miércoles, 31 de diciembre de 2014

Encontrar semillas.


Guardan las semillas en una bolsa plástica
que se encuentra junto a las herramientas de jardín.

Tú las encuentras mientras buscas algo
que ya no viene al caso.

Tomas la bolsa entre tus manos
desconociendo aquello que hay en su interior.

Observas la bolsa poniéndola a la luz
y también pones semillas
en las palmas de tus manos.

Entonces pasa el tiempo.

No ese tiempo que sirve para que crezcan las semillas.

No ese tiempo que suena día a día en los relojes.

Es el tiempo, más bien, en el que se produce la comprensión.

Aunque claro, la comprensión no implica necesariamente
saber con claridad aquello que se comprende.

Te acercas entonces con las semillas
a la tierra que hay en el patio
y la observas.

Buscas con la vista dónde hay agua
y hasta recuerdas las pequeñas herramientas de jardín.

Te detienes.

Así, vuelve a pasar el tiempo.

No ese tiempo donde organizas los pasos a seguir.

No ese tiempo donde haces listas y decides cambios.

Pasa el tiempo en que la comprensión se debilita
y el corazón se estanca.

Guardas entonces las semillas en aquella bolsa plástica
que se encuentra junto a las herramientas de jardín.

Y claro, recuerdas que venías a buscar algo
que vuelve entonces a venir al caso.

martes, 30 de diciembre de 2014

El testamento de Daniele da Volterra.


Al menos tres veces fue objetado y llevado a arbitrio el testamento de Daniele da Volterra.

Recordado principalmente como el artista a quién se le encargó tapar los genitales expuestos en El juicio final, de Miguel Ángel, este escultor y pintor italiano fue el protagonista de algunos hechos que resultan del todo memorables, como la carta al papa Pío V (donde le contaba que había sido testigo del crecimiento de la uña del dedo indicador de Dios en la escena más memorable de El juicio final) o como su testamento, del cual me gustaría mencionar un par de cosas acá.

Una de esas cosas, dice relación con el detalle de los bienes heredados (adjunto al testamento), donde se incluyen varios elementos de extraña naturaleza: la rodilla de mármol de la pierna faltante del Jesucristo de Miguel Ángel, un recipiente de nácar con 228 hostias consagradas por el Papa Pablo III o el zapato de un cojo romano que había sido protagonista de un milagro.

Lejos de reflexionar sobre lo anterior, me gustaría agregar una segunda observación referida a los beneficiarios de su testamento. Y es que más allá de los beneficiarios naturales se encuentra el de un nombre que fue tachado por quién llevaba a cargo el proceso de herencia y que fue la razón principal por la que el testamento debiese hacerse en más de cuatro oportunidades.

Dicho nombre, por cierto, apareció en el segundo de los testamentos y la razón concreta por la que fue desestimado fue porque la fecha de nacimiento de este hombre correspondía a 500 años después del nacimiento de Da Volterra, es decir, el año 2009.

Hoy, por último, leo una breve noticia donde un abogado reclama ciertos bienes a nombre de un menor que comparte, de forma perfecta, el nombre escrito en ese segundo testamento, así como su fecha de nacimiento.

Y claro, esta fue, al menos, la tercera vez que objetaron el testamento de Daniele.

¡Cuántas objeciones…!

Que descanse en paz, mejor, el pobre.

En cambio, les recomiendo a ustedes no descansar, hasta encontrar la moraleja.

(O algo parecido)

lunes, 29 de diciembre de 2014

Posibles afecciones.

“Ni el cuerpo puede determinar el alma a pensar,
ni el alma puede determinar al cuerpo al movimiento o al reposo
o a alguna otra manera de ser (si hay alguna otra)”
Spinoza



6:00 (Me levanto temprano para buscar un texto de Spinoza, que me estaba dando vueltas, en el sueño)


Cada uno lo dirige todo por su afección, escribe Spinoza.

Y los que carecen de afecciones –agrega-, son empujados hasta por el impulso más ligero.

Sin embargo, caemos –según él-, en la ilusión del ejercicio de nuestra libertad al momento de realizar nuestros movimientos.

Asimismo, nos explicamos ese ejercicio de voluntad, en ocasiones, como la expresión de un mandato que viene dado desde el alma.

