domingo, 10 de diciembre de 2017

Mal dicho.

“No me entiendes, yo digo un poema malo…
mal cosido… mal dicho…
inconexo como la vida de un hombre,
que quiere ser honesto sin saber de honestidad”


I.

Dicen que cada hombre tiene el poder de resucitar un muerto.

Inseguros, sin embargo, guardan los hombres el poder para usarlo en sí mismos.

Entonces el hombre muerto resucita y vuelve a morir, con el tiempo.

Y nada aprende el hombre de la vida y su único don ha sido malgastado.


II.

Gasta el hombre su vida construyendo su casa y no su tumba.

Se esfuerza el hombre en la estructura y luego ha de llenarla de cosas.

Y el hombre cuida sus cosas y llena de cerrojos su casa.

Y el viento no circula y el aire se enrarece y es entonces cuando el hombre muere.


III.

Antiguamente veían las estrellas, los hombres, reflejadas en el lago.

Así, en medio de la noche, entraban al agua y se bañaban entre ellas.

Y las estrellas refrescaban la piel de los hombres y deshacían su cansancio.

Pero alguien les dijo que era engaño, y las estrellas, ofendidas, huyeron de los hombres.


IV.

Pobres hombres aquellos que intentaron vivir para sí mismos.

Lastimosas son sus obras y vanos sus esfuerzos por evadir el final.

Levantaron sus ojos y dejaron de ver a los otros y al camino.

Y mis manos se empuñaron al escuchar hablar de dios y la verdad.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Un semáforo donde cuelga un ahorcado.


I.

Porque tienen miedo los que llegan a esa esquina, ven un semáforo donde cuelga un ahorcado.

Se detienen ante él y fingen que no sienten el hedor a carne muerta.

Los niños se cuelgan de las piernas y se ensucian la ropa con fluidos.

Los que huyen de la verdad desoyen las palabras y prefieren no entenderlas.


II.

La ciudad está llena de ahorcados.

Pero está más llena aún de los que prefieren no observarlos.

Incluso los disfrazan, a veces, por temor a la tristeza.

En los cuerpos de los niños cuelgan adornos navideños.

En los cuerpos más firmes clavan carteles con rebajas.


III.

Los más viejos descuelgan a los muertos por las noches.

Desinfectan la ciudad y si hay tiempo queman los cadáveres.

El olor a carne muerta se esparce así por cada calle.

Los perros se pelean por los restos enseñándose sus dientes.


IV.

A veces los ahorcados tienen el rostro de tus padres.

O de los hombres que forjaron aquello en qué creías.

Nadie lo menciona, pero tú no olvidas esos rostros y el miedo te enceguece.

Y porque tienes miedo, ves un semáforo donde cuelga un ahorcado.

Justo entonces, sin motivo, unos niños se cuelgan de tus piernas. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

A esta generación le faltó un diluvio.


A esta generación le faltó un diluvio.

Perderlo todo y ganarlo todo.

No poder apoyar los pies.

A esta generación le faltó un diluvio.


A esta generación  le sobraron dioses.

Voces huecas que nada anunciaban.

Hombres en disfraz que hablaban de sí mismos.

A esta generación le sobraron dioses.


A esta generación le robaron todo.

Nada quedó en las bodegas de la fe.

No supieron defender lo que era suyo.

A esta generación le robaron todo.


A esta generación le cortaron las manos.

Y tocar el mundo así nunca fue tocar el mundo.

Hasta la esperanza fue entonces un muñón.

A esta generación le cortaron las manos.


A esta generación le arrebataron los hijos.

Se los cambiaron por muñecos y no se percataron.

Hijos de plástico para padres de plástico.

A esta generación le arrebataron los hijos.


A esta generación la arrojaron al desierto.

Les quitaron su fe y no tuvieron agua.

Pero en vez de buscar olvidaron la sed.

A esta generación la arrojaron al desierto.


A esta generación le faltó un diluvio.

A esta generación le sobraron dioses.

A esta generación le robaron todo.

A esta generación le cortaron las manos.

A esta generación le arrebataron los hijos.

A esta generación la arrojaron al desierto.

A esta generación le faltó un diluvio.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Concurso de caligrafía.


El único premio que ganó, de pequeña, lo obtuvo en un  concurso de caligrafía.

En esa oportunidad, le dieron una medalla y un diploma que sus padres enmarcaron y colgaron en el comedor, al lado de una foto de su abuela y el retrato de un tío que nunca conoció y que -según podía deducir por su uniforme-, había servido en el ejército.

Se sintió orgullosa durante años, principalmente cuando recibían visitas y alguien se fijaba en sus distinciones y entonces hablaban del concurso y hasta en algunas ocasiones le pedían que escribiese alguna cosa.

