lunes, 16 de octubre de 2017

Ella lloraba y yo no.


Nos juntamos para hablar, pero yo no quería decir nada.

No por molestia ni desgano, sino más bien por no dañar.

Intenté explicarlo, pero no pude y me encontré entonces frente a ella, sin más.

Estaba alterada y me acusaba de cosas que yo ni siquiera comprendía.

Tal vez ella tenía razón, pero sinceramente no la comprendía.

Luego pasó de estar molesta a llorar y recuerdo que también, en un momento, quiso tomarme las manos.

Yo no reaccionaba y recuerdo que miraba, mientras me hablaba, un vaso que estaba sobre la mesa.

Sé que suena mal, pero lo cierto es que no sentía nada por ella diferente a lo que podía sentir por aquel vaso.

Y es que podría haber tocado con cuidado aquel vaso y lavarlo y hasta secarlo con cariño, pero no hubiese dejado por eso de ser un vaso.

Entonces ella comenzó con las preguntas.

Las decía como acusaciones, aunque yo no tenía nada que ocultar.

Una de esas preguntas apuntaba a lo que yo sentía.

Y claro, yo no supe qué decir salvo confesar que no sentía nada.

No sé qué pasó, le dije, pero ya no siento nada.

Recuerdo claramente que entonces ella me miró, y estoy seguro que comprendió que era cierto.

Me gritó unas cosas y finalmente se fue, corriendo y llorando de aquel lugar.

Confieso, por cierto, que nunca he podido sentirme culpable de aquello, aunque lo he intentado.

Por otro lado, siempre que veo un vaso como el de aquel día la recuerdo, y me pregunto dónde se fueron esos sentimientos.

domingo, 15 de octubre de 2017

La locura es sin molinos.


I.

La locura no es locura si ha de requerir molinos.

Eso es más bien problemas de visión o una fiebre cualquiera.

En cambio, los gigantes de la locura están ahí desde siempre.

No necesitan disfraz, ni soporte ni material alguno.

No requieren del trueno para lanzar sus gritos.

No hacen uso de la muerte para causarnos dolor o derrotarnos.

Y es que el corazón palpita y ruge bajo los pies del loco.

Y el mundo mismo en que habita, es el mayor gigante.


II.

¿Qué habría visto Sancho de no ver molinos?

¿Qué habría visto Sancho de no inventarlos?

Digamos entonces que los molinos existen para el cuerdo.

Para que no se derrumbe el mundo del que observa de cerca la locura.


III.

Por la noche salen cuadrillas de hombres a plantar molinos.

Donde hay un espacio libre ellos van y colocan uno.

Su tarea es importante, pues lo que hacen, en el fondo, es rellenar las grietas.

Llenar de pilares el mundo para que este no se venga abajo.

Y es que es preferible la locura tibia a la manifestación verdadera.

Así no vemos al gigante, ni vemos tampoco la locura.

Nada ha de cambiar, por tanto, si no quemamos los molinos.

O si no atacamos, sin contemplación, al hombre que los planta.

sábado, 14 de octubre de 2017

Insensible.


-El problema de ella –me dijo-, es que hacía exactamente el mismo ruido cuando lloraba que cuando reía… con los mismos gestos incluso… y claro… yo nunca entendía nada y luego ella me acusaba de insensible y comenzaban los problemas…

-¿Pero no podías adivinar a partir de lo que hubiese pasado antes, al menos? –pregunté.

-¿Cómo?

-Ya sabes… -me expliqué-, si están viendo una película triste, por ejemplo, y de pronto la ves con esos gestos, podrías deducir que está llorando…

-No resultaba –señaló-. Una vez veíamos a un cómico y la vi de esa forma y pensé que reía, obviamente… por lo que reí con ella…

-¿Y no reía?

-Para nada… -comentó, algo molesto-. Resultó que lloraba porque los chistes eran demasiado crueles… y uno resultaba entonces nuevamente insensible… doblemente insensible, incluso…

-Pues lo lamento…

-Sí… -dijo mientras se servía otro trago-. Puede no servir de nada, pero al final lamentarse era lo único que podía hacerse…

-¿Nunca lo hablaron con algún especialista?

-No… quedamos de ir alguna vez, pero ella insistía en que era cuestión de sensibilidad, de compartir experiencias… de comprender cómo se sentía…

-…

-Y yo lo intentaba, sabes… De verdad lo intentaba, pero no se podía adivinar con ella…

-¿Terminaron, entonces? –pregunté.