Nada habría más engañoso, sin embargo.

Así, mientras el cobarde cree que es libre porque huye y el niño pequeño cree apetecer libremente la leche… también nosotros creemos ser libres ante ciertas inclinaciones que no provienen sino de nuestras afecciones, como se decía en un inicio.


 6:30 a 21:00 (Me tomo un tiempo para pensar en el asunto)


21:01 (Escribo una lista de mis posibles afecciones y de lo que podría considerar mis impulsos ligeros)

22:00 a 23:00 (Leo la lista)


23:01 (Me pregunto qué afección me llevó a escribir la lista)


23:02 a 01:00 (Me tomo un tiempo para pensar en el asunto)


01:01 a 02:38 (Veo “El miedo del portero al penalti”, de Wenders / Handke)


02:39 (Pienso si la película vista puede ser considerada como una afección o como un impulso)


02:40 (Intuyo una respuesta mientras ordeno ciertas observaciones)

El lanzador del penalti, aunque el portero adivine hacia dónde va el tiro, puede intuir que el portero adivinó y cambiarlo a última hora.

Sin embargo, el portero también puede ponerse en la situación lógica (anteriormente descrita) del lanzador y volver a cambiar su decisión.

Etc.


02:41 a 02:43 (Borro la lista –con mis posibles afecciones e impulsos ligeros- y me doy una ducha)

Si mi alma pudiese determinar al cuerpo al reposo lo haría en este instante, me digo.

O a alguna otra manera de ser, agrego, (si existiese alguna otra).

domingo, 28 de diciembre de 2014

¿Están seguros que van a morir?



¿Están seguros que van a morir?

Se los pregunto porque justo hoy escuchaba a alguien afirmar que esa era nuestra única certeza.

Ocurrió en una conferencia y fue prácticamente la frase inicial de aquel tipo que pretendía desarrollar un tema x que no viene al caso.

“Nuestra única certeza es la muerte”, nos dijo.

Y claro, como el hombre me cayó mal y además yo no estaba hilando muy bien porque andaba con resaca, se me ocurrió contradecirlo y molestar un poco.

“La muerte es cualquier cosa menos una certeza”, le dije.

“La muerte es un acto de fe”.

Entonces el asunto se desordenó un poco y todos parecían estar molestos conmigo porque para ellos la muerte era algo evidente y además me preguntaban para qué querríamos tener fe en una situación como esa.

Yo intenté aclararles entonces que no los estaba cuestionando. Incluso admití que hacían bien en pensar que iban a morir. Que hacían bien en creerlo una certeza, me refiero. Y es que si no lo creyeran así no podrían soportar la vida que llevan, creo que dije. Y volvieron a ofenderse.

¡Es increíble lo rápido que se ofende la gente!

Para arreglar la situación volví sobre mis palabras y les dije que si no estuvieran firmemente afirmados en esa certeza la vida perdería sentido… o sea, perdería el fin… y eso es lo que les da sentido.

El tipo hizo silencio entonces y comenzó a hablar nuevamente enredando mis argumentos y señalando que el fin, como final, no es parte del sentido. Que si fuese así ni siquiera amaríamos o nos esforzaríamos por vivir las cosas que están condenadas a un final…

Entonces yo lo interrumpí le pregunté: ¿por qué cree que amamos a un ser que va a morir?

Y el hombre no me respondió.

Yo le repetí la pregunta, con voz segura, como si supiese la respuesta.

Nuevo silencio.

Por suerte se me ocurrió comprara la situación aquella (la de amar a alguien que va a morir) con la misma razón que nos lleva a rodearnos de cosas que puedan quemarse.

“Nos rodeamos de cosas que pueden quemarse”, les dije.

“Y el que puedan quemarse también es un acto de fe”.

“Un acto de fe que nos llevaría a una aparente carencia absoluta, pero también a una libertad absoluta…”.

“A un nuevo nacimiento”, creo que les dije.

Se me acercaron entonces unos hombres que me pidieron que abandonara aquel lugar.

Uno incluso me tomó del brazo y me dijo que no molestara, que una conferencia para explicar las condiciones de venta de sepulcros no era un lugar para hacer el ridículo de esa manera.

Luego llegó un tercer hombre.

Yo miré al auditorio y pensé en una salida honrosa.