Lamentablemente, fue en esas mismas ocasiones cuando comenzaron a surgir las primeras dudas. Y es que al momento de escribir algo, por ejemplo, siempre tenía dificultad por decidir qué frase sería la adecuada… y terminaba casi siempre, en esas oportunidades, escribiendo su nombre.

No es que la letra saliera mal –de hecho todos aplaudían su hermosa caligrafía y hasta a veces le pedían que les regalara el escrito-, sino que el sentir que no tenía nada especial que escribir, salvo su nombre, comenzó a hacerla dudar sobre la importancia de aquel premio.

Por otro lado se fijó también que su diploma, estaba en realidad al lado de una mujer muerta y de un tío cuyo mayor acto heroico, había sido morir porque no se le abrió el paracaídas, mientras realizaba un entrenamiento.

Fue entonces que, un día en que sus padres habían salido de casa, sacó de su lugar el diploma y la medalla y los fue a botar al basurero de la plaza, para que nadie pudiese encontrarlos.

Esa noche, por cierto, tras llorar un poco, se levantó a escondidas y fue hasta la plaza y se detuvo a mirar el basurero donde estaban su medalla y su diploma.

Fue en esa posición que la encontré, cuando la conocí, y me acerqué hasta ella para preguntarle su nombre.

Ella, sin embargo, en vez de decirlo, prefirió contarme esta historia, antes de regresar a casa.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Ellos querían luz.


No entendí sus razones, pero ellos querían luz.

Eso al menos me quedó claro.

Entonces intenté explicarles, pero no escuchaban.

Exigían luz, más bien, como si pudiese yo brindarla.

Fue entonces que abrí el libro y les dije lo esencial.

No hay luz sin llama, creo que les dije.

No fue sino a la quinta vez que uno de ellos mostró entendimiento.

Luego fueron dos y finalmente el grupo completo.

No hay luz sin llama, repetí.

Y no hay llama sin fuego.

Fue entonces que ellos se miraron entre sí y la comprensión pareció posible.

Debemos prender el fuego, dijo uno de ellos, y los otros asintieron.

 Algunos fueron por materiales combustibles, otros se dieron por vencidos de antemano.

Recuerdo uno que escribió en una hoja que ellos querían ver en medio de la noche.

Lo explicó de una manera poética, es cierto, pero sus palabras no parecían ir a ningún sitio.

Y es que ellos, a fin de cuentas, no tenían qué quemar, y no querían tampoco quemar el mundo.

Fue por eso que ellos comenzaron a construir cosas.

Cosas que fueran combustible para mantener el fuego.

Fuego para hacer brotar la llama.

Y la llama, por supuesto, para ser luz e iluminar la noche.

Puedo dar fe que ese fue el sentir de todos.

Y puedo demostrar, de paso, que la luz surgida de esta forma, no se extingue.

martes, 5 de diciembre de 2017

Dos días a caballo.


Él salió de la ciudad primero, y le dijo que se encontraran en el lugar al que llegara luego de andar dos días a caballo.

Ella, en tanto, si bien comprendió la dirección en que él partía, comenzó a dudar sobre el poder encontrar realmente aquel lugar, pues la expresión dos días a caballo se le hacía difusa.

Así, antes, de partir, consultó con algunos conocidos si esos dos días a caballo debían incluir las noches de cabalgata, o si debía consideraba doce horas, u ocho, o qué medida en particular, para determinar la distancia.

Asimismo, se complicó por la contextura del caballo y hasta el peso que cargaba. Después de todo, si cabalgaba dos días, pero más lento o más rápido que él, terminarían por no encontrarse, y eso, a todas luces, sería una desgracia.

Consultando estas cosas y tratando de asegurar que el encuentro se realizara de forma efectiva, ella hizo un pequeño viaje hasta donde un viejo amigo que vivía en la montaña y podía saber sobre estas cosas.

El viejo amigo, en tanto, que había perdido a su esposa hacía pocos meses, atendió a la mujer muy cortésmente aunque no supo explicarle, finalmente, cómo calcular de forma certera los dos días a caballo.

Ella, desesperada, rompió en llanto y se sumió en un estado de tristeza tan profundo que solo la preocupación y cariño de su viejo amigo pudo darle ánimos, días después, para volver a ponerse en pie.

Así finalmente, debido a la indeterminación de una unidad de distancia y al afecto y preocupación de su viejo amigo, ella decidió quedarse en la montaña y ver qué ocurría.

Después de todo -convinieron ella y su viejo amigo-, el amor mismo podía nacer de circunstancias extrañas, y prácticamente casuales.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Un callejón sin salida.

“La pericia muestra como el individuo
ya se parecía a su crimen
antes de haberlo cometido”
M. F.

I.

Todo ocurre en una calle sin salida.

Cuestión que ya es extraña, pues no sé realmente si llamar calle a una calle sin salida.

Lo que ocurre en concreto son una serie de hechos que quedan registrados en una cámara.