-Sí –me contestó-. De un día para otro… Lo peor es que tampoco me di cuenta. Se fue sin decir nada, nada más…

-Una pena –dije entonces, por decir algo.

-No sé bien si es una pena –señaló-, digamos que tampoco sé si reír o llorar cuando lo pienso…

-…

-¡Salud por eso! –dijo entonces, dando fin a la conversación.

-Salud – dije yo.

viernes, 13 de octubre de 2017

Un vaso con agua.


Hace muchos años trabajé unos cuantos días de conserje, en un edificio.

Una de las cosas que me ocurrió esa vez, fue que encontramos un muerto.

Una mujer mayor que vivía en el segundo piso a quién debimos abrir la puerta, con carabineros y una sobrina.

Yo había visto a la mujer la noche anterior, volver de unas compras, caminando lento.

Nos saludamos apenas y ella subió a su cuarto, como de costumbre.

Por eso la sobrina se asustó en la mañana cuando su tía no habría ni contestaba las llamadas.

Y claro, la sobrina llamó entonces a carabineros y me pidieron ser testigo de lo que pudiese ocurrir.

Lo primero que recuerdo es que cuando abrimos la puerta, la bolsa de copras estaba sobre una mesa en la cocina.

Como detalle, no he olvidado que se alcanzaba a ver una lechuga saliendo de esa bolsa.

Ya en la habitación encontramos muerta a la mujer, acostada, como si durmiera.

Un carabinero se percató que no tenía pulso, la sobrina lloró y poco después llamaron a un médico, para que certificara lo ocurrido.

En lo personal, si soy sincero no recuerdo muy bien la situación, ni a la muerta en sí.

Solo tengo en la memoria la imagen de la bolsa con la lechuga y un vaso con agua que estaba sobre el velador, a un costado de la cama.

De seguro la mujer lo había dejado ahí, esa misma noche.

Y es que no sé bien qué pasó, pero recuerdo haber querido beber esa agua.

No lo hice, por supuesto, pero recuerdo que eso es lo que pensaba.

En el libro de novedades anoté que había muerto la mujer del 210 y que esperábamos al médico.

Entonces firmé el libro y entregué el turno, mientras la sobrina y el carabinero esperaban la llegada del doctor.

Cuando tengo sed, hasta el dia de hoy, siempre recuerdo ese vaso, sobre el velador.

Tal vez debí haberlo bebido, en ese entonces.

jueves, 12 de octubre de 2017

Prórroga.


I.

Prórrogas.

Solicitas prórrogas.

Siempre piensas que es la última, pero descubres luego que hay más.

Y claro… también descubres que en el fondo siempre existió una.

Solo una, me refiero.

Reiteradamente una.

La gran prórroga, podríamos llamarla.

La prórroga eterna, incluso…

Pero claro… ocurre que ni tú ni yo somos dados a los adjetivos.

La prórroga, decimos entonces, nada más.

Eso es lo que decimos.


II.

No solo es tiempo, sin embargo.

El contenido de la prórroga, digamos.

No solo es tiempo.

Y es que algo hay que perseguir, con la prórroga.

Un objetivo, entonces, que también está dentro.

Un plazo extra, contenido.

Y hasta incluso un para qué.

Dicho esto, no da miedo perseguir, si lo pensamos.

Si honestamente lo pensamos.

Lo que asusta es más bien no perseguir.

Dejar ir y que entonces la prórroga no sirva de nada.

Tiempo extra, digamos, sin un objetivo definido.

Dejar ir una y otra vez, entonces
algo que ni siquiera supimos,
que estuvo con nosotros.

Eso es lo que da miedo.


III.

La prórroga, decíamos.

Buscamos la prórroga cómo si dentro estuviese el día.

El día después, pensamos, del que no vivimos hoy.

El día del mañana, entonces.

De hecho,
en una galleta china nos salió ese mensaje,
si recuerdas.

Mañana será otro día, decía ese mensaje.

Pero claro… aprendimos que todo era una mentira.

Todo aquello que no se refería al hoy.

Y es que mañana será siempre el mismo día, mientras lo veamos de esa forma.

Con la prórroga al menos fuimos aprendiendo eso.

Bendito y maldito aprendizaje.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Pintores que pintan sobre sus propios cuadros.

"Y justo antes de irse dijo "hola",
y yo me quería morir..."

Pintores que pintan sobre sus propios cuadros.

Que pintan nuevos cuadros sobre sus viejos cuadros, me refiero.