“Esperen”, les dije.

“Díganme que tengo razón y me voy”.

Ellos seguían mirando, silenciosos.

Unos treinta segundos después una abuelita que estaba a un costado me miró y me dijo que yo tenía razón.

Así, triunfante, me fui de aquel lugar.

sábado, 27 de diciembre de 2014

El hormiguero.

“Ya tenemos las respuestas a las preguntas que nos hacemos,
aunque claro… estas difieren en cada uno”
Jacques Lacan.


Un amigo me pide que le responda algunas preguntas para un seminario que está haciendo sobre Lacan. Parece que tenía que validar cierta tesis o algo así… Llevarlas al sentido común, creo que le habían dicho, como instrucción de trabajo…

-Piensa en el hormiguero –me dijo-. Desde fuera. Ni siquiera entendiéndolo ni a través de aprendizajes previos. Piensa en el hormiguero, nada más. O hasta en la fila de hormigas...

-Ok. –dije yo.

-No te pido que analices solo que lo pienses así como si lo observaras… ¿lo tienes?

-Sí. Lo tengo –confirmé.

-¿Podrías decirme si te produce algún tipo de inquietud el pensar esas hormigas?

-¿Inquietud?

-Sí… ¿no te sientes tentado a algo…?

-¿Cómo algo sexual…?

-No po, hueón –aclaró-. Como una inclinación intelectual… ¿o puedes observar nada más…?

-Ah… pues no sé bien… o sea…

-Di.

-Puede ser como intentar entender por qué se mantienen juntas…

-¿Crees que hay algo que las mantiene juntas?

-Tal vez… -señalé-. O sea, debe existir alguna cosa que las mantenga juntas…

-¿Algo concreto…? ¿Como transportar algo, te refieres…?

-No… algo más intangible, pensaba yo… un vínculo, quizá.

-Ok. –dijo entonces, cambiando el tono, mientras anotaba algo.

Nos quedamos un rato en silencio.

Luego volvió a preguntar.

-En el mismo sentido de lo anterior… -me dijo-, ¿Qué crees que lleva a los hombres a mantenerse juntos?

-¿Juntos como las hormigas? –dije yo.

-No sé si sirve la comparación… pero podríamos decir que sí…

-Pues no sé… -admití-, además no estoy seguro hasta qué punto podríamos hablar de permanecer juntos, cuando nos referimos a hombres…

-¿Acaso no hay comunidades…?

-Sí… no me refería a eso…

-…

-…

-¿Y? –me apuró.

-No sé, hueón…

-…

-…

-¿Y no podrías responderme que el lenguaje, pa que me cuadre el trabajo?

-¿Que el lenguaje qué…? No entiendo.

-Que el lenguaje es eso que mantiene juntos a los hombres…

-Ni cagando te digo eso –afirmé, rotundo.

Mi amigo se desanimó un poco.

Yo, en cambio, ya estaba desanimado desde antes.

viernes, 26 de diciembre de 2014

El poema no existe.



No creo en el poema.

El poema no existe.

Existe el árbol, el hombre y, tal vez, las estrellas en el cielo.

Existen también las flores y las piedras
y el sonido de las palabras existe un tiempo breve.

Aclaro sin embargo que las palabras no existen.

No si las entendemos con significados adheridos y con rígidas leyes de agrupación.

Dicho esto, vuelvo a reafirmar que el poema no existe.

Unos cuantos sonidos, una sensación… nada que dure más de un instante.

Así, todo poema es algo que ya no es.

La evocación de algo que vivió otro.

Un vacío  que viene a llenar otro vacío.

Cosas de ese estilo.

Cosas en las que no creo, en definitiva.

Ahora bien, si quiere discutir, muéstreme usted un poema.

Busque en la naturaleza dónde existe un poema.

Muéstreme uno y yo veré extraños dibujos en una hoja.

Lea usted alguno y yo escucharé sonidos pasajeros.

Y es que el poema, simplemente, no existe.

Hay que grabarse esa frase y no discutirla.

Nada de preocuparse e inventarnos entonces que perdimos belleza.

O que perdimos reflexión.

O que perdimos la subjetividad exquisita de un hombre.

Y es que saben… no importa que el poema no exista.

¡Existen tantas otras cosas…!

