viernes, 31 de octubre de 2014

¿Antonioni? No hablamos de lo mismo.


-Al final el tipo se tira desde un lugar alto, al que se llegaba por escaleras curvas… una mujer le gritaba, desde abajo… creo que atrás pasaba gente corriendo hacia algún sitio.

-¿Qué es eso…? ¿Un sueño?

-No… O sea, no sé bien… A mí me suena más bien al final de una película, en blanco y negro, quizá…

-¿Recuerda algo más?

-Algo concreto no… aunque me parece que ellos no se veían hace tiempo… deben haber sido pareja, antaño… él parecía haber andado perdido mucho tiempo…

-¿Y dijo en blanco y negro?

-Sí. Me parece que sí. Tal vez un piano, de fondo.

-¿Un piano en escena, o la música, solamente?

-No… música no más… puede que humo, también… no recuerdo bien.

-Mmm…

-¿Te suena a algo?

-No sé, no estoy seguro, pueden ser hartas cosas…

-También me acuerdo, o tengo la sensación al menos, que el hombre se comunicaba extraño, y como que fracasaba por eso… me refiero a que deben haber habido otras historias amorosas, en la historia… y desgano… todos corren o gritan y el sube y se lanza…

-¿Segura que él se lanza?

-Sí. La mujer le grita de abajo para que no lo haga. Él se lanza. Ella sufre. Creo que es así.

-Si es lo que yo recuerdo no es así.

-¿Y qué recuerdas?

-Antonioni. Todo a medias, eso sí… solo imágenes sueltas.

-¿Y qué pasa, según tú?

-Él no se lanza. Supongo que no sabe cómo ser honesto. Sube para recordar algo, para buscar algo, supongo, atormentado. Está agotado. Ella dice su nombre, nada más. No creo que tenga algo más que decirle.

-¿Entonces no se cae?

-Sí se cae, pero no se lanza. Está agotado, nada más. Se tambalea al verla. Supongo que también se siente egoísta. No logra salir de sí mismo ni entablar relación con nadie.

-¿Intentaba con otras mujeres en la película?

-Sí. Con una chica de un pueblo cercano. Con una que tenía una gasolinera. Con una prostituta. Eso recuerdo, al menos. Pero lo que sí estoy seguro es que perdía todo. Aunque todo, a la vez era posible, antes de perderlo.

-¿Y por qué lo perdía?

-No sé… Tal vez esa haya sido la clave. No unirse a los otros, quizá, como en el final…

-¿En el final?

-Sí, es que me parece que en el pueblo se estaba luchando por algo… les estaban robando algo también, según recuerdo…

-Parece que no estamos hablando de lo mismo.

-Puede ser. Aunque de cierta forma tenía puntos en común…

-Sí… Supongo que así es siempre.

-Claro. Nunca se habla de lo mismo, en el fondo.

-No me refería a eso.

-Pues ya ves.

-¿Ya veo qué?

-Nada...

-Además yo creo que caer así, como tú dices, es solamente otra forma de lanzarse.

-No lo creo así. 

-Ya lo sé...

-Pues ya ves. No hablamos de lo mismo.

jueves, 30 de octubre de 2014

Voy de paso.


I.

-¿Viene usted de lejos?

-¿Yo?

-Sí, usted. ¿Viene de lejos?

-Pues no sé…

-¿No sabe desde dónde viene?

-No, no es eso…

-¿Y entonces?

-No sabría decirlo.

-…

-Eso es todo.


II.

-Fui marcando árboles por el camino… No sé bien por qué lo hice, pues no pensaba regresar…

-…

-Me refiero a que siempre se marcan para reconocer el camino de vuelta, pero yo creo que en realidad quería asegurarme de ir avanzando, ya sabes…

-¿Para no pensar que estás pasando por el mismo árbol?

-Puede ser… Aunque creo que era más bien como una señal…

-¿Una señal para otros?

-No. Una señal propia. Como ir tickeando una lista de cosas por hacer… aunque con los árboles no exista necesariamente un final de lista…

-No te entiendo una mierda.

-No importa. Ya está. Yo estoy en otra cosa.


III.

-Mira… esta foto es en el camino que está dentro del Pumalín… ¿te lo conté que lo caminé en toda una noche?

-No.