¡Esos sí que son pintores…!

Y es que no es solo cuestión de economía.

Dejemos eso de lado.

Yo me refiero más bien al significado que se erige sobre un significado oculto.

Un significado primario al que no se tiene acceso sino destruyendo el significado que se ha preferido dejar en evidencia.

¡Cuánta valentía…!

¡Cuánta consciencia necesaria como fundamento de principios nuevos…!

Hombres que viven su día sobre los otros tantos días.

Hombres que aman sobre sus anteriores amores y fracasos.

Y claro… pintores que pintan sobre sus propios cuadros.

¿Seguirán viendo tras la nueva pintura aquella ya tapada?

¿Tendrán acceso a un significado nuevo que nosotros no vislumbramos?

Y es que no se trata solo de descomponer una suma en dos cifras.

No es ese el secreto.

Acá se está hablando de otra cosa.

Y esa otra cosa se acerca cada vez más a revelar los secretos de la naturaleza del arte.

¡Pero a quién mierda le importa el arte…!

Digamos mejor la naturaleza de la vida y volvamos esto serio de una vez por todas.

Y es que a quién mierda le importan los pintores…!

A quién mierda le importan los cuadros pintados sobre otros cuadros….!

El que tenga oídos que oiga.

El que tenga…

martes, 10 de octubre de 2017

Siempre pasa, me dice.


Ella comenta que siempre le ha pasado. En todos los trabajos, me dice. Por ejemplo, cuando joven, trabajó lavando platos en un restaurant de Pucón. Todo muy bien salvo que cada noche daba con el plato que no se podía lavar. O sea, se podía lavar, pero quedaba sucio de igual forma. Ella me cuenta que con el tiempo averiguó que entre los restaurants era cosa común y que por lo general se opta por quebrar aquel plato, pero claro, ella que por entonces recién comenzaba se asustó y lo escondía cada vez que aparecía en un cajón bajo, aunque al cambiar el turno aparentemente alguien siempre lo volvía a sacar y el asunto se repetía. Algo similar le pasó también en alguna lavandería, donde a la prenda que no se podía limpiar se le sumaba a veces la camisa que no se podía planchar y otras cosas de ese estilo. Siempre ocurre, me dice, el punto es ser sabio en esas ocasiones… y claro, lo más sabio, a final de cuentas, es dejarlo así… no hacerse problemas. El tornillo malo, la pieza que no encaja, la papa que no se cuece… siempre es lo mismo, reitera. Usted tampoco se haga mala sangre... Y aunque fuera un dios que no responde, no le dé más vueltas. Búsquese otro y verá que nada es tan grave… Cambie el tornillo, deje a un lado la pieza, saque la papa mala de la olla… Ya verá que es lo mejor, con el tiempo. Eso me dice.

lunes, 9 de octubre de 2017

El bosque suena, como el mar.


El bosque suena, como el mar.

Y se escucha más o menos, desde la misma distancia.

De hecho, una vez me concentré y hasta logré diferenciar
el sonido de los árboles.

Los pinos, por ejemplo, arrojan un sonido agudo, y algo chirriante.

Los eucaliptus, en cambio, suenan como si se estuvieran quebrando
y se negasen a caer.

Cosas así, fui descubriendo, alguna vez.

Intenté comunicarlo, incluso, pero nadie me creyó.

O tal vez me creyeron, pero no les interesaba
en lo absoluto.

Insistí, sin embargo, y busqué pruebas.

Hice varias grabaciones, para esto.

En distintos días,
con distintos tiempos…

Simplemente me sentaba cerca del bosque,
sacaba un micrófono,
y comenzaba a grabar.

Pasaba horas así,
tardes y noches enteras…

Y es que quise demostrar, entre otras cosas,
que no se trataba del viento.

Demostrar también, al mismo tiempo,
que no se trataba de animales…
solo el bosque.

Nadie, sin embargo,
intentó siquiera creer
aquello que resultaba evidente.

Cambiaban el tema.

O a lo más, decían no oír nada especial.

Por entonces, recuerdo,
me molestaban tanto las reacciones de esa índole,
que podía temblar de rabia.

Y claro, esa vez temblé de rabia,
escuchando al bosque
una y otra vez.

Fue así que comprendí, de paso,
que el bosque también temblaba.

Y su rabia era tan grande
como el bosque mismo
y anidaba en sus raíces.

No saben cómo me impacto comprender eso, en ese entonces.