Existen por ejemplo las sensaciones mientras no sabemos que existen.

Existe el agua y el viento y hasta semillas que contienen todo un mundo dentro.

Y no digo más, entonces, para que existan aún más cosas.

Espero que usted comprenda.

jueves, 25 de diciembre de 2014

El boomerang.



El niño que lanza una pelota al mar para ver cómo se devuelve

Me gusta esa imagen.

(La sensación de esa imagen)

Pero claro, también me gusta la de aquellos que lanzan piedras de las que no volvemos a saber.

Entonces, trato de aunar esas dos imágenes.

(La sensación de esas dos imágenes)

Así –lleno ya de esa sensación extraña-, trato de respirar hondo y observar aquello que soy.

Debo confesar, sin embargo, que cuando trato de hacerlo, solo termino mirando aquello que tengo.

Puede sonar a manual de autoayuda, pero creo que es bueno marcar esas diferencias.

Lo digo porque no sé cuánto tiempo tendría que estar despojándome de aquello que tengo, para encontrar con certeza, aquello que queda… Es decir, encontrar aquello que no puedo arrojar de mí sin irme yo mismo con eso que arrojo.

Y es que eso debe ser uno, finalmente, si se piensa con lógica.

Con todo, no tengo realmente una sensación de posesión con aquello que, supuestamente, tengo.

Ni siquiera con mi biblioteca, a la que miro lleno de afecto, pero que no es, finalmente, parte esencial de mí.

De esta forma, creo que volviendo al tema de las imágenes, no sería capaz de arrojar nada… ni pelota ni piedra… ya que hacerlo implicaría que de cierta forma me pertenecen al ejercer mi voluntad sobre ella.

Me recuerda a una situación que viví de chico una vez que me regalaron un boomerang.

Esa vez, con muchas dudas, lancé el boomerang y este no volvió nunca.

Tengo un recuerdo poco preciso, pero supongo que habrá caído en la casa de un vecino y que yo no fui a pedirlo.

A lo que voy, es que nunca sentí que tenía derecho a reclamar ese boomerang.

De cierta forma, incluso, es hasta mejor que haya sido de esa forma.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

No decir.


Dibujas una mano sobre la boca.

Transformas las palabras en sonidos ininteligibles.

Sonríes para no decir.

Llevas tiempo ejercitando esa rutina.

Pasas por los diarios.

Pasas por la tv.

Y pasas incluso junto a los que hacen filas en el centro comercial.

Entonces, dibujas otra mano sujetando la mano que está sobre la boca.

Las palabras comienzan a rearmarse.

Y haces un último esfuerzo para sobrevivir a esa situación.

Tal vez lo logras.

Tal vez, en silencio, lo logras.

El problema es, sin embargo, que vuelven las imágenes y ya no hay nuevas manos para dibujar sobre la boca.

Pasas por los diarios.

Pasas por la tv.

Y pasas incluso junto a una serie de avisos aleatorios que se suceden en tu computador.

Estas son fechas de fiesta, te dices.

¿Para qué decir ahora…?

¿Para qué ahora que hasta las iglesias están llenas…?

Y claro, aguantas un par de días más.

Y es que no sé si recuerdas, pero un día hablamos de acumular rabia.

Hablamos de no gastarnos la energía en revoluciones pequeñas.

Pues bien… creo que el día ese en que el no decir se hará imposible, está llegando.

Y es que pasas por los diarios.

Pasas por la tv.

¡Pasas incluso por el corazón de cada uno de los otros...!

Y el no decir es cada día más pesado y amargo e imposible…

Sobre todo imposible…

Todo está podrido, grita entonces una vieja en medio de la ciudad.

Hoy ha nacido un niño muerto.

martes, 23 de diciembre de 2014

El pez profundo y el pez superficial (canción)



Cerca de la superficie
nada el pez superficial
no lo hace tan mal
ooooh… no lo hace tan mal.

El sol entibia el agua
y hasta cambia su color,
pero eso no es el sol
ooooh… no es el sol.

No conoce a su hermano
que buscó profundidad;
ahí se fue su mitad
ooooh… su mitad.


Coro A:

Qué encuentra el superficial
nadando en la superficie
sin dilemas, sin esfinges
sin frío ni oscuridad.