Mi trabajo, esta vez, consiste en transcribir los hechos que almacenan esas cámaras.


II.

Los hechos que debo narrar tienen un mismo protagonista.

Un muchacho que aparece primero con camisa azul, luego con un polerón rojo y finalmente con una parka delgada gris.

No puedo detallar acá los hechos, pero diré al menos que uno de esos momentos tiene un arma, en otro está llorando y en un tercero le da de comer a un perro.

Me demoré cerca de media hora, mientras escribía el informe oficial, para intentar describir al perro.

Finalmente desisto de la descripción.


III.

Nadie muere en el callejón sin salida.

Nadie al menos en los momentos en que observo las cámaras.

Se ve cojear al perro, pero tal vez venía así desde antes.

Cuando el hombre llora, por cierto, tampoco es posible relacionar aquello con una acción concreta.


IV.

Una mujer entra al callejón sin salida.

Minutos después, sale del lugar por algo que debió de ser, en concreto, la entrada.

El perro le ladra, al salir, pero ella no se inmuta.

De haber sido un cuento, la historia ya estaría esencialmente contada aunque tal vez nadie, se habría dado cuenta.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Un hombre con una cabra.


Hace días se pasea por esta calle un hombre con una cabra.

La lleva amarrada como si fuera un perro, solo que la cabra se detiene de vez en cuando y come de un bocado aquello que encuentra.

El diario de un vecino, un gorro de lana y hasta un yogurt de frutilla, que le arrebató a un niño.

No faltó quien pensó que podría atacarnos, pero ya comprobaron que, al menos, no come carne de ningún tipo.

Esto sin duda nos tranquilizó un poco, pero también es cierto que la gente ha comenzado a preocuparse.

Los más exagerados dicen que la cabra puede comerse el mundo.

Los más sensatos, en cambio, temen seriamente por sus cosas.

La señora Felicia, por ejemplo, acusa a la cabra de comerle su manguera.

Don Sergio, el verdulero, señala que el animal se tragó la rueda de repuesto de su furgón.

Pueden parecer cosas sin importancia, pero en el fondo todos sabemos que el alma del hombre se deposita en las cosas.

Y desde que ronda el lugar esa cabra, no nos vamos tranquilos dejando el alma así, en los sitios de siempre.

Como vecinos hablamos al respecto, pero no llegamos a ninguna solución clara.

Después de todo, no podemos andar acarreando el alma siempre, de un lugar a otro.

Me refiero a que no la necesitamos en el trabajo o en nuestras diligencias diarias.

Además, coincidimos en que es un riesgo llevarla siempre con nosotros.

-Es como salir a la calle con joyas verdaderas –dijo la señora Margarita.

-Una cabra no puede obligarnos a hacer lo innecesario –dijo más agresivo don Pascual-, mostrando una pistola oxidada que guardaba en un cajón.

Y claro, fue tras esa reunión que tomamos la decisión definitiva.

Por mayor seguridad, entonces, dejamos que las mujeres se restaran y como hubo voluntarios, el resto pudimos irnos tranquilos a nuestras casas.

Para finalizar, se acordó que el asunto se resolvería a más tardar este fin de semana y que todos guardaríamos silencio si llegasen a preguntarnos por el origen de los hechos.

Cuando ya todo esté resuelto, por supuesto, volveré a contarles lo sucedido.

Aunque el final, en este caso, parece ser bastante simple.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Perros para la ropa.