-Eran como 40 kilómetros, iba con un amigo… pero sabes, lo que más recuerdo era que no se podía salir del camino…

-…

-O sea, había una especie de selva muy espesa, era imposible meterse ahí… Recuerdo que yo iba nervioso por eso, aunque no lo decía… La sensación de no tener opción de salir del camino, me refiero, aunque no quería hacerlo, tampoco…

-Puta que eres enredado, hueón…

-No sé, yo creo que no es eso…

-¿Y entonces?

-Entonces tal vez sea como el camino ese, o sea, solo puedo mandar mis palabras por ese camino… pero eso desespera y a veces te cansas un poco.

-Sigo sin en tender una mierda, hueón.

-No importa, igual solo pasaba a saludar. Voy de paso.

miércoles, 29 de octubre de 2014

¿Tengo cara de pescado?



Me encuentro con una amiga a quien no veía hace tiempo, de casualidad, cerca de una librería.

Un encuentro normal: saludos, tanto tiempo, en que andas, cosas de ese tipo.

Sin embargo, justo antes de la despedida lanza una pregunta extraña.

-¿Tengo cara de pescado? –me dice.

Yo no sé qué responder.

-¿Tengo o no tengo…? –insiste-. Dime no más, si no me enojo…

-Eh… no, creo que no… -contesto.

Entonces ella me mira como si le estuviese mintiendo, y me cuenta una historia.

-El otro día salí con un tipo –comienza-. Amigo de una amiga… Un tipo que se reía y bromeaba harto y que me había resultado bastante agradable alguna vez anterior, que coincidimos en grupo… El punto es que estábamos a solas, tomando algo, cuando él se queda largo rato mirándome y me pregunta si soy piscis… Y claro, yo le dije que no, pero le pregunté por qué me consultaba eso… y él me dijo que era porque yo tenía cara de pescado…

-Pero habrá estado hueveando…

-Eso decía él, que era una broma tonta… pero como yo me puse a llorar todo se puso un poco más serio… fue un desastre…

-¿No creíste que era una broma?

-No… O sea, era una opción, pero yo siempre me había sentido algo distinta, o hasta actitud rara… y él viene y justo me dice lo del pescado…

-¿Y sería tan malo tener cara de pescado?

-Pero es que es de pescado, po Vian… Por último hubiese sido de pez, pero era de pescado…

-No te entiendo.

-Que por último hubiese sido de pez. Palabra que no me hubiera enojado… Un pez está vivo, me refiero… no ha picado… un pescado ya cayó en la trampa…

-Ya –digo yo.

-¿Te puedo hacer entonces de nuevo la pregunta?

-Ok.

-¿Tengo cara de pescado?

Yo guardé silencio. Medité bien qué contestar, antes de hacerlo.

-Sí, de pescado –le dije.

Ella pareció entristecerse, y guardó silencio.

-Pero… -alcanzó a decir.

-De pescado, no de pez –interrumpí-. Uno que se pescó a sí mismo por la cola y se lanzó fuera del agua.

Ella guardó silencio y me miró de cerca, como si calculara algo.

Finalmente, me pegó una cachetada y se dio media vuelta, alegando.

-¡Mentiroso de mierda! –me dijo-. Estay cambiado, hueón… más agresivo…

Dijo unos cuantos insultos más y se fue, simplemente.

El vendedor de la librería salió a mirar qué ocurría.

Me miró molesto.

Ya no podré pedir rebaja.

martes, 28 de octubre de 2014

Una especie de fuerza.


De vez en cuando la página en blanco tiene una especie de fuerza.

Cierta presión que impide que los signos aparezcan y que alguna frase, por pequeña que sea, se establezca con sentido.

No sé bien por qué ocurre, pero cuando sucede, pienso que está a punto de revelarse algún secreto.

A veces ocurre lo mismo con algunos pasos, o con el momento preciso en que debemos levantarnos o hasta acercarnos hacia un otro.

Pues bien, debo reconocer que me ayuda pensar que la dificultad oculta algo… una especie de recompensa, si se quiere, cuando el iniciar ese primer signo es más difícil.

Por otro lado, hasta la traza más pequeña puede a veces ser un signo… y hasta en el signo más pequeño –como decía Wingarden, cuando se ponía cursi-, pueden esconderse importantes significados.