Brillan luces y otros seres
se distinguen allá arriba
busca el pez la salida
para llegar a esos placeres. (x2)


Más abajo y siempre a solas
desconoce el pez profundo,
que ese no es otro mundo
ooooh…  otro mundo.

Hace frío y está oscuro
eso es siempre lo habitual,
pero eso no está mal
ooooh… no está mal.

No sabe de su hermano
ni recuerda su presencia            
no sabe que es su esencia
ooooh… su esencia.


Coro B:

Qué busca el pez profundo
ahí en la profundidad;
vaga a ciegas por la ciudad
como el pobre Segismundo.

Nada su hermano en la distancia
esa es la verdad
que hoy vine a cantar:
Nadie sabe qué es el agua. (x2)

lunes, 22 de diciembre de 2014

Shhh... va a empezar.



I.

-Disculpe… ¿este es el asiento  A22?

-A ver… sí, el A 22.

-Es que yo tengo este asiento, mire…

-Qué extraño… Deje mostrarle mi entrada…

-No me diga qué…

-Sí, mire… el A 22.

-Pues uno de los dos debe estar en un error.

-Sí… debe haber un error.

-…

-…

-¿Qué hacemos?

-Uno de nosotros debiese ir a hablar con algún encargado.

-¿Solo uno…? El problema es de ambos…

-¿Y cuánto falta para…?

-Es temprano, yo creo que alcanzamos… ¿vamos?

-Vamos.


II

-¿Y entonces?

-Entonces nos dimos cuenta que ambos tenemos la misma entrada… ambos la compramos en boletería y hasta tienen sello…

-¿Están insinuando que ambas son verdaderas?

-Claro… mírelas usted…

-Eso no es lógico.

-Mírelas.

-…

-¿Y?

-Esperen… estoy viendo…

-…

-…

-¿Ahora sí?

-Pues debo reconocer que ambas son iguales.

-Lo ve… ambas son verdaderas.

-No dije eso… solo que son iguales entre sí… ambas podrían ser falsas, por ejemplo...

-¿A qué se refiere?

-No sé… No quiero ser injusto, déjeme comprobar mejor… ¿pueden esperar un minuto?


III

-¿Ustedes son los que tenían la misma entrada?

-Sí.

-¿Ambos compraron en la boletería oficial?

-Sí. Ambos.

-Pues puedo ofrecerles un reembolso… o cambiar por dos nuevas ubicaciones.

-¿Solo eso?

-¿A qué se refieren?

-A la molestia, por ejemplo… ¿cómo reembolsarán eso?

-Pueden tomar las nuevas ubicaciones o no tomarlas. Son en buena ubicación.

-…

-¿Y?

-De acuerdo.

-Tomen.

-¿La A20 y la A 24?

-Sí, son justo las que están a ambos lados del puesto en disputa.

-¿Y por qué no deja la A22 y nos entrega otro, solamente?

-No funcionaría el sistema de reembolsos.

-Pero…


IV.

-No te parece raro.

-¿Qué cosa?

-La solución que nos dieron… el asiento este de acá al lado…

-¿A qué te refieres?

-A que uno de nosotros debiese estar ahí… nos robaron nuestro sitio… es como si sintiese que ni siquiera he venido, de cierto modo…

-Pues a mí no me incomoda.

-No es incomodidad, pero es como si observase donde debiera haber estado y solo hubiese un sitio vacío...

-…

-Sé que suena absurdo, pero yo debiese estar ahí…

-Pues cámbiate antes de que empiece…

-Ese no es el punto.

-,,,

-¿De verdad no lo entiendes?

-No.

-Pero…

-Shhhh… va a empezar.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Olvidé decir.


Olvidé decir que el día anterior ella había visto un platillo volador. O mejor dicho: ella había pensado que había visto un platillo volador.

Lo aclaro no porque piense que sea falso sino porque ella misma se puso en duda el día de hoy, mientras volvía a contar su anécdota.

Y es que era tan extraño llevar a palabras eso que había vivido que apenas se escuchó decirlo sintió que engañaba a los otros, así que se apresuró a sembrar la duda:

Quizá me haya confundido, señaló.

Entonces probó a contar la historia a su círculo más íntimo, que para ella estaba reducido a su hijo de 8 años y a su madre, a quien visitaba los domingos.