La situación no era grave, pero sí extraña. Ya sabes, me refiero a lo de la señora Patricia y su obsesión con los perros para colgar la ropa. Dicen que llegó a tener decenas de miles. ¿Te acuerdas…? Mes a mes gastaba parte de su pensión en esas cosas. Al menos un paquete en la feria siempre que iba los fines de semana.  Preferentemente de madera, aunque también le encontraron plásticos y hasta unos pocos de vidrio, según contaron. Tal vez recuerdes que fuiste tú una de las primeras en darse cuenta. Los demás simplemente la saludábamos e intercambiábamos algunas palabras. Tú, en cambio, siempre te fijabas un poco más en esas cosas. De hecho, yo estaba contigo cuando le preguntaste por qué siempre compraba esos artículos. Estos días he tratado de recordar ese momento. Ella sonrió y te dijo que también compraba siempre lechuga y, cuando había, manzanas verdes. Son cosas que a una le gustan, te dijo, y yo me sentí algo incómodo pues pensé que la señora Patricia ya estaba mayor y no valía la pena molestarla con esas cosas. Déjala con sus perros de ropa, te dije esa vez y tú lo hiciste. Lamentablemente, el rumor comenzó a correr y luego ya todos los vecinos hablaban a espaldas de la señora Patricia diciendo que estaba senil… que se gastaba toda su pensión en perros para la ropa y descuidaba su alimentación y no se compraba sus remedios. Fue una exageración, por supuesto, pero nadie se preocupó de aclararlo. Por el contrario, supongo que encontramos razonable que unos visitadores sociales llegasen a verla y que, meses después, se la llevaran para ser internada en una institución donde ya le perdimos el rastro. Esa vez, también, fue hasta la casa una sobrina de la señora Patricia, esa que la visitaba siempre después de año nuevo. Tú ya no vivías conmigo en ese entonces, pero creo que te conté cómo llenaron sacos con perros de ropa y los dejaron fuera de su casa. Yo mismo rescaté unos pocos y me los llevé a casa, como si fueran un souvenir. Lo mismo hicimos todos, en todo caso. Supongo que fue nuestra manera de rendirle homenaje a la señora Patricia, pues de alguna manera supongo que todos nos sentimos culpables de lo que le ocurría. Me refiero a que eran al menos diez o doce sacos, pero… ¿qué mal le hacía al mundo el que ella tuviese esos perros de ropa…? No te había dicho ella misma que se trataba simplemente de cosas que le gustaban, como las lechugas y las manzanas verdes. El otro día mientras iba a la feria pensaba en eso. En las cosas que a mí me gustan. Me refiero a que no compré de memoria ni guiado por ofertas sino que me dediqué a buscar cosas que me gustaran. Al final, aunque no creas, no me decidí por nada. Y claro recordé que en aquel entonces, contigo, al menos compraba cosas que te gustaban a ti. Frutillas y paltas, por ejemplo, que eran las cosas que además tú cargabas. ¿Todavía te gustan…? ¿Te acuerdas, por otro lado, qué me gustaba a mí? Puede ser extraño, pero lo cierto es que a esas cosas le doy vuelta estos días… Supongo que tiene que ver con ponerse viejo… Nada grave, supongo, aunque tal vez sea extraño darle vueltas y vueltas a estos recuerdos. Nada dañino, me refiero, pero sí extraño. Así se me pasa la vida, después de todo. Espero que no sea peligroso.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Hombredeunasolahistoria.


En todo grupo de trabajo, o de amigos, o en cualquier centro donde se reúnan cierto número de personas y tengan la oportunidad de compartir de forma cotidiana, siempre será posible encontrar al hombredeunasolahistoria.

Lo escribo así, como una sola palabra, pensando en esos términos japoneses que a veces operan de esa forma y cuya traducción resulta, desde la palabra, significativamente clarificadora. Y es que este personaje será justamente aquel que reconocemos por una historia que ha contado hasta el cansancio, la que ha pasado a reemplazar cualquier otro dato o conocimientos que hayamos tenido sobre él, anteriormente.

Así, tendremos por ejemplo al compañero de curso que nos repite su aventura con dos chicas en una fiesta, o el colega del trabajo que nos relata una y otra vez un viaje realizado para conocer las pirámides de Egipto… de manera tan detallada y constante que terminamos reduciéndolos a esa anécdota o historia contada.

-Ahí viene el hueón que viajó a Egipto.

-Dicen que el jefe va a ascender al Pirámide.

-¿Verdad que renovaste el camello, Faraón…?

Sin embargo, más allá de eso -que incluso puede parecer “simpático” para algunos-, está el problema que surge cuando miras la situación desde el punto de vista opuesto. Y es que si bien puede parecer una reducción la manera de conocer a los hombresdeunasolahistoria, también es cierto que aquellos que no lo son –o no lo somos-, es simplemente porque no hemos descubierto cuál es esa historia única que nos llevaría a convertirnos en personajes de ese tipo.

-Lo que pasa es que no tienes una historia que te defina –parecen decirnos estos personajes.

-Una vez que la encuentras opera casi como un conjuro –parecen confesar-, que te recuerda quién eres y se lo recuerda también a aquellos que te rodean.

-Yo te recomiendo que si aún no tienes una historia, te la inventes por último –te recomiendan-, o pasarás por la vida sin tomar ninguna forma…

Aunque claro, esa es la visión de los hombresdeunasolahistoria, y bien podría defender sus intereses más que apuntar a una verdad objetiva.

Por lo mismo, cada uno decida qué visión elige tener al respecto (si es que quiere, por supuesto, tener alguna) y siga adelante de la forma que más le convenza.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Así.


I.

Así se come, le dijeron.

Así se reza.

Así se saluda a los mayores.

Entonces él –que era un niño-, creyó que el problema estaba en la forma.

En el imponer una forma para realizar las acciones, me refiero.

Pensó, en definitiva, que el problema estaba en el así.


II.

Así se aprende, continuaron.

Así se madura.

Así se toman buenas decisiones.

Y entonces el joven –pues el niño había crecido-, intentó superar la desconfianza.

De esta forma, le pareció lógico pensar que lo hacían por su bien.

De hecho, llegó a organizar un plan de trabajo.

Primero, centró su esfuerzo en aprender la forma.

