miércoles, 31 de agosto de 2016

Aristóteles niega el instante.


-Aristóteles niega el instante.

-¿Qué?

-Que Aristóteles niega el instante.

-¿Qué instante?

-Cualquiera. Digamos que niega la realidad del instante, o el instante como hecho real.

-Chucha… hueón cuático…

-¿Aristóteles?

-Sí po, cuático el Aristóteles…

-Lo que pasa es que Aristóteles representa el tiempo como una línea continua, y en este sentido, al menos en el área de la física, el instante no es más que una abstracción…

-¿Una qué?

-Una abstracción.

-Ah. Una abstracción…

-Sí, una abstracción en el área de la física…

-Yo era bueno pa física.

-¿Sí?

-Sí po… el profesor nos hacía correr y dar volteretas y yo era bueno pa las dos…

-Pero eso es educación física.

-Tú dijiste eso, po hueón…

-Yo dije física. Ciencias físicas.

-Ya po, eso… y también dijiste instante… Y el profe ese nos decía siempre, ¡ya…! ¡Corra…! ¡Al instante…!

-Puede ser… pero en el caso de Aristóteles, este niega la existencia del instante… De hecho lo niega de la misma forma que es posible negar la existencia del punto al interior de una línea.

-¿También negaba esa hueá?

-Claro... Lo que pasa es que si bien acepta que el tiempo puede dividirse en los instantes que uno quiera, pero esas divisiones, eso sí, tienen una existencia abstracta… fuera del mundo real.

-Yo una vez vi en la tele un concurso japonés bien hueón… donde batían el record de dividir una torta de cumpleaños… creo que había un japonés que la partió como en dos mil porciones más delgadas que la cresta…

-Pues es más o menos eso… pero en el caso de Aristóteles, él decía que el tiempo podía partirse en infinitos instantes, pero como el infinito no existe como hecho real, cada uno de esos instantes tampoco puede tener una existencia similar…

-¿Y pa qué quería partir el tiempo en instantes?

-No es que quisiera hacerlo, pero lo hacía para demostrar algo…

-O sea que lo partía sin querer partirlo.

-No lo partía, era una suposición que tenía para demostrar algo.

-¿Y por qué mejor no suponía partir una torta, que al menos quita el hambre?

-No sé, hueón… pero concéntrate, para ver si entiendes algo.

-¿Y me concentro en este instante?

-Claro, y trata de entender que…

-Espera… ¿Aristóteles no trabajaba, cierto?

-Eh… o sea, no sé si era su trabajo, pero…

-No importa, era pa saber no más…

-¿Para saber qué?

-Eso po, que no trabajaba.

-No te dije exactamente que no trabajaba…

-Peor entonces…  si la mejor cuestión al final es decir que era cuático y punto.

-¿Aristóteles?

-Sí po… esa es la huea que tenís que decirme, así yo me cuido de ese hueón y listo.

-…

-Es que ese es el resumen po, hueón… al final la vida se trata de esa hueá…

-Espera… ¿De qué se trata la vida?

-De eso po, hueón… se trata de cuidarse de ideas de hueones cuáticos no más…

-¿De verdad eso no más?

-O sea… eso y un poquito más, en realidad… pero esa hueá apréndela solo…

martes, 30 de agosto de 2016

De los viajes de Marco Polo.


Marco Polo cuenta asombrado sobre la costumbre de algunos pueblos de casar a los hijos difuntos de dos familias. No importa si se conocieron en vida. No importa tampoco si la muerte sucedió recientemente o años atrás. Simplemente se acuerda el compromiso y se comienza el rito. Así, explica que se celebra entre los padres de ambos hijos, una ceremonia imaginaria donde pintan sobre trozos de papel un importante número de invitados, servidores y animales de hermosa contextura. Asimismo, dibujan regalos, muebles, joyas y hasta las supuestas dependencias donde podría haber vivido este matrimonio. Luego de esto, simplemente se quemaban aquellos dibujos, y las familias de los hijos muertos, según recuerdo, pasaban a considerarse como parientes entre sí.

