miércoles, 20 de marzo de 2013

La vez que gané una pitón.



Fue en México.

En un bar que tenía un letrero donde salía una mujer con bigotes.

No recuerdo el nombre, claro.

En la barra, había un hombre bebiendo, con una pitón.

La pitón, por cierto, estaba enrollada en él, aunque sin presión, como quien lleva un bolso.

El hombre, también tenía un sombrero y una baraja de naipes, sobre la barra.

Gustaba de apostar, aquel hombre.

Así, lo vi ganar a algunos, quienes le entregaron dinero, un reloj y hasta un sombrero de paja.

Y claro, no recuerdo cómo, pero de pronto me vi al lado de aquel hombre, en medio de una apuesta.

Por cierto, tampoco recuerdo qué apostaba yo, pero el hombre, para convencerme, apostó a la pitón.

Yo accedí.

Fue algo sencillo: solo la carta más alta.

Entonces, no sé si fueron seis o siete veces que gané seguidas.

Y me quedé con la pitón.

Estaba orgulloso y me sentía todo un ganador. 

Al menos al principio, claro.

Y es que pasados los minutos, y viendo ya que el hombre iba a irse, comencé a preguntarme qué es lo que yo iba a hacer con una pitón.

Reflexioné un poco.

¡¿Qué mierda hago yo con una pitón?!, me pregunté entonces, sobresaltado.

Por esto, comencé a tratar de convencer a aquel hombre, para que olvidara la apuesta y se llevara de nuevo a la pitón.

Lamentablemente, luego  de ofrecer hasta golpes, el hombre se negó, sintiéndose ofendido.

Y se fue.

La situación era extraña.

Es decir… yo era un ganador, claro… en cierto sentido.

O sea: yo tenía el premio, aunque no quisiera.

Es como con la vida, pensé.

Todos te dicen que es un premio, pero ¿qué pasa si no te gusta?

Y es que si no te gusta no hay caso, simplemente

Son premios sin devolución, pensaba, o al menos, sin devolución exenta de culpa.

Pero entonces… ¿era un premio, finalmente, la pitón?

Y si era un premio… ¿qué tipo de premio era?

Eso pensaba mientras me servía algún trago y observaba al reptil.

Y es que este, había comenzado a moverse sobre la barra, justo al lado de mi cerveza.

Se arrastró así junto a un libro y junto a mi billetera, que estaban también sobre la barra.

¿No la quiere usted?, le pregunté a un chico del lugar.

Él se negó y me hizo un gesto entonces, para que mirase sobre la barra.

Y claro, no me percaté de nada al principio, pero de pronto, vi algo así como un bulto, que tragaba la pitón.

¿Un cenicero?, pensé… ¿Un vaso…?

Y bueno… tras otras cuantas hipótesis tuve que admitir que se había tragado mi billetera.

¿Tiene con qué pagar?, me preguntó de inmediato el tipo del lugar.

Yo negué con la cabeza.

Entonces, se me ocurrió la solución y acordé dejar a la pitón, en prenda, hasta volver con el dinero.

Costó convencer al encargado, claro, pero lo cierto es que la deuda no era tan grande, finalmente.

Con todo, mientras salía del lugar, pensaba que la pitón no solo se había tragado mi dinero.

Y claro… en la billetera, también estaban mis identificaciones, entre otras cosas…

Esa pitón se robó mi identidad, concluí entonces.

Así, jurándome de paso no volver a aquel lugar, me alejé tratando de pensar en otras cosas.

Algo borracho, debo admitir, y más vacío que nunca.

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