sábado, 22 de septiembre de 2012

Tarde a la ciencia ficción.

“Después de la muerte de Cristo
hubo un periodo de reajuste que duró
aproximadamente un millón de años”
K.V., Las sirenas de Titán.


He llegado tarde a la ciencia ficción. A quererla, me refiero. Hubo momentos antes, claro, con Ballard, K. Dick, Asimov, Bradbury… pero digamos que fue Vonnegutt el primero que me habló de ciencia ficción con un tono tan íntimo, que me pareció similar al silbido que hace una bomba cuando cae. Cuando cae al interior de nosotros, por supuesto.

Y es que en el interior de cada uno es difícil diferenciar el sonido de una bomba, con el que produce una semilla… porque creación y destrucción dejan de oponerse y pasan a ser complementarias cuando se quiere lograr reformular ciertas creencias.

Así, resultó que Vonnegutt, presente en una de las matanzas más terribles y absurdas de la historia –el bombardeo de Dresde-, me enseñó que es posible amar la humanidad luego de eso. Y que es posible incluso creer nuevamente en ella.

Y claro, no lo hizo desde el ejemplo pequeño de un individuo -de su sufrimiento, su comprensión, su forma de ver el mundo…-. Vonnegutt lo hizo a través de una mirada amplia, contemplando el absurdo y el sinsentido completo de una humanidad que, sin embargo, merecía una nueva oportunidad… para demostrar finalmente que son las necesidades de cada hombre –la llamada del ser de cada hombre- la que exige algo de todos nosotros, así nos tomemos para ello millones de años.

-Vale la pena –parece decir Vonnegutt-. Vale la pena todo el sufrimiento y el sinsentido si el hombre llega a ser finalmente lo que debe ser.

Así, dando por perdido al hombre… desechando incluso la cultura que ha construido… Vonnegut parece enfocar en sus escritos esa esencia que nos lleva a plantearnos realmente qué parte de nosotros merece ser salvada.

De esta, forma, junto con hacernos sentir dignos, y queridos, Vonnegutt nos lleva también a hacernos responsables.

Responsables porque si él, que pasó semanas apilando cientos de cadáveres quemados de forma absurda, fue capaz de sonreírle nuevamente a esa misma humanidad… uno no puede sino aprender a amar al hombre –o intentarlo al menos-, más allá de sus acciones particulares.

Y claro: sentirnos dignos.

Esa es la nueva fe que se necesita.

Y me gusta pensar que Vonnegutt no se equivocó, finalmente, al amarnos de esa forma.

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