Esta ceremonia, sin embargo, encontraba en regiones más septentrionales algunas variaciones que derivaban incluso en una extraña profecía. Dicha profecía hablaba de dos ancianos de sexos opuestos que vivían en lo alto de dos cumbres hermanas entre sí. Cada uno de ellos, dedicaba su vida a dibujar a sus descendientes y sus distintas posesiones. Así, desde pequeños utensilios, ropas, servidores y viviendas, los dibujos de ambos ancianos iban creciendo en magnitud llegando a desarrollar pequeñas villas, pueblos y hasta imperios, que crecían incluso en herramientas, artes y tecnología, al interior de los dibujos.

De esta forma, señala Marco Polo en su libro de viajes, mientras la costumbre del dibujo sustituía a la de la verdadera descendencia –puesto de la belleza de los dibujados sobrepasaba con creces los vicios de los nacidos-, se vaticinaba el final de la vida del hombre en el mundo, quedando al final solo esta pareja de ancianos distantes entre sí. Una especie de últimos Adán y Eva que dan testimonio de lo que el mudo pudo ser y que no se consuman, como pareja, condenándonos de esta forma a la extinción, aunque haciendo nacer, al mismo tiempo, un mundo de imágenes perfectas e imperecederas.

lunes, 29 de agosto de 2016

Se caen los demás de sí mismos.


Se caen los demás de sí mismos.

De sus creencias se caen.

De lo que dicen que son.

De lo que dicen que sueñan.

De lo que dicen que aman.

Nadie les dice que mienten.

Ya no saben siquiera que caen.

Parecen seguros.

Creen que sus huesos los sostienen.

Pero no se preguntan qué sostiene al hueso.

Por eso caen de sí mismos.

Por eso y porque su sí mismo no está adherido a sitio alguno.

Días sin horas.

Cristo sin cruz.

No tienen donde asirse.

Yo casi los comprendo.

Lamentablemente los comprendo.

Y es que si soy sincero.

No estoy aquí pa levantar hueones.

Disculpen que lo diga así, pero no voy ya con eufemismos.

Hoy estoy cansado.

Tal vez los decepcione.

Pero yo mismo cuelgo apenas de mí mismo.

Las creencias están débiles.

El amor está muy lejos.

Los sueños cuelgan siempre de la última hebra.

Estoy cansado.

Lo diría de otra forma, tal vez, pero no puedo.

Y es que eso es lo que se oye cuando se acaban los adornos.

Cuando los otros no resisten la farsa.

Cuando se vienen abajo, sin más.

Así se caen los otros.

De sus creencias se caen.

Y así el mundo, a fin de cuentas, parece cada vez 
más indestructible.

domingo, 28 de agosto de 2016

No voy a golpear el tambor.


No voy a golpear el tambor.

Esos son golpes perdidos.

Fuerza que se aleja sin más.

Semillas arrojadas al desierto.

Pueden, por tanto, dejar de fingir.

Todos sabemos que el tambor está vacío.

Sus latidos no impulsan sangre alguna.

Nadie quiere beber de esa sopa fría.


No pregunten. De todas formas estaré acá.

Y prefiero, de hoy en más, golpear al aire.

Arrojar piedras a lo alto.

Escupir en todas direcciones.

Esto es lo que quiero hacer.

Escojo amar a la mujer estéril.

Buscar el mentón de Dios.

Dondequiera que se encuentre.


No voy a golpear el tambor.

No voy a participar de esas danzas antiguas.

Que los artistas bailen en torno a las hogueras.

Yo voy por los muelles agujereando barcas.

Mis huesos están secos y ya no tienen voz.

Todo lo que hay en mí se hizo cuchillo.

Saludo apenas, al pasar.

E intento abrazar volteando los filos.


¿Escuchan esos ruidos allá lejos?

Ellos no te hablan a ti.

No conocen tu nombre.

Ese es el ruido de la vida quemándose a solas.

El corazón liado como un cigarro que pasa de boca en boca.

El deseo de amar no se satisface amando.

Vamos a quemar el corazón del mundo para dejar fértiles sus tierras.