Cómo me conmovió, incluso…

Hoy, en cambio,
todo me es indiferente.

Los otros.

El bosque.

La rabia.

No hay dudas, me digo,
solo en los infelices.

Y el bosque sigue sonando,
como el mar.

domingo, 8 de octubre de 2017

Yo viendo a Jacques Rivette.


Daba miedo.

La escena daba miedo.

Esta era la escena:

Estaba yo en el living de mi casa, frente al televisor.

El lugar ordenado.

Una luz tenue que venía desde fuera.

Y claro, sentado en un sillón estaba yo.

Sentado y viendo a Jacques Rivette.

Una película de Rivette, me refiero.

No recuerdo cual.

Solo sé que daba miedo verme ahí, mirando a Jacques Rivette.

De todas formas no sé bien cómo explicarlo.

No es que el miedo lo produjese el verme.

Tampoco el film de Rivette.

De hecho, recuerdo haber mirado por el lugar buscando qué es lo que asustaba, realmente.

Sin embargo, tras mirar, solo confirmaba que aquello daba miedo.

Yo viendo a Jacques Rivette, me refiero.

Y es que algo ocurría al ver a Jacques Rivette.

Algo que asustaba, por cierto, pero sobre todo algo que ocurría dentro mío.

Dentro del yo que veía a Jacques Rivette, quiero decir.

No sé si me explico.

Tal vez si lo digo de esta forma:

Lo que le ocurría a ese yo, dentro suyo, viendo a Jacques Rivette, originaba un miedo profundo al yo que veía aquella situación, desde fuera.

Era casi como contemplar el inicio de un mal.

El comienzo de una comprensión que iba a derivar en algo doloroso.

De verdad no sé cómo decirlo...

Simplemente daba miedo.

Yo estaba viendo a Jacques Rivette.

sábado, 7 de octubre de 2017

Un chiste a medio terminar.


I.

Llega un hombre vestido de blanco a un bar.

Ingresa apenas al lugar.

Solo un par de pasos.

Yo estoy sentado en la barra y lo observo llegar.

Entonces el barman le pregunta qué es lo que va a tomar.

El hombre se demora en contestar y simplemente permanece en pie, a un par de pasos de la entrada.

Tras otro  minuto así se decide a hablar:

Disculpe –dice-, es  que soy parte de un chiste que alguien contaba, pero parece que ese alguien lo ha olvidado.

Lo anterior ha sido dicho con un volumen de voz bajo, como si hablase casi para él mismo.

El barman ni siquiera lo escucha.

Yo sí, pues estaba sentado cerca de la entrada.


II.

Como el hombre no parece peligroso y la situación podría volverse tensa me acerco hasta él y le digo que se siente.

No se resiste, simplemente parece triste.

Así, finalmente se sienta en la mesa en que yo estaba.

De hecho, le pido una cerveza.

Es muy amable –me dice-, ¿a qué chiste pertenecía usted?

Yo no respondo, pero él vuelve a hacer la pregunta.

Entonces le confieso que no recuerdo.

Que nadie aquí recuerda nada del lugar donde venimos.


III.

¿Y qué hay que hacer aquí?, pregunta el hombre de blanco mientras toma la cerveza.

¿En el bar?, pregunto yo.

En general, me aclara. ¿Qué hay que hacer una vez olvidado el chiste?

Yo le digo que casi todos hacemos lo mismo.

Trabajar, comer, beber, comprar cosas…, le digo.

Y claro, para que pase la mala noticia le compro otra cerveza.


IV.

Minutos después el hombre parece somnoliento.

Se le cierran los ojos y ha dejado de mirar el entorno y preguntarme cosas.

El barman me hace un gesto con sus manos preguntándome si todo está bien.

Yo le digo que sí con otro gesto.

Poco después llegan al bar dos hombres vestidos de negro.


V.

Tras buscar en el bar, se acercan hasta mi mesa.

Disculpe, me dicen, ojalá no le haya causado molestias.

No se preocupen, digo yo.

El hombre de blanco mira a los hombres, todavía somnoliento.

Poco antes que se lo lleven me dice que tenga cuidado, que todavía estamos en el chiste.

Yo le hago un gesto afirmativo, de comprensión.

Luego pido otra cerveza.

viernes, 6 de octubre de 2017

Ella se lavaba las manos.