Parecen frases hechas, es cierto… pero no deja de ser verdad que necesitamos significados, pues son estos, en definitiva, los que permiten establecer vínculos con aquello que nos rodea.

“El significado no es distinto del sentido” decía un profe, que recuerdo de vez en cuando.

Y claro, puede que hasta agradezca ese freno que mencionaba en un inicio. Esa fuerza.

Y es que es así, en definitiva, cómo nos entrenamos y nos damos cuenta que carecemos de un discurso que fluya… ¡aún nos queda ese secreto…!

¿Qué decía…?

¡Ah… sí!

De vez en cuando la página en blanco tiene una especie de fuerza.

lunes, 27 de octubre de 2014

La tragedia sería otra.


Ella iba todos los días a la biblioteca porque estaba trabajando en unos comentarios a la aritmética de Diofanto. Yo generalmente estaba en otra mesa esperando que llegara o buscándola entre los otros estudiantes del lugar. Nunca racionalicé mi conducta, pero supongo que me gustaba. Podría aceptar eso, al menos. Sabía lo que hacía pues me lo contó una bibliotecaria quien además me prestaba los libros que ella sacaba. Un día ella me vio con esos libros y se me acercó. Fuera de la biblioteca, me refiero. Ella estaba con un gato ciego que se llamaba Isidoro. El gato me arañó una mano y me hizo daño. Ella ni siquiera se fijó. Estaba obsesionada con que alguien más se interesara en la obra de Diofanto. Yo confesé de inmediato que no me interesaba Diofanto sino ella. No sé cómo me atreví pues suelo ser tímido. Ella se mostró alegre, pero cambió su actitud. Me preguntó cosas para haber si había entendido las propuestas del matemático y me propuso que volviéramos a juntarnos. Nos juntamos seis o siete veces. Siempre hablábamos de números. La acompañé a unas clases de matemáticas y ella me acompañó a unas borracheras. Isidoro se encariñó conmigo y supongo que ella también. Un día nos besamos, pero resultó extraño. Fue como una cifra errónea. Tácitamente decidimos no volver a hacerlo. Dejamos de juntarnos, pero yo seguía sacando los libros que sacaba ella y la bibliotecaria me confesó que ella también pedía los que leía yo. Se fue a hacer un doctorado en Francia y me mandó una postal. Ella estaba en un balcón, con Isidoro. Creo que se quedó haciendo clases allá. El otro día encontré su Facebook y descubrí que tenía una foto mía junto a ella, en la facultad. Era la única foto que tenía en que salían personas. La foto estaba intervenida y yo tenía dibujado un número 220 y ella un 284. Lamentablemente, no tenía actividad en esa cuenta desde hace algunos años. También la busqué de otras formas y en todas hay un corte abrupto hace aproximadamente 4 años. Supongo que algo le pasó. No sé por qué, pero imagino que algo trágico. A veces sueño que la veo, en la biblioteca, tomando apuntes. Otras veces pienso, que de no habernos conocido, su historia sería otra. Y claro, la tragedia, en definitiva, sería otra.

domingo, 26 de octubre de 2014

¿Podría responder unas preguntas?


No me gusta responder encuestas, pero también me cuesta decir que no. Por lo mismo, trato de estar atento y esquivar antes de que el entrevistador se acerque.

Esta vez, sin embargo, fallé en el reconocimiento. Así, solo me quedaba la opción de la negativa.

-¿Podría responder unas preguntas?

-No. Voy apurado

-¿Siempre va apurado?

-Sí.

-¿Acaso trabaja los domingos?

-No.

-¿Y los sábados?

-Tampoco.

-Muchas gracias.

Frené.

El entrevistador anotaba en un papel mis respuestas.

-Eso no puede haber sido una entrevista –le dije.

-¿Cree que no lo fue?

-Exacto.

-¿Y qué cree que fue?

-No sé… una broma.

-¿Una broma de buen o mal gusto?

-De mal gusto…

-¿Podríamos decir entonces que no le gustan las bromas?

-Sí…

-Gracias nuevamente.

El entrevistador llenaba otra hoja y yo me llenaba de rabia.

Me concentré para no caer nuevamente en la trampa.

-¿Me está hueveando?