Los aullidos de Dios, revelarán el camino.

sábado, 27 de agosto de 2016

Disfraces que no se arriendan.


No sé si se han fijado, pero al menos yo, tras ocho meses de retraso, he llegado a la conclusión que la gente se disfraza más en navidad que en Halloween. Son disfraces distintos, en todo caso. Disfraces que no se arriendan, digamos. Si es por catalogar, señalemos que hay disfraces variados: de buenas personas, amigos entrañables, hijo pródigo… ese tipo de cosas, me refiero. Por lo mismo -aunque no sea solo para navidad, por supuesto-, he pensado seriamente en ayudar a cubrir estas demandas. Es decir: he considerado abrir una tienda de disfraces que no se arriendan.

Cuando planteo esta idea, sin embargo, algunos discuten conmigo argumentando que si se trata de una tienda de disfraces que no se arriendan, mi proyecto no podría ser llamado precisamente una tienda. Esto ya que, si no se arriendan, los disfraces permanecerían colgados en una especie de almacén o amontonados en un simple lugar de guardado. Por lo mismo, me han sugerido –quizá con cierta ironía, lo admito-, en que considere cambiar el nombre de mi proyecto por Bodega de disfraces que no se arriendan.

Con todo debo reconocer que no encuentro tan absurda la idea de la bodega. Y es que dejando de lado el asunto ese del lucro, el problema central no es necesariamente arrendar o no esos disfraces, sino más bien, arrendar algo real que poner dentro de esos disfraces. Y no estoy hablando de cuerpos, por supuesto.

Lamentablemente –y aquí me quito en parte el disfraz en el día de hoy-, creo que el poder instalar una tienda que cubra esas necesidades, es finalmente una tarea que excede, por lo general, nuestra voluntad más profunda. No sé si se han fijado.

viernes, 26 de agosto de 2016

Cómo nace el musgo.

“¿Vienes del cielo profundo
o sales del abismo?”
Ch. B.

Uno de sus ojos tenía, por momentos, un reflejo verdoso.

Yo miraba ese ojo.

Mientras lo hacía, tenía la impresión de mirar también cómo nace el musgo.

A lo lejos, en tanto, se oían voces que expresaban cuestiones inconexas.

La falda parece estar rasgada, por ejemplo.

No logro abrir su mano, se escuchaba en otro sitio.

Debe haber sido entonces que me acerqué un poco más y me tendí a su lado.

El ojo verdoso quedaba frente al mío.

Algo en él me intrigaba.

Así, inmóvil frente a él, decidí explorarlo.

Ya ni sé cuánto tiempo lo intenté.

Ni siquiera fui consciente de la crecida del musgo.

Y claro, tal vez por eso, fue que saqué el cuchillo.

No obstante… el musgo no salía.

Intenté con fuerza, es cierto, pero no salía.

Y sí… debo haberme puesto nervioso con todo aquello.

Con las manchas, me refiero.

Con la carne rebanada.

Y claro… de ahí en más no recuerdo hasta el otro musgo.

Las paredes y el musgo, digamos.

Eso y el ojo de piedra.

Las manos atadas.

El tiempo.

El musgo propio.

¿Lo digo más claro?

Yo vi nacer aquel musgo.

Puedo admitir eso, si quieren.

Hasta ahí puedo aceptarlo.

Mi culpa se queda ahí, sin embargo, igual que el tiempo.

Igual que el recuerdo.

Igual que estas palabras.

jueves, 25 de agosto de 2016

Pecas.


-Usted debiera tener pecas –dice él.

-¿Qué? –pregunta ella, sorprendida.

-Que usted debiera tener pecas… Ya sabe… En el rostro…

-Pues no entiendo de qué habla, disculpe, tengo prisa…

-Pues podrá tener prisa, pero no tiene pecas…

-¿Qué es lo que dice…?

-Eso: que no tiene pecas.

-Pues usted tampoco tiene.

-Pero yo no debiese tener. Usted sí. Y no tiene.

-¿Y cómo sabe usted que yo debiera tener pecas?