Y luego, asumió sin más los objetivos que estaban dados.

Aprender.

Madurar.

Tomar buenas decisiones.

Nada parecía malo en todo aquello.

Tal vez estaba en lo correcto.


III.

Así se ama, le dijeron.

Una y otra lo intentaron corregir en este ítem.

Así se ama, le insistían.

Y él amó de esa forma hasta que comprendió algo cierto:

No había amor en sus acciones.

Y si hubo antes, este se había perdido.


IV.

Así se aprende, recordó.

Así se crece.

Así se vive.

Y tras pensarlo largamente el hombre –porque el joven no estaba ya en parte alguna-, comprendió esta vez la situación.

El problema no es la forma.

El problema no es el así, concluyó.

El verdadero problema está en el se.

Y miró entonces, rápidamente, a sus espaldas.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

A su debido tiempo.

“Quien no puede morir a su debido tiempo
perece a destiempo”
B. Ch. Y.

Hicimos el experimento. Una máquina que entregaba dinero. Un billete, digamos, cada cierta cantidad de minutos. Entonces un hombre lo descubre y se queda esperando a un costado. Y es que no es desdeñable para el hombre ese dinero. Por otra parte, el hombre no sabe si la máquina volverá a arrojar otro. Por lo mismo espera. Cuando ya está a punto de partir la máquina arroja otro billete. Y claro, lo mismo sucede cerca de diez veces. El hombre entonces saca su celular y hace un llamado para cancelar un compromiso. No hace grandes cálculos, solo lo cancela. Por otro lado, el hombre no es sincero. Me refiero a que no explica la razón de la cancelación sino que hace referencia a un problema, sin entrar en detalles. Un problema no muy grave, dice incluso, para no preocupar. No obstante, mientras pasa el tiempo, el hombre comienza a cuestionarse sobre el límite de todo eso. Nos referimos, con esto, tanto al tiempo máximo que estaría dispuesto el hombre a permanecer ahí,  como a los cuestionamientos que el mismo hombre hace respecto a la cantidad de billetes que podría contener aún aquella máquina. Sea cuál sea el caso, lo cierto es que el hombre parece descartar el quedarse toda la noche, junto a la máquina. O eso es lo que declara al menos cuando ya a oscuras nos acercamos hasta él a contarle del experimento. Entonces es cuando anotamos los datos y les damos, de paso, algo de comer. Por último, justo cuando se hacen evidentes los primeros efectos de los alimentos que les entregamos, confesamos abiertamente que el objetivo del experimento dice relación con el morir a su debido tiempo. Nunca sin embargo, hasta ahora, hemos podido terminar de dar una explicación detallada de la relación existente entre lo realizado y el objetivo real de nuestro experimento.

martes, 28 de noviembre de 2017

Una teoría sobre el futuro.


I.

Recuerdo que en una entrevista de trabajo, ya hace varios años, me preguntaron si tenía alguna teoría sobre el futuro.

No sé a qué apuntaba la pregunta ni tampoco quise aclararlo en ese entonces, pero lo cierto es que me descolocó el no comprender de forma concreta qué se me preguntaba.

De todas formas respondí, en ese entonces, alguna idea vaga que me ayudó a salir del paso y parecer interesante.

Una idea sin carne, digamos, pero bien construida.

Una semana después llamaron para decirme que tenía el trabajo, pero finalmente no lo acepté, por una serie de razones que no vienen al caso.

Esto es aproximadamente la mitad de lo que hoy quiero decir.


II.

Demócrito decía que la única verdad son los átomos y el vacío.

Yo en cambio, creo que ni en ellos hay verdad.

Y es que la única verdad posible -si me preguntan-, tendría forma de diluvio.

Lamentablemente, resulta improbable que un diluvio, llegue a esta generación.

Así, mientras eso no ocurra, toda teoría del futuro será tan triste como falsa.

Y toda historia o mensaje que intentemos, ha de quedar siempre sin final.

Carne sin ideas, digamos, aunque carne viva.

Un cuerpo que se desvanece y palabras que se desploman en el piso blanco de una hoja.

Esto es aproximadamente la mitad de algo que hoy, no quise decir.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Un amigo que toca la trompeta.

“Estuvo horas buscando la forma menos dolorosa
de decirle la verdad
a esos hombres que no se la merecen”
O. W.

Tengo un amigo que toca la trompeta, pero le dan ataques de risa cuando escucha un clarinete.

Por lo mismo, a pesar de su talento, nunca ha podido formar parte de una orquesta sinfónica, como ha sido su deseo.

Siempre pensó que se trataba de un fenómeno pasajero, pero lejos de disminuir, los ataques de risa han aumentado con el tiempo.

Y claro, más allá de poder controlar el sonido que hace al reír, está presente el impedimento de poder tocar la trompeta, mientras ríe.

