codificaría lo que ve el ojo?

-Mmm… es que mira, yo creo que es un proceso incompleto, es decir, el ojo ve algo café con verde que parece estar encadenado al suelo, y de pronto comprendemos que es un árbol, es decir, decodificamos que es un árbol… sin embargo, al mismo tiempo, desconocemos quién codificó el árbol, y no somos capaces de llegar a esa naturaleza… a la verdadera impresión de todo aquello…

-¿Te refieres a la voluntad de codificar… como los universalia ante rem, de Schopenhauer?

-No, los ante rem están fuera, son voluntad de mundo… en cambio yo hablo de significados internos, una especie de impresión espiritual en el receptor…

-¿Y podría percibirse eso?

-Sí, pero solo como impresiones instantáneas, creo yo… inconstantes… no hechas para permanecer…

-¿No permanecerían como huellas…?

-No, y por eso es que la mosca como experiencia termina siendo parte de un hecho que no deja huellas concretas…

-Pero entonces eso no sucedería solo con la mosca…

-¿A qué te refieres?

-A que la realidad entera pasaría sin dejar huellas establecidas… es decir, igual es el ojo quien las decodifica…

-Claro, pero ahí no es solo cuestión de nuestros significados internos, sino de algo que puede sonar absurdo, pero que simplifica bastante esta problemática…

-¿Y qué sería eso?

-Que la realidad es infeliz… y que lo sabe… y que por eso no nos da la cara…

-No entiendo el nexo… ¿por qué no nos da la cara si es infeliz?

-Porque la cara de la realidad son las huellas, y acá no hay pasos que dejen huellas… la infelicidad dejó a la realidad inmóvil, avergonzada…

-¿Eso crees, realmente? –le pregunto, interrumpiéndolo.

-Sí, eso creo –me respondió.


III.

-Yo tengo un alumno que no puede decir “presente” –le conté-. O sea, quiere decir “presente” y termina diciendo “presidente”…

-¿Y a que viene eso? –me interrumpió.

-Viene a que lo realmente grave de aquello es que no puede ni siquiera explicar lo que no puede decir.

-O sea que no podemos nombrar nuestras carencias…

-Claro… pero no me refiero a nombrarlas y punto… esa es una especie de muerte académica que tampoco me gusta… yo me refiero a algo así como la imposibilidad de darle vida a algo, si nosotros mismos no tenemos…

-¿Y ayudaría el poder darle vida a algo como para quitarme la mosca del ojo?

-No lo sé, realmente… de hecho no creo que ese sea el problema central, es decir, yo creo que habría que desconstruir la mosca…

-¡Pero la mosca existe en mi ojo…!

-Sí, pero su existencia es como la palabra presidente para mi alumno…

-Pero tu alumno percibía al menos qué quería decir, aunque no lo nombrara.

-No sé… intuía el hecho concreto y fonético… es cierto, pero el problema real no… No su mosca, digamos.

-¿El significado de su mosca?

-No… De hecho no es un problema de significados, sino gramático…

-¿La mosca?

-¡Claro! ¿Podrías decirme acaso qué función gramátical cumple en ti la existencia de la mosca?

-¿Qué?

-Que si sabes qué función gramatical tiene la mosca…

-Mmm… ¿sustantivo?

-No me refiero a eso,… eso es morfología, además… yo te pido centrarte en la sintaxis…

-¿Sujeto…?

-No… -le digo-. La verdad no creo…

-¿Y qué sería según tú?

-Morfológicamente adverbio, y sintácticamente un complemento de modo… uno que viene a afectar a aquello que observa… a lo que tú mismo vives…

-¿Y entonces cuando digo mosca estoy diciendo realmente…?

-¡No lo digas! –lo interrumpo-. Además tienes que comprender qué estás diciendo cuando dices ojo.

-¿Pero y los demás?

-Los demás son distintos a ti –concluí-, y si les interesa, deben ellos mismos, resolver sus propios acertijos.

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