-Su rostro lo dice… mire… tome…

-¿Qué cosa? ¿Qué es lo que…?

-Un espejo. Observe su rostro, y vea.

-¿Qué quiere que vea?

-Vea que algo falta…

-¿Y qué faltaría?

-Las pecas, ya le he dicho… Tal vez las extravió… Debiese tener más cuidado con esas cosas.

-Pues yo no veo nada raro… tengo lo mismo de siempre…

-Entonces es peor: le falta lo mismo de siempre.

-¿Y cómo se supone que le puede faltar a uno algo que nunca ha tenido?

-Así mismo, tal como usted dice: faltándole a uno lo que uno nunca ha tenido.

-Usted ni siquiera sabe explicarse.

-Y usted ni siquiera sabe entenderse… No pude siquiera comprender su propio rostro… No puede entender  qué le falta…

-¿Y usted qué sabe de mí? ¿Acaso cree que por intuir algo y detenerme en la calle ya me comprende usted más que yo misma?

-No dije que la comprendiera a usted… yo hablé de su rostro… y de que debiese tener pecas…

-Pues entonces le doy a razón, si quiere, para poder irme… Debiese tener pecas… ¿está contento ahora?

-Esto no tiene que ver con estar o no contento.

-¡¿Y con qué tiene que ver…?!–exclama ella, molesta.

-Tiene que ver con comprender –dice él-. Solo eso.

Tras señalar esto, repentinamente, se formó entre ambos un extraño silencio.

Entonces, ella pareció tomarse un descanso, y pensó por un momento con seriedad sobre lo que él decía.

-¡Mire…! –exclamó  de pronto él, tendiéndole el espejo.

-¿Qué ocurre? – preguntó ella, más calmada.

-Ocurre esto –insistió él-. Le acaba de salir la primera peca.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Hablando de otra cosa.


El 30 de marzo del año 1986 David Foster Wallace ve Terciopelo Azul, de David Lynch.

Alguna vez lo cuenta, creo que en un texto que escribió sobre el proceso de filmación de la película Carretera Perdida, del mismo director.

Ya desde esa primera fecha, sin embargo, Foster Wallace intuiría que algo estaba presente, en el discurso de aquel cineasta.

No como parte de una construcción discursiva consciente, en todo caso, sino como una presencia comprensiva no sistematizada por parte del propio Lynch.

Dicha comprensión, por cierto, decía relación con la manera de entender el Mal, por parte del cineasta, y la inquietud que de esa misma comprensión se desprendía.

De manera algo deficiente podríamos decir que dicha comprensión entendía al mal como una posesión, y no como una característica o aspecto inherente a algún individuo.

Así, el Mal tendría una naturaleza propia, constituyéndose casi como una entidad que puede ingresar en algunos individuos.

Dicha comprensión, por cierto, también me parece coincidente con la de otros discursos artísticos.

En el ámbito cinematográfico, por ejemplo, está presente en la impresionante BerlinAlexanderPlatz, de Fassbinder, tal vez la más completa obra cinematográfica que se haya realizado en todos los tiempos.

Revelar la naturaleza del mal, sin embargo, o incluso acercarse a hacerlo tiene un gran costo asociado.

Es decir, hay que hacerlo, por lo general, como si estuvieses realmente hablando de otra cosa.

Y es más, incluso así, el miedo suele dejar pasmado a quien se acerca al mal.

Me refiero a que comprendes de pronto que debes ser tú o un ser amado, quien pague irremediablemente por tu irresponsable acercamiento.

El 12 de Septiembre del año 2008, David Foster Wallace se suicida, ahorcándose mientras su esposa estaba fuera de casa, en Cleremont, California.

Pulgares.


Soñé que no tenía pulgares.

No sé qué significa ni creo en esas cosas.

Lo llamativo es que el sueño duró mucho y la sensación fue muy certera.

Yo miraba mis manos y, sabiendo en parte que se trataba de un sueño, pensaba cómo era posible tener esa sensación de carencia.

Cómo mi cerebro creaba dicha sensación, me refiero.

Así, en el sueño, intentaba tomar cosas.

Peinarme.