Para superar este inconveniente ha asistido a numerosos tratamientos, incluidos entre estos las sesiones de hipnosis.

En una de ellas, por cierto, mi amigo me cuenta que experimentó una regresión, para buscar el origen de aquello que le sucedía.

En dicha regresión, si bien no cumplió con su objetivo, se vio a sí mismo como un hombre que torturaba a un grupo de soldados, para que revelaran cierta información secreta.

En este contexto –y esto pudo deberse a una falla en la regresión-, mi amigo no ha podido olvidar algunas imágenes en que desolla parte de los brazos de unos soldados, que llegan incluso a desmayarse por el dolor.

En este contexto, mi amigo fue entonces a otros especialistas, ya no solo para dejar de reír al escuchar un clarinete, sino también para abandonar la sensación de angustia que le provocaban las imágenes de su regresión.

Lamentablemente, ninguna de sus inquietudes fue solucionada, por lo que debió renunciar definitivamente a su sueño de pertenecer a una orquesta sinfónica.

Desde entonces, sin embargo, ha pasado a formar parte de una banda de mariachis que trabaja dando serenatas, principalmente en el barro alto.

Convengamos con él que es una forma, al menos, de superar el problema.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Juanita colecciona cactus.


Juanita colecciona cactus.

Comenzó hace algunos años, a partir de unos pocos que heredó de su abuela.

Compró pequeñas piedras, les renovó la tierra y en algunas ocasiones les cambió el soporte.

Tiene algunos al interior de la casa y otros al exterior.

Todos se ven en perfecto estado.

No le gustan los que florecen, pues siente que no son verdaderos cactus.

No se trata de una razón científica, claro, pero ella siente que traicionan algo que bien podría ser su esencia.

Por lo mismo, sus cactus son siempre de un verde tradicional, cubierto con espinas.

Hace unos años le hice una entrevista y ella comentó que a todos sus cactus le había puesto un nombre.

No revela dichos nombres sin embargo, pues dice que es un vínculo entre ella y sus “mascotas”.

Hoy tiene más de trescientos y dice que planea llegar a tener setecientos.

Trabaja de lunes a sábado, vive sola, pero está orgullosa de que nunca –o al menos no todavía-, se le ha secado alguno.

No les pone música ni se preocupa por la temperatura ambiente, pero les cuenta algunas cosas.

No hay que mentirles, me dice, esa es la única clave.

Por lo mismo, me pregunta seriamente si puede leerle algún texto mío, sin tener que preocuparse.

Yo aún no le respondo.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Olvidos.


Marta se despierta y se toma las pastillas.

Luego olvida que ya está despierta y vuelve a dormirse y despertarse y a tomar sus pastillas.

Tras levantarse, tiene escenas mezcladas sobre lo que ha hecho y entonces Marta recuerda que tomó más de una vez las pastillas, aunque olvida que fueron dos veces, y piensa que aquello pudo ocurrir aún en más ocasiones.

Por lo mismo, algo asustada, Marta va a urgencias olvidando que en ese hospital, suelen tardar más tiempo en la atención de urgencias, que con un doctor tradicional.

Tras un par de horas Marta es atendida y tras explicar su situación se le recomienda un lavado de estómago y la inyección intravenosa de un medicamento.

Lamentablemente, Marta olvida que es alérgica al medicamento inyectado por lo que, minutos después, tiene una fuerte reacción que la lleva a perder la consciencia y se le recomienda dejarla internada.

Tras unas horas en mal recuperación le preguntan a Marta por su familia, pero ella aún está confundida y olvida hasta la información más simple.

Tal vez por lo mismo, olvida que apenas nos conocemos y da mi nombre a un enfermero, cuando le dicen que deben localizar a alguien cercano.

Ya en el Hospital, trato de explicarle que yo no debiese estar ahí y que la visita solo me servirá para nutrir la entrada del día de hoy, en el blog.

Lo último que Marta se olvida, lamentablemente, es regalarme una acción que pueda servir de cierre, para esta poco memorable historia.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Un grupo de niños y un gran árbol.