Tras la narración, su hijo se rio y su madre la miró de forma extraña.

Quizá me haya confundido, volvió a decir, antes de cambiar el tema.

Esa misma tarde –hace unas horas, para ser exacto-, ella se quedó sola en casa, mientras el niño había ido con su madre a una feria navideña que estaba unas calles más arriba.

Así, mientras estaba sentada frente a la televisión encendida, ella se dio cuenta –o creyó darse cuenta, más bien-, que las cosas dichas en voz alta hacían surgir una duda amarga, dentro de ella.

Fue entonces que comenzó a decir en voz alta toda una serie de cosas que hasta antes de decirlas así –en voz alta y a solas, para ser preciso-, nunca había puesto en duda:

Creo en Dios. Amo a mi hijo. La alegría es buena… por ejemplo.

Horas después –en este mismo instante para hablar con exactitud-, ella conduce de regreso al departamento en el que vive junto a su hijo.

Olvidé decir, por cierto, que esta misma tarde, ella lloró un poquito.

sábado, 20 de diciembre de 2014

La tumba de Bruce Wayne.


La tumba de Bruce Wayne está junto a la tumba de sus padres. Su fecha de nacimiento es incuestionable, pero la fecha de muerte solo yo la sé: el mismo día en que nació Batman.

Yo doy fe de aquello.

Vi morir al amo Bruce en cuanto se puso la máscara. Podría decirse incluso que su nuevo traje se volvió su mortaja.

Supongo que eso sucede siempre con nuestro último traje.

Y es que el último traje es siempre aquel que te oculta por completo. El que te tapa los poros. El que bloquea tu respiración. El que te borra la memoria hasta que olvidas quién eres.

Eso me gustaría decirle al amo Bruce.

Eso y otras cosas, por supuesto.

Pero claro… el amo Bruce está muerto.

Así, día a día alimento al cuerpo del amo Bruce, pero todo es una farsa.

Separo con fuerza sus mandíbulas y arrojo unos cuántos alimentos dentro, nada más.

También a veces le traigo el diario y enciendo la televisión.

Esa es prácticamente toda nuestra rutina.

A mí me parece una buena farsa.

Lo único incómodo es sacarlo y meterlo a la tumba al inicio y final de la jornada.

Ya no estoy en edad de hacer eso.

Por eso, de vez en cuando, me siento simplemente junto a la tumba y le hablo sobre cosas de la casa.

Consulto sobre aspectos del jardín, comento algunas reparaciones… cosas por el estilo.

Así es como ocurre, hoy en día.

Batman, en tanto, viene de vez en cuando y desprende un olor putrefacto.

Y es que no sabe que lleva un muerto, bajo el traje.

Además, se ha vuelto famoso y todos le temen, en la ciudad.

A mí, en cambio, solo me provoca lástima su situación.

Su actitud seria. Su ausencia de palabras. Su obsesión por arrastrar un cuerpo muerto, me refiero.

Y es que todo parece abandonado en él, igual que en la mansión, cada vez más vacía.

Hoy mismo, por ejemplo, murió el último perro que había sido mascota del amo Bruce.

Se había echado a morir, cerca de las tumbas, justamente.

Y claro, no es correcto de un mayordomo, pero me tendí junta él.

Por último, junté fuerzas, y cavé dos hoyos.

El perro tuvo pequeñas convulsiones, antes de morir.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Una vida hermosa.



No pensaba compartir este texto, porque era un discurso personal que me tocó dar este año, para la graduación de un curso de 4º medio, del cual fui profesor jefe. Fue un texto que decidí escribir un par de horas antes de tener que leerlo, para ser más honesto y evitar correcciones.

Sale raro escrito, porque creo que la “magia” fue poder decírselos frente a frente, incluso cambiando algunas pequeñas frases. Aquí va, de todas formas.

________________



Estimado rector, don XXX, Estimadas directoras de Estudio: XX, XX y XX. Estimados profesores y personal administrativo. Estimados padres y apoderados. Queridos alumnos.

Al final de este discurso les diré que los quiero y que les deseo una vida  hermosa.
Antes de eso, sin embargo, me gustaría explicarles de qué significados y sensaciones están rellenas estas palabras.
Para esto, les voy a pedir por una última vez –porque ahora sí es de verdad la última vez-, les voy a pedir, decía, una gran atención. Pero no una atención común, sino una atención que, para que funcione, tiene que estar hecha de afecto. Esa atención les pido. Esa atención les exijo.