Pelar una manzana.

Cosas comunes, digamos, que costaban un poco más.

Luego avanzó el sueño y me fui acostumbrando.

Podía vivir así, me refiero.

Costaba un poco más hacer cada cosa, pero no era algo de vida o muerte.

Entonces, en el sueño, pensaba qué sucedería si me faltase alguna otra cosa.

Orejas, un brazo, un ojo, las piernas.

Cosas de ese estilo, pensaba.

Y claro, pensaba también qué debiera faltarme para sentirme irremediablemente desdichado.

Irremediablemente imposibilitado de ser yo, me refiero.

De esta forma, mientras pensaba esto, creí darme cuenta que el yo se manifestaba igual.

Hablo de las conclusiones en el sueño, por supuesto.

Así, de pronto, como si conscientemente hubiese decidido comprobarlo, me encontré convertido en algo que bien pudo ser un tallo.

O el tronco de mi cuerpo tal vez.

Nada oía, nada olía, nada veía.

No tenía extremidades ni posibilidad de movimiento.

Estuve así bastante tiempo.

Nada del exterior entraba a mí para ser procesado, pero seguía teniendo una certeza: Era yo.

Y eso bastaba en el sueño.

De hecho, el yo era más fuerte cuando no había mundo alguno que no fuera el yo.

Entonces –aún no sé explicar bien por qué-, intenté quedarme el mayor tiempo posible en ese estado.

Finalmente, desperté tranquilo unas horas después. O eso me pareció, al menos.

El mundo era ruidoso y estaba ahí, al igual que mis pulgares.

lunes, 22 de agosto de 2016

El valor de las papas o el sentido de la vida.


Se dijeron muchas cosas, pero entendí muy poco. Algunos comentaron que fue un juicio largo y complicado. Yo intenté concentrarme, pero finalmente no logré captar si hablaban sobre el valor de las papas o el sentido de la vida. No fue culpa de ellos, en todo caso. A mí siempre me cuesta concentrarme. De pequeño me pasaba siempre y me llevaban al doctor. Entonces el doctor me atendía y me recetaba pastillas. Una vez se me olvido varias veces que ya las había tomado y terminé intoxicado. Mi madre lloró esa vez y mi padre no fue al hospital. Esa vez también se dijeron muchas cosas y yo entendí muy poco. Luego de eso me mandaron a vivir al campo, con unos tíos. Deben haber sido como tres años. Me dejaron tener mi propia huerta y una gallina. En mi huerta planté lechugas y unas cuántas papas. Yo las iba a vender junto a un vecino que tenía un puesto en una feria. Mis verduras eran pocas, pero a mi vecino le gustaba hablar. Era la única persona a la que podía entender, sin concentrarme. Me hablaba de una hija que vivía en el extranjero y de una plaga de ratones que tenía en casa. No me hablaba de su mujer ni de su perro, pero ambos murieron. Fue entonces que me pidió el favor ese que inició todo el problema. Yo no quería, pero él insistió y al final yo pensé que lo había ayudado a dormir, simplemente. Nunca vi nada malo en todo eso. También repetí lo que él me dijo que dijera, pero al final se me olvidó y llegó la policía. Dijeron que yo me había enojado por el dinero de las papas, pero no era cierto. También llegó una señora y habló del sentido de la vida y me hizo hartas preguntas. Respondí las que pude, pero no me dijeron si estaban bien o mal. Entre esas me preguntaron si yo creía que era bueno estar vivo y yo dije que a veces. Que cuando se es pájaro siempre, pero si soy yo a veces es regular. Mi gallina es pájaro, por ejemplo. Pero no vuela. Tampoco habla y la puedo ver sin concentrarme. Ahora tengo que esperar en una sala para que me expliquen qué pasó. Yo creo que me van a decir que no soy ni bueno ni malo y después me van a mandar a vivir a otro lado. Si hacen eso yo prefiero comerme a mi gallina para llevármela conmigo. Además ya sé matar y cocinar y no necesito nadie que me ayude. Justo ahora vienen a explicarme. También siento olor a melón. De ahí les cuento.

domingo, 21 de agosto de 2016

Uno ve lo que quiere ver.