-¿Lo cree usted?

-No lo sé, por eso lo pregunto.

-No sabe.

-¡Le pregunté si me está hueveando…!

-¿Qué cree usted? ¿Le cuesta distinguir lo que creen los otros?

-…

-No contesta –dijo el hombre, mientras marcaba en otra hoja.

-No estoy contestando su encuesta…

-¿No?

-No.

El hombre volvió a marcar.

-Gracias –me dijo.

Esperé y traté de meditar mi reacción.

Una pelea era demasiado absurda, pensé, además el tipo está haciendo su trabajo.

Por otro lado, un simple reclamo tampoco me convencía… Además ni siquiera sabía si era válido alegar para que no me entrevistaran.

Al final opté por atacarlo con su misma estrategia.

-¿Puedo hacerle yo unas preguntas?

-¿Usted?

-Sí.

-¿Y quién es usted?

-Vian.

El hombre volvió a anotar en un papel.

-Gracias –me dijo-. Ese dato me faltaba.

Fue entonces que comencé a hablar largamente sobre lo molestas que me son las entrevistas, con el convertir nuestra opinión en cifras, con que llenen recuadros… Con sentir que parte de lo que soy queda así en unas cuantas equis en cuadritos uniformes…

El hombre, sin embargo, seguía anotando, como si todo lo que yo dijese pudiese ser recogido para llenar sus archivos.

Hablé un rato más, mientras la gente observaba, solo para desahogarme.

Luego respiré hondo y traté de calmarme, para retomar mi camino.

El hombre también dejó de anotar.

-Usted no entiende –fue la última frase que le dije, antes de irme.

El hombre esperó a que me diese media vuelta, para contestar.

-Nadie entiende –señaló-. Por eso preguntamos.

sábado, 25 de octubre de 2014

Tal vez en Lisboa.


Todo empezó porque estaba lloviendo. O más bien, porque estaba lloviendo y no me mojaba. Me refiero a que salí fuera porque estaba lloviendo y entonces descubrí que no me mojaba. Sí, así fue. Pensé entonces que estaba en un sueño, pero luego me dije que no. Debo haberme pellizcado o hecho alguna de esas cosas que recomiendan hacer para demostrar que no estamos dormidos. Así, convencido que estaba despierto, caminé por una calle y vi como caía la lluvia y no me mojaba. No sé bien como llegué entonces a entender lo que realmente sucedía. Yo no estaba ahí. Yo estaba en otro sitio. Me senté en un banco, bajo la lluvia y comencé a analizar dónde, realmente, podía encontrarme. Cerré los ojos. Creí percibir una temperatura agradable, algo cálida. Calculé 25 grados. Podía buscar en internet sobre los lugares en que hubiese esa temperatura, pero era un dato muy vago. Por lo mismo (para obtener más datos y descubrir la región en que me encontraba) intenté aguzar más mis sentidos. Así, logré percibir un olor a guiso de verduras… y me pareció escuchar una palabra en portugués. Seguí concentrado. Me pareció escuchar el tránsito de un tranvía. También creí oír pisadas sobre piedra. De vez en cuando otros murmullos. Estoy en Portugal, concluí. Tal vez en Lisboa. Respiré hondo. Me alegré de probablemente estar ahí.  No sé cuánto tiempo más estuve así. Intentando oír algo más. Oler algo más. Sentir… Debo haberme quedado dormido poco después. Estoy seguro. Me desperté ya de amanecida, sentado en una banca. Todo lo que me rodeaba estaba mojado, por la lluvia. Todo menos yo. Me levanté. Salté unos charcos, por costumbre.  Volví a mi habitación.

viernes, 24 de octubre de 2014

Un río que ya no existe.



Tengo fotos bañándome en un río que ya no existe.

Salgo horrible y hasta estoy desenfocado, pero ese no es el punto.

El punto es, como decía, que tengo fotos bañándome en un río que no existe.

Quizá ahora, por lo mismo, ni siquiera cuente como haberme bañado.

Así, me despido de los cuestionamientos de Heráclito y me acerco a otras ideas más básicas.

La desaparición de los caminos por donde alguna vez transitamos.

Y claro… recuerdo haberme preguntado lo mismo alguna vez viendo fotos en la nieve.