Fue en ese tiempo en que a ella le dio por lavarse las manos. A cada rato, me refiero, ella se lavaba las manos. Donde anduviera. Interrumpiendo la labor que estuviera realizando. Pues bien, yo digo que fue en ese entonces que comenzó el problema. Porque el problema, por cierto, no era que ella se lavase las manos. Eso era algo incómodo, nada más. Algo que impedía que cualquier situación transcurriera de forma natural, es cierto, pero no nos llevaba realmente a una situación más grave. Por ejemplo, si íbamos en auto a algún lugar ella no solo se lavaba las manos al salir y al llegar, sino que pedía detenernos para enjuagarse las manos a un costado, con alguna de las botellas que por ese entonces siempre andaba trayendo llenas de agua. A lo que voy es que eso no era tan terrible. A veces lo tomábamos a broma, nada más, pero no recuerdo que hayamos discutido directamente por esas situaciones. Lo que sí recuerdo –aunque no de forma tan precisa como aquello-, es que fue por ese entonces que nos fuimos alejando. Como pareja, digo yo. Menos conversaciones. Menos hablar de proyectos a largo plazo. Menos sexo, incluso. Todo nos fue llevando a un sitio más lejano y cuando nos dimos cuenta –o al menos cuando yo me di cuenta-, ella estaba a una distancia que ya no se podía acortar. Lavándose las manos, además. Viendo como el agua corría entre ellas. Eso es lo que pienso al menos si me preguntan del asunto. Esa es la imagen que recuerdo de ese entonces. No culpo a nadie. Nos distanciamos como muchas parejas. Y antes de eso nos quisimos, como muchas más.  Yo quedé en un sitio y ella en otro, lavándose las manos. Ni siquiera es metáfora. A veces las cosas ocurren de esa forma, nada más.

jueves, 5 de octubre de 2017

A todos les dio por leer en público.


Hubo un tiempo en que a todos les dio
por leer en público.

Por leer en voz alta, me refiero,
y en público.

En un principio fueron creaciones propias,
pero a veces
alguno que se creía más listo leía un fragmento
de Dosto, o de Kafka, o hasta Eurípides
sin dar aviso
y uno tenía que andarse con cuidado para no decirles
que escribían como la mierda,
y poner atención a los textos.

Con todo, nosotros íbamos ahí
principalmente por el vino,
y en segundo término
para reírnos de los otros
y analizar esas poses raras
que asumían
al leer ante los demás.

De vez en cuando armábamos alboroto
desenchufábamos micrófonos,
robábamos el vino,
reíamos en voz alta a la mitad de sus versos
o hasta intentábamos armar pelea…
pero esos poetas no peleaban.

Esto fue hace años,
pero todavía hoy, de vez en cuando,
leen en público.

Publican sus libros,
se leen entre ellos,
comparten datos de editoriales
generalmente menores.

Y claro,
nosotros seguimos con el vino
aunque ya casi
ni armamos alboroto.

Todos escribimos
supuestamente en serio,
pero no mostramos nada de aquello
y hacemos como que no importa.

Les dejamos a ellos, por lo tanto,
el podrido mundo de las letras.

miércoles, 4 de octubre de 2017

A medio hacer.


Fiebre.

Lluvia.

Frases a medio hacer.

Por la tarde cuarenta grados.

Cuarenta grados y tercianas.

Sin lluvia.

Pastillas.

Líquido y pastillas.

Entonces la noche, de pronto.

De pronto la noche y la página en blanco.

Nada más.

Y es que a estas alturas, digamos,
el genio quedó atrás.

Ni siquiera duele decirlo.

No hay intento de disfraz.

No hay vergüenza, siquiera.

Y es que la aceptación no era,
después de todo,
una cuestión discutible.

Fiebre.

Lluvia.

Más lluvia.

Cede un poco la fiebre, pero han pasado seis horas.

Si la página dejó de estar en blanco,
nadie podría asegurarlo.

Y es que la lluvia vino y borró todo.

Así ocurren las cosas, supongo.

El final de las cosas, me refiero.

Hoy mismo, por ejemplo, en medio de la fiebre,
entraron en la casa un par de caracoles.

Yo los vi entrar y pensé que alucinaba.

Entonces los perdí de vista y comenzó la lluvia.

La fiebre, las pastillas y la lluvia.

Y sobre la página en blanco hay ahora,
un par de huellas plateadas.

No hay genio, decía,
pero hay dos huellas plateadas.

Una invitación al fin, tal vez.

A escribir una última palabra
en cada una de esas huellas.

Cuando pensaba hacerlo volvió la lluvia.

Y la fiebre.

Y los caracoles estaban frente a mí, inmóviles
y sin expresión alguna.