La historia comienza con un grupo de niños y un gran árbol. El árbol grande, central, lleno de ramas que se pierden en la distancia. Para quien quiera calcular de forma más exacta las proporciones, podría señalarse que si la totalidad de los niños intentasen rodear el tronco del árbol y abrazarlo, faltaría al menos un personaje más para poder lograrlo.  Entonces, del grupo de niños que está cerca del árbol, es necesario que uno de ellos lance algo hacia lo alto y que la cosa lanzada quede entre las ramas del árbol ya mencionado, a una altura que les impida a los niños acceder a ella fácilmente. De esta forma, intentando luego rescatar aquella cosa que ha quedado sobre el árbol (un bolso, una pelota, una prenda de vestir…) los niños que están en escena comenzarán a lanzar otras cosas, buscando impactar lo arrojado en primer término y hacerlo caer. Lamentablemente cuando esto comience a ocurrir, y luego ya de forma abiertamente anómala, seremos testigos de cómo cada una de las cosas lanzadas, queda también atrapada entre las ramas, en altura, sin poder ser rescatada. Ante esto, que podrá producir risa en primer término, pero que comienza a incomodar luego de un primer momento, ha de agregarse la incertidumbre de los niños que van quedando sin cosas que lanzar, bajo el árbol, y que son testigos de cómo comienza a atardecer en el lugar en que se encuentran, logrando así poco a poco, generar y transmitir cierta sensación de angustia. Las acciones que siguen, por cierto, deberán incrementar, en lo posible, dicha sensación, y consistirán en la ascensión al árbol, de los niños que se encuentran en escena. Dicha ascensión, llena de riesgos y dificultades, culminará en cada caso con el aparente extravío de los personajes sobre el árbol, quienes dejan de responder y dar señales claras de ubicación a quienes quedan abajo, hasta que el último de ellos ha subido y desaparecido entre las ramas, quedando en ese instante, todo en silencio. Finalmente una última escena, ya prácticamente a oscuras, consiste en unas figuras adultas, probablemente los padres de los niños que han quedado sobre el árbol, quienes se pasean con gran nerviosismo portando linternas y otros elementos, mientras buscan a los niños, infructuosamente. De esta forma, mientras se termina de oscurecer la escena, debe quedar instalada la sensación de pérdida, como una acción ya irreparable de la cual se podría poner en duda, incluso, su carácter fortuito e involuntario.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Quemar la casa.


De vez en cuando se despierta en medio de la noche porque piensa que van a quemar la casa. Con el tiempo, de hecho, dicha idea se ha transformado poco a poco en una certeza. Intenta convencerse de que está equivocado, que no debe levantarse y vagar por ahí buscando sospechosos, pero lo cierto es que hacerlo le resulta inevitable. Y es que le recomendaron realizar ejercicios, cambiar alimentación, incluso le recetaron pastillas, pero nada de aquello ha dado buenos resultados. De esta forma, cuando el doctor intenta llevarlo a la razón, él no tiene respuestas claras. Por el contrario, manifiesta la certeza –sin ninguna base concreta por supuesto-, de que su casa es algo que debe desaparecer. Que ellos la van a quemar, señala. Que donde está edificada debe restablecerse el vacío. Cosas así son las que señala. Con tanto énfasis lo expresa que el propio doctor tiene por momentos la impresión de encontrarse con un profeta. Uno que anuncia la quema de sus posesiones… el regreso al espacio en blanco. Como si creer en Dios fuese lo mismo que creer en el vacío. O en la necesidad del vacío. Una forma pura de creer, después de todo, piensa el doctor. De abandonarse a Dios digamos, o hasta de no esperar nada. De dejarnos caer en él y ser conscientes entonces de nuestro propio peso. Y es que estar en Dios, bajo esa mirada, anotará al borde de la hoja el doctor, luego de su entrevista, es sin duda estar en caída. Ser en caída. Estar en medio del vacío y ser una única coordenada… Eso es lo que busca aquel hombre, determina el doctor, para sí mismo. Seguramente, escribe finalmente en su libreta, será el mismo quien termine por incendiar su propia casa. Tal vez está en lo cierto.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

La profundidad en sí.


-No es lo mismo un reloj resistente al agua que uno sumergible –dijo T., visiblemente orgulloso, mientras mostraba su compra-. Ya sabes… este puede llegar hasta setenta metros bajo el agua...

-¿Y para qué mierda sirve eso? –preguntó F.

-Pues justamente para eso… -siguió T., algo molesto-, para llegar hasta setenta metros de profundidad sin que el reloj se dañe…

-¿Y por qué tendría que dañarlo la profundidad…? –insistió F.

-No lo daña la profundidad –explicó T.-, sino la presión que existe bajo el agua… El punto acá es que se trata de una máquina mejor elaborada que un simple reloj resistente al agua.

-Pues yo tengo uno resistente al agua y supongo que con ese me basta… -dijo F.-. Lo he usado en la piscina, en la playa… nunca ha fallado…

-Pues no es mejor porque no haya fallado –afirmó T.-, ni siquiera podríamos considerarlo igual… De hecho, es probable que el tuyo se rompiera incluso antes de llegar a esa profundidad…

-¿Y sabes acaso qué porcentaje de la población ha estado o va a estar alguna vez a setenta metros bajo el agua? –preguntó F.

-Ese no es el punto –dijo T.-. No has entendido nada…

-¿La profundidad no es el punto? –lo interrumpió F.

-No. No lo es. La profundidad en sí no es el punto –respondió T., tajante.

martes, 21 de noviembre de 2017

Quería que hablaran, pero no hablaron.


I.

Yo quería que hablaran, pero no hablaron.