O hasta esas fotos con amigos, que lamentablemente, también se han ido.

Lo peor de todo, sin embargo, es la falta de explicaciones.

Y es que exceptuando la nieve, no sé qué ha pasado con el río.

Y bueno, de los amigos muertos, también me quedan importantes cosas que comprender.

Por lo mismo, a veces me es inevitable, sentir cierto miedo al bañarme en otro río.

O miedo al establecer nuevos vínculos, o hasta caminar en la nieve.

Y es que quiero reconocer sitios en los que he estado.

Poder regresar al río o llamar simplemente a esos amigos.

No es imple cobardía, sin embargo.

No se trata solo de eso.

Se trata más bien de no poder dormir porque buscas apoyar la cabeza en una almohada que no encuentras.

Así, de cierta forma sientes que te robaron el descanso.

Que te arrebataron la posibilidad de un abrazo.


Y claro... hasta la posibilidad del regreso.

jueves, 23 de octubre de 2014

Rascarse las propias plumas.



Un alumno me pide que interceda con su madre e intente, de alguna forma, que ella deje de usar adornos de plumas, en su cabeza.

Mi alumno lo pide principalmente porque este año tienen una cena de gala y un par de encuentros importantes con apoderados en los cuales, según él, no quiere pasar vergüenza.

Si bien le digo que no lo haré por una serie de razones que aquí no vienen al caso, me resulta imposible no fijarme que, al menos a partir de la reunión de hoy, parte de la sensación de incomodidad de mi alumno parece tener importantes fundamentos.

Esto, ya que la apoderada en cuestión –a quien yo no conocía pues siempre me entrevisté con el padre-, llega a la entrevista con un arreglo de plumas que excedían fácilmente los 20 centímetros sobre su cabeza.

-Vengo a pedirle un favor –me dijo la apoderada luego de las palabras habituales.

Yo, seriamente, le indiqué que continuara.

-Vengo a pedirle que interceda con mi hijo –continuó-. Que lo convenza para que en las últimas actividades con sus padres pueda venir de la forma que le corresponde.

-¿Formalmente, se refiere usted? –pregunté.

-Sí, formalmente –señala-. Y con plumas en la cabeza.

Yo asiento mientras finjo tomar notas en un cuaderno.

-Es una tradición familiar –me explica, como si fuese una fórmula-. Cuatro generaciones. Todos heredamos las plumas. Todos las hemos usado.

-¿Y ha hablado con su hijo al respecto?

-Dieciséis veces, profesor.

-Mmm –digo yo.

Entonces la mujer se pone a detallar varias de aquellas dieciséis conversaciones en las cuáles ha intentado convencer a su hijo de la importancia de portar aquellos accesorios.

-Entiendo –digo yo, cada cierto tiempo.

Mientras pienso qué decir, sin embargo, y al mismo tiempo que escucho a la mujer mencionar una serie de extraños pormenores, no dejo de mirar las plumas que están sobre su cabeza y decirme una y otra vez que no comprendo nada, junto a una serie de otras reflexiones.

Es como sucede siempre, me digo, una serie de creencias y tradiciones y uno en medio intentando fingir que comprende y además, tiene sus propios problemas solucionados. Sus propias plumas, por así decirlo.

Así, mientras pienso en eso, comienzo a decirle algunas frases tranquilizadoras tomadas de algún libro de Wingarden y hasta le aconsejo bíblicamente que converse con su hijo 16 veces 16…

Minutos después, finalizando la entrevista, la apoderada me agradece la atención y hasta me señala que me enviará un accesorio de plumas exclusivo, para que pueda usarlo en alguna ceremonia final de este año.

-Así podremos motivar de mejor forma a mi hijo, ¿no cree? –me dice, mientras se despide.

Y claro, yo también le agradezco, como siempre, la incomprensión.

miércoles, 22 de octubre de 2014

El milagro, pero no el santo.



Se cuenta.

Se espera.

Y a veces no.

Ese es el milagro.

Sobre todo cuando no se espera.

Cuando la mañana.

Cuando la nieve en pleno verano.

Cuando piensas que estás lejos.

Aunque no.

No es cuestión de ejemplos.

Se cuenta, simplemente.

Cuando respiras.

Cuando esperas.

Cuando no sucede nada.

Ese es el milagro.