-Ayer me pasó algo súper raro –me dijo.

-¿Qué? –le pregunté.

-Acompañé a Patricia a que retirara sus nuevos lentes…

-Eso no es raro.

-No, no lo es. Pero no he terminado.

-Disculpa. ¿Qué más, entonces?

-Es que ocurrió que tras llegar al local y mientras ella pagaba los lentes yo me los puse…

-Pues eso tampoco es raro.

 -No hueón, no es raro, pero no he terminado.

-Ok. Disculpa de nuevo. Sigue no más…

-El punto es que me los puse, me miré en el espejo, y hasta vi esos cuadros con letras de distintos tamaños… o sea, vi las letras de todos los tamaños, hasta las más chicas…

-¿Y?

-Y eso… que veía clarito con los lentes de Patricia…

-¿Y eso es lo raro?

-Claro po, hueón… O sea, yo veo bien y Patricia no ve una mierda… Sus lentes tenían un montón de aumento y sin embargo, al ponérmelos, veía clarito…

-Entonces quiere decir que también tú tienes mala la visión.

-No po, hueón, eso fue más raro todavía, pues al sacarme los lentes, también era capaz de ver todas las letras…

-¿Pero estás seguro? Para mí que estás medio ciego…

-No, hueón, si veo bien…

-Mira, ¿cuántos dedos ves?

-Me estás mostrando un florero, hueón.

-Ah. Bueno. Pero, ¿cuántas flores hay en el florero?

-No hay ninguna hueón… si veo bien… además no he terminado la historia…

-Ya, sigue no más.

-Pues eso, lo que te decía… y como me pareció raro, le dije a Patricia se pusiera ella los lentes y me dijera cómo veía…

-¿Y?

-Te estoy contando po, hueón, no me interrumpas…

-Ya.

-El caso es que ella se los puso y dijo que veía mal… Se paró frente al espejo, intentó leer el cuadro ese de las letras y no lograba ver casi nada…

-¿Y alegó en la tienda?

-Claro… pero como había pasado varios días sin lentes le dijeron que iba a tardar unas horas en acostumbrarse… y que si luego de eso tenía problemas, fuera hacia allá y se los mandaban a hacer de nuevo sin problemas…

-¿Y supiste si después le sirvieron más?

-En realidad no… estuvimos juntos como una hora más, pero seguía viendo mal…

-¿Esa es toda la historia?

-Pues sí, más o menos…

-Puta la hueá fome.

-No te dije que era entretenida, te dije que era rara.

-¿Y qué es lo raro, hueón? ¿O acaso creís que intercambiaste los ojos con la Patricia?

-No, hueón, pero cómo chucha te explicai que yo viera bien con sus lentes y ella viera mal.

-Uno ve lo que quiere ver, hueón.

-¿Y eso qué quiere decir?

-Que uno ve lo que quiere ver, hueón.

-Mejor no te cuento ni una hueá más...

-Mejor po, hueón… además si pasó lo que yo creo la historia es todavía más hueona.

-¿Por qué…? ¿Qué creís que pasó…?

-No te voy a decir… Además ahí sí que terminaría de cagar la entrada…

-¿Qué entrada?

-La entrada de un blog, lo que pasa es que voy a escribir esta hueá.

-¿Por qué?

-No sé… Ya ni sé, en realidad… Porque es la consigna, supongo.

-¿La consigna?

-Sí… ¿nunca leíste a Saint Exupery?

-No. Parce que no.

-Pues eso. Te pones los lentes de la Patricia y lo lees. Luego buscas al farolero.

-Oye, y en la entrada… ¿cómo vas a hacer para ponerle un final decente, al menos?

-Pues no lo he pensado… nunca lo pienso, en realidad…

-¿Pero crees que tendrá un final pasable?

-Sí… En realidad yo creo que sí.

-¿Y por qué crees que sí?

-¿De verdad quieres que te diga?

-Claro. De verdad.

-Pues simplemente por esto: porque soy un genio.

sábado, 20 de agosto de 2016

La señora Tania presenta un reclamo.