Esperé, pero no hablaron.

Me quedé así, frente a ellos, con la página en blanco, pero no les importó lo más mínimo.

-No los puse ahí para esto –les dije.

Tampoco parecían escuchar.


II.

No sé por qué me ocurre esto cada vez más seguido.

De hecho, he estado pensando que tal vez se trate de un complot.

Quieren que mienta.

Que ponga palabras en sus bocas.

Que sea yo quien mueva los hilos.

-No puedo hacer eso –les digo.

-Me he convertido de a poco en un árbol hueco.


III.

Les pido ayuda porque debo cumplir.

O más bien porque tengo miedo de no hacerlo.

Sé que comprenden, pero no quieren hablar.

Tal vez soy yo el que no comprendo.


IV.

Debiese enojarme, pero no puedo.

Debiese llorar, tal vez, pero no puedo.

Después de todo, su silencio es honesto, como el de Dios.

Morirán así, silentes, y yo usaré la hoja en blanco, como una mortaja.


V.

Mueren, finalmente.

De hecho, al no hablar, parece incluso que muriesen antes.

-A todos nos falta algo –les digo entonces, mientras los envuelvo.


-Si estamos aquí –reitero-, es porque a todos nos falta algo.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Un perro viejo.


El perro aparece hasta en las fotos más antiguas.

Con el padre.

Con el abuelo.

Con el padre del abuelo.

Sé que es ilógico pensar que se trata del mismo, pero comenzamos a investigar y nadie recuerda alguna muerte o que haya sido reemplazado por otro.

El nombre además es el mismo.

La actitud, incluso, resulta similar.

En las fotos, por ejemplo, siempre aparece recostado de la misma forma.

Indiferente.

Inexpresivo.

Sin mayor movimiento.

Está viejo, por supuesto, pero nadie recuerda que haya estado alguna vez enfermo.

De la misma forma, tampoco nadie recuerda haberlo escuchado ladrar.

Como a las mismas horas y se recuesta siempre en el mismo sitio.

No pelea con los gatos e ignora a todos los que entran a la casa.

Nunca ha tenido collar ni tampoco lo sacan a pasear.

Intrigados, pagamos a un veterinario para que fuese a verlo a domicilio.

No nos supo decir la edad, pero obviamente señaló que se trataba de un perro viejo.

Tampoco le encontró señales de enfermedad y se limitó a darnos recomendaciones sobre su alimentación y cuidado.

Escribimos, en una hoja, aquellas indicaciones.

Esa noche, después de cenar, me acerco hasta el animal y lo miro a los ojos.

La impresión que me da es que está cansado.

Cansado y triste, tal vez, si es que lo están los perros.

No va a morir porque no vive, comentó un primo, antes de irnos del lugar.

Yo, en cambio, no hice comentario alguno.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Me costó entenderlo.


Me costó entenderlo, pero al final lo que el viejo decía era que las moscas salían de él. No desde dentro o como entidades independientes, sino recalcando que de alguna forma se desprendían de lo que él era, como trocitos de vida.

Yo colaboré con el informe así que ahondé bastante en el caso, que por lo demás tenía cierta lógica, a pesar de su carácter poético. Digo esto porque el viejo era capaz de argumentar sus ideas señalando una teoría relativamente organizada, que –a su manera, claro está-, explicaba la muerte de los individuos.

Así, según el viejo, con el paso del tiempo, desde lo que es el hombre se irían desprendiendo pequeños trocitos de su vida. Esos trocitos, a su vez –que no disminuyen en lo absoluto la materia física del hombre que se desprenden-, tomarían la forma de moscas, que por lo general rondan al hombre desde el cual se desprenden. Posteriormente, tras desprenderse todo lo que es el hombre, sobrevendría, claro está, la muerte del individuo.

A modo de ejemplo, podríamos imaginar una hogaza de pan (el hombre), desde la cual fuesen desprendiéndose pequeños trozos o migajas (las moscas, según el viejo) hasta que la hogaza deja de contener aquello que la hacía ser una hogaza de pan, aunque físicamente no ha disminuido en lo absoluto.

Este mismo ejemplo, por cierto, recuerdo haberlo incluido como una nota en el informe que ayudé a escribir en aquel entonces y que daba detalles sobre la forma en que el viejo veía la realidad. No sé si alguien lo habrá leído, pero ciertamente no fue de mucha utilidad, ya que el hombre fue cambiado de sector y luego, según entiendo, dado en custodia de un pariente que accedió a cuidarlo debido a  una resolución que ya había sido tomada hace meses.

Cuando se despidió, según me cuentan, el viejo decía que le quedaban ocho moscas, nada más… y les aseguró a quienes lo escuchaban que en poco tiempo más estaría en condiciones de esperarlos en un sitio más ameno y personal.

Ignoro, por cierto, si así habrá sido.

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