No hay fin, les dije,
y cerré los ojos.

Luego volví a cerrarlos.

No hay genio, pero no importa, me dije.

Esa es toda la verdad.

martes, 3 de octubre de 2017

Suenan campanas, en mis manos.


*
Me llevo las manos a los oídos y descubro que suenan campanas.
En ambas palmas, me refiero.
Eso es lo que descubro.

*
A ritmos irregulares suenan las campanas.
Como si un monje loco las tocara suenan en mis manos.
Eso es lo que percibo.

*
No son un llamado para ir a sitio alguno.
No indican el comienzo ni el final de algo.
Son repiques que nada significan.

*
Su sonido es libre como moscas revoloteando en la habitación de mis manos.
Incómodo y molesto, decía, como moscas.
Han de morir pronto, pero igualmente su vida, desespera.

Nada ha cambiado, me digo, solo ocurre que suenan campanas en mis manos.
Suenan campanas, mientras alejo mi mente del sonido.
Bajo el sonido, sin embargo, la sangre palpita como siempre.

En otro tiempo la desesperación se habría entrometido.
E incluso hubiese pensado en arrancar mis propias manos.
Pero la habitación –aprendo-, no es culpable del que habita.

*
Dejo así que el monje aquel siga haciendo de las suyas.
Y dejo que las moscas revoloteen entre mis manos.
Un reloj, en la distancia, intenta encontrar explicaciones.

*
Tal vez un ahorcado esté colgado en las campanas de una iglesia.
O si prefieren: todo ha de morir o ya está muerto o ya no importa.
La sangre, sin embargo, sigue palpitando como siempre.

lunes, 2 de octubre de 2017

El adelantado.


Cuando intentó despertarse, esa mañana,
descubrió que ya estaba despierto y sentado en su cama.

Se sorprendió en un inicio,
aunque luego sintió que la sorpresa, incluso,
había llegado tarde.

Fue entonces a ponerse sus zapatos,
pero encontró que sus pes ya estaban dentro.

Y es que todo parecía estar, esa mañana,
ligeramente adelantado, y en su sitio.

Por ejemplo, cuando quiso ir a la cocina,
no tuve que dar un paso,
pues ya estaba en la cocina.

O cuando sintió deseos de ir al baño,
se encontró aliviado de inmediato
y hasta lavándose las manos.

De esta forma todo,
fue ocurriendo así durante el día.

Cuando vio venir el metro,
por ejemplo,
observó que ya estaba subiendo al vagón.

O cuando ingresó al trabajo,
pues descubrió que ya había avanzado
en algunas labores.

Horas después (o casi),
ya de regreso en casa,
mientras abría una cerveza,
percibió el sabor amargo en la boca
y hasta al caminar
sintió de prontoun poco de mareo.

Quiso comprender,
pero la comprensión ya estaba,
y claro,
intentar comprender lo ya comprendido
produce por lo general
sensaciones equívocas
y hasta promueve
la pérdida de sentido.

Así –un tanto desorientado-,
intentó entonces dejar la mente en blanco
y propiciar un silencio
de voces y acciones…
Apenas lo hizo sin embargo
descubrió la presencia de una voz
que dijo claramente un nombre
que él ya había olvidado.

domingo, 1 de octubre de 2017

Apuntes encontrados /1994/ (a modo de introducción)


Unos vivían en el continente y los otros en una isla.

Entre ellos estaba el mar.

Entonces, aunque no se sabe bien cómo, comienza una disputa entre ambos.

Un odio casi irracional que los lleva a decidir que deben acabar con el otro.

Tras meses de pensar una forma para hacerlo los del continente se organizan en torno a una idea.

Dicha idea considera particularmente la geografía del lugar.

Y es que, -como la tierra donde vivían sus enemigos era baja-, los del continente pensaron que si lograban que suba el nivel del mar, esa isla, probablemente, debiese desaparecer.

Todos los del continente, por cierto, aplaudieron esa idea.

Lo primero que hicieron fue construir canales para llevar el agua de sus embalses al mar.

Dejaron un mínimo, por supuesto, pero creían que todas las acciones contribuirían poco a poco con su idea.

Para esto, los habitantes comenzaron a beber menos agua y vivir con el mínimo posible, pues sabían que toda el agua que ahorraran podía hacer subir el nivel del mar, y mermar poco a poco sus enemigos.