I parte. Consérvate bueno.

Hace unos días les citaba una frase durante la despedida que les prepararon en párvulos. Se trataba de una frase que siempre me ha conmovido, pero que no quería usar nuevamente con ustedes pues ya la había empleado con un cuarto medio, hace un par de años. Esa frase era “consérvate bueno”. Les contaba esa vez que esa frase era dicha como despedida en sus cartas por Séneca… y que bueno, para mí esa frase resumía una actitud valiosa, que debemos tener todos… No porque sí. No porque sea bueno, ser bueno, a priori, sino porque uno es responsable, aunque no quiera, de conservarse bueno. Es responsable mientras exista alguien que espere eso de ti y crea, por cierto, que ustedes son capaces de hacerlo.
Y bueno… están acá sus padres, y estamos también nosotros para decirles que ustedes pueden y deben conservarse buenos.
De eso, y no de otra cosa, me gustaría que fueran responsables. Y claro, yo también establezco un compromiso.

II parte. Es imposible no querernos.

Hace seis años entré a este colegio para trabajar junto a dos cursos. Cuando contaba que era el 7º A y el 7º B algunos se reían, mientras me deseaban suerte. Comprendí todo cuando entré a una de las salas y alcancé a ver dos alumnos saliendo desde el interior de los casilleros donde guardaban sus cosas. Pequeños casilleros.
Han pasado seis años desde entonces y, salvo un año, hemos estado juntos siempre. Siete horas semanales hasta segundo medio. Ocho en tercero y cuarto. Tres más los humanistas. Una más de jefatura. 15 minutos extra cada día en asamblea… ¡y más encima, a veces, en los recreos!
¿Saben a qué conclusión he llegado…? Es imposible no querernos. A algunos los he visto más que sus padres… Y todo ese tiempo… todo ese tiempo frente a frente… ¡Cuántas veces habrá latido el corazón de cada uno de nosotros mientras estábamos frente a frente…! Es imposible no querernos.
Cumplimos ese rito necesario para que el afecto surgiera. Y es más, estoy seguro que si miran a su lado, o ven la imagen del curso… es imposible que no se quieran entre ustedes. Ni siquiera con el que creímos que éramos distante… ni siquiera con el que sentíamos que nos caía mal… o aquel que en alguna oportunidad pudimos, queriéndolo o no, hacer daño. Estoy seguro que si miran el uno en el otro, es imposible que no se quieran. O que no se rían recordando alguna situación… Es imposible que en el fondo, no se quieran.
No finjan que no saben eso. No se nieguen la oportunidad de un último abrazo.
No le quiten valor a todo ese tiempo que estuvimos juntos.

III parte. Una vida hermosa.

A riesgo de parecer bipolar, me gustaría ahora contradecir y superar la frase de la que hablaba en un inicio. “Consérvate bueno”, me refiero.
Y es que mientras escribía estas palabras, le he dado vueltas a esta idea y me he dado cuenta que las dos palabras de esta frase me son incompatibles.
¿Y es que saben? Ser buenos es una acción. No es algo hecho para conservarse así como esas latas, al interior de una bodega. Ser buenos no puede ser un acto tibio.
Y eso, en definitiva, es una materia que nos quedó pendiente.
Niños, ser buenos no es no ser malo. Ser bueno no es solo alejarse del daño o las incorrecciones. Ser buenos es ir más allá de eso. Intentar una y otra vez. Dar más. Entregar eso que a veces parece no ser necesario. Dar eso que a veces sentimos nos va a dejar en desventaja. Ser buenos es justamente eso: dar más de lo que nos piden. Y darlo por afecto. No como una transacción. No por una nota. No para responder simplemente o como parte de un trato. Ser buenos es otra cosa. Y esa bondad, en definitiva, es mi verdadera exigencia. Ustedes sabrán si la cumplen, pero es, si me preguntan, lo que realmente me haría feliz, desde ustedes.