En el edificio donde vive la señora Tania contrataron una empresa de aseo japonesa. Hasta con trabajadores japoneses, me refiero. Todos relativamente bajos, muy bien vestidos y, sobre todo, silenciosos. Por si fuera poco ellos traen sus propios elementos de limpieza y parecen estar profundamente coordinados. Lamentablemente, la situación para la señora Tania se ha vuelto incómoda. Y es que si bien la empresa contratada trabaja a la perfección, parte de su política implica la no relación con los habitantes del edificio. Puede parecer algo menor, es cierto, pero esta no relación se manifiesta día a día de manera absoluta. Y es que podría decirse que el personal de aseo trabaja fingiendo que no están ahí. Es decir, no hablan entre ellos, no miran a nadie, ni siquiera parecen tener expresión en el rostro. Y claro, estas últimas razones son las que lleva la señora Tania hasta el administrador del edificio para pedir que haga algo respecto. Él la escucha y le contesta diciendo que todo está limpio. De hecho, le comenta que hasta ha recibido felicitaciones al respecto. Entonces, tras la insistencia, el administrador le entrega a la señora Tania una carta de reclamo. Ella la lee, se sienta y la rellena con cuidado. Mientras lo hace, observa a uno de los trabajadores japoneses que lleva incluso zapatillas blandas, para no incomodar.  Finalmente, se resigna a esperar  pasar el tiempo. No sabe cuánto, pero es mejor no desesperarse. Deja la carta de reclamo sobre la mesa del administrador y regresa a su departamento. Aunque le cuesta, trata de pensar que todo está bien. Así es la señora Tania.

viernes, 19 de agosto de 2016

El último fósforo.


Te enseñaron que había que guardar el último fósforo.

Lamentablemente, no te dijeron para qué.

Por esto, solo lo guardaste y olvidaste que era un fósforo.

Y el frío y la noche, no fueron suficientes para hacerte recordar.

No estuviste bien, en definitiva.

Tuviste frío, incluso.

Tuviste miedo.

Puedes negarlo, pero yo te observé en ese entonces.

Tú, en cambio, para verme, habrías tenido que encender lo guardado.

No siquiera lo pensaste.

No hubo opción alguna de acercarte a tomar el último fósforo.

Y el frío, entonces.

Y la noche.

Ambos llegaron y no sentiste el tiempo.

Los relojes no sonaron.

No hubo gritos.

El cansancio, incluso, llegó de otra forma.

Todo pareció, en definitiva, cooperar con el olvido.

Todo se oscureció, decía, incluida la memoria.

Y es que olvidaste, sin más, que el fuego podía mantenerse.

Y olvidaste, también, que los fósforos son menos importantes que el fuego.

Eso es lo que ocurrió, en definitiva.

Y el último fósforo quedó clavado en ti como una estaca.

Una bandera negra en medio de la noche.

Una promesa de sol en medio del frío.

Justo en el centro de aquello que eras y olvidaste.

Te enseñaron mal, pequeña, eso es lo que ocurrió.

Tú eras el último fósforo.

jueves, 18 de agosto de 2016

No es irremediable.

“El mundo ha infectado nuestra soledad”
E. C.


No es irremediable.

Ante todo es bueno tener eso claro.

No exagerar, me refiero.

Y no sufrir, por supuesto, si no se comprende.

De ahí en más es cuestión de cada uno.

Cargar un peso.

Arrastrar los pies.

Lagrimear un poco.

Digamos entonces que es parte de un proceso.

No inventemos más.

No sabemos más.

Y si alguien sabe, además, debe estar en otro sitio.

Limitémonos así a comprender lo que se pueda.

Aquello que tiene nuestro propio peso.

Aquello que está más cerca.

Después de todo, nada nos fue dado.

Nada nos pertenece, me refiero.

Y el mundo, claro está, no fue hecho para ser cargado.

Quedémonos así con las palabras simples.

Con las manos abiertas.

Con la muerte tranquila.

Incluso con el sueño que no desespera.