¿Se entiende?

Ella no llegaba, pero había un viento fresco.

Incluso sol.

Incluso lluvia.

Pensabas que morías y viviste.

Y el reloj avanzó y las horas.

Y comprendiste que antes no habías comprendido.

Se cuenta.

Algunos esperan.

Cuando encuentran una forma en una nube.

Cuando anudan la corbata.

Cuando preparan huevos revueltos.

Ese es el milagro.

Nada sabes del santo.

No importa que no sepas.

Se cuenta que tal vez, incluso.

Que el santo no fue hombre.

Que no erró.

Que pidió el milagro para otros.

¡Pobre hueón, el santo!

Mejor no saber el nombre.

Mejor que no me hablen.

Que su historia sea para un dios de porcelana.

Puedes subirte a un árbol y mirar a la distancia.

Aguzar el oído hasta escuchar un río.

Cerrar los ojos hasta escuchar un nombre.

Ese es el milagro.

Olvidarlo.

Con amor, incluso, olvidarlo.

Eso se cuenta.

Ese es el milagro.

Eso se espera.

martes, 21 de octubre de 2014

El tipo ese, de verde, o el Teorema de los infinitos monos.


Lo intenté y no se puede, pero ojalá este texto pudiese tener dos puntos de partida.

Uno de esos puntos sería una referencia breve del teorema de los monos infinitos propuesto por Emile Borel en 1913, donde se afirma, en primera instancia, que es prácticamente seguro que un mono que pulse teclas al azar en una máquina de escribir durante un periodo infinito de tiempo pueda escribir un texto finito particular, como la Biblia.

El otro punto de partida, viene a ser la descripción de una imagen que me tocó ver hoy en el centro de Santiago mientras se filmaba una escena en la que un tipo vestido enteramente de verde llevaba un mono de peluche colgando de una especie de caña –también verde-, simulando que el mono volaba por el frontis de distintos edificios, en medio de la multitud.

Ahora bien, -más allá de la referencia al mono, que alguien podría mencionar como vínculo entre los dos puntos de partida que me hubiesen gustado que tuviera este texto-, me gustaría destacar que entre ambos “inicios” no reconozco vínculo alguno, o al menos no un vínculo consciente.

Otra cosa que intenté y que también comprobé que era imposible, fue seguir con las breves referencias a los distintos ámbitos que aborda este texto, a un mismo tiempo.

Por lo mismo, me gustaría agregar en primera instancia, respecto al supuesto mono dactilógrafo, que la disminución de variables bajaría drásticamente si hiciéramos algunos cambios en la propuesta. Por ejemplo: dos o más monos frente a distintas máquinas de escribir, o la eliminación de teclas numéricas y algunas secuencias de consonantes que no posee nuestro idioma.

Así también, aunque por otro lado, me gustaría señalar que el hombre de verde que portaba el mono de peluche, siguió vestido de la misma forma incluso después de terminar la grabación, mientras guardaban equipos y se alistaban para irse del lugar. Así, teniendo en cuenta que la vestimenta de verde lo condena a ser borrado de la edición final de esa escena, no pude evitar pensar que el hombre parecía estar dispuesto a ser borrado también de otros sitios.

Por último, -ya a solas, escribiendo este texto donde por lo general suelo vestirme de verde-, estaba pensando que de contar con infinito tiempo, bien podría cambiar mi biblioteca por una legión de monos que fuesen (re)creando así, aleatoriamente, una especie de biblioteca total, donde se contengan no solo todos los libros que existen actualmente, sino todos aquellos que ya se han perdido en la historia y hasta los textos por venir.

...

Ya ve, querido lector, que no somos tan importantes, después de todo.

lunes, 20 de octubre de 2014

Recitando Pi.



Como tenía buena memoria y cierta habilidad con los números, ocurrió que unos amigos me hicieron inscribir en un concurso para memorizar dígitos del número Pi.

Así, medio borrachos, en la Universidad, estuvimos unas horas memorizando los que pude hasta que comenzó el concurso.

Antes de empezar, sin embargo, nos mostraron un documental que hacía referencia a un extraño fenómeno que podría resumirse de la siguiente forma: el número pi puede ser memorizado de mejor forma que cualquier otro número de grandes cifras.