Un litro que ahorraran al día, pensaron. Tres millones de habitantes. En una semana ya tendrían más de veinte millones de litros extras, para comenzar a hundir a su rival.

Tras esto, -que no pareció dar grandes resultados-, los habitantes del continente se organizaron para comenzar a llevar piedras al mar. Grandes piedras, ojalá.

Los gobernantes, bajo la excusa de promover viajes a la costa, brindaron la posibilidad para que cada uno de los tres millones de habitantes fuesen hasta la costa y arrojasen piedras al mar, para que este subiese de nivel.

Todo el pueblo cooperó con la idea.

Los niños llevaban piedras en los bolsillos y los adultos llevaban bolsos enteros con piedras, que eran arrastrados por la arena hasta meterlos al agua, preocupándose que queden cubiertos, incluso con marea baja.

Luego de esto crearon contenedores.

O más bien -al menos en un inicio-, sellaron y reutilizaron aquellos que ya tenían amontonados en los puertos, arrojándolos al mar.

Sumadas estas acciones, -y el tiempo en que se realizaban-, hay que reconocer que comenzaron a verse los primeros efectos en la isla.

Pequeños efectos, es cierto, pero el agua ya había robado unos cuantos centímetros a la tierra, luego de unos pocos meses de odio.

Fue entonces que, preocupados por lo que comenzaba a suceder, los de la isla comenzaron a beber más agua y almacenar líquido en botellas.

(Quien piense que es una medida insuficiente calcule que cada uno de los trescientos mil habitantes logre almacenar veinte litros, y luego opine al respecto)

Luego, comenzaron la construcción de una  laguna de agua salada, desviando un brazo de agua del mar hasta un lago artificial, que habían hecho a un par de kilómetros de la costa.

No obstante lo anterior, también es bueno señalar que fueron precavidos, y se adentraron unos cuantos metros en la isla, para evitar mayores problemas.

El gobierno, asimismo, regaló piscinas para que cada uno de las familias pudiese almacenar en ellas agua, al mismo tiempo que brindaba cierta alegría a los niños del lugar.

Fue entonces que, los del continente, decidieron de pronto dejar de pescar, pues pensaron que con cada pescado que sacan del mar, el nivel del agua también bajaba, cuestión que había que evitar a toda costa.

Lo contrario, por cierto, hicieron los de la isla, quienes se hartaron de comer pescado y hasta pescar por simple deporte, para recuperar terreno perdido.

Es en medio de estos hechos, por cierto, donde comienza nuestra historia:

sábado, 30 de septiembre de 2017

Palabras tachadas.


Dos cuadernos enteros con palabras tachadas. Eso es lo que encuentro mientras botaba unas cajas este fin de semana. Cuadernos donde supuestamente tomaba notas o escribía frases y que –sinceramente no recuerdo por qué-, aparecen enteramente tachados. Por otro lado, tengo razones para creer que el conjunto de rayas realizadas sobre las palabras parece ser mío. Por un lado, se parece a la forma que hasta el día de hoy ocupo cuando quiero corregir algo, y, por otro, dichas rayas están hechas con el mismo lápiz que fue usado para escribir bajo ellos. Esta última cuestión, asimismo, si bien aclara aparentemente el asunto de la autoría, vuelve por otro lado más absurdo el objetivo general de esa escritura. Y es que todos esos textos habrían sido tachados casi inmediatamente después de ser escritos, pues no existe ninguno de ellos en que no coincida, como decía anteriormente, el lápiz utilizado. Intento entonces recordar algo más sobre ellos, pero por más que me esfuerzo no puedo. Así, voy revisando cada una de las páginas tratando de ver lo que decía antes de ser tachado y, si bien recupero algunas palabras, no logro entender por qué pude borrarlas, ni en qué consistía este “proyecto”. Por otro lado, pienso también ahora, si alguna vez en el futuro mirase algunas entradas de este blog –sobre todo las de estos últimos años-, estoy seguro que no lograría entender el propósito y sería también como encontrarse con un grupo (mal)escrito de palabras tachadas, cuyo significado está siempre bajo una superficie que no entrega claridad alguna sobre lo que realmente está ocurriendo bajo ella. Una verdadera lástima, por cierto.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Mi teoría es que da cero.