Ir hacia aquel con quien nos equivocamos o hacia quien se equivocó con nosotros. Abrazar cuando te dan la mano. Perdonar dando una sonrisa. Amar y volver a intentar. Regalar aquello que realmente valoramos. Arriesgarte ante el otro. Eso es realmente ser bueno.

Creo que les conté que una vez aposté todo por un caballo que se llamaba Humanidad. Parece metáfora, pero es cierto. Fue la única vez que fui a un hipódromo y aposté todo lo que llevaba. Perdí, es cierto. No voy a adornar esa historia. Pero el corazón late distinto cuando apuestas todo por algo que se llama humanidad.

Ser padres, ser profesor… estar vivo, simplemente, también debiese ser siempre una apuesta por esa humanidad.

Nuestra responsabilidad, sin embargo, es hacer que esta humanidad sí gane. Y el premio sea entonces para todos.

¿Se acuerdan que al inicio les dije que este discurso iba a terminar diciéndoles que los quiero y que les deseo una vida hermosa?

Bueno, pues ahora es el momento:

Los quiero mucho, niños. Y les deseo una vida hermosa.


jueves, 18 de diciembre de 2014

Cosas que no recoges.



¿Te has puesto a pensar en las cosas que no recoges?

¿Has identificado el borde que existe entre aquello que recoges y aquello que no?

Lo pregunto porque me complica…

Porque no sé cómo es la forma sana de actuar ante aquello…

Y a veces me angustio, incluso, pensando en todo eso.

Así, quizá sería útil la existencia de una especie de manual.

Un tipo de informe donde se identifique el borde aquel que puede determinar mi conducta.

¿De cuánto es la moneda ante la que vale agacharse y recogerla?

¿Qué objetos podemos dejar ahí, sin llevarlos con nosotros…?

¿Un lápiz? ¿Una billetera? ¿Un aro o un prendedor en medio de la calle…?

Lo pregunto porque en mi caso solo parecen existir dos opciones:

O recojo todo, sin dudarlo, o no recojo nada, simplemente.

Puede parecer extraño, pero se debe a que lo que realmente preocupa es el juicio de valor entre uno y otro objeto.

¿Y si la moneda de $500 se ve vieja y sucia y la de $10 brilla desde el suelo, como una semilla brillante…?

¿Cuál recojo…?

Así, supongo que un poco por comodidad, otro tanto por espacio, he ido optando por dejar de lado la mayoría de las cosas.

No lo digo con orgullo, por supuesto, pero es algo que ocurre, sin duda.

Un hombre tendido a mis pies, quién sabe, podría sin embargo, obligarme a repensar mi conducta.

(O al menos una imagen, tal vez).

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Vian y el amigo secreto.



I.

Me saqué yo mismo en el amigo secreto.

Me refiero, por supuesto, a que me pasaron el papel y estaba escrito mi nombre.

Vian, decía el papel.

La ideal era devolverlo, por cierto.

Eso era lo ideal, decía, pero tras mirar a los otros decidí dejarme ese papel.

No es que fuese culpa de los otros, pero sentí en ese instante, que ese papel con mi nombre no les pertenecía.

Me lo guardé en el bolsillo y no dije nada.

Me alegré incluso, de cierta forma, y salí en busca del  regalo.


II.

No sabía bien qué regalarme.

Las calles estaban llenas y apenas podía ver lo que ofrecían las tiendas.

Con todo, no lograba sentir necesidad de nada.

Aunque claro, el calor y la multitud me invitaban a necesitar no estar ahí.

Me demoré unas cuántas horas en darle importancia a esa necesidad.

Entonces lo hice y simplemente volví a casa.

Llené un vaso con agua y varios cubos de hielo.

Mientras lo tomaba pensaba que el vaso solo tenía agua.

¿Sabrá el agua que el hielo también es agua?, me pregunté.

Entonces volví a mirar el papel con mi nombre.


III.

Cuando llegó el momento de la entrega de regalos yo me lo entregué a mí mismo.

Primero pensaron que bromeaba, pero luego comprendieron que era así.

Alguno se molestó, pero creo que se dieron cuenta que no fue un acto en contra de ellos.

Abrí el papel de regalo y adentro estaba únicamente l papel doblado con mi nombre.

Vian, decía el papel, por un lado.

Por el otro también estaba escrito.

Una única frase que decidí regalarme, en secreto.

Este soy yo.

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