Es decir, si intentáramos memorizar un único número extenso, tenemos mayor probabilidad de memorizar los dígitos que forman el número pi, que los de cualquier otra cifra.

Suena a mentira, pero les invito a probar y verán que es cierto.

De hecho, el récord mundial para a memorización de un número distinto al de pi, llega a las 3327 cifras, mientras que el número pi pudo ser memorizado hasta los 100.000 dígitos por el japonés Akira Hiraguchi.

En una entrevista a este personaje, que vi luego en otro documental dedicado a la obtención de su récord, se buscaba indagar en las razones de este fenómeno, ya que no existe patrón alguno en pi como para poder facilitar su memorización.

A este respecto, el japonés del récord explicaba que para memorizar el número, había debido “vaciar su mente de todo lo demás”, e imaginar que el número en cuestión posee un ritmo, una especie de fuerza interior poética que lo lleva, casi inconscientemente, a decir el decimal futuro, como si fuese una consecuencia lógica… “la cadena íntima de una sensación”.

Así, Hiraguchi señalaba que fue el cansancio y la desconexión afectiva, lo que llevó a dejar de recitar aquel número, luego de las 16 horas que duró la obtención de ese récord.

Por otro lado, dicha explicación, por asombrosa que parezca, ha sido dada también por otros que han tratado de batir el récord, señalando continuamente que no se trata, finalmente, de un experimento de memorización de números, sino de la “correspondencia perfecta con una experiencia” (Teshigahara, 2004) o “la repetición de un murmullo natural que se escucha cuando el silencio mental es absoluto” (Wingarden, 2001).

Ahora bien… lejos de conseguir entrar en esta armonía y muy lejos de una capacidad mnemotécnica importante mi experiencia en el concurso fue desastrosa, pero la recuerdo igualmente con orgullo y nostalgia.

Y es que lejos de intentar sumar una cantidad importante de dígitos, recuerdo que cuando me acerqué al micrófono la vez aquella del concurso, solo dije una pequeña palabra:

-Pi.

Me calificaron con 0, por supuesto, pero de cierta forma intuí que había renunciado a comprender un secreto y me sentí más ligero, más alegre incluso… más cercano a lo que debiese ser, estoy seguro, nuestra verdadera naturaleza.

domingo, 19 de octubre de 2014

Bajar de la cumbre.



Dos hombres suben a una cumbre. Usted le pone nombre a la cumbre y yo le pongo nombre a los dos hombres: Glucindo y Flenario.

Respecto a la llegada a la cumbre aclarar algunas cosas: Glucindo llegó primero y se ve alegre. Flenario llegó segundo, pero no le importa.

Con todo, Flenario no se ve tan alegre como Glucindo. Si quiere usted averiguar la razón puede subir y preguntarle. Yo, desde acá, me invento algunas respuestas.

-No estoy triste ni alegre –dice Flenario-. Es solo que pienso, y pensar a esta altura…

-¿Le afecta a usted la altura, Flenario? –pregunto.

-A Flenario no le afecta la altura –interrumpe Glucindo-. Flenario se refiere a estas alturas de la vida, ¿no es así?

-Es así y no es así –señala Flenario-. Pero déjenme descansar un poco.

Yo lo dejo.

Glucindo y Flenario dejan sus mochilas y se tienden un rato, en la cumbre.

Luego, ambos se ponen de pie y contemplan el horizonte.

 -El problema es este –dice entonces Flenario-. El problema es bajar de la cumbre.

-¿A qué se refiere usted? –indaga Glucindo.

-Al para qué –responde Flenario-. Me refiero a que teníamos una finalidad al subir, pero no sé realmente para qué bajar.

-¿No lo espera nadie allá abajo, Flenario? –vuelve a preguntar Glucindo.

-Me esperan y no me esperan –dice Flenario-. Pero que te esperen no es una finalidad, de todas formas.

Ambos se quedan en silencio y vuelven a contemplar el lugar.

-A mí también me pasa –dice entonces Glucindo-. Trato de no pensarlo, pero siempre que llego a la cumbre y pongo una bandera pienso que abajo no es lugar para clavar una bandera…

-¿Por qué? –pregunto yo.