Mi teoría es que da cero. Y claro, es un tanto pesimista como todas mis teorías, pero también depende de cómo quiera verse. Me refiero a los pasos. A la manía esa que teníamos de niños de contar los pasos. Y es que hoy -con los avances tecnológicos y las aplicaciones existentes, en concreto-, resulta bastante fácil poder hacerlo. Y claro, es entonces cuando surge mi teoría de que todo esto da cero, finalmente. No me refiero, sin embargo, a una suma directa. Y es que lo importante de los pasos no es solo su número, sino también su dirección. De hecho, dudo que un paso sin dirección pueda ser considerado finalmente como un paso. Es decir: un paso es un vector, como diría alguien con cierta inclinación científica –aunque no me interesa por lo pronto desarrollar esta idea-. Lo que apunta mi teoría simplemente es que da cero. La suma de nuestros pasos, me refiero. De nuestros pasos entendidos como vectores. Así, si comienzo mi día por ejemplo, en un punto cero y cuento los pasos dados hacia el norte, sur, este y oeste –con sus respectivos gráficos y coordenadas-, mi teoría señala que da cero. Puede variar obviamente el rango de tiempo, y tal vez algún día en particular la suma  y resta no nos dé exactamente el cero del que hablo, pero se trata aquí sin dudas de un cero mayor. Un cero que tarde o temprano terminará por imponerse. ¿No me cree? Pues busque una aplicación que le facilite el cálculo y luego hablamos. Por otro lado, si lo considera triste, piense simplemente en el punto de partida como su lugar propio, y pinte el cero con los colores que más le agraden, o le parezcan convenientes.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Humo.


I.
El problema no era que fumara mucho, sino que no botaba el humo. Por lo mismo, para hacer espacio, el humo comenzó a carcomer todo aquello que estaba dentro. Órganos, huesos, tejidos... Todo volviéndose ceniza hasta que de pronto no quedó nada. Y es que ya son cincuenta años los que guarda el humo y no exhala. Una cáscara casi, es lo que queda ahora. Una cáscara que fuma, digamos. Una cáscara que no se inmuta y que está llena de humo. Nada más.

II.
Hace años lo hablamos y yo creí que bromeaba. No solo soy yo, me dijo entonces. El mundo tampoco exhala. El universo mismo no exhala… ¿Hacia dónde va a exhalar el universo?

III.
Yo escuchaba y lo veía fumar y no lo tomaba en serio. De vez en cuando anotaba sus frases y bebía algo, mientras él fumaba. Esa era la rutina, más o menos. O lo fue hasta que quise descubrir el truco. Lo de no botar el humo, me refiero. Y es que siempre pensé que era un truco y un día se lo pregunté directamente.

IV.
No hay truco, me dijo. Y yo asentí, pero sin ganas. Entonces, sacó una pequeña navaja que tenía en su chaqueta y se hizo un corte en el antebrazo. Sonó como si alguien cortara un trozo de cartón. No se escapó el humo, pero brotó una especie de ceniza. Todo fue llenándose de a poco. Él, en tanto, volvió a encender otro cigarro.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Para no olvidar.

“El verdugo cortó las cabezas
equivocadas”
Ch. B.

Igual que las listas con tareas
que algunos dejan en el refrigerador
un artista conceptual polaco
de visita en Chile
invitaba hoy a corchetear en él algunas notas
con tareas o mensajes
que la humanidad no debiese olvidar.

Así, vestido únicamente
con una especie de taparrabos,
el artista polaco decía ser la humanidad,
mientras explicaba
-a través de carteles-,
su proyecto.

“Hoy soy la humanidad”,
se leía en el primer cartel.

“Ayudadme a recordar
lo que no debo olvidar”,
decía el segundo.

Pude observar que algunos transeúntes
se animaban a escribir algunas notas,
pero al ver que lo de sujetarlas al cuerpo del artista
a través de corchetes
iba en serio,
dudaban un poco,
y salvo dos o tres casos,
la gente no se atrevió
a corchetearlas,

Entonces,
al notar lo que sucedía,
-y tal vez por estar apremiado por alguna cámara de tv-,
el artista polaco comenzó él mismo
a corchetear en su piel
las notas que algunos transeúntes
habían olvidado.

Al hacerlo, por cierto,
pequeños hilos de sangre
brotaron de las heridas,
manchando en ocasiones
algunas de las notas.

Por lo mismo,
un ayudante se acercó
para limpiar con cuidado
algunas heridas.

Yo en tanto,
me limitaba simplemente a mirar,
y a tratar de elegir conscientemente
qué cosas recordar de todo aquello
y qué olvidar, rápidamente.

No te olvides
a ti misma,
decía una nota
que se corcheteó en un hombro.

No recuerdo, sinceramente,
ningún otro.

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