Y es que lo demás, en su conjunto, nos excede.

No fue hecho para ser comprendido.

O no por nosotros, al menos.

Por lo mismo, intentar aquello nos infecta.

Nos ensucia y nos lleva a olvidar otras cosas de importancia.

¿Piensas aún que es irremediable…?

Pues no voy a convencerte.

Puedes seguir pensándolo, si quieres.

De todas formas, nunca podrás mirar directo el sol.

Y es que el verdadero rostro no puede siquiera ser visto.

Y el corazón, por su parte, no puede ser pesado.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Tijeras.


Sonido.

Sonido de tijeras.

Escúchelo usted.

Debajo de todo está aquel sonido.

No dude tanto.

Intente escucharlo, al menos.

Claramente son tijeras.

Una voz, casi.

Una voz que rechina.

Una voz de tijera.

Una amenaza, incluso.

Estoy seguro que puede usted oírla.

Tal vez temerla.

No descifrarla.

De niño la oía y después ya no.

Despertaba, a veces, con la lengua cortada.

Sangre en la almohada.

Coágulos en la boca y el sonido de tijeras.

Semanas de curación.

Intenté explicarlo, pero nadie quiso oírlo.

Un doctor me dio pastillas.

Otro me acusó de estar mintiendo.

Me internaron unos meses.

No dejé de escucharlas.

Las tijeras se asustaron pues me esforcé en nombrarlas.

Reconocí intenciones.

Tal vez descifré un mensaje.

Entonces las tijeras se tomaron esto en serio.

Sus cortes llegaron de otra forma.

Eran fuertes, pero tenían miedo.

Yo, en tanto, aprendí a mentir.

Mi lengua estaba sana, pero nada decía.

Pasó entonces el tiempo.

El sonido seguía, pero casi como un juego.

Las tijeras y yo fingimos olvidarnos.

Ellas sonaban bajo y yo hablaba sin decir.

Evité denuncias.

Les resté importancia.

Relaté lo ocurrido como anécdotas varias.

Y claro, aprendí también a sonar como tijera.

Filos que cortan el vacío.

Ruidos que se sobreponen a otros ruidos.

Pueden ustedes oírlos si gustan.

Pueden hacerlo, pero no digan nada.

Y es que debajo de todo están sonando las tijeras.

Poco más –compréndanme-, puedo decir al respecto.

martes, 16 de agosto de 2016

Punto de fuga.


En otra época aquel hombre habría trabajado en un circo.

En uno de esos de fenómenos, claro.

Al lado de la mujer barbuda y el hombre fuerte, tal vez.

Aunque sería un fenómeno mucho más sutil, en todo caso.

Y es que el hombre del que hablo tenía algo notoriamente extraño, pero difícil de determinar.

De hecho, yo lo miré largo rato sin poder llegar a identificarlo.

Tal vez sus proporciones, su tamaño…

O quizá era cuestión de perspectiva.

Lo cierto es que estuve dudando hasta que una mujer se paró a mi lado y aclaró la situación.

Es el punto de fuga, me dijo.

Ese hombre es un punto de fuga.

Yo miré al hombre y comprendí que esa era la descripción exacta.

Definitivamente era el punto de fuga.

Pasaron un par de minutos.

La mujer volvió a hablar.

Pareciera que se está yendo, ¿no cree?

Yo asentí.

Y es que era cierto: el hombre en cuestión parecía justamente lo último del paisaje… el punto por donde se vaciaba el resto…

¿Usted lo conoce?, le pregunté entonces a la mujer.

Trabajamos juntos, dijo ella.

Y claro, fue recién en ese instante que la miré y traté de fijarme si tenía barba.

Estaba algo mareado, y mis pensamientos no se ordenaban con facilidad.

¿Se afeitó en la mañana?, le pregunté.

¿De qué habla?, replicó ella, algo molesta.

Yo seguía confundido.

Finalmente, solo atiné a disculparme y a retirarme del lugar.

Tampoco estaba el hombre fuerte, pensaba, mientras me alejaba.

Debo haber caminado un par de horas.

No recuerdo cómo llegué a casa.

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