-Porque abajo la bandera no significa nada –responde Glucindo-. De hecho, casi todo significa nada…

-Tal vez debiésemos todos vivir en una cumbre, -dice entonces Flenario-. Por un tiempo al menos. Vivir y no vivir, me refiero…

-¿Quiere usted ir turnándose de la cumbre al valle, y cambiarse justo antes que comience aquello a perder significado? –pregunta Glucindo.

-Quiero y no quiero –dice Flenario-. Pero ante todo no quiero bajar. No esta vez, al menos.

-Comprendo –dice Glucindo.

-Miente – dice finalmente Flenario-. Usted comprende un poco, pero ante todo no comprende.

-Tal vez sea cierto –reconoce Glucindo.

-¡Por supuesto que es cierto! –digo yo.

Y claro, recién ahora, usted le pone nombre a la cumbre.

sábado, 18 de octubre de 2014

Globos de colores.


I.

-Junto al mago, en el escenario –me dijo-, había un montón de globos. Unos cincuenta, digamos. Todos de diferentes colores.

-¿Cincuenta colores diferentes? –pregunté.

-No… o sea, muchos colores distintos –aclaró-, pero deben haberse repetido algunos…

-Ah –dije yo.

Entonces ella me contó que aquella vez, en la función, habían vendado varias veces al mago y le habían puesto además una caja en la cabeza. Luego, le habían pasado al público los cincuenta globos, que debían reventar, de a poco, en el orden que ellos quisieran.

Así, a medida que los reventaban, el mago interrumpía y decía: ese globo era azul o ese globo era amarillo… sin fallar en ninguna oportunidad.

-Yo me acuerdo que reventé uno blanco –me dijo ella-, y que el mago adivinó enseguida.

-¿No falló en ninguno de los cincuenta globos? –le pregunté.

-En ninguno –contestó.


II.

Comencé a ensayar el truco esa misma tarde. Compré globos de cuatro colores distintos, pero mis marcas fueron penosas. Creo que le acerté a dos, de quince, nada más.

En cambio, llegué a descubrir que me producía angustia escuchar como reventaban los globos, así, sin razón.

-¡Pobre globo…! –dije al final-. No sigamos con esto…

Y claro, esa vez quedó un único globo rojo, que soltamos al final del experimento.


viernes, 17 de octubre de 2014

Nada de esto tendrá significado mañana.



I.

-¿En qué piensas?

-En nada.

-No te creo.

-O sea, pienso en leseras, cosas sin importancia…

-¿Por qué “sin importancia”?

-Porque nada de esto tendrá significado mañana.

-¿Nada de qué?

-No sé… nada de esto…


II.

-¿Se podrá guardar el significado de las cosas?

-¿Cómo?

-Si crees que se pueda guardar el significado de las cosas…

-No te entiendo.

-No me refiero a las cosas mismas, ni a los recuerdos, sino al significado que tienen las cosas…

-¿El significado de las cosas cuando nuestra existencia se encuentra con la existencia de ellas?

-Sí… algo así…

-Pues no creo… o sea, el significado de las cosas no está en las cosas sino en nosotros… o en nosotros en relación a las cosas, creo yo…

-¿Y entonces?

-Entonces para guardar el significado de las cosas no serviría guardar las cosas…

-¿Y tendríamos que guardaros nosotros mismos?

-No. No creo que se pueda…

-¿Y entonces?

-¿Entonces qué?

-¿Puedes guardar el significado de las cosas?


III.

-¿Te acuerdas ese libro grande y viejo que compré el otro día?

-No.

-Pues resulta que encontré un montón de flores guardadas entre las páginas.

-¿Flores?

-Sí… de esas secas. Aplastadas… había un montón, entre las hojas…

-¿Y?

-Eso… que no sé qué hacer con ellas.

-…

-¿No las quieres?

-No. No sabría qué hacer con ella.

-¿Y botarlas?

-No sé… algo deben de haber significado…


IV.

-Lo bueno es que de pura casualidad conocí a The Finches.

-…

-O sea, aún no significan mucho, pero supongo que es algo que puede llegar a tener un significado algún día.

-…

-¿Me estás escuchando? ¿Los conoces?

-…

-Bueno, no importa si no contestas, pero ponle play…

-…

-Ah, y de paso, olvídate de lo que te decía antes… no era tan importante, después